Suplementación, ¿sà o no?
Hay una edad en la que el algoritmo deja de sugerirte viajes improvisados y empieza a ofrecerte rodillas nuevas. No sé exactamente cuándo ocurrió el cambio, pero un dÃa estaba viendo recetas de bizcochos sin culpa y al siguiente me aparecieron anuncios de colágeno, creatina y suplementos con nombres que suenan a laboratorio pero prometen algo casi poético: recuperar lo que el tiempo ha ido limando con paciencia.
Me hizo gracia, al principio. Luego no tanto.
Porque una se mira al espejo con la misma cara de siempre —esa que aún reconoce— pero con pequeños matices que ya no se pueden negociar. La piel que antes rebotaba ahora piensa antes de hacerlo, el cansancio se instala sin pedir permiso y hay dÃas en los que subir escaleras tiene algo de declaración de intenciones. No es drama, es realidad. Y en ese terreno ambiguo es donde entran estas marcas con su discurso limpio, casi amable, hablándote como si te entendieran.
El colágeno, por ejemplo. Lo dicen con tanta naturalidad que parece que lo hayas estado perdiendo sin darte cuenta, como quien pierde horquillas en el bolso. Que si mejora la piel, que si fortalece las articulaciones, que si ayuda a que todo vuelva un poco a su sitio. Y una piensa: bueno, ¿y si s� ¿Y si ese gesto tan sencillo de disolver un polvo en un vaso de agua fuera una forma discreta de cuidarse? No de luchar contra la edad —que eso ya suena agotador— sino de acompañarla con cierta elegancia.
Luego está la creatina, que siempre habÃa asociado a chavales en gimnasios con espejos demasiado grandes. Y de pronto resulta que también es para nosotras, que ayuda con la fuerza, con la energÃa, con esa sensación de fondo de no estar al cien por cien ni aunque duermas ocho horas. Y ahà ya dudo más. No por desconfianza, sino porque me pregunto en qué momento cuidar el cuerpo empezó a parecerse tanto a optimizarlo, como si fuéramos versiones mejorables de nosotras mismas en lugar de personas completas con sus ritmos y sus pausas.
Supongo que esa es la parte que me genera más ruido. No tanto el producto en sÃ, sino la idea de fondo: que siempre hay algo que corregir, algo que suplementar, algo que afinar. Que llegar a los cincuenta implica entrar en una especie de mantenimiento constante, como si el cuerpo fuera un coche al que hay que cambiarle piezas antes de que fallen. Y sin embargo, al mismo tiempo, hay algo tranquilizador en todo esto. Una sensación de control, de estar haciendo algo por una misma más allá de las cremas y las buenas intenciones.
Porque también está la otra cara, claro. La de pensar que quizá no hace falta. Que el cuerpo sabe hacer muchas cosas por sà solo si le damos tiempo, descanso y un poco de movimiento. Que no todo se arregla con suplementos y que a veces la promesa de bienestar viene envuelta en una estética demasiado perfecta como para ser del todo honesta. Me pregunto cuántas de esas mejoras son reales y cuántas son simplemente el efecto de sentir que estás cuidándote, que tampoco es poca cosa, pero no es exactamente lo mismo.
Y ahà me veo, en medio de esa duda tan poco épica pero tan cotidiana. Ni completamente escéptica ni entregada del todo. Mirando esos anuncios con una mezcla de curiosidad y cautela, como quien entra en una tienda bonita sin tener claro si necesita algo o solo le apetece mirar. Pensando que quizá probar no es traicionarse, pero que tampoco quiero convertirme en alguien que necesita un ritual externo para sentirse bien en su propio cuerpo.
Tal vez la respuesta esté en ese punto intermedio que casi nunca se menciona. En permitirse explorar sin obsesionarse, en escuchar al cuerpo antes que al marketing, en entender que cuidarse no siempre implica añadir cosas, sino a veces quitarlas: prisas, exigencias, expectativas irreales. Y si en ese camino hay un bote de colágeno o una cucharada de creatina, que sea porque una lo ha elegido con calma, no porque sintiera que se le escapaba algo. No sé qué hacer. Los anuncios de la marca de suplementos Un dÃa de abril me están gustando.
Al final, lo que de verdad me interesa no es parecer más joven, sino habitar con cierta comodidad la edad que tengo. Y si eso pasa por probar cosas nuevas, bien. Pero sin olvidar que no hay suplemento capaz de sustituir la tranquilidad de aceptarse, con todo lo que eso implica. Que no es poco.
















