El 7 de abril de 2023, mi abuela cumplió 78 años. Se llama Amada de la Paz Molina Venegas, sus amigos le dicen Pacita, nosotros Pachi o también Espasmolítica.
7 de abril de 1945 y mi bisabuela hizo del nacimiento de su segunda hija una proclama al fin de la Segunda Guerra Mundial. Mi familia siempre ha tenido una devoción a la parafernalia de la que no me he podido liberar.
La Pachi se arrancaba de la casa para irse a bailar rock and roll y fue calcetinera del Pollo Fuentes. Me gusta pensar en ella como la James Dean de la calle Los Cerezos.
Cuando la Pachi vio a mi abuelo Flavio en los pasillos de la Escuela de Bellas Artes, me contaba que sintió un llamado a arrojársele encima, práctica que perfeccionó cada día pasando por su lado deslizándose como si tuviera patines en los pies y chocando su hombro con el de él. La jovencita alaraca y su insistencia por ser vista terremoteaban a mi abuelo, un tipo más tímido, más para adentro, pero también gritón, bueno pa llorar y bohemio.
Fue un amor estridente. Eso no era tan bueno, pero tan poco tan malo. Fue el amor que supieron tenerse, ese amor me tiene hoy acá.
La Pachi tuvo muchas vidas, yo tuve una con ella, a veces nos arrancábamos al cine y comíamos papas fritas. Me dejaba hacerle preguntas incómodas, me dejó escribir su historia.
Mi abuela nació el mismo día, pero en otro año, que la Mistral.
Amada de la Paz Molina Venegas dedicó su vida a sacar sus pasiones y demonios y convertirlos en poesía.
"La locura es un paisaje", fue una de las últimas frases lúcidas que me dijo.
Esa locura se apoderó de ella hasta convertirla en un pájaro asustado.
A veces creo que la Pachi se despegó de esta tierra hace mucho tiempo y que yo vivo un duelo sin fecha de término. Pero va y viene, porque acá está, y yo me aferro a su recuerdo como en esta foto: buena para la risa, intensa, romántica, alaraca, parafernálica, espasmolítica.