He leído décadas de notas personales de Woody Allen. Está obsesionado con las adolescentes.
(Este artículo de opinión de Richard Morgan fue originalmente publicado en inglés en The Washington Post el cuatro de enero de 2018)
Woody Allen está acabando de rodar una nueva película. Es broma: Woody Allen no hace películas nuevas. Lo que está editando ahora, “A rainy day in New York”, acerca de un triángulo amoroso entre estudiantes universitarios, podría, como cualquiera de sus películas, llamarse “Un hombre cosifica a una mujer”. Esto, para él, es el pináculo de las artes, su verdadera vocación, su más elevado propósito. Especialmente cuando incluye a mujeres jóvenes atraídas hacia un hombre mediocre simplemente por la intensidad de la obsesión de dicho hombre.
Sé esto porque he estudiado de cerca su carrera: he repasado todos sus borradores y apuntes, una sala de edición tanto psicológica como física conservada en las cincuenta y seis cajas que componen el archivo personal de cincuenta y siete años que Allen conserva desde 1980 en la Universidad de Princeton (a la que no asistió). Según el personal de la sección de libros raros de la Biblioteca Firestone, soy la primera persona en leer la colección (los “Papeles de Woody”) de cabo a rabo, y del principio al final Allen rezuma una repetitiva misoginia. Allen, que ha sido nominado a veinticuatro Óscar, nunca necesitó más ideas que un hombre lascivo y su hermosa conquista (un concepto en torno al cual ha realizado películas sobre París, Roma, Barcelona, Manhattan, periodismo, viajes en el tiempo, revoluciones comunistas, asesinato, escritura de novelas, cenas de Acción de Gracias, Hollywood y muchas otras cosas) porque esa única idea ha dado unos frutos extraordinarios a lo largo de toda su carrera.
El archivo de Allen es una cornucopia de ediciones: décadas de notas e historias y bocetos que el prolífico cineasta exilió, por una razón u otra, al limbo entre el compromiso sincero y una poco entusiasta posesión. Sus guiones suelen ser freudianos, y generalmente lo incluyen a él (o a un avatar suyo) siguiendo religiosamente la misma fórmula: una relación al borde del fracaso es precipitada al caos debido a la introducción de un irresistible extraño, casi siempre una mujer joven. A veces, esto produce una joya, como en “Match Point”. A menudo, esto no ocurre. Ellen Page, que apareció en “A Roma con amor” (2012) dijo que haber trabajado con Allen era “el mayor remordimiento de su carrera”. (Empecé a leer el archivo a petición de Amazon, para un proyecto que después se abandonó. El presidente de Amazon, Jeff Bezos, es también dueño del Washington Post).
El trabajo de Allen es categóricamente burdo. En todas las cajas aparece una insistente y vívida obsesión con las chicas y las mujeres jóvenes: hay un protagonista masculino “adinerado, educado, respetado” en una historia corta (“By Destiny Denied: Incident at Entwhistle’s”), que vive con una mujer “india” de veintiún años. Primero, las ediciones de Allen la reducen a los dieciocho, después literalmente la doblan para convertirla en dos chicas de dieciocho. Luego está la chica de dieciséis años de un piloto televisivo que no se llegó a realizar, descrita como “una rubia llamativa y sexy con un vestido rojo candente de amplio escote y tajo alto”. Está la chica de diecisiete años de otro relato corto, “Consider Kaplan”, de la que se enamora su vecino de cincuenta y tres años mientras ambos comparten un silencioso viaje de ascensor de un solo piso en su bloque de apartamentos de Park Avenue. Está la estudiante universitaria de “Rainy Day”, que “no debería tener veinte o veintiún años, mejor que sean dieciocho –o incluso diecisiete– pero dieciocho mejor”. Ese guión incluye a también a un estudiante universitario, pero no proporciona ninguna descripción sobre su edad. Otro de los personajes masculinos de Allen, en el borrador de una historia escrita en 1977 para el New Yorker titulada “The Kugelmass Episode”, es un hombre de cuarenta y cinco años fascinado por las estudiantes del City College de Nueva York. En el margen junto al diálogo de este personaje, Allen escribió, y luego tachó, “c’est moi”: soy yo.
Su publicista, Leslee Dart, no respondió a varias solicitudes para comentar sobre este artículo. Ermitaño por naturaleza, Allen sí que hizo pública una queja respecto del caso Weinstein, advirtiendo a la BBC contra “una atmósfera de caza de brujas, un atmósfera como la de Salem, donde cada tipo que le guiña el ojo a una mujer en la oficina de repente tiene que llamar a un abogado”. Parece creer que los compañeros de trabajo se guiñan el ojo unos a otros todo el tiempo.
Prefiere hablar de su arte y de su ficción, antes que de su vida y su cultura. Pero observemos lo rápido que su escritura se desvía en el borrador de “My Apology”, un relato corto: “De todos los hombres famosos que han existido, el que más me habría gustado ser es Sócrates. No sólo porque fuera un gran pensador, porque yo mismo suelo hacer unas reflexiones razonablemente profundas, aunque las mías invariablemente giran en torno a dos camareras de dieciocho años y ataduras con cuerda”. (En la versión publicada, el objeto de sus deseos ha sido sustituido por una azafata cuya edad se omite). En otro borrador, titulado “My Speech to the Graduates”, se queja de que “la ciencia nos ha fallado. Es verdad, ha conquistado muchas enfermedades, descifrado el código genético, e incluso puesto seres humanos sobre la luna. Y sin embargo cuando un hombre de ochenta años está solo en una habitación con una camarera de dieciocho, no ocurre nada”. Un borrador de “The Lunatic’s Tale” contiene una larga sección sobre un hombre engañando a su esposa con “una modelo de fotografía”, antes de concluir: “lo que quiero decir es que mis necesidades requerían lo mejor de las dos mujeres”.
No restringe estos impulsos a las mujeres ficticias. En una entrevista falsa, escribe sobre la actriz real Janet Margolin, que tuvo papeles en “Annie Hall” y en “Toma el dinero y corre”: “En ocasiones me vi obligado a hacerle el amor para obtener una interpretación decente. Hice lo que tenía que hacer, pero por negocios”. (Margolin murió en 1993). Y aquí hay un breve texto que escribió para el pie de una imaginaria foto de la socialité española Nati Abascal, que trabajó con Allen en “Bananas”: “¿Sabía actuar? Descubrí que sí, especialmente en defensa propia. Detuvo mi mano cuando traté de tocarle el muslo, y golpeó fuerte mi entrepierna con la rodilla mientras hablábamos de negocios… Saqué un contrato de mi bolsillo y ambos firmamos, pero no sin que antes yo la informara acerca de las obligaciones sexuales que formaban parte del trabajo de cualquier actriz que trabajara conmigo”. Allen continúa: “Conforme pasaba el tiempo acabé por apreciar su cuerpo por lo que era en ese entonces, un cuerpo de niña… Pronto se acostumbró a mis métodos. Siendo consciente de mi posición como figura paterna en el plató (eso es lo que es un director, al fin y al cabo) le permití venir a contarme sus problemas. Como nunca apareció, acudí yo a contarle los míos”. El representante de Abascal no respondió a los mensajes preguntando qué opinaba ella de estas reflexiones.
Es más que probable que las secciones sobre Margolin y Abascal fueran concebidas como parodia, pero están apoyadas en la realidad de que Allen parece creer que la función de las mujeres en su vida es suplicar para que las incluya en ella, incluso fuera del ámbito sexual. Cuando Coretta Scott King le pidió que fuera director honorario de la Comisión del Día de Martin Luther King en 1987, Allen le dijo a su asistenta, Norma Lee Clark (quien lo garabateó sobre la carta): “OK sólo si me vuelven a escribir para pedírmelo”.
Pero esperad: ¡Allen crea papeles femeninos maravillosos! Bueno, más o menos. El hecho de que su trabajo le haya concedido nominaciones y premios de la Academia a tantas mujeres (Penélope Cruz, Rebecca Hall, Mariel Hemingway, Diane Keaton, Geraldine Page, Maureen Stapleton, Dianne Wiest) es un chiste de muñecas rusas: sus trofeos tienen trofeos. Allen usó a Keaton y a las otras de la misma manera en que Harvey Weinstein usó a Meryl Streep: el cebo de un Óscar, lo suficientemente brillante como para cegar a actrices aspirantes e impedirles ver su oscuridad, aunque algunas vieron esa oscuridad y decidieron participar de todas maneras. “Nunca es falso, siempre es quien es por los cuatro costados” le dijo Miley Cyrus a Vanity Fair en la premiere de su proyecto televisivo conjunto, “Crisis in Six Scenes”. Cuando la revista Billboard le preguntó a Selena Gómez, quien audicionó para unirse al cast de “A rainy day in New York” en cinco ocasiones, si había pensado en el pasado de Allen (probablemente haciendo referencia a su presunto abuso de una de las hijas de su novia y el comienzo de una relación inapropiada con otra) antes de aceptar el papel, ésta respondió: “Eso es algo que sí, tuve que confrontar y discutir. Me paré un momento y pensé ‘Guau, el universo hace cosas interesantes’”. Kate Winslet justificó su participación en “Wonder Wheel” diciendo: “No sé nada, en realidad, ni si ninguna de esas cosas es verdadera o falsa. Habiéndolo pensado todo muy detenidamente, lo apartas y simplemente trabajas con la persona”.
La atención al detalle de Allen es evidente en sus documentos: escribe y reescribe, inventa y destruye personajes, se autoinserta y se retira de los guiones. Sufre por detalles irrelevantes: “Se encoge de hombros” pasa a ser “ríe” y después “ríe alegremente”. Pero este trapicheo inacabable es especialmente extraño cuando se trata de mujeres. En un guión llamado “Cloquet & Brisseau: La silla”, cambia “buenas piernas” por “piernas estupendas”, lo cual pasa a ser “enormes pechos” y finalmente “largas piernas bronceadas”.
A veces Allen aparece en su propio guión, pero incluso cuando no es así sus personajes suelen ser obvias autoinserciones. En una historia que ocurre enteramente en la cabeza de un hombre llamado Moses Rifkin, Allen escribe: “A diferencia de la chica judía, la shiksa no está llena de culpa, no se queja, es descuidada, busca divertirse, y es ante todo promiscua. La shiksa tomará parte en cualquier acto sexual”. En “A rainy day in New York”, Rolland Polland, un director de cine ficticio, le confiesa a una joven estudiante universitaria: “No me arriesgué porque la perra de la diosa del éxito abrió las piernas en mi cerebro”. Pero ése es Rolland Polland. No Woody Allen. El “c’est moi” siempre está tachado. Es Alvy Singer. Es Moses Rifkin. Es Isaac Davis. Es Sandy Bates. Es Zelig.
En un proyecto que nunca se llevó a cabo, extremadamente revelador, parece mostrar su verdadero yo. “The Filmmaker” es un guión cinematográfico coescrito por Allen y Marshall Brickman entre finales de los sesenta y principios de los setenta. Trata sobre un arruinado realizador de documentales que tiene un trabajo secundario haciendo porno “como Fellini”, pero sólo porque es “una especie de genio del cine que necesita dinero”. ¿El nombre de este director de cine ficticio? Woody Allen. El Woody falso está prometido con Susan, que trabaja en el Museo de Arte Moderno vendiendo libros de arte. Su trabajo y su interés en la música la hacen intelectual (o al menos culta), lo cual sella su destino a ojos de él. Su relación es fría. Un día, grabando en un hospital psiquiátrico, Woody Falso conoce a Jennifer, “una chica”. Es esquizofrénica.
Jennifer: Hay algo en ti que parece afectarme para bien. Tengo la impresión de que eres una persona con mucho potencial… muy profunda… y de que sufres mucho.
Woody: Yo… ¿sabes…?
Jennifer: Algún día serás un gran artista. Está en tus ojos.
Woody: Tienes la mejor cara que he visto en mi vida. Ésa es la verdad.
Deja a Susan plantada en el altar.
Woody Falso se enamora de Jennifer de la única manera en que el Woody Real y su coautor saben escribirlo: a primera vista, de manera cósmica, instintiva y sobrecogedora, y después (como si se tratase de algo halagador) obsesiva, en la línea de aquel hombre de cincuenta y tres años del ascensor que acaba enviándole una carta de San Valentín a su vecina de diecisiete años. El contenido de esa carta de amor es muy instructivo respecto a la idea que Allen tiene del cortejo romántico y, a nivel creativo, respecto a cómo cree que surge la química entre personajes. El contenido completo reza lo siguiente: “Te vi brevemente el otro día en el ascensor y no he parado de pensar en ti. Aunque compartimos un casual y fugaz viaje en ascensor (un piso, para ser exactos) temo que mi vida nunca volverá a ser igual. Por favor ven a tomar un cóctel conmigo una noche de esta semana. Vivo en el ático. Te imploro que no digas que no. Si resulta que por una razón u otra nunca podrás corresponder a mis sentimientos, entonces lo peor que te puede pasar es que yo te diga lo adorable que eres durante lo que dure un único martini”.
Aunque la edad legal para beber en Estados Unidos pasó de dieciocho a veintiún años en 1986, en cualquier momento de la vida de Allen habría sido ilegal que un hombre adulto le ofreciera un martini a una persona de diecisiete años. Pero hablamos de un hombre que, a sus cuarenta y tres años, se adjudicó el primer beso de Mariel Hemingway (el de la actriz, no el de su personaje), a la sazón de dieciséis años, en el plató de “Manhattan”. (Después, recordó la actriz en una entrevista, corrió hacia el director de fotografía Gordon Willis y lloró “No voy a tener que volver a hacer eso, ¿verdad?”). Allen está disfrazando el crimen de arte. Hemingway declinó hacer comentarios sobre esta historia.
Allen frustra a la gente porque parece disfrutar bailando al borde del escándalo. No hay nada intrínsecamente criminal en la obsesión de un hombre de ochenta y dos años con chicas de dieciocho; no es tan malo como sacarse el pene ni como tener un botón en el escritorio que bloquee automáticamente la puerta. Pero es profunda y anacrónicamente repulsivo. Y aun más, Allen no parece preocupado por cambiarse o mejorarse a sí mismo de ninguna manera. Vive y piensa y crea de la misma forma en que lo hacía en los setenta, hace casi medio siglo. Es un recordatorio de que nuestro futuro, no importa cuán progresista sea, no estará lleno de estudiantes implicados en la justicia social dando discursos de graduación que citen a James Baldwin y a Roxane Gay. Habrá zopencos en el siglo XXII que aún lleven una resaca de de medio siglo o más. Allen es más que un augurio para esos trolls del futuro: es un modelo, una validación para ellos.
En esta era del #MeToo ha cuajado un trillado argumento moral que permite amar el arte y odiar al artista, que baila en torno a la idea de Walter Benjamin de que “en la base de todas las grandes obras de arte hay una pila de barbarie”. Allen asoma una y otra vez en esa conversación, dada la trágica génesis de su actual matrimonio, que comenzó al iniciar una relación sexual con la hija adolescente de su entonces novia, y que lleva durando dos décadas. Tal y como Allen describió su relación a posteriori: “Yo era paternal, y ella reaccionó bien a una figura paterna. A mí me gustaban su juventud y energía. Ella se sometió a mí”.
“Amar el arte” significa tratarlo como un producto terminado, pulido y preparado para el consumidor. Pero ¿qué ideas hay dentro de ese arte? ¿Qué emociones? ¿Qué prioridades? ¿Qué fealdad? Todo arte es parcialmente autobiográfico: sale de la mente, del alma de alguien. El archivo de Allen muestra qué hay en los suyos.















