Supongo que en las noches de insomnio es mejor mantener la cabeza ocupada. A mĂ, por ejemplo, me come la moral, me comen los pensamientos y la ansiedad; por eso nacieron cientos de textos. Y seguramente millones de textos de noctámbulos como el tipo del espejo.
Por cierto, en el espejo hay un tipo raro, siempre triste y cansado, pocas veces sonrĂe, cuando yo lo he visto hacerlo es porque se lava los incisivos con el cepillo, o cuando ser revisa la dentadura por si no le quedo limpia.
Siempre me da repele verlo, es cada vez más delgado y burdo, no habla… de hecho no conozco su voz y se puede ver que lo Ăşnico que cubre su calavera es un poco de piel muy maltratada. Sus brazos parecen de espagueti; una esclerotida es de un color amarillento, mientras que la otra es roja, roja, roja. Sus labios solĂan ser rosados y ahora son azules por el frĂo o la falta de sangre.
Procuro no visitarlo demasiado, lo que es más, procuro ir al espejo de noche porque con poca luz no logro verle. Es que estoy un poco ciego, la luz no entra bien por mis ojos.
Hoy a las diez de la noche, como de costumbre, fui a verlo, muy raro el tipo, muy extraño… más de lo normal; su nariz sangraba un poco y los ojos le daban vueltas, no se qué demonios pasó, pero debió de haberse metido en una buena pelea.
—Demonios Charlie, ya me cansé de verte, ¿por qué no te largas de aqu� y asà me dejas seguir bebiendo tranquilo, sin tu estúpida mirada triste de siempre. Y tu maldita desaprobación. —Le dije.
—Con que no piensas decir nada, ¿Eh…? Pues entonces yo también te daré una paliza, por favor vete, no quiero hacerte daño, no a ti Charle. —Le grité y después de casi un minuto lancé un golpe con el codo justo en su cara…
Me quedĂ© tranquilo, hasta que sentĂ algo raro, una soledad tremenda. Ni cuando mi padre me traicionĂł me sentĂ asĂ.
—¡Charlie! ¡Charlie!, ¡responde por favor. Lo lamento, no debĂ decirte eso, dĂłnde estás, por favor Charlie, responde, haz un ruido pequeño, cepillate los dientes o mĂrame con desaprobaciĂłn! —Entonces lo encontrĂ©, estaba partido en cuarenta y tantos pedazos de espejo, una parte del pie por ahĂ, una oreja por allá y sus malditos ojos en un mismo pedazo alargado del espejo.
Esa mirada tan profunda, siniestra, hubiera preferido que sus ojos se destruyesen o perdieran para siempre. Pero no, sus malditos ojos estaban intactos, separados de su cuerpo causaba un efecto totalmente penetrante, su mirada desaprobatoria se encajaba en mi orgullo. AsĂ que lo matĂ©, lo matĂ© por completo, partĂ y quebrĂ© todos los pedazos en cien pedazos más, y esos en otros dĂez. Jamás tendrĂ© que ver al malnacido de Charlie en el espejo. Jamás.