“¿Cómo podía un ser vivo sangrar mensualmente sin afectar su salud, sin morir?
Esa pregunta comenzó a tener algunas respuestas en el siglo XVIII cuando ganó terreno la tesis del “dimorfismo sexual”, es decir, la existencia de diferencias apreciables en los organismos de las mujeres y de los varones, que refutaba la visión anterior, que hablaba de la existencia de un solo sexo y de dos géneros. La correlación entre la fecha del coito con la fecha de embarazo y de la morfología ovárica con la menstruación comenzó a ser comprendida a partir de 1900. Hacia 1910, los estudios de la citología de la mucosa cervical de Papanicolaou facilitaron el primer indicador fiable del ciclo ovárico en seres humanos; los ensayos hormonales comenzaron poco después; y recién en 1930 se llegó a entender de forma general el control hormonal de la ovulación por el ovario y la glándula pituitaria.
El proceso civilizatorio de la modernidad occidental impuso el control de los fluidos y desechos corporales que, combinado con el discurso de la asepsia del higienismo, incentivó la fabricación de compresas –primero de forma doméstica y luego comercial– que pudieran absorber la sangre menstrual. Lavarse, cambiarse frecuentemente los paños y descansar, fueron consejos e indicaciones para proteger el cuerpo femenino de gérmenes y malestares, cuidándolo para lo que se consideraba su función principal: la maternidad. Hacia el 1900, las compresas de tela, los cinturones y los delantales que las sostenían se comercializaban con éxito: menarquias más tempranas, menor cantidad de embarazos y menopausias más tardías aseguraban un importante número de clientas. La consigna era contener el fluido menstrual,y también los olores.
Un rápido adelanto en el tiempo nos aterriza en la década de 1930, cuando Leona Chalmers patentó Tass-ette, una de las primeras copas menstruales. El producto no prosperó entonces: había quejas por la dureza del material y a muchas mujeres les resultaba extraño colocarse algo en la vagina, aunque con ligeras variaciones, su prototipo ha sido el modelo utilizado por las más de 12 marcas de copas menstruales reutilizables de las que se dispone en la actualidad. Chalmers buscaba facilitar el deporte durante la menstruación y ofrecer una “protección invisible” que diera confianza a las mujeres. Su publicidad afirmaba que la copa podía evitar la “pesadilla” de la menstruación, “el terror del olor, el sentimiento de impureza”, beneficios muy distintos, opuestos incluso, a los que difunden las promotoras de este dispositivo en la actualidad.
Entre finales de 1950 y 1970 se intentó hacer resurgir la copa con nuevas estrategias de marketing, pero muchas mujeres eran reacias a lavarla para volver a utilizarla. Además, al ser reutilizable, las ventas se congelaban con facilidad y no resultaba un buen negocio.
Se necesitaba un nuevo contexto social y cultural para que este producto tuviera una exitosa acogida. La crisis del tampón, debida a las denuncias de muertes y enfermedades a causa del Síndrome de Shock Tóxico en usuarias de tampones, ayudó a hacer resurgir la copa en la década de 1980. Encontraron eco en el movimiento por la salud de las mujeres, la militancia contra las corporaciones –en este caso, la industria de la higiene femenina– y el movimiento ecologista; y contribuyeron a quebrar la concepción establecida, desde su lanzamiento en 1930, en torno a los tampones como dispositivos de liberación femenina. No obstante, la investigación clínica y la comercialización de la copa menstrual ha sido un proceso largo y con prolongadas interrupciones.
En el año 1959, Liswood basándose en el modelo de copa diseñado por Chalmers (TassetteTM), escribió un artículo, Internal menstrual protection: use of a safe and sanitary para Obstetrics & Gynecology, sobre las características del producto y la forma de insertarlo, así como las pautas y modo de retirarlo (dos o tres veces al día). Tres años más tarde, Karl John Karnaky estudiaría el efecto de la copa sobre posibles modificaciones en el ambiente de la vagina, Internal menstrual protection with the rubber menstrual cup, reconociéndole todas las ventajas apuntadas por Liswood. Parker, J. Bushell R. W. y Behrman, S.J. también investigaron las ventajas del uso de la copa menstrual en mujeres con sangrado menstrual abundante, comprobando que no se producía rebosamiento de la copa. En 2011, Courtney Howards y cols. realizaron un ensayo clínico con la marca canadiense DivaCup, concluyendo que la copa representaba una solución sostenible para el manejo de la menstruación, con un coste económico moderado y menos efectos medioambientales si se comparaba con los tampones.
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