Yo no lloraba fuerte. Aprendí a llorar quedito, para no incomodar a nadie.
Porque en mi casa el problema no era el dolor, era que se notara.
"Mamá, ¿por qué me tratas así?"
Lo dije más veces de las que recuerdo, y cada vez que lo decía sentía que estaba pidiendo demasiado.
Entonces dejé de preguntar.
Qué frase tan jodida para salir de la boca de un niño.
Yo te entendía, mientras me rompía por dentro.
Yo te calmaba, mientras aprendía a tragarme el llanto.
Yo te cuidaba, mientras nadie notaba que yo también necesitaba ser cuidado.
Crecí sintiendo, que amar era aguantar.
Que si dolía, era normal.
Que si me ignoraban, tenía que portarme mejor.
Que si me herían, seguro yo había hecho algo.
Eso se te queda pegado en la piel, no se va fácil.
Se mete en la forma en que miras, en cómo amas, en cómo te quedas aunque algo dentro de ti ya se esté muriendo.
Yo no odié. Eso no me hace más noble, me hace más consciente de lo profundo que me fui para no sentir.
Pero antes de perdonarte tuve que mirarme a mí mismo y aceptar algo que duele más que cualquier abandono, que fui un niño haciendo todo lo posible para que me quisieran y aún así no alcanzó.
Marca cuando alguien levanta la voz.
Marca cuando alguien se aleja.
Marca cuando alguien no se queda.
Porque una parte de mí todavía susurra, "haz más, aguanta más, entiende más"