Y quiza no lo notes, pero yo sí. Te veía irradiar una energía tan destellante. Porque sonreias sin importar que. Y tú risa sonaba igual, molesta o feliz. Podías estar triste pero no dejabas de sonreír, incluso cuando estabas molesta tus oyuelos se hacían más grandes y esas mejillas retosantes de júbilo te hacían pequeños los ojos. Entonces te vi. Y supe que serías la clase de persona a la que las eventualidades trágicas no le harían mella en esa risa tan pegadisa, porque saldría algo malo, me mirarias a los ojos y si decía una tontería estaría de nuevo eso que te hace tan brillante, esa risa rompe olas de incertidumbre y arrancando silencios incómodos. Vería las grietas de tu piel cerrándose y abriéndose siendo tu tan feliz y tan perfecta a la vez. Cualquier que fuese otro que no fuera yo no lo comprendería, y tú misma no lo entendías, porque seguías actuando como si ellos te tuvieran a ti a sus pies, porque así lo permitias, porque si te vieras como te veo, si ese lucero de tu esencia fuera más intenso, cegando todo a su paso, si comprendieras lo magnífica que luces y todo lo que dejas a tu paso, verías algo que nadie nota, el echo de ser tan perfecta qué crees que eres tan sencilla. Y es la gracia de tu belleza. El ser perfecta sin saberlo.