Au revoir Arrosoir
Un día mi hermana me contó que Kefa le había presentado a dos franceses que querían abrir un café en el centro. Tenían la idea de armar un espacio que no sólo fuera de comida y bebida, sino algo más y Kefa pensó que mi hermana podía darles buenos consejos.A mí me pareció que era una locura. La primera vez que los conocí fue precisamente con Bafi en Barecito. Ese día nos enseñaron el primer borrador de cómo sería el menú y cómo se llamaría el lugar. No nos entendimos casi nada porque ellos no hablaban español y nosotros no hablábamos francés y todo mundo sabe que hablar en inglés con un galo es pésima idea. Mi hermana siguió en contacto con ellos. La siguiente vez que los vi fue en la presentación de mi primer libro, Relatos de un mundo depravado, En El Manojo (otro espacio mítico que desaparece en estos días). En aquellos días, los franceses empezaron a aparecer en un montón de eventos culturales, enterándose de qué sucedía en la ciudad, interesándose en todos los proyectos y sentando las bases de lo que años después sería una enorme y cálida comunidad.
Desde que abrieron me volví cliente frecuente. A veces la gente me pedía cosas de la barra porque me veían tanto ahí que creían que trabajaba o que era parte del mobiliario. Por cierto, hubo dos veces que sí atendí en la barra, fueron breves pero divertidas y recuerdo que Benito me enseñó a usar la máquina del café. Fueron casi diez años constantes. Nunca pasó más de una semana sin que visitara “el francés”. Para mí es un lugar absolutamente icónico para la ciudad, para mi generación, para el movimiento artístico y cultural. Intento escribir algo y se me amontonan los recuerdos. Comparto algunos que me vienen ahora (también espero pronto poder escribir algo más sustancioso):
Ahí fueron las primeras sesiones del Taller de Escritores de la Barba Naranja, taller que mutó a lo largo de los años, y sigue vivo con pocos de los miembros originales, pero que acogió en distintos momentos a casi todos los escritores de la ciudad. Ahí nos reunimos por las mañanas a leer y compartir nuestros primeros textos mientras comíamos pan francés y café americano corto.
Ahí presentamos varios números de la revista La Piedra, tuvimos múltiples sesiones de las Tertulias Literarias 4 Letras. En este momento recuerdo la vez que transmitimos en el patio con UFM Alterna y el buen Paco López. Ese día hubo lectura de Edgar Artaud Jarry y Karloz Atl, además tuvimos la fortuna de organizar uno de los últimos conciertos que se armaron en ese espacio, frente a la fuente. Esa noche tocó Neoplen por primera vez con Max Potenza en la batería, además Vite, después de una larga temporada inactivos se presentaron con su alineación original. Otra lectura que recuerdo mucho -y seguro Amaury más- fue la vez que Gerardo Grande se subió al viejo librero que estaba en el escenario, prendió una hoja en fuego y se lanzó desde las alturas lastimándose de por vida la columna.
Ahí presentamos un montón de libros, pero en especial recuerdo Monstruo Constructor de Yoko Ñim, Flores inmundas de Ana Martínez Casas y El misterio de la Marca de Amaury Colmerares que borracho de mezcal escribió en su vieja máquina de escribir finales alternativos para todos los asistentes.
Ahí también tuvimos algunos eventos literarios de Festival Grotesco y en su escenario siempre han acogido a todos los esfuerzos editoriales y ferias del libro que hemos impulsado nosotros y todos los demás escritores, revistas y editores. Ahí tuvimos los homenajes para Francisco Rebolledo y Socorro Venegas, por ejemplo, que me parecen especiales y memorables.
Ahí armamos fiestas de Ruina Tropical -de hecho ahí nació el proyecto- y ellos y Gris de Casa Tikal nos apoyaron para editar Eterna Primavera, libro que nos llevamos a Portugal. Además de que siempre patrocinaron el calendario #Ruinatropical y con ellos organizamos Demencia tropical y montón de pachangas.
Ahí tuvimos míticas y terribles borracheras. Muchísimas e incontables noches comenzamos ahí para terminar en otros lugares cuando sonaba la campana de la última ronda. En especial me llegan a la memoria algunas veces que después de cerrar nos quedamos a compartir con el equipo de la Regadera y nos convidaron Chartreuse y Pastis y nos provocaron las peores crudas posibles. También recuerdo la noche que Amaury y Benito nos retaron y pusieron una canción y dijeron que si alguien decía dónde salía podría beber todo lo que quisieran. Era la banda sonora de Expreso de Medianoche. Esa noche bebí mezcal y cervezas Cuauhnáhuac y todos bailamos hasta el amanecer. Otras grandes noches que recuerdo fueron después del temblor, cuando atendieron provisionalmente abajo y al interior de la galería NM. Entre las sombras nos rencontrábamos todos después de la catástrofe.
Ahí celebramos muchos cumpleaños (mis 30 años fueron ahí patrocinados por Pepé de Scena que dejó mi cuenta pagada), graduaciones, premios, nuevos proyectos, ahí lloramos rupturas, conocimos parejas, amores de una noche, hicimos del Arrosoir nuestro punto de encuentro. Era un ritual que se repetía cada fin de semana ¿Nos vemos en Arrosoir? ¡Va! O simplemente llegábamos y poco a poco se iba haciendo un grupo más grande que ocupábamos la fuente y el patio y pedíamos mezcal, carajillos y cervezas sin parar.
Ahí presenciamos grandes conciertos. Mis favoritos Som Bit, siempre, Andrés Uribe con sus muchas alineaciones y músicos invitados, Calaveras de Azúcar, Gallo Lobo, Chronos y la inolvidable noche que reunió a Chris Van Beuren con Gustavo Nandayapa y Benjamín García.
Ahí planeé miles de cosas con Amaury y nuestra amistad está básicamente construida en ese espacio, ya fuera leyendo y tomando café o bien borrachos un miércoles a lo menso o llevándonos a todo mundo a su casa para seguir bailando.
Ahí desayuné y comí miles de veces con mis amigos, con mi familia, con las visitas que venían de lejos, con mis amores, con mis montones de citas, con mis novias o solo y con un libro. Ahí leí muchísimos libros y presenté los míos y tuve lecturas de poesía muy especiales.
Recuerdo con mucho cariño cómo iba algunas noches a visitar a Valeria que trabajó ahí. De hecho muchas de mis mejores amigas han encontrado trabajo ahí: Yoko, Sam, Ana.
Recuerdo cómo Amaury (Momo), serio y reservado poco a poco se fue acercando a nosotros y aprendimos a respetarlo y quererlo con su carácter y también vimos cómo poco a poco se fue volviendo más mexicano y cálido. Una de las últimas veces que fui, estuve con Regina y Yoko y ante la incapacidad de elegir qué postre queríamos Amaury nos regaló uno de cada uno de los que tenían en el menú. Nunca lo olvidaremos, ni su apoyo incondicional a nuestros proyectos. Se volvió un amigo entrañable, de la misma forma que Dany, que siempre nos recibió con amabilidad, cortesía, franca sonrisa y la mejor actitud de la puta ciudad. Además de que debo reconocer que siempre se viste con las mejores camisas y prepara los mejores tragos.
Recuerdo cómo Benito se sentaba ciertas noches a platicar con Amaury y conmigo y nos preguntaba muchas cosas sobre libros y autores, a veces nos regala mezcal e intentábamos descifrar lo que decía ya borracho.
Recuerdo también con mucho cariño todo el apoyo que tuvimos siempre de Humberto en cualquier cosa que se nos ocurría: eventos, conciertos, fiestas, lecturas, proyecciones, grabaciones, ruedas de prensa, etc. En su trabajo se concentra gran parte de la historia cultural de Cuernavaca.
No puedo en este momento imaginar mi vida sin el Arrosoir. No puedo concebir la ciudad sin ese espacio. Siempre me hicieron sentir bienvenido. Creo que lograron construir una comunidad chingona y siempre se mantuvieron fieles a sus ideales. Al final soportaron mucha mierda y resistimos juntos. Los seguiré a donde sea que vayan y contarán con mi apoyo incondicional y mi amistad, siempre.
Au revoir, amigos, gracias por todo.
Foto: Ricardo Modi












