Venimos de la misma podredumbre.
Hace mucho tiempo, Arazmere.
La residencia de la Casa Valerious era casi tan ostentosa como lo eran sus residentes. Influenciada por los romanos, parecía más un santuario que un hogar en el que habitar de manera habitual. A ella, que en ese momento tenía otro nombre, y otra historia, siempre la hacía sentir de menos. Como si se estuviera colando en un sitio donde no pertenecía, donde las estatuas respiraban y los ojos de los cuadros te seguían.
Estaba segura de que el mármol de las columnas de la entrada en algún momento había sido colorido, pero incluso por aquel entonces comenzaba a perder su tonalidad para dejar entrever una más pura. Casi como toda la construcción. De techos altos, bóvedas y salas donde hasta el más mínimo ruido se amplificaba, era un edificio tan bonito que cualquiera diría que, en realidad, actuaba como prisión.
El sol comenzaba a ponerse por el oeste, las temperaturas eran ligeramente agradables. Lo suficientes como para no tener que utilizar ningún tipo de abrigo, aunque no tanto como para olvidar al completo que debía protegerse del frío. Sus nudillos tocaron la puerta de la entrada, y mientras esperaba a que uno de los criados abriera, sintió al Mundo abrazarse a ella. No está en casa, pero vendrá, susurró. Hizo una mueca decepcionada justo cuando Ivantie, uno de los empleados del hogar de la Casa Valerious, se dejaba ver.
No le dirigió la palabra, no acostumbraba ni siquiera a mirarla. Las cosas parecían haber cambiado desde que escapara de su padre, desde que Constantin eligiera tomarla y hacerla la mujer más feliz del mundo. Ahora, si la miraban, no era por ser la hija de Ștefan Alexandrescu. Era por sí misma, por los frutos de su esfuerzo. Se había ganado con sangre y sudor los afectos de su ahora pareja, y si para preservarlo de vez en cuándo debía hacer pequeñas peticiones al mundo, pagaría el precio.
Cruzó el umbral, escuchando cómo a sus espaldas el portón volvía a cerrarse, y se dispuso a vagar en dirección a uno de los salones principales. Sabía, como casi todo el mundo en aquella ciudad, que los días de gloria del hogar de los Valerious todavía estaban presentes. Sin embargo, el que el resto de Casas hubieran adquirido mayor poder era innegable. Los Valerious lo odiaban, al menos eso lo sabía. Sus pasos resonaron por el suelo, el calzado que llevaba dejando ecos de cada uno de sus movimientos como si se tratara de una advertencia.
Le vio al llegar al salón, sentado sobre uno de los sofás. Por norma general, no tenía que interactuar con ninguno de los miembros de la Casa a excepción de aquel que había robado sus afectos. Por norma general. Y luego estaban esas veces, escasas y prácticamente ínfimas, en las que se cruzaba con su hermano. Sabía a ciencia cierta que evitaba pisar Arazmere demasiado, ya que no terminaba de fiarse de que Constantin cumpliera y permaneciera siendo el miembro en el interior del caserón incluso habiendo otros.
Todavía no comprendía los tejemanejes de los hermanos, quizá nunca lo hiciera, pero no le quitaba el sueño.
El parecido entre ambos era, en ocasiones, escalofriante. Después estaban esas en las que realmente se notaba quién de los dos parecía estar sucumbiendo a la maldición, dejes crueles, sonrisas demasiado afiladas. No disfrutaba en demasía de la presencia de Fyodr, que sabía cómo ganarse los favores de las demás casas y de las mujeres, pero rara vez de aquellos a favor de su hermano y sabía —o intuía— que era mutuo.
—No está aquí —su mano derecha sostenía una copa de lo que parecía ser Țuică, y no apartó la mirada del manuscrito que sostenía en la otra. Tampoco hizo espacio para ella, que no comprendía las letras en el papel.
—Lo sé.
Se mantuvo de pie cerca de él. Había varios criados en la habitación, y suponía por la campanita situada en proximidad que tenía otros esperando a ser llamados. Llevaba una larga túnica que cubría toda su piel, menos por su cuello y rostro, donde podía intuir ligeras venas de color verdoso surgir por su piel levemente arrugada.
—Entonces, ¿a qué esperas? Márchate.
—Prefiero esperar aquí.
En otra época, habría guardado silencio. Agacharía la cabeza, asentiría y se marcharía. Pero las lunas continuaban avanzando, y ya no era la misma que varias atrás. Una de las comisuras de la boca ajena se movieron en un gesto de fastidio.
—Veo que te ha crecido la lengua —el desdén de sus palabras no se le pasó por alto, y apenas tardó un par de segundos en conectar con el viento y pedirle que, por favor, tirara su copa. Cuando esto pasó, se vio reflejado con una súbita brisa que la despeinó, y a él le manchó los ropajes.
Fyodr la fulminó con la mirada, incorporándose como si lo hubiera estado esperando. Los dardos de su mirada se vieron acompañados de una sutil expresión que no supo leer, mientras se centraba momentáneamente en el collar alrededor de su cuello.
Contuvo las ansias de llevarse la mano hacia la zona, protegerlo de su envidia, de su rencor. Sabía que ansiaba tener un vínculo como el suyo, pero que nunca lo conseguía por lo mismo de siempre: las personas a su alrededor siempre terminaban muriendo. Ambos hermanos eran magnéticos, inteligentes, persuasivos. Pero donde Constantin brillaba, Fyodr se opacaba. Y no podía soportarlo.
O eso le gustaba pensar.
—¿Estás bien?
Tan solo tardó dos segundos en cerrar la distancia entre ambos, en que su mano se aferrase a su cuello como a los conejos que sabía que solía cazar por diversión. Juró que el aire se volvió más denso, una prisión destinada a constringirlos a ambos.
Estaba cansada, se dio cuenta, mientras él la movía hasta que su cabeza se golpeó con la pared más cercana y las aristas de su visión se emborronaron. Un jadeo salió de entre sus labios, dolorido. Apenas fue capaz de abrir los ojos parar poder mirarle.
—Permíteme que te deje algo claro, Ștefănescu —escupía las palabras con rabia contenida. La fuerza de su agarre solo aumentaba con el paso de los segundos, hasta que sus pulmones ardían en busca de aire. Sabía que le quedaría una marca si su pareja no se la curaba—. Crees que lo sabes todo, pero pareces olvidar que venimos de la misma podredumbre. Sangramos del mismo color. Sufrimos el mismo dolor. Soy tan él, como él es yo. Y si piensas que estás en la mejor situación, solo porque has sido elegida por mi hermano… —se rió amargamente, como si fuera un chiste, y negó con la cabeza—. Recuerda cuál es tu lugar cerca de mí. Soy paciente, pero hasta eso tiene un límite.
Y, justo cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, cuando sentía el sabor férreo de la sangre en la boca, y las rodillas le temblaban, así como su boca se secaba, terminó en el suelo de golpe. Como si nada hubiera pasado, mientras ella tosía como una condenada, escuchó el familiar ruido de la puerta al abrirse.
Se llevó la mano al cuello, intentando recuperar el ritmo de su respiración. Apenas cerró los ojos unos instantes, escupiendo al suelo antes de incorporarse. Pasó de largo al lado del sofá, en busca de la persona por la que realmente había ido ahí. Pronto, lo ocurrido en el salón pasó a ser un mal sueño.













