Desde siempre quise conocer Londres. Desde mi cama, en la oscuridad de mi cuarto anhelaba conocer la sofisticación de aquella ciudad. Con los ojos abiertos mirando hacia el techo, perdidos en la penumbra me imaginaba caminando por los jardines de Kensington, sentado en el “Tub” o simplemente entregado al frenesí del baile en cualquier club de mala muerte en Soho. Todo aquello lo conocía gracias a los libros y a las historias de otros. Pues se trataba de un tiempo en el que el internet era una historia aún por escribirse. Lejos estaba de entender que Londres y yo nos enamoraríamos perdidamente, a primera vista en el medio de un desastre que lejos de ser exquisito, sería solo eso: un desastre.
Bernardo y yo habíamos estado juntos por espacio de dos años. El tiempo suficiente para conocernos, enamorarnos y decidir vivir juntos. El tiempo suficiente para darme cuenta de que a él le faltaba fuego en la sangre y que nunca sería todo aquello que esperaba. Todo aquello que yo necesitaba. En ese lapso el enamoramiento había pasado a un segundo plano. Pese a que la convivencia era casi perfecta algo no estaba bien. Tan solo semanas después de haber alcanzado mi final feliz, la verdadera historia mostraba tener un amargo comienzo. Pese a todos mis intentos, parecía no haber forma alguna de hacer que aquel hombre que dormía conmigo cada noche, hiciese algo distinto a eso, dormir. Pese a todas las estrategias y tácticas, aquellas escenas de cine para adultos parecían estar cada vez más lejos de mi vida. El hombre al que yo amaba y seguía como un borrego, no me tocaba ni un pelo. Pero, ¿qué hacer cuando la persona que se supone se ha elegido para compartir la vida no siente, o al menos no muestra, el más mínimo deseo? ¿Debemos entonces reaccionar como nuestras madres o abuelas y simplemente resignarnos a un destino, carente de pasión? ¿Debemos buscar en otra parte lo que en casa parece negársenos? Independientemente del camino a elegir, la decisión será siempre absolutamente difícil de tomar.
Con todas las dificultades y con todos los dilemas morales, en su momento, tomé el toro por los cuernos. Confronté, pregunté y no recibí más que silencio. Quienes me conocen saben que conformarme no es parte de mi ADN. Equivocarme tal vez lo sea, pero conformarme no lo es y nunca lo será. Es así como me permití darme a mí y a mi cuerpo lo que mi pareja y mi casa me negaban.
Nunca negaré que mi cuerpo recibió con gusto aquellas caricias y palabras. Que todo ese deseo no hizo nada más que enaltecer mi ego. Y sí, lo disfruté en todas y cada una de las formas, sin arrepentimiento, sin culpa, simplemente, sintiendo y dándole a mi persona lo que necesitaba. Las consecuencias de ese momento no se hicieron esperar. Mi castigo inició en el elevador de nuestro edificio, mientras regresábamos de una fiesta de cumpleaños. En aquel limitado espacio, Bernardo reclamó por aquello que yo había hecho, lo mismo que él había descubierto. Yo por mi parte en ese mismo recinto negué todo hasta la muerte. Qué iluso fui. Mis negaciones no llegaron hasta la muerte. Eso no fue más que una expresión. Cuando llegaron los golpes no tuve otra opción que aceptar mi pecado.
Sí, así fue, Bernardo me golpeó con brutalidad y yo acepté cada uno de sus golpes sin defenderme. Para muchos seré un estúpido, pero la realidad es que los principios no son, ni serán negociables. Defenderme significaba traicionarme a mí mismo; y es claro que yo puedo traicionar a otros pero a mí mismo… jamás. O al menos eso pensé en aquel momento.
Semanas después, y por razones que solo yo sé y que prefiero no compartir ahora, decidí continuar en aquel tormento de relación. En ese punto tenía claro que el abuso de B no era solamente por los golpes de aquella noche de septiembre. Era a todo nivel. Desde cuestionar mis decisiones, mi ropa, mis amistades y por supuesto disponer de mis tarjetas de crédito a diestra y siniestra. Pensando en salvar lo insalvable acepté que aquel sujeto viniera conmigo a Londres.
La noche antes del viaje entendí que la siguiente semana sería un tormento. Esa noche temí por mi vida. La naturaleza salvaje de aquella noche de septiembre se manifestó de nuevo. El hombre me reclamaba por no poner el dinero del viaje en su cuenta de banco. Gritaba con furia y fuego en los ojos que tenía que humillarse y pedir dinero a su familia porque yo se lo negaba, todo esto cuando yo y nadie más que yo había pagado por el boleto de avión; y habría de pagar por la mayoría de los gastos de aquel viaje. El cinismo cruzaba todos y cada uno de los límites.
Londres se mostró amargo. Amé cada cosa que vi y detesté cada instante de la compañía que tuve, tanto como quien sabe que el aire que respira proviene de una cloaca. A cada momento temí ver los golpes y la brutalidad volver. Londres me mostró que las realidades no cambian, que los viajes no hacen mejores personas y que pagar por todo, no hace que una persona te quiera más y mucho menos que esa persona te quiera mejor. Pero también me dio la oportunidad de planear mi escape hacia la vida que quería tener.
A mi regreso hui de mi casa. Pese a que tuve que seguir pagando la renta hasta el final del contrato, así como los miles de dólares que mi, a ese punto ex, gastó con mis tarjetas de crédito. Ese fue el precio de mi libertad y de una cosa más que hoy sé no quiero tener en mi vida. Por eso siempre amaré a Londres. He vuelto tres veces más y cada una de ellas ha sido más mágica que la anterior. Las cosas que imaginé y soñé desde la oscuridad de mi cuarto son aún mejor de lo que pensé en mis años adolescentes. Cuando se trata de Londres es claro que lo mejor siempre estará por escribirse.
Nota: La violencia y el abuso nunca son ni serán una opción.