La primera misión de Hilda.
Dos figuras se median a duelo entre la lluvia, sus siluetas se movían de forma rápida, atacando y esquivando, lanzándose al suelo y arrancando trozos de armadura la una a la otra. Aquellas dos personas se entrenaban en el centro del campamento, que en aquel momento estaba desértico gracias a la tormenta que reinaba. Sin embargo esos dos soldados no parecían muy preocupados por los truenos y el viento, la batalla estaba siendo feroz.
-¿Tu crees que algún día seremos capaz de enseñarla?
Alan Franco y Rebeca Leoz observan a las dos figuras que se entrenaban en el centro del campamento, los dos estaban a cubierto en la tienda más grande del lugar. Sus armaduras eran elegantes, rojo sobre dorado, galones de capitán y capa granate a sus espaldas.
-¿A quién, a Hilda?
Respondió Rebeca sin apartar la mirada.
-¿A ti te parece que tenemos que enseñarle algo más?
Continuó mientras señalaba con un ligero movimiento de barbilla, Hilda era la figura más grande, espada y lanza, una en cada mano. Se movía de forma grácil para lo enorme de su estatura, parecía casi una coreografía.
-Obviamente no estoy hablando de su destreza. Sobre su mentalidad, y sus defectos. Tiene mucho que aprender.
Respondió Alan tomándose pausas para beber su té de roca. Ambos quedaron unos segundos observándola, hasta que Rebeca volvió a hablar;
-Es difícil ser hija de quién es hija, si “El oso de Veracruz” era cruel y exigente con sus subordinados, imagina ser uno de sus hijos.
-¿Cómo llegará a ser nunca capitana si no tiene intestino para ver sangre? No tiene mentalidad de lider, solo sigue orden tras orden, y tiene menos madurez que una pera en lo alto de un árbol.
Tras otra pausa para beber té, ambos comenzaron a observar a la otra figura, como si sus mentes pensaran al unísono, y esta vez fue Alan el que comenzó el diálogo;
-¿Qué hay de ella? La chiquilla Velázquez.
-¿Qué hay de ella?
Alan puso una expresión como si la pregunta fuese muy estúpida, y continuó;
-Tiene la lengua más afilada que he visto desde mi hermana la flaca.
Rebeca esbozó una sonrisa floja, y contestó;
-Ciertamente su retórica es astuta y rápida, como un asesino a daga.
-Corta el royo Leoz. Se que te encanta que los novicios me saquen de mis casillas, y ella es ya la campeona en esa disciplina.
Dijo Alan casi exclamando de forma molesta. La silueta de Nora Velázquez era mucho más reducida, y su espada más corta, era categóricamente menos diestra que Hilda, su estilo era mucho más evasivo, sucio, y menos técnico.
-Siempre he dicho que somos las nodrizas de niños ricos creciditos, -Dijo Rebeca cambiando su expresión a un tono más serio. - y la chiquilla Velázquez tiene que aprender algo de humildad y compasión. Tranquilo Alan, estamos todavía a día cuatro de misión, por muy intrascendente que sea, todavía nos queda un mes de viaje. Habrá tiempo para lecciones.
Mientras Rebeca terminaba de hablar, las dos figuras dieron por terminada la contienda de entrenamiento, con Hilda levantando a Nora después de haberla derribado por vigésima tercera vez.
-Será interesante ver cómo evoluciona la relación entre las dos…
Dijo Alan acariciando su corta barba, ambos tomaron otro largo sorbo del té de roca, haciendo el sonido propio del sorber.
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-Eres todavía más fuerte y bestia de lo que pareces Hilda, creo que podrías derrotar a cualquiera de mis obesos hermanos con un brazo, seguramente hasta a padre.
Dijo Nora mientras se secaba los ojos con el antebrazo, la mujer gigante no iba a contestar nada, pero el silencio y mirada de Nora le obligó a responder algo.
-Es lo mejor que sé hacer.
-No me atrevo a dudarlo hermana. -Dijo Nora con una sonrisa a medias, la cándida forma de tratarla produjo una cálida sensación en Hilda. -Por La Marca Gris juro que jamás me habían apaleado de esta manera, me duelen hasta los principios.
-Perdona…
Dijo Hilda pasándose la mano por el cuello. Ambas estaban ya delante de una de las tiendas más grandes del campamento, la que servía de comedor a cubierto de la tormenta, había tres mesas largas con bancos paralelos, todo de una madera oscura y húmeda.
El contraste entre las recién llegadas y el ambiente era vasto y hasta incómodo, el interior era cálido y tranquilo, los fuegos de la con calderos eran la única luz que se reflejaba en las telas. Las dos jóvenes cadetes estaban cubiertas de barros, moratones y heridas ensangrentadas, Nora tenía el labio partido, Hilda tenía morados en el cuello y brazos, y ambas estaban cubiertas de sudor y agua de lluvia. Había un joven hombre tirado en una esquina, completamente dormido o inconsciente, y la tercera mesa estaba ocupada por tres chicos y una botella de vino acabada.
Hilda y Nora se dirigieron directamente al caldero, casi corriendo por servirse antes que la otra, la chiquilla Velázquez fue la más rápida, pero sirvió cucharón a los platos de las dos, y acto seguido se sentaron a devorar la comida. Se trataba de una sopa de pollo con col, con mucha más col que pollo, y con un sabor bastante amargo, aunque Hilda ya la estaba devorando como un tigre a un ratón. Con la boca llena, Nora comentó;
-En Valls las sopas de Col lombarda no tienen ni punto de comparación con esta bazofia, mi abuela la hacía con manzana, azúcar, pimienta y apio. Esto es básicamente un insulto hacia ella.
Mientras las palabras salían de su boca iba masticando la col blanca insabora.
-No tengo ni remota idea de lo que estás hablando, a mi no se me dá bien la cocina, lo que se me da bien es comer.
Respondió Hilda inclinando el plato hacia su boca para sorber la sopa. Nora continuó;
-No es que en el resto de Argos no haya buena comida, pero yo creo que como en Valls, en ningún sitio, ¿Has probado alguna vez la mona de pascua? Son unos dulces que los panaderos hornean en invierno, son increibles de verdad, en el resto de Argos no hay cultura de eso. -Hilda ya no respondía, estaba centrada en comer, pero escuchaba todo lo que su compañera estaba hablando. -Las noches que no llovía se juntaba todo el pueblo alrededor de la gran hoguera, y los campesinos danzaban alegremente, mientras el juglar canturreaba melodías….-Nora suspiró recordando.-Casi puedo oirle; “ave María, cuándo serás mía”.
-¿Qué tal estás, osezna?
Hilda cerró los ojos, molesta al oír aquel mote, pero no respondió nada, uno de los chavales que estaba sentado en la tercera mesa se dirigía a ellas. Nora miró al chico, luego a Hilda, luego al chico otra vez. El chico se levantó, caminó enfrente de ellas y continuó:
-¿Cómo está el asqueroso de tu padre? ¿Disfruta de sus asquerosas tierras a las que oprime?
Hilda ignoró los comentarios, avergonzada.
-¿Sigue mortificándose por haber tenido una hija en vez de hijo? Ese trozo de mierda ha recibido lo que se merece, tu y tu asquerosa familia…
-Oye perdonavidas, que tal si te callas la boca y nos dejas comer en paz.
El chico la miró, preguntándose quién era la muchacha.
-¿Y tú quién coño…
Nora saltó con la agilidad de un gato por encima de la mesa, y golpeó su hombro contra el pecho del chico, que no se esperaba la agresividad, y cayó sobre el banco detrás suya, quedando sentado. Los otros dos chicos se levantaron pero no se decidieron a moverse.
-¿Qué quieres que te reviente?
El puño de Nora estaba en lo alto, mientras los otros dos jóvenes protestaban y exigían que lo soltase.
-¡¿A ti qué coño te pasa?!
Gritó él.
-¿Qué quieres que te reviente?
Todo el mundo estaba gritando, Hilda miraba atónita lo que sucedía sin saber cómo actuar, todo estaba apunto de salirse fuera de control, hasta que todo el silencio se hizo en la sala. Nora empezó a reírse, y su risa daba un poco de miedo. Sus músculos se relajaron y el brazo bajó lentamente.
-Que estoy de broma camarada.
Los chicos se miraban entre ellos muy confundidos, Nera los miraba como si estuviera esperando a que pillaran un chiste, el joven que tenía delante intentó levantarse de la silla.
-¡Pues no, no estoy de broma! ¡¿Qué quieres que te reviente?!
Nera lo volvió a empujar a la silla y amagó con golpearle, el chico se cubrió la cara mientras los otros dos volvían a gritar, pero otra vez se hizo silencio.
-¡Jajajaja! ¡Pero qué os pasa, estoy de broma!
Nora al fin soltó la camisa del chico, tras unos segundos de nueva confusión, los chicos empezaron a reírse nerviosamente, sin saber muy bien que hacer o decir.
-Amigos, anda dejadnos comer porfavor.
Los jóvenes se miraron entre ellos y salieron de la sala muy confundidos. Nora miró a Hilda, y sus miradas se cruzaron, una estaba estupefacta y la otra sonreía.
-¿Ese era Oscar Mayo?
Preguntó Nora, Hilda asintió con la mirada.
-¿Qué le pasa?
Preguntó mientras rodeaba la mesa tranquilamente, Hilda respondió con otra pregunta;
-¿Por qué has hecho eso? Si iniciamos peleas entre nosotros los capitanes impartirán medidas disciplinarias generales.
-¡Bah! No iba a pegarle, solo los estaba intimidando, para ellos ahora soy completamente impredecible, y eso creo que es lo más conveniente.
Hilda estaba sin palabras.
-¿Por qué te han llamado “Osezna”?
-Por mi padre, “El oso de Veracruz”.
-Ah, claro, no se me había ocurrido, pero, ¿Por qué odia a tu padre?
Hilda tenía expresión molesta y bajó la mirada, Nora entendió.
-Perdón por ser entrometida…
Hilda negó con la cabeza;
-No, no pasa nada. Tranquila.
Ahora el silencio incómodo era lo que reinaba en la sala. Hilda terminó de beber los últimos restos de sopa de su plato, y se quedó mirando a la nada hasta que Nora intervino.
-Antes de enviarme aquí mi padre me explicó un poco de lo que va este viaje. básicamente me explicó que es irrelevante, a todos nos han enviado aquí para coger experiencia como soldados, la supuesta misión es solamente una palabra bonita para hacernos creer que somos importantes para algo ahora mismo. Así que teniendo en cuenta que solo estamos aquí para aprender, ¿qué tal si aprendemos la una de la otra?
Hilda la miró sintiéndose algo mejor, sintiéndose útil como pocas veces en su vida.
-Me parece bien.
-Genial, ¡tengo la sensación de que vamos a ser grandes amigas! ¿Qué me dices?
Hilda la miró durante unos segundos sin saber bien qué es lo que tenía que responder. Se relamió los labios y preguntó con un tono completamente distinto;
-¿Te vas a comer lo que te queda de sopa?
Fin de la introducción










