Hundiste tu rostro en mi cuello.
Silencio. Solo silencio.
Por primera vez, me hice pequeña.
Callé el consuelo y te mantuve cerca.
Conozco tu dolor. Lo palmo.
Mi alma se revuelve rabiosa y quiere correr a abrazarte.
Llevarte hasta tu sueño.
Borrarte la tristeza.
Y sé que no puedo. Aún no.
Miro la calle vacía. Oscura.
Silencio. Silencio.
Caen tus lágrimas inaudibles para el mundo.
Pero caen fuerte y las escucho.
No digo nada.
No alcanza. No alcanza el diccionario ni las palabras enaborladas.
Silencio y tu cuerpo pegado al mío.
Allí entiendo que, pase lo que pase, sujetaré tu mano.
Estaré allí y seré tu hombro o el cuello donde acunes el llanto.
Pero será breve. Porque sé que un día mudarás de lágrimas.
La tristeza se barrerá y cabrá la felicidad que te falta.
Aquella con la que hoy no puedo competir ni espantar.
Paciencia...siempre paciencia.
Hoy no hay palabras, solo silencio.
Y te leo, te observo.
Pero en ese silencio mantengo mi confianza: lo que hoy tienes en tu pecho es una promesa que se cumplirá porque los que esperan, tarde o temprano, verán su recompensa.
Emilia R.B









