Compré tu regalo tres semanas antes de tu cumpleaños. Lo escondí atrás de los buzos, ese estante que yo nunca abría.
Cuando llegó tu día, nosotros ya no existíamos. Y el regalo seguía ahí. No sabía si mandártelo, tirarlo o hacer de cuenta que nunca lo había comprado.
Una noche abrí la caja. Adentro estaba la carta que había escrito cuando todavía pensaba que íbamos a llegar juntos a esa fecha. Los regalos pensados específicamente para vos. Y todo ese amor que no le había puesto a un regalo hace mucho.
No lloré por el regalo. Lloré por mí. Por la mujer que seguía comprando regalos para un futuro que ya se había terminado y que todavía no se había dado cuenta.
Lo dejé guardado. Porque tirarlo es aceptar que ya no queda ninguna excusa para que volvieras. Que no va a haber otro cumpleaños. Ni otro abrazo. Ni otra oportunidad de dártelo.
Lo dejé guardado.
Porque tirarlo es aceptar que ya no queda ninguna excusa para que volvieras.
Que no va a haber otro cumpleaños. Ni otro abrazo. Ni otra oportunidad de dártelo.
Y la verdad….
es que todavía no pude sacarlo de ahí.
Fer















