Las palabras de Sylvie le cayeron encima como agua helada.
Quizá sí. Quizá había empezado a decir cualquier cosa con tal de no perderla.
Cuando ella pintó el escenario sobre él marchándose a Inglaterra con el bebé en brazos o quedándose allí como una presencia imposible de ignorar, George sintió cómo algo se rompía suavemente dentro de su pecho. No por el niño. Por ella. Porque entendió, por primera vez con claridad, que su propuesta no la estaba tranquilizando, la estaba asustando más.
Soltó su mano, no de golpe ni con enojo. Solo despacio.
— No —murmuró, negando levemente con la cabeza—. No sería justo para ti.
Se pasó una mano por el rostro, agotado. De pronto parecía más joven que nunca, menos seguro, no quedaba nada del chico que tenía una respuesta para todo que siempre había sido. Se sintió más como un niño enfrentando algo que lo superaba.
Guardó silencio, comenzaba a entender algo que no había querido aceptar.
— Creo que… —tragó saliva— creo que ya sé lo que estás tratando de decirme.
Levantó la mirada hacia ella, sin reproches.
— Y si lo que quieres es terminar con esto antes de que se vuelva más grande que nosotros… Entonces está bien.
La frase le costó. Se notaba. Pero su voz no tembló.
— No voy a odiarte. Y no voy a usarlo contra ti dentro de cinco años. Ni dentro de diez. No voy a convertirme en ese tipo de hombre que menciona lo que pudo haber sido cada vez que discute.
Respiró hondo, como si estuviera soltando algo que llevaba horas apretando contra el pecho.
— Si lo que necesitas es cerrar esto, yo voy contigo. A la cita. A hablar con quien sea. A decirle a tus padres porque no quiero que lo hagas sola. Y después… —su voz se suavizó aún más—. Después veremos cómo reconstruimos lo demás. Tú y yo.
No dijo si es que podemos. No quiso añadir esa sombra. Tenían que tratar de superar cualquier cosa que viniera.
— No estoy bajando los brazos contigo, Sylvie —aclaró, llevando una de sus manos al rostro de la rubia sin detenerse a pensarlo—. Solo estoy dejando de luchar contra lo que parece que tú ya decidiste.
La miró como si estuviera tratando de memorizarla.
— Yo te elijo a ti. Y sólo a ti. Así será cada día de mi vida.
En ese momento podía decirle que no iba a odiarla y que todo estaría bien, pero sabía que no había forma de saberlo a ciencia cierta. No hasta que realmente lo hiciera y no les quedara otra opción mas que afrontar su realidad. Entonces, sabía, que lo que realmente pensaba terminaría surgiendo.
— Quiero ir sola.— Negó con la cabeza tan pronto lo sugirió. Si era lo mejor o no, no importaba. Lo único que sabía era que necesitaba hacerlo sola.— ¡No! No, no. Ellos no pueden saberlo.— Decirle a sus padres sería un desastre, no podía ni pensar en ello. Y si todo salía bien ni siquiera sería necesario. Se encargaría de todo y jamás tendrían que saberlo. Era lo mejor para todos.
No quería seguir discutiendo, al menos no en ese momento, así que no hizo nada por tratar de debatir con él. Estaba diciendo lo que él creía que quería escuchar y nada más. Después de que lo hiciera seguramente terminaría odiándola y no querría tenerla cerca.


















