Carta para les migajeras (esas personas que aman aunque no las amen igual)
A vos, que te dan poco y aún así te quedás.
A vos, que sabés que eso que te ofrecen no alcanza, que el “te quiero” llega tarde, por WhatsApp y sin acciones, pero igual lo guardás como si fuera una joya.
A vos, que hacés mil malabares para que una relación que se cae a pedazos parezca una cabaña de refugio emocional. Que armás castillos con migas. Que te acostumbraste al “no tengo tiempo”, al “soy así”, al “yo no soy de demostrar”.
A vos, que te contás cuentos para dormir tranquila. Que te repetís que con vos va a ser diferente, que seguro no te quiere porque no sabe querer, que no es que no quiere estar, sino que no puede o que "no sabe". Que el problema es que no le enseñaron, y vos—heroína sin capa—te ofreciste como clinica de rehabilitación emocional.
A vos, que no te bajás del barco aunque haga agua por todos lados, porque “¿cómo lo voy a dejar justo ahora?”
Que das hasta quedarte sin nada.
Que confundís amor con sacrificio.
A vos, que tenés el corazón lleno de excusas ajenas.
Porque no viniste a esta vida a mendigar afecto.
No sos un centro de rehabilitación para corazones rotos.
No sos un tutorial viviente para enseñarles a querer.
No sos un borrador donde otros puedan tachar, escribir, borrar, corregir y volver a intentar.
No.
Sos hogar.
Sos fuego.
Sos abrazo.
Sos canción que calma tormentas.
Sos proyecto terminado.
Sos obra de arte.
Sos refugio para quien sepa quedarse, no para quien sólo pase a ver si llueve.
Y sí, claro que es hermoso tener un corazón noble.
Pero no a costa de dejarlo sangrar.
No más decir “algo es algo” cuando ese algo es casi nada.
No más sostener vínculos que sólo funcionan cuando vos estás bien. Y das, das, das.
No más creer que tu valor se mide por cuánto podés aguantar.
No más confundir paciencia con resignación.
No más aferrarse a lo que duele con la excusa de que podría ser peor.
Esto no es un castigo.
No es la vida dándote una lección.
No es tu cruz ni tu karma.
Es simplemente un límite que no pusiste, una voz que no usaste, una alarma que ignoraste porque querías tanto que fuera real, que te creíste cualquier ilusión.
Pero te juro: no necesitás más pruebas para demostrar que sabés amar.
Ya quedó clarísimo.
Ahora te toca que te amen igual.
Sin condiciones.
Sin desaparecer.
Sin medias tintas.
Sin el “perdón, es que soy así”.
Porque sí, es verdad.
Hay personas que no saben amar.
Pero vos no sos su entrenamiento.
Vos sos la recompensa.
Y las recompensas no se mendigan.
Se eligen.
Se valoran.
Se cuidan.
Así que soltá la migaja.
Tenés hambre de banquete emocional.
Y lo merecés entero.
Firmado:
Una ex-migajera que todavía a veces se olvida, pero que aprendió a cerrar la mano cuando no hay nada para agarrar.