el caminar entre el fuego y los peligros, no hace herir su cuerpo mientras se sigue acercando más y más al contrario. El arma se encuentra entre sus manos, y apuntando directamente a su pecho, para de esa manera acabar todo de manera rápida. “¿detenerte? vengo a matarte y sabes que puedo hacer eso.” conocía muy bien al contrario, para saber que ni siquiera una prisión iba a detener al contrario. “me conoces muy bien que puedo terminar mi misión en segundos. porque eres mi misión ahora mismo y no me voy a detener nunca.” mientras sigue caminando. “¿qué más quieres evanel? hacer que miles de políticos mueran, el caos será más grande y la gente hará más protestas. evanel…no podemos dejar que la anarquía gane en este lugar.” dice con un tono de voz monótona, como si aquello se lo repitiera mil veces antes de ir a cada misión. levantó su arma y le dio justo en el hombro del ajeno, como si aquello fuera un signo de advertencia ante el ajeno. “Puedo hacerlo mil veces más.”
Sus cejas se elevan al instante en que la chica pronuncia la palabra matar, hace esfuerzo para que el esbozo de una sonrisa no aparezca en su rostro, y delatara así la poca seriedad que le daba a su presencia en aquel sitio, desea conservar la apariencia impasible por un rato más largo. A punto está de emitir un comentario lleno de sarcasmo ante monótono discurso contrario, pero el impacto en su hombro provoca que toda idea que cruzara en su mente en ese momento se detenga por un par de segundos, dejando que toda su atención se concentrara solamente en el dolor que la herida emite; en automático, lleva su mano a aquella zona, empapando esta de la sangre que comienza a manar, el estoicismo se rompe, dando paso a una mueca de dolor que se mezcla con una sonrisa — Que alegría que aceptaras mi gesto de caballerosidad — expresa, al tiempo en que recupera su postura, y se acerca a figura femenina con paso seguro — Pero esa bala debió terminar acá — golpetea propia frente al hablar — Ya no habrá segunda oportunidad — sonríe, y de nuevo, con un simple movimiento, al alejar su mano de la herida en su hombro, hace que llamas nazcan desde el piso inferior de la zona en que ambos se encuentran, flamas que se alzan hasta donde se encuentran, como si igualaran la fuerza de concreto, detrayendo la superficie sobre la que los dos se encuentran de pie. Sólo es consciente de la magnitud de sus acciones cuando siente los escombros ardientes chocar contra su espalda al caer, rueda los ojos, gruñendo por lo bajo por el dolor y su impulsividad idiota; se pone de pie — Te doy cinco segundos para que te disculpes por lastimar mi hombro o esto va a terminar muy mal para los dos.