Escoger un bando. Terrible dilema que se nos aparece constantemente desde que somos niños hasta que nos queda poco tiempo en el planeta. Y es que son incontables los momentos en los que tenemos que posicionarnos en un lado u otro, desde una pelea en el patio del colegio hasta incluso en el bando de una guerra. Solamente pocas personas, como una muy cercana a nosotros y que podría ser perfectamente una Tercera Miserable, logran encajarse en la neutralidad de una manera natural.
Es inevitable que cuando dos opiniones se enfrentan, la nuestra se posicione más cercana a una de ellas que a la otra. En el cine ocurre constantemente. Los hay más de Bette Davis que de Joan Crawford, están los que aman a Anne Hathaway y los que la detestan… era inevitable que esta guerra llegara a los superhéroes.
Las películas de superhéroes, sin ser yo un experto, están convirtiéndose en uno de los motores principales de la industria en Estados Unidos. Sus cifras de presupuesto son estratosféricas y su efecto en taquilla no tiene comparación. Sin ir más lejos, AVENGERS: AGE OF ULTRON costó la friolera de 250 millones de dólares pero hizo una taquilla mundial de 1.405 millones. Se han vuelto, pues, indispensables.
Lo divertido ha sido también ver la evolución de las historias de estos superhéroes y ver cómo han llegado al conflicto final e inevitable: los humanos. Los humanos y los gobiernos, que hartos de ver cómo los daños colaterales de las acciones de estos héroes son casi tan perjudiciales como sus propios enemigos. Por eso, desde hace tiempo, el debate está sobre la mesa y este año ha tocado a los famosos Vengadores de Marvel en su CAPTAIN AMERICA: CIVIL WAR.
Toda la publicidad de la película se ha basado en una premisa única y efectiva: escoger un bando: el de Capitán América o el de Iron Man (pese a pertenecer la película a la saga de Steve Rogers). Yo no necesitaba ninguna razón de más: mi corazón estará siempre con Iron Man.
Iron Man, aka Tony Stark (el único Stark que merece mis respetos) es el epicentro de este nuevo universo Marvel, pese a quien le pese. Fue precisamente su primera película la que inauguró esta oleada salvaje, creativa y económica de superhéroes. Stark es engreído, atractivo, millonario, sarcástico, arrogante y también generoso, justo y valiente. En definitiva, un conglomerado de personalidad arrollador que deja a Steve Rogers en un pusilánime ñoño, musculado y plano. Cabe añadir la carismática y genial interpretación de Robert Downey Jr, enfrentada al aburrido desfile de sonrisas forzadas y bíceps de Chris Evans.
En la estúpida guerra (porque todas lo son) que surge en la película, Iron Man se posiciona a favor de un cierto control por parte de los gobiernos de los superhéroes. Es cierto que sus habilidades especiales vienen de un traje, de algo artificial, todo lo contrario de otros personajes como Capitán América o la Bruja Escarlata, pero es en definitiva el líder natural y absoluto del grupo. No hay más que ver cómo todas las miradas giran en torno a él cada vez que hay que tomar una decisión.
Los Acuerdos de Sokovia para el control de las personas mejoradas son ratificados por 117 países, donde se incluyen las principales potencias mundiales. Únicamente buscan controlar las acciones de este grupo para evitar las matanzas colaterales, como los accidentes de la Bruja Escarlata. Es cierto que elimina cierta libertad de trabajo de estas personas, pero para eso ya está SHIELD que, por cierto, es quien les dota de toda la información necesaria, no es que ellos sean los mejores detectives privados de este u otros planetas.
Stark y su bando defienden la colaboración con el gobierno, el seguimiento de unas normas y protocolos que, no nos engañemos, suelen funcionar mejor que la libertad plena cuando hay tantas cosas en juego. Hasta el propio Capitán América sigue cada paso que le ordenan en cada misión. Y si a alguien hay que acusar de deslealtad es a él. Y, por cierto, una pelea de 2 contra 1 no se acepta nunca. Ni siquiera en el patio de un colegio.
Sin embargo, todo estalla por varias razones y no creo que el enfrentamiento Stark-Rogers sea una de ellas. Todo surge como una excusa. Como todas las miserables guerras. Cada personaje tiene una motivación, un pretexto, una persona a la que perseguir o proteger. Al final se les olvida cuáles son los verdaderos enemigos: HYDRA y Zemo.
Los Acuerdos son sólo una chispa, una tontada para hacer estallar sus miserias. Ninguno cede, y ese es el problema. Al final es la intolerancia la que habla. Es la estupidez de la guerra. Pero puestos a ir a la guerra, que sea con un Tom Ford de tres piezas.