El Lago Titicaca es tan grande que parece un océano, un océano con olas siempre ausentes, un océano inmenso rodeado de montañas y que según cuenta la leyenda sería el mismísimo origen de la civilización Inca.
Para llegar a la Isla del Sol tuve que tomar una pequeña embarcación por casi hora y media. Los pasajeros venían de distintos lugares, unos chicos de Escocia, unas chicas de Noruega, algunas personas de Chile –entre ellas dos chicas con las que fantaseé buena parte del trayecto arrojándolas al lago para así tal vez ahogar sus chillidos en la profundidad del lago- y otras de las que nunca me enteré su origen.
El día estaba cubierto de nubes que por momentos ocultaban completamente el sol, curioso, pensaba, ir a la Isla del Sol y no ver el sol; por ratos también había mucho viento y por lo mismo algo de frío. Llevaba puesto un pantalón corto pero el frío me obligó a ponerme allí mismo el jeans que llevaba en mi mochila. Durante el viaje fui intentando leer las formas de las nubes pero me costó trabajo concentrarme en ellas con las dos habladoras compulsivas que se robaron sin ningún pudor el maravilloso silencio al que invitaba el lugar.
Durante el viaje nos encontramos con una formación rocosa en el lago que habría jurado era un gran caimán, incluso tenía partes verdosas que asemejaban la piel de algunas lagartijas. Parecía estar al acecho, listo para atacar, como un celoso guardián de algún tesoro todavía por descubrir.
Cuando finalmente llegamos a la orilla de la isla lo primero que me llamó la atención fue una gran escalera hecha de piedra, “Las Escalinatas de Yumani”, construidas en los tiempos en que el Sol se adoraba con toda la devoción propia de quienes están en permanente contacto con los astros, los satélites y las estrellas. Y eso no es todo, porque un poco más arriba, casi al final de las escalinatas hay una fuente que según la leyenda es nada más y nada menos que una fuente de la eterna juventud (por respeto a la leyenda no pude evitar beber de su agua).
A medida que subía la isla -a paso lento porque la altura obligaba hacerlo así- podía ver más claramente toda la magnificencia del lugar: el lago se perdía en la inmensidad y daba la sensación que llegaba a las mismísimas nubes, como si no hubiese separación entre él y las nubes, como si el límite entre él y ellas fuera inexistente. Y tal vez lo es. Divisé a lo lejos La Isla de la Luna, más pequeña que la Isla del Sol, pero allí, a su lado, como si la una no pudiese estar sin la otra. Lo Femenino y lo Masculino. Debajo recorriendo el lago había una embarcación de totora simulando las de tiempos ancestrales, se movía lento y con mucho cuidado, casi como si tratase de no despertar al lago.
El recorrido de la isla terminó con la visita del Templo del Sol, o con lo que fue el templo alguna vez porque son ruinas que guardan vaya a saber uno qué historias o qué secretos. Está ubicado a un costado de la orilla del lago, no a nivel del lago, se supone que a 500 metros sobre el nivel de él, así que tiene una vista privilegiada.
Estando allí me arrepentí de haber ido sólo por el día porque tuve deseos de noche, de estrellas y de luna reflejada en el lago.