La pelusa.
¿Barrer o pasar la aspiradora? That is the question. De entrada, el acto de barrer puede resultar una tarea un tanto tediosa, sobre todo para el espécimen humano de género masculino acostumbrado al hábitat del sofá. Sin embargo, uno piensa en cierta corriente oriental que dice que “barrer es bueno para el espíritu”, que “lo aplaca y lo disciplina”, aparte de ser un acto bastante más ecológico y silencioso que pasar la aspiradora (la que tengo, regalo de mi santa madre, consume 1500W, una puñalada trapera al medio ambiente). Entonces nos mentalizamos, o nos resignamos según se mire. Y después de castigar la conciencia con estos pensamientos, nos ponemos manos a la obra. ¡A barrer! Ponemos algo de música para dar alegría al ejercicio y con la espalda recta y un poco de ritmo vamos recogiendo la suciedad tranquilamente. La cosa marcha bastante bien. Bien hasta que tropezamos con... la “criatura”. Esa que habita en todos los hogares y que nadie sabe cómo pero que a pesar de haber limpiado el suelo siempre aparece ahí, deambulando a merced de las corrientes de aire cual esfera de paja de las películas del oeste.
La pelusa. Así conocemos a este engendro. Es una denominación muy simple. Demasiado para lo que encierra en realidad. No es un ser propiamente dicho, sino más bien un ecosistema completo en miniatura, que transporta multitud de formas de vida microscópica. Pequeños insectos, ácaros, bacterias, virus y células humanas (o de animales si es el caso), vivas y muertas, que componen la parte biótica del ecosistema “pelusil”. La otra parte ya la conocemos, es la que se puede ver a simple vista (y la menos inquietante dicho sea de paso): un conglomerado de pelos, polvo, fibras textiles, restos de comida, suciedad, etc. que sirve de soporte vital a los seres anteriormente nombrados. Estas pelusas parecen inofensivas ¿verdad? Intenten barrerlas y de pronto verán cómo huyen despavoridas del cepillo de la escoba. Y si conseguimos cazarlas con la ayuda del recogedor éstas se aferran a las fibras del cepillo como si fuera su única oportunidad de sobrevivir, aprovechando cualquier descuido para escapar de su cautiverio si no las eliminamos a mano del escobón (tarea bastante más tediosa que barrer).
Es una guerra perdida. Es la guerra de guerrillas. Emboscadas en las bajeras del sofá, asaltos en los rincones y atrincheramiento bajo las patas de las sillas. Quitas cuatro; aparecen tres más por la retaguardia y de las cuatro de antes se te escapan dos. ¡Dios mío están por todas partes! Tarea imposible para el armamento con el que nos hemos equipado. Ecológico es cierto, pero rudimentario y poco efectivo. Sencillamente inútil. Y para colmo miro al techo cansado, derrotado, con dolor de cuello, y de repente me encuentro con las fuerzas aéreas enemigas: ¡las telas de araña!
Pero eso ya es otra historia. Yo estoy muy cansado, quiero volver a mi sofá. Entonces guardo la escoba y el recogedor en el trastero. Busco entre los cacharros y aparece la artillería pesada: mi aspirador Taurus de 1500W. A la mierda el medio ambiente, la contaminación acústica y la factura de la luz. La venganza está servida. Soy un maldito genocida lo sé, pero ¡qué bien me siento!
El campo de batalla queda vacío. No hay cadáveres y eso es bueno, pues así no hay remordimiento. Ahora puedo volver a mi sofá a descansar, contribuyendo de nuevo con la creación de nuevos micro-ecosistemas, cerrándose así el hermoso círculo vital. Ni tan siquiera el National Geographic es tan emocionante como una tarde de limpieza en casa. No entiendo cómo se puede pagar por ver la televisión cuando lo mejor lo tenemos delante de nuestras narices, o debajo del sofá, según se mire...










