Disfruté mucho la charla de Joan Fontcuberta en pasado 22 de mayo en el Centro de Extensión de la U. Católica. Excelente orador, su material muy bien organizado, sus ejemplos perfectos para ilustrar sus argumentos. Las entradas se agotaron con bastante anticipación, aunque el anfiteatro no alcanzó a llenar la mitad de su cupo. Curiosa estrategia de los organizadores de dar las entradas por agotadas cuando quedaba espacio de sobra.
Como en la ocasión pasada en que nos visitó, a mediados de los noventa y cuya charla tuvo lugar en el Conservatorio de la U. de Chile, el tema se centró en sus trabajos ¿autorales? (como él reniega de dicho concepto, tememos contradecirlo). El sujeto de sus charlas no ha variado mayormente: trata de la insoportable credulidad de la gente frente a la fotografía.
Fontcuberta se define como un escéptico de profesión. Aunque en la pasada charla en Chile, al salir de ésta un amigo fotógrafo me dijo: ¡ Pero este tipo es un mentiroso de profesión! Y luego, en una sobremesa en que me sentaron junto a Fontcuberta y en que nos divertimos charlando de todo menos de fotografía, luego que yo le relatara las enormes mentiras que tenía que echarle a la policía mexicana para evadir su diario trabajo de recolectar "mordidas" (coimas), él mismo me dijo: ¡hombre, pero es que tu ya podrías dedicarte a dar charlas!
Su charla del 22 de mayo (2014) comenzó mostrándonos una imagen documental de una publicidad que circulaba en Santiago por esos días: la cerveza Báltica. ¿Sería una publicidad real o una fabricación Fontcuberta? La sala tuvo la buena voluntad de no seguir a su maestro en la predica del escepticismo a ultranza y quisimos creerle que esa publicidad absurda y rebuscada estaba en las calles de Santiago. Aunque la he buscado y la he encontrado, siempre decía otra cosa, pero quiero creer que él encontró una versión diferente de las que yo he visto. Es que sin buena voluntad, no podría siquiera estar escribiendo esto.
Aprecio sin embargo que Fontcuberta usara la fotografía documental, e incluso algunos videos algo dudosos, como prueba de su buena fe y apoyo de sus argumentos, aunque es un poco como creerle a un jugador de póquer. No habrá perdido del todo, la fotografía documental, su cualidad de ser el humilde siervo de hasta los más escépticos personajes. Porque si bien él dice mentir en su obras, nos trata de persuadir de que nos entrega la clave para descubrir la verdad. La verdad Fontcuberta.
Es difícil, sin embargo, evaluar la obra de Fontcuberta solamente por sus series, montajes e instalaciones, sin prestar atención a sus escritos.
Si su trabajo consistiera solo en su obra visual y plástica, sin decir ni escribir nada, nos encontraríamos con un artista fascinante, de agudo ingenio e impecable factura. Dejaría espacio al público para desentrañar su obra y daría trabajo a los críticos para ganarse el pan de cada día.
Sin embargo Fontcuberta es también el ideólogo de un cierto neo-escepticismo, que se vale de aquello mismo que ataca como dudoso, tramposo o mentiroso, para dar credibilidad a sus observaciones, a saber: la fotografía documental, las citas, los vídeos, los recuerdos personales. Todos esos anatemas que se propone destruir con sus escritos, es lo que le permite respaldar el desarrollo de su análisis. Lo primero que me viene a la mente es que para leer a Foncuberta no se puede ser como Foncuberta, porque sería agotador separar la paja del grano en sus textos, por la simple razón de que él mismo nos dice que vivimos en un mundo fundamentalmente mal intencionado y mentiroso donde la fotografía destaca como alumno aventajado. ¿Será él una excepción?
Fontcuberta artista es otra cosa, porque en el arte no hay ni arriba, ni abajo, no hay verdades, ni mentiras, solo hay construcciones y proposiciones para el regocijo de nuestra mente. Así como Obelix se cayó en el caldero de la poción mágica, a mi me parece que Fontcuberta se cayó cuando niño en el libro: "Alicia en el país de las maravillas". Su obra se sitúa siempre al borde de las cosas, la practica y los conceptos. Este límite, por definición ambiguo, le permite jugar con espejos deformantes, transformar unos insectos reventados en el parabrisas de su auto en constelaciones desconocidas (Constel- Lacions) o una simple llave en un paisaje onírico (Securitas).
Dejarse llevar por la fantasía de Fontcuberta en sus trabajos artísticos, es entregarse a su lógica interna, pues ésta es casi la parte más importante del juego de equívocos que a menudo nos propone. Como el escritor Jorge Luis Borges, a quien dedica uno de sus libros (El beso de Judas), Fontcuberta construye telarañas donde saber y ficción se entretejen en el juego de la lógica y las apariencias. Donde las acrobacias permanentes entre verdades y falacias nos pueden llevar a visiones que oscilan entre la monstruosidad y el milagro, como en sus obras Herbarium y Fauna o hacernos entrar en una ficción conspirativa como en Sputnik.
En la exposición presentada a la ocasión de su charla, en el Centro de Extensión de la Universidad Católica, se presentaban muestras de sus series Orogénesis, Gastrópoda y Googleramas.
Orogénesis, trata de la simulación de paisajes con programas 3D alimentados por data informática, en esta ocasión por la información contenida en paisajes pictóricos. Se comparan los originales con los paisajes construidos.
Gastrópoda, se refiere al registro de la huella de la acción persistente de caracoles sobre documentos gráficos, como invitaciones a galerías y museos, depositados en su buzón.
Googleramas, construidos a partir del uso de Google, como buscador de imágenes, asociado a un programa de foto-mosaicos. Los motivos se refieren por lo general a situaciones políticas, culturales o lugares comunes, así como a las palabras claves usadas para generar las imágenes. La picardía se revela a nivel de las palabras claves que ha elegido simbólicamente para generar las imágenes.
No podemos terminar este comentario de la visita de Joan Fontcuberta sin mencionar su ideología, por cuanto ésta es la base de su acción artística.
Supongamos a Don Quijote argumentando frente a un sorprendido Sancho con barroca retórica y con perfecta lógica, que los molinos de vientos son gigantes y que la meretriz que les sirve el vino es su inocente Dulcinea. Son tales los esfuerzos de su oratoria, que llega a hacer dudar a Sancho Panza —el hombre del sentido común— exponiéndolo a enormes peligros por salvarle la vida en cada trance a que los conduce su ilustrada "locura".
Foncuberta de la Mancha, nombrado Caballero de la Orden de las Artes y la Letras por los franceses, nos descubre todo tipo de límites en los cuales las cosas van perdiendo sentido. ¿Acaso sabemos exactamente donde termina la vida y donde comienza lo inanimado? No, no lo sabemos, como no conocemos donde termina lo infinitamente pequeño o lo infinitamente grande, ni cuando empezó todo o cuando terminará. Los borde, los límites, son por naturaleza un mundo desconocido que puede albergar todo tipo de dudas. Esa es su naturaleza, por decirlo de algún modo. Y Fontcuberta ha encontrado allí un filón desde donde intenta poner en cuestión al objeto completo. Que no sepamos exactamente donde termina la vida, no cuestiona el hecho que sepamos distinguir grosso modo cuando alguien ha muerto, porque no olvidamos que todo se encuentra enmarcado dentro de un contexto físico, cultural y temporal que nos informan sobre la posición, uso y evolución de las situaciones.
En su libro El beso de Judas, nos pone como ejemplo la huella de un pez entintado sobre un papel, como representante de la "verdad". Todo lo que se aparte de dicha ·evidencia" lo pone en duda. A la huella del pez sobre el papel, que no indica su estado de deterioro, ni su color, ni sabor, ni el aspecto del otro lado del pez, Fontcuberta le confiere el titulo de "verdad". Luego lo compara con la "verdad" de la fotografía, tomando como medida las propiedades de la huella del pez entintado. Pero ocurre que ni la huella por contacto, ni el registro de la proyección óptica dentro de la cámara son "verdades"; son solo lo que son: una "evidencia" parcial, producto de un procedimiento acotado a su tecnología. Con un termómetro no pretenderemos captar algo más que la temperatura, no los conflictos psicológicos de un paciente ¿verdad?. ¿Es por esto que el termómetro es un mentiroso?. La fotografía obviamente no es una huella, porque una huella es algo que se produce por contacto. No siendo los fotónes partículas materiales, no podemos apelar a una huella por contacto y si lo fuera, sería una huella a distancia —si es que algo así puede existir—tan huella como una onda de radio en el receptor de la casa. Una huella que además permitiría todo tipo de maniobras dentro del espacio de esa distancia. Ciertamente la fotografía no es lo mismo que una huella por contacto en la arena, la huella de un dedo o de un pez entintado sobre un papel. Y porque son cosas diferentes, no hay una competencia de "verdades" porque para empezar ninguna de las dos lo es. Entonces, comparar dos cosas diferentes o adjudicarle arbitrariamente virtudes, es solo retórica y una vez lanzados sobre esa senda, la lógica llegará a agotar algo que ya ha comenzado como una falacia, a saber: que ambas son huellas, para luego obviamente terminar deduciendo que una de ellas es mentirosa. ¿No será que simplemente que se trata de fenómenos diferentes y que es demagogia tratar de hacerlos competir al mismo título por una dudosa "verdad"?
Obviamente si defino un molino de viento como un gigante, a continuación podré sacar miles de conclusiones de que ese gigante es mentiroso, que no se comporta realmente como un gigante. Todo esto me recuerda Borges quien, después de todo era un buen argentino en su capacidad de retórica y de especulación de verdadera y falsa erudición, y en cuya lectura, quien no está atento al rápido juego de un intelectual "Pepito paga doble", es muy posible salir desplumado. Es la sensación que me da cuando leo el libro El beso de Judas, que felizmente tengo a mano, y que Foncuberta declara como su manifiesto en 1996.
Podría seguir comentando el libro y ciertamente ganas tengo de hacerlo, pero no es el objeto de este comentario que ya se ha alargado más de la cuenta. Quisiera terminar con las obras de Fontcuberta que yo veo se dirigen hacia un peligroso lugar (¿común?). Por un lado comienzan a repetirse y quizás hasta a aburrir, porque empieza a ser predecible en sus insistencia en el trompe l'oeil o la ridiculización a través de los disfraces. Sus últimos trabajos: Googlerama con temas ya refregados mil veces por la prensa oficial pro y anti sistema, en que se abandona a una suerte de populismo demagógico, de una crítica de consenso, que solo se sumará al show de la crítica "políticamente correcta". Y lo mas inquietante de todo, lamentablemente por su mal gusto, en su última serie/parodia sobre Bin Laden titulada Desconstruir Ossama, en que se alinea precariamente a la estridente vulgaridad de un Sacha Baron Cohen donde todo es previsible, hasta su posición dentro de la sociedad del espectáculo.
El ataque calculado a los "malos de turno" como la parodia irreverente al trabajo del fotógrafo alemán Blossfeldt en la serie Herbarium; las monstruosidades del profesor alemán Amaisenhaufen (traducción de: montón de hormigas) de la serie Fauna; la deconstrucción y posterior y monstruosa reconstrucción del avión americano por los ineptos chinos copiadores en Pin Zhuang; la criminal conspiración soviética de Sputnik; La ridiculización de la arqueología contestataria en Sirenas; la ridiculización de la iglesia ortodoxa en Miracles & CO, etc. nos hacen pensar en una persona que no se ha curado de los fantasmas de la 2a Guerra Mundial ni de la Guerra Fría y que es víctima de la propaganda más elemental de nueva lucha "contra el terrorismo y la disidencia intelectual". Todo esto sin olvidar su descubrimiento de la "postfotografía", como el reciclaje de la fotografía existente; algo así como un chef de cocina que descubre en la hamburguesa la "nouvelle cuisine".
Para ser franco y con la simpatía que me despierta Fontcuberta, no es el final feliz que hubiera esperado para alguien brillante, nacido el año 1955 y que en mi opinión, se está dejando llevar por creencias de claro corte político que cada día se hacen más evidentes. ¿Será que todo tiene su precio?.