“¿No dijiste que te sería inútil, que tu preciada tecnología te serviría más?” Está segura de que ha logrado sobrevivir sin él. “Lo terminé ese mismo día, pero está en mi mochila y no la traje hoy, obviamente — y no, no iremos a buscarla.” Se adelanta a la posibilidad de que encuentre en ello una excusa para escapar de la fiesta. “¿No sería más humillante que alguien nos vea jugando en la fiesta? O peor, que alguien te vea perdiendo.” En un movimiento rápido, busca chocar las palmas de sus manos contra las ajenas. “Acepto que no bailemos, pero tenemos que jugar a otra cosa — un juego de fiesta, como yo nunca nunca, verdad o reto, ¿sabes de qué hablo?”
“No.” que él recuerde, por lo menos. “Si lo terminaste ese mismo día no entiendo por qué no me lo diste antes.” es válida la aclaración de que no se encuentra dispuesta a abandonar la fiesta para ir a buscarlo, porque si fuera por él saldrían en ese instante y tendría una excusa para ir a descansar, tanto como los interacciones sociales le demandan. Distraído por la conversación es que no logra sacar las manos a tiempo. Chasquea la lengua y ladea el rostro unos centímetros, asumiendo la derrota. Antes de que pueda proponer otra ronda, la escucha: “Odio esos juegos...” empieza a quejarse por lo bajo, pese a que no se trate de una rotunda negación a la propuesta. Eso le hace recordar uno que sí le divierte, por lo que, antes de que la menor continúe por la misma línea de pensamiento, se atreve a informar: “Mh, en el camino a la fiesta obtuve la carta de p.e.k.k.a., ¿la quieres ver?” entre que pregunta, orgulloso, se dispone a sacar su teléfono móvil. Desconoce si su compañera sabe a qué se refiere, pero tiene la sensación de haber mencionado previamente y entre sus conocidos al juego que ocupa sus tiempos libres.