Más allá de la representación.
La sospecha cunde sobre aquel que quiere hablar de la “verdad”. Entre pruritos varios y el fantasma plausible de ser acusado de autoritario, es probable que se desista de hacerlo. Algo que bien podemos rastrear (del fantasma totalitario al fin de la Historia) pero no desactivar, trajo consigo que se naturalice eludir la discusión en esos términos: esto es así, es verdad. La aserción dura, sin atenuantes, cede a una profusión de eufemismos finamente gasificados, cincelando el sentido hasta volver la materia de algunas discusiones en apenas una cuestión de retórica.
Más espinosa aun es la situación de aquel que aventura abordar los vínculos que traman la relación entre verdad y política. El reproche airado, la acusación de querer silenciar opiniones en una perorata que tiene como ropajes la consabida reivindicación de las libertades individuales, y fundamentalmente la de expresión, abstractas, decimonónicas, no hacen sino empañar y empantanar cualquier opción sincera por el debate en torno a la verdad política.
¿Existe la verdad política? En principio se le desconfía a tal constructo como se lo hace ante las nociones de moral, ética, y cualquiera que revista la sombra de la solemnidad (oh, cómo tememos a la solemnidad). ¿Entonces, como gustan decir analistas y dirigentes embebidos de repentina semiótica, “todo es relato”?. El fin de la historia sugiere haber implicado también el fin de la verdad. Y sin embargo…
Y sin embargo algo de ese murmullo persiste, soterrado; pidiendo permiso como si debiera. Hálito que no es tal: la restauración del estado de debate político - a cielo abierto y sin tener que exhibir credencial alguna - que vive el país desde el comienzo de esta década larga, da cuenta que esa persistencia, esa disputa por el sentido con la verdad (parcial, relativa, temporal: democrática) como trofeo, lejos de retirarse de modo definitivo, no hizo sino sedimentar su sitio en la arena política.
Y la arena política, antes que un espacio físico, está hecha de la materia con la que la labran sus actores. La carne de sus verdades forma parte de ella.
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A riesgo de ser esquemáticos y a los fines de practicar una caracterización provisoria, podemos delimitar dos tipos de verdades políticas. Por un lado, tenemos la verdad del militante, del sujeto del acontecimiento político. Hablamos de acontecimiento político como de aquel suceso o hecho cuya irrupción escapa a las leyes de una situación dada, en la que existe algo de azaroso, de incalculado y fundamentalmente novedoso. El acontecimiento, por lo tanto, no puede ser enteramente explicado ni predecido desde la perspectiva de lo dado. Un sujeto político cuya subjetivación acontece bajo las coordenadas que brinda el acontecimiento implica que el mismo ha tenido surgimiento en un momento político determinado que lo hizo nacer, arropado por un campo semántico que no teme sino que enarbola nociones como idealismo, ideología, programa. Se trata, en definitiva, de un sujeto para el cual la verdad se articula en futuro anterior, es lo que habrá de haber sido. El suyo es un discurso que incluye lo que está en potencia en el presente, lo no realizado.
Las verdades del llamado “realismo político”, por otro lado, aparecen ancladas en los movimientos de la agenda política, en el manejo de las relaciones de fuerza; la verdad es lo que es. El realpolitiker recepta como fuente fundamental y casi exclusiva a la “opinión pública“, tributa al mundo de las encuestas, etc. La cuestión pública aparece así maquinizada, automática, fruto de una naturalización anterior: una cadena que comienza en el reconocimiento a la existencia de la opinión pública como tal -y no un público artefacto, una suma de opiniones individuales representadas en un porcentaje-, al que le sigue la derivación de dicha agenda hacia las usinas tecnocráticas que todo resuelven.
La frontera de la política está dada por los límites iluminados mediante el faro de la gestión, palabra que aparece como piedra de toque al momento de ocuparse de, como se dijo, lo que es. Todo lo anterior tiene como telón de fondo ineludible una homologación entre realidad y verdad, donde la segunda es apenas una marca de agua sobre la primera. Y algo más, a diferencia del militante, este sujeto político no requiere de un suceso que lo haga irrumpir: siempre está, está en su esencia el no ser novedoso.
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Estas verdades poseen una temporalidad propia. Hay un vínculo entre verdad y temporalidad para cada una de ellas. En la realpolitik, el tiempo que marca su pulso es el del presente, el de lo dado. La realidad es lo que sucede ahora mismo y que, en su urgencia presente, pugna por ser tenida en cuenta. Por otro lado el tiempo del militante es el del futuro anterior, el de lo que habrá sido, que localiza una falta y potencia en el presente y por lo tanto no se agota en él.
La verdad realpolitica así caracterizada tiene algo de celebración a todo rey, figuras a las que se auratiza, ya que lo dado, lo que triunfa, es necesariamente lo que “representa”. La verdad del militante, por el contrario, no está atada a esas hegemonías porque su propia temporalidad es distinta. El tiempo propio del militante político es un tiempo intempestivo: desoye la sentencia de que hay cosas que "pasaron de moda”, por lo que resulta ridículo que se lo señale. El realpolitik se erige como el conocedor del espíritu de los tiempos con el cronómetro en la mano, pero puede fallar: sin caer en la ingenuidad voluntarista, nadie tiene compradas las butacas del teatro de la Historia.
Por otro lado, conviene recordar que el terreno en que se desenvuelven estas verdades y los sujetos que las enarbolan y participan en mayor o menor medida es el de la democracia representativa, donde la disputa por el control del Estado y sus resortes de poder se resuelve a partir de la ficción consentida heredada de la tradición contractualista, en la que el que tiene más votos tiene la razón, la verdad restringida, temporal. Pero, en el caso del militante, su verdad no se acota en un mandato, hay una trayectoria de fidelidad al acontecimiento político.
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Esta oposición espejada entre aquel que participa del realismo político y el militante aparece de manera clara en el poema Vittoria de Pier Paolo Pasolini. Alli el autor italiano sitúa de un lado a la figura del militante con su “rabia delicada” que exclama “toda política es realpolitik”; del otro lado, la política realista representada por “la prosa del hombre astuto” y “protector del clasicismo” como figuras de lo conservador. Pasolini expone la distinción entre el militante y el político que representa con el estandarte de lo “realista” y sus leyes, colocando al primero en situación de orfandad, abandonado a una "desesperación que no conoce leyes".
En páginas canónicas de la literatura política del siglo pasado, Jean Paul Sartre advertía en similares términos tal confrontación. Las manos sucias expone las desaveniencias entre Hugo, el intelectual militante, movido por un afán principista e intransigente, y Hoederer, el político clásico (¿o de la clase política?), permeable a un pragmatismo a la orden de como corran los tiempos.
En la escena principal de la obra se plantea dicho antagonismo:
Hoederer.- ¿Qué quieres hacer del Partido? ¿Una pista de carrera? ¿De qué sirve afilar un cuchillo todos los días si jamás lo usas para cortar? Un Partido nunca es sino un medio. Sólo hay un fin: el poder.
Hugo.- Sólo hay un fin: conseguir el triunfo de nuestras ideas, de todas nuestras ideas y sólo de ellas.
Hoederer.- Es cierto: tú tienes ideas. Ya se te pasará.
Más adelante, en otro momento del mismo diálogo:
Hugo.- Entré en el Partido porque su causa es justa y saldré cuando cese de serlo. En cuanto a los hombres, lo que me interesa no es lo que son, sino lo que podrán llegar a ser.
Hoederer.- Y yo los quiero por lo que son. Con todas sus porquerías y sus vicios. Quiero sus voces y sus manos calientes que agarran, y su piel, la más desnuda de todas las pieles, y su mirada inquieta y la lucha desesperada que cada uno a su vez libra contra la muerte y contra la angustia.
Más acá en el tiempo y el espacio, advertimos que algo de esa oposición también se cifra en la novela de Damián Selci, Canción de la desconfianza. En una Buenos Aires reconocible y contemporánea, Selci dispone y caracteriza dos grupos de personajes cuyo nombre los delata: Empecinados y Esclarecidos. Pero si los Empecinados de Selci pugnan por una nueva pedagogía moral (simbolizada en la composición de un nuevo alfabeto que se reinventa de modo insistente a lo largo de la novela) que podría acercarlos a la verdad política del militante, los Esclarecidos participan de otra zona, también distante del universo del realismo político, aunque sólo en apariencia, porque se trata del sujeto aideológico de las clases medio urbanas contemporáneas, que aun en su bienpensantismo titilante es hablado por ese universo. Es la carne de la opinión pública que, aun advertida de lo que se monta sobre sus espaldas y a su nombre, se resigna a que sea así, quizá hasta siendo feliz con eso.
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Entendemos que estas configuraciones de dos tipos de verdades pueden visualizarse en el último tramo de la década kirchnerista entre aquellos que participan de modo entusiasta de “la vuelta de la política” y entre quienes sospechan, desencantados, de la potencialidad transformadora de un proyecto político y su “relato”. Ambos coinciden en un punto nada menor, como lo es la disputa por el sentido de la figura política de Néstor Kirchner.
Kirchner sería para algunos aquel gran gestionador del caos, un natural heredero del duhaldismo, cuya hechura es resultado de las prácticas de la política tradicional y sus bajos fondos morales, de un altruismo ausente. Otros parecen privilegiar la irrupción de un político que introdujo en el primer plano de la agenda ejes que resultaron a su entender constitutivos de su legado, como la centralidad que adquirieron cuestiones como la inclusión (en un sentido laxo, abierto) y la política de Derechos Humanos, por citar sólo algunos ejemplos. De algún modo, acentúan dos direcciones que se encontraban en ese proyecto. Es indudable la dimensión que refiere a la cobertura de ese vacío de representación luego del 2001. Pero además, durante su presidencia ingresaron a la agenda política cuestiones que no estaban muy probablemente en las prioridades de la opinión pública de ese momento, tales como los supuestos mencionados. Son temas que introduce Kirchner que van más allá de la mera administración de aquel presente, ya que hacen referencia a una falta, a un área que no estaba contemplada en la cuenta de lo dado. Aparece ahí la lógica del habrá sido, ya que en ese presente no formaban parte del circuito de la representación, pero operando a la par de la atención de las demandas que la frankensteiniana opinión pública reclama.
Lo expuesto nos lleva a pensar qué sucede si esa verdad del militante toma los resortes del Estado. Habría que pensar si éste, frente al analista de la realpolitik, no corre el riesgo de suturar su verdad política a un tiempo político determinado, homologándola a un partido o situación política concreta. Como otro modo de coronar a un rey pero de manera extemporánea, descuidando la mirada estrábica que también le exige lo no contado en forma de resto. Aquello que anida en los bordes de la representación, en su periferia, y conforma la materia de la falta, lo que no es.
Si es que acaso la política se piensa sólo como representación hay que preguntarse por su resto. Siempre hay un resto no representado, no contado. La pregunta es si la verdad política se encuentra en lo dado o si, también, se encuentra en eso que, a la vez, sobra y falta, lo que habrá de ser representado, y que puede ser percibido como las sombras de nuestro tiempo














