arremetida contra la felicidad
una arremetida es una carga con furia e intensa, siendo usada con regularidad ante las aberraciones que ocurren en el día a día; no obstante, qué motiva atacar con furia e intensidad la felicidad?
Querámoslo o no, de forma intencionada o inintencionada, nos vemos expuestxs a la felicidad como un estado de la conciencia a la que accedemos en algún momento y en algún lugar particular, ya sea por medio de un trozo de pan, en un abrazo, en una mirada, en una sonrisa, en un regalo, en una cerveza, en una pradera, en la exhalación del aire, en beber agua, o en las más extrañas situaciones. Todas las manifestaciones que tiene la felicidad para aparecerse proveen de herramientas a las personas para buscarla, sin embargo, no siempre la felicidad resulta algo personal. El capitalismo y sus secuaces -medios de producción, de comunicación, de información, el mercado, entre otros que probablemente pasé por alto- se han apropiado de la felicidad (como de la gran mayoría de objetos) y la ha transformado en un mandato. “Tienes que ser feliz”, “Vamos que hay que echarle ganas”, “Hay que encontrar la felicidad”, “la finalidad de la vida es ser feliz”. Afirmaciones que no tienen ni una pizca de ingenuidad y que están rodeadas de un simbolismo imperativo. Por si fuera poco, el bombardeo de ofertas para rellenar ese espacio llamado “felicidad” cumple con su función: crear una necesidad. Esta necesidad aboga como una máxima que no puede ser falsa y que necesariamente aspiran todis a alcanzar: Todis las personas aspiran a ser feliz, x es una persona, por lo tanto, x aspira a ser feliz. Que todxs ‘aspiren’ a ser feliz, implica, necesariamente, que en este momento no han logrado ni son felices, por lo que ahí se experimenta una carencia. Esta carencia es atacada y rellenada, supliendo la necesidad ficticia de ser feliz. Hasta se inventa películas con títulos alusivos a una búsqueda inoficiosa “en búsqueda de la felicidad”. Que película de mierda.
La felicidad no es como el conocimiento, que es una búsqueda que satisface la curiosidad de manera desinteresada. La felicidad llega de manera imprevista y a veces se presenta de forma inexplicable. A veces tiene la apariencia de que ha sido planificada, sin embargo, la planificación no soporta las vueltas y vueltas que la cotidianidad presenta. Ser feliz representa un estado del ser. El ente del ser está-ahí-siendo, en tiempo presente, mas no constante, pues la conciencia es siempre conciencia presente en exclusividad cuando se presenta. La eterna-felicidad o una felicidad-a-largo-plazo no es plausible, puesto que la felicidad misma necesita irse para poder volver. La mala costumbre de acostumbrarse es causante de que los estados de la conciencia se escondan como se esconden los lentes en el rostro de alguien que los ocupa. Buscar encarecidamente algo deja obnubilado parcial o completamente el radar para encontrar lo que se busca, a veces usar anteojeras para llegar a una meta es inútil.
Con esto no afirmo de ningún modo que las personas necesariamente deberían ser amargadas, tristes o deprimidas, todo lo contrario, busco que las personas no sientan la obligación de ser feliz ni de buscar la felicidad. Para algunas personas es suficiente con estar en calma, sin tanta efervescencia que les sobreestimule, para otras personas su pena con la que han aprendido estar es suficiente para no estar mal, o aquellas personas hundidas en lo más profundo del pozo que no logran ver salida a sus dolores, basta con que estén ahí ahogándose, no como un acto de desinterés hacia la otredad, sino como un manera de respetar la nobleza que hay en el dolor, o aquellas personas que sienten la rabia y la cólera más emputecida, para ellas es suficiente esa rabia, o no quieren ser feliz y que tampoco deben serlo, porque su rabia es motivo suficiente para encausar un sendero. La imposición de un estado particular de la conciencia es un imperativo cultural de esta época que ha decidido la felicidad de plástico en la punta de la jerarquía, deslegitimando y minimizando los demás estados de la conciencia que no se acoplan al plan de una cultura determinada.
















