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CROCIFISSO
EL ROBLE segunda parte.
Me encontraba inmerso en el bosque de fresnos. Seres inhumanos sin rostro cuchicheaban cosas ininteligibles, se reĂan señalĂĄndome. HabĂa decenas de patas de caballos trotando a mi alrededor. Me sentĂa mareado y una sensaciĂłn de asfixia me estaba matando. Entonces, me depertĂ© de aquella pesadilla tosiendo y palpĂĄndome el cuello para comprobar que realmente habĂa sido solo eso, un puto mal sueño.
Entonces caĂ en la cuenta de que mis manos estaban libres. MirĂ© mis tobillos y vi que, aunque seguĂan rodeados por cuerdas, estas estaban cortadas.
- ÂżRubio? âlo llamĂ© sin obtener respuestaâ. ÂżLuis? âigualmente nadie contestĂł.
Me vi solo en la cabaña del roble. Al ponerme de pie me golpeĂ© la cabeza con una de las ramas. Del ancho y robusto tronco nacĂan muchas de ellas. Estaban curvadas de tal manera que terminaban tocando el suelo formando asĂ un especie de iglĂș de madera, lo que hacĂa de aquel espacio un lugar ideal para refugiarse. Sinceramente, mi primer pensamiento no fue escapar. Estaba libre, nadie me vigilaba. PodĂa haber cogido mi mochila con las migajas de comida que dejaron y haber terminado con aquel cautiverio, pero no. Mi primer impulso fue buscar a mis captores. Mi curiosidad era mucho mĂĄs fuerte que mis deseos de libertad.
SalĂ del roble y anduve entre los fresnos marcando sus troncos para facilitar el camino de vuelta en caso de no encontrarlos. Tuve suerte, porque escuchĂ© como agua corriendo y seguido, relinchar a un caballo. Me dirigĂ en aquella direcciĂłn. Pronto lleguĂ© a un riachuelo flanqueado por dos hileras de enormes cipreses. Al otro lado de la orilla, el Rubio, en calzoncillos blancos, cabalgaba al galope su caballo de lado a lado, y Luis permanecĂa quieto sobre una gran roca con una especie de caña. Aquello era una autĂ©ntica escena bucĂłlica que, si mis manos hubieran tenido la virtud de la pintura, hubiera retratado para la posteridad.
Me acerqué a Luis y me senté junto a él. Estaba pescando.
- ÂżPican mucho? âpreguntĂ© mirando la cesta que ya contenĂa un par de truchas medianas.
- Queda poco para que termine la temporada, pero sĂ, aĂșn hay buenos ejemplares ârespondiĂł ofreciĂ©ndome un cigarro mientras Ă©l se encendĂa otro.
Ăl tambiĂ©n estaba en calzoncillos. HacĂa calor, la verdad, y las aguas transparentes invitaban a darse un baño.
- ÂĄMira, otra! âexclamĂł Luis sacando una trucha mĂĄsâ. Esta noche cenaremos pescado. ÂĄJajaja! Como todas las noches.
- ÂżCĂłmo conseguĂs sobrevivir en este sitio? ÂżY los cigarros?
- Hay una venta a tres o cuatro kilĂłmetros de aquĂ, y un pequeño pueblo un poco mĂĄs allĂĄ. El Rubio y yo nos turnamos una vez a la semana para el abastecimiento de provisiones. Hacemos trueque, nada de dinero. Pequeños trabajos y pescado a cambio de comida y algo de ropa. Y si hay suerte, pillamos tabaco y hasta alguna cerveza âsonriĂł y aspirĂł el cigarroâ. A Elana le encanta ir por allĂ, sobre todo cuando el ventero le da zanahorias tiernas.
- ÂżElana?
- SĂ, la yegua del RubioâfumĂł pensando si confiarme mĂĄs informaciĂłn. Pero tras un par de caladas, prosiguiĂłâ. Nunca nos ha gustado robar. TenĂamos nuestros trabajos y nuestro rancho, pero todo se fue a la mierda cuando aparecieron los terratenientes para hacer urbanizaciones y nos arrebataron la vida tranquila que habĂamos construido. No huĂmos de la justicia, no somos delicuentes, pero no Ăbamos a consentir que ninguno de los dos sufriera daño alguno. Lo mĂĄs importante es tenernos el uno al otro.
- Amenazas de muerte, supongo.
- E intentos. Quemaron el racho y murieron todos los animales. El Rubio estaba dando una vuelta con Elana y eso los salvĂł. Vino corriendo a rescatarme y conseguimos huir a tiempo, pero nuestras cicatrices llevamos en el alma âse quedĂł en silencio y concluyĂłâ, y en el cuerpo.
Luis se girĂł y vi un par de punzadas ya cicatrizadas en su costado.
- ÂĄQuĂ© injusto, joder! âdije lleno de rabia.
- Cuando lo veo asĂ, disfrutando de la naturaleza âdijo mirando al Rubio con extrema ternuraâ, me parece algo increĂble.
El Rubio y Elana parecĂan una sola criatura, un centauro de oro y plata. HacĂan giros, quiebros y piruetas a dos patas. Cuando se percatĂł de mi presencia, puso rumbo hacia nosotros a trote ligero.
- La verdad es que se ve muy hermoso âdije lo que me saliĂł del alma al verlo venir.
- SĂ, mĂralo. Su melena al viento, su cuerpecito menudo. Por no hablar de sus artes amatorias âdijo Luis con absoluto deseoâ. Es como un adonis, parecĂa inalcanzable cuando lo vi por primera vez.
- Pero lo has conseguido. Incluso, veo que, a pesar de esa admiración, tu trato hacia él es autoritario y dominante.
- AsĂ es. Ambos nos ofrecemos aquello que deseamos.
El Rubio llegĂł hasta la roca, bajĂł de su hermosa yegua gris y la acariciĂł con agradecimiento.
- Venga bonita, bebe y come esa hierba fresca, que te lo has ganado ây ella le correspondiĂł relinchando de alegrĂaâ. Hola Matt, Âżhas descansado? âdijo ofreciĂ©ndome una bonita sonrisa.
- Claro, estaba rendido, y después de tus servicios no hay nada mås reconfortante que una buena siesta.
- Es que desouĂ©s de correrse es lo que toca, Âżverdad, Luis? âdijo dĂĄndole un beso en el hombro.
- Chicos, querĂa daros las gracias por haberme dejado libre.
- En seguida supimos que no eras peligroso, pero quisimos ser prudentes âdijo Luis levantĂĄndose.
- ÂżHace un baño? âpreguntĂł el Rubio descalzĂĄndose los gayumbos.
Luis siguiĂł los pasos de su amado rubiales y yo no quise quedarme atrĂĄs. En pelotas, nos metimos en el agua, que aunque estuviera muy frĂa, se agradecĂa. Aquella tarde era infernal.
Estuvimos riendo y hablando de muchas cosas. También jugamos como niños a la lucha libre y a darnos chapuzones.
El atardecer enrojeciĂł el cielo y conectamos con su energĂa. El agua nos llegaba por las caderas y el Rubio se abrazĂł al cuello de Luis, y este lo sujetĂł por las corvas y la espalda. Se besaron sin pudor delante de mĂ y entonces, Luis abriĂł un ojo y me mirĂł. Lentamente se fue acercando hasta que no tuve mĂĄs remedio que extender mis brazos y coger al Rubio como si fuera a pasĂĄrmelo. El muchacho extendiĂł su brazo sobre mi cuello y estirĂł las piernas sacando a flote su hermoso ombliguillo y su delicioso pubis. Luis y yo lo sostenĂamos entre nuestros brazos y lo girĂĄbamos para escuchar el sonido del agua resbalando por su precioso cuerpo. El frescor del agua habĂa encogido sus pelotas haciĂ©ndolas minĂșsculas. Su escroto tenĂa el aspecto de un cerebro de cordero, no se apreciaban los huevos, toda la superficie era una cĂșpula de piel estriada y endurecida. Su polla tambiĂ©n se habĂa vuelto tĂmida y descansaba sobre el frondoso pubis.
- No te cortes, Matt âdijo Luis imaginĂĄndose mis intenciones.
Me acerquĂ© a sus cojoncillos y exhalĂ© mi aliento cĂĄlido sobre ellos. Me encanta sentir su textura arrugada e ir deshaciĂ©ndola con el calor de mi boca. BesĂ© aquel delicado pellejo con mimo. Luego lo lamĂ con la lengua y resurgieron poco a poco sus pelotas ovaladas. De reojo vi que su rabito fue creciendo y engordando acercĂĄndose a su ombligo. Ya con los cojones bastante blandos, subĂ con mi lengua para probar su nabo, y me lo metĂ en la boca. Lo dejĂ© atrapado, quieto. QuerĂa que sintiese el calor de mi garganta. El Rubio seguĂa con los brazos en cruz sobre nuestras espaldas y mirando como el cielo se iba anaranjando. La mĂșsica de fondo de aquella estampa eran sus susurrantes gemidos.
De repente, notĂ© que algo rozĂł mi prepucio. Mi polla, completamente dura, estaba chocando con el rabo tieso de Luis. Ambas buceaban bajo la espalda del Rubio. Entonces quise cambiar de nabo y me sumergĂ para mamĂĄrselo. No me hizo falta su permiso esta vez. AguantĂ© la apnea todo lo que pude. El contraste del agua frĂa y su rabo caliente era maravilloso. Sus cojones tambiĂ©n estaban arrugados. Se los comĂ un buen rato pero en el medio acuĂĄtico me fue imposible descolgĂĄrselos. SalĂ a respirar entre las piernas del Rubio. Por fin tenĂa su riquĂsima raja a mi merced. Ăl mismo se estaba acariciando el anillo. Lo hacĂa magistralmente. Bajaba con tres dedos y al subir metĂa uno, luego volvĂa a bajar y lo bordeaba para abrĂrselo, momento que aprovechĂ© para clavarle la punta de la lengua. Una vez que sintiĂł mi cara pegada a su raja, sacĂł su mano y me dejĂł el camino libre. Lo besĂ©, lo lamĂ con mucho gusto, le daba unas pasadas de lengua con fuerza para que mis papilas gustativas rozasen los cuatro pelos de su ojal y los pliegues. El Rubio se retorcĂa de placer en los brazos de Luis y gemĂa con mĂĄs fuerza.
Mis dedos tambiĂ©n quisieron jugar en su interior, pero la saliva se diluĂa con el agua, asĂ que salimos del rĂo y nos echamos en la orilla. El Rubio se puso a cuatro patas y Luis arrodillado enfrente de Ă©l, le follaba la boca con su rabo gordo mientras yo, sentado en el puto suelo, seguĂa jugando con su maravilloso culito. Me dieron unas ganas tremendas de palmotear las mollas y asĂ lo hice. Un dedo se habĂa quedado corto, asĂ que le metĂ otro alternando las bofetadas de una a otra cacha. Su palidez se fue tornando del color del atardecer. El cabrĂłn de Luis me animaba a que siguiera azotĂĄndo y comiĂ©ndole el culo a boca llena.
- Cuando creas que estĂ© preparado, me avisas âdijo tomĂĄndose el derecho del primer turno.
- Rubio, ÂżtĂș quĂ© dices? âle preguntĂ© con tres de mis dedos metidos en su culoâ. Yo lo veo en su punto.
- ÂĄFolladme ya, por favor!
El Rubio estaba deseoso de sentir nuestras pollas duras. Entonces, Luis me cediĂł el sitio de la mamada, y se puso en cuclillas para clavĂĄrsela de una atacada. Se ve que le doliĂł bastante a pesar de la dilataciĂłn, porque casi se ahoga al intentar gritar con mi polla en la boca. Luis comenzĂł a bombearle el culo a buen ritmo y de vez en cuando tambiĂ©n le daba un palo en las nalgas. Yo tenĂa el rabo incandescente y con ganas de metĂ©rla, pero mi extremo gusto por comer culo me hizo probar suerte con el de Luis. AsĂ que me fui por detrĂĄs, lo cogĂ de las caderas y me arrodillĂ©. La vista era espectacular, podĂa ver la follada en primer plano, los cojones chocĂĄndose con la entrada y su culo moreno abierto pidiĂ©ndome lengua. Me amorrĂ© a su ojete y por un momento se detuvo. Me cogiĂł la cabeza y la apretĂł hacia sĂ. Yo pensĂ© que querĂa mayor roce, pero cuando vi que no cedĂan sus fuerzas me imaginĂ© que querĂa impedir que respirase. Ese juego loco me excitĂł muchĂsimo y mĂĄs ganas me dieron de comĂ©rselo. ReiniciĂł la follada y yo saquĂ© mi lengua para restregĂĄrsela por la raja coindiciendo con la subida y bajada de su culo.
Pero el Rubio reclamĂł polla para su boca y dijo:
- ÂĄEs increĂble, dos pollas y yo con la boca vacĂa! ÂżEs que nadie tiene piedad de mĂ?
- Matt, dale rabo, que con tanto jadeo va a marearse âme ordenĂł Luis sin dejar de petar.
- Pero yo quiero lefa y tambiĂ©n quiero metĂ©rsela âreclamĂ© sin vergĂŒenza.
- Eso tendrĂĄ que esperar. Ponte en 69 âvolviĂł a ordenarme Luisâ. AdemĂĄs, hace tiempo que no se corre en caliente. Lo agradecerĂĄ.
No tuve otra que obedecer, asĂ que me colĂ© entre las piernas de ambos. En el trayecto, me restreguĂ© por la cara el delicioso culo de Luis, sus cojones ya colganderos y la base de su polla que entraba y salĂa del dulce anillo. Luego me topĂ© con las pelotas rosadas del Rubio, hasta que me metĂ su nabo en la boca al mismo tiempo que Ă©l se metiĂł el mĂo y cesĂł la hiperventilaciĂłn. Las tres pollas estaban a cubierto entrando y saliendo de nuestras mucosas. Del culo del Rubio caĂan gotas de saliva y lĂquido preseminal que Luis bombeaba hacia fuera y que, a modo de gotera, terminaban en mi frente mientras yo engullĂa con sumo gusto el rabo del rubiales. La petada de Luis fue cada vez mĂĄs fuerte y un gruñido anunciĂł su tremenda corrida. Saber que ya habĂa deslefado en su interior excitĂł al Rubio sobremanera y terminĂł corriĂ©ndose en mi boca. DisfrutĂ© su lefa muchĂsimo, la degustĂ© con pasiĂłn. El sabor de su interior y la mamada que me estaba dando fueron mĂĄs que suficientes para que mi polla terminase explotando en su garganta. Luis, ya corrido, se arrodillĂł entre mis piernas y juntĂł su polla con la mĂa para que el Rubio las limpiase hasta que se nos bajase la erecciĂłn, pero fue imposible. Su boca, maestra en mamar, seguĂa excitĂĄndonos, asĂ que solo pudimos bajar la empalmada con otro refrescante baño.
Ya de vuelta a la cabaña del roble, Luis preparĂł los pescados en espeto y estuvimos charlando toda la noche hasta que el sueño nos invitĂł a acomodarnos y soñar con el dĂa siguiente. Yo tardĂ© un poco mĂĄs en dormirme. Verlos acurrucaditos me produjo una tremenda sensaciĂłn de paz, pero tambiĂ©n un poco de miedo. Me sentĂ demasiado a gusto con ellos, y eso era peligroso teniendo en cuenta las razones de mi huĂda. No querĂa volver a caer en las garras del amor. AsĂ que intentĂ© recrear en mi mente la tarde en el rĂo para no pensar. Lo Ășltimo que recuerdo es que me dormĂ con una sonrisa.
...CONTINUARĂ...
EL ACEBUCHE.
No tenĂa buena pinta aquel aquel bar a la entrada del pueblo al que lleguĂ© para tomar algo tras tres dĂas caminando. No me apetecĂa probar suerte en casas de vecinos despuĂ©s de la experiencia del cortijo navideño, asĂ que, hasta que no estuve cerca de lo que se pareciese en algo a la civilizaciĂłn, no parĂ© a descansar mĂĄs de tres horas seguidas, que aprovechaba para echar una larga siesta.
El Acebuche, como digo, no tenĂa buena pinta, pero al fin y al cabo era un bar. La fachada estaba desconchada y el cartel medio doblado, no querĂa imaginarme cĂłmo estarĂan los vasos y los cubiertos, pero mi culo, ya repuesto del pollĂłn de Goyo, se morĂa por sentarse en una silla; por no hablar de mi garganta, que pedĂa a gritos una cerveza fresca. La polla de Fede no era ningĂșn pollĂłn pero llevaba un piercing, y al no haber tenido el control en mis manos para frenar la profundidad de la follada de boca, se ve que me irritĂł la faringe al golpeĂĄrmela sin compasiĂłn.
Esperaba que tras la barra hubiera un hombre mayor, antipĂĄtico y sudoroso, pero al entrar no vi a nadie. Me acerquĂ© observado el local. No se veĂa aseado, tal y como esperaba; estaba bastante oscuro y se escuchaba una radio de fondo, parecĂa un partido de fĂștbol.
- Buenas tardes âdijo una voz relativamente joven que no atinaba a saber de dĂłnde procedĂaâ ÂżQuĂ© desea?
Me di la vuelta, y junto a la puerta vĂ la silueta de un hombre a contraluz con mandil y una escoba en la mano.
- Buenas tardes, me gustarĂa tomar una cerveza.
- Pues estĂĄ usted en el lugar perfecto âdijo con voz amigable entrando hasta la barraâ. No suele venir mucha clientela a esta hora, asĂ que aprovecho para barrer el patio trasero. ÂżQuinto o tercio?
- El que tengas mĂĄs fresco. Hace un calor insoportable.
El paseillo que hizo desde la puerta a la barra fue suficiente para repasarlo desde todas las perspectivas. Pelo anillado rubio, anchos hombros, estrecho de caderas y fuertes brazos y piernas. Los vaqueros le hacĂan un culo estupendo, por cierto. Cuando lo tuve enfrente, me quedĂ© prendado de sus ojos grises y su voz, que era llamativamente grave para la cara de querubĂn que tenĂa. En seguida, me imaginĂ© que debĂa tener unos veintiocho años y par de pelotas bien gordas.
- ÂżY quĂ© le trae por aquĂ? âpreguntĂł el muchachoâ. No es habitual la visita de forasteros.
- Bueno, voy buscando el mar. Vengo de lejos y voy parando en diferentes lugares.
- Ahora que no nos escucha nadie, le dirĂ© que este pueblo se ha ganado a pulso la fama de antipĂĄtico âdijo bajando volumen de su potente voz mientras yo le daba el primer trago a la cerveza.
- ¥Dios, qué buena estå!
Me extrañó que siendo de aquel lugar le diese mala publicidad. El joven, bayeta en mano, prosiguió con su discurso.
- Este es un pueblo medio muerto. AquĂ la gente es muy mayor. Los jĂłvenes se largan en cuanto pueden.
- ÂżY tĂș? âme atrevĂ a preguntarleâ. ÂżEste es el futuro que has elegido?
- Me llamo RamĂłn ârespondiĂł muy serioâ, y sĂ, este es mi futuro, aunque no lo he elegido yo âdijo mirando de reojo hacia su izquierda.
Se escuchĂł el sonido de una persiana de canutillo y girĂ© la cabeza. Del almacenillo atestado de cajas con cascos de refrescos vacĂos saliĂł el hombre mayor, sudoroso y obeso que yo esperaba encontrar detrĂĄs de la barra de aquel cochambroso bar.
- ÂżQuiĂ©n va? âpreguntĂł aquel personaje.
- Padre, es un forastero que estĂĄ de paso. Dice que va buscando el mar.
- Me llamo Matt. Es el primer bar que he encontrado en varios kilĂłmetros. Tienen buena cerveza.
- Tanto gusto, yo soy Justo, para servirle.
Entonces entendĂ el cambio de humor del querubĂn de culo bonito. Cuando el viejo se acercĂł para saludarme, la tenue luz del expositor de bebidas iluminĂł su rostro en la oscuridad y vi que estaba ciego. RamĂłn no podĂa huir de allĂ y dejar abandonado a su padre invidente y tan mayor. ComprendĂ su desmotivaciĂłn y alergia al pueblo.
Justo fue realmente simpĂĄtico conmigo. Quiso que me sentara en una mesa e hizo que RamĂłn sacase unas viandas que me revitalizaron el cuerpo y el alma. Luego se marchĂł a descansar y quedamos RamĂłn y yo compartiendo la sobremesa.
- Por cierto, tutéame Ramón, por favor.
- De acuerdo, Matt. AsĂ que vas buscando el mar âdijo el rubio atusando sus ricitos y abriĂ©ndose la camisaâ. Ahora que lo dices, me vendrĂa de lujo una baño en la playa. Este calor empieza a ser insoportable.
- SĂ, un baño en la playa estarĂa genial âdije mirando su pecho con cuatro pelos rubios sin ningĂșn pudorâ. VerĂĄs, no sabrĂa decirte un por quĂ© en concreto. Soy hombre de mar. NacĂ junto al mar y siempre he vivido en ciudades con puerto o playa.
Dos gruesas gotas de sudor recorrieron su piel blanca desde el cuello hasta desaparecer por dentro de su camisa. Entonces, noté como mi rabo empezó a chorrear al imaginarme recoger aquellas gotas con la lengua e investigar mås allå de su camisa y su mandil.
- Mira Matt, el mar no queda cerca de aquĂ, pero yo tengo un remedio casero para combatir este calor de muerte. Ya verĂĄs, es infalible. Acompåñame.
SeguĂ sus pasos sin pensĂĄrmelo. Me dio la sensaciĂłn de que el rubio se me habĂa insinuado con el gesto de la camisa y su seductor tono al preguntarme, pero no querĂa hacerme ilusiones. Comer y beber me habĂan despertado las ganas de follar, pero no querĂa equivocarme. Me llevĂł hasta la parte de atrĂĄs. Atravesamos varias estancias, entre ellas, una especie de garaje con herramientas y seguido, un gallinero que daba a un patio con el suelo de cemento rodeado de macetas llenas de hermosas plantas. Enfrente, se extendĂa un espeso huerto de acebuches y grandes olivos. RamĂłn se quitĂł la camisa y el mandil, se fue a una esquina y se agachĂł para trastear una boca de riego.
- ÂĄJoder! No sĂ© quĂ© le pasa a esto ahora âdijo enojado al no poder poner en marcha el aguaâ. Si solo tienes esa ropa, serĂĄ mejor que te la quites.
Yo solo estaba mirando aquellos vaqueros medio sucios que hacĂan un arco perfecto coronado por unas fuertes nalgas. Me acerquĂ© por detrĂĄs aprovechando que no cambiaba la postura y me arrodillĂ© asiendo sus potentes muslazos. Entonces, RamĂłn se incorporĂł, se desabrochĂł el pantalĂłn y dijo:
- Quiero que sepas que vas a darme el momento mĂĄs excitante de los Ășltimos cuatro años de mi vida. Haz que sea inolvidable.
SubĂ mis manos hasta su cintura y agarrĂ© los pantalones. Fui bajĂĄndolos lentamente. No querĂa perderme ni un centĂmetro de su piel caliente y hĂșmeda. PeguĂ© mi nariz a la parte mĂĄs baja de su espalda y fui bajando al mismo ritmo que lo iba desnudando. Pronto aparecieron las montañas de sus glĂșteos. Mi barbilla sintiĂł la depresiĂłn de su raja y automĂĄticamente se me abriĂł la boca. Necesitaba saborear el salado comienzo de aquel maravilloso y profundo valle de carne tersa y pĂĄlida. AhĂ me detuve un instante mientras le bajaba los pantalones hasta los tobillos. Las cachas del culo fueron un imĂĄn para mis grandes manos. Las agarrĂ© con fuerza y fui abriĂ©ndolas lentamente. Pero antes de mirar, cerrĂ© los ojos e introduje mi nariz entre ellas para que el aroma de su piel mĂĄs Ăntima penetrase en mi cerebro a travĂ©s del sentido mĂĄs potente, el olfato. Su raja estaba ligeramente poblada de suave vello, pude sentirlo cosquillear mi nariz al bajar mĂĄs y mĂĄs. Su olor a macho se fue haciendo intenso. NotĂ© que se agachĂł y eso ayudĂł a que su culazo se abriese mucho mĂĄs. Entonces peguĂ© mis labios a su ojete. Ummmmmmm, quĂ© textura mĂĄs jugosa. Estaba caliente y ligeramente humedecido por el sudor, lo sentĂ como un anillo perfectamente redondo. Lo besĂ© varias veces. Era como besar unos labios sedosos pero con la esencia masculina del perrako que era, estaba claro. Pero RamĂłn no solo se agachĂł para facilitarme el acceso a su culo, no. De repente, notĂ© que sus manos manipulaban mi cinturĂłn en busca de mi polla, que ya la tenĂa reventando mi bragueta. No pudo sacarle ni una gota al grifo del patio, pero al sacar mi nabo se mojĂł inmediatamente las manos con el chorreo que saliĂł de mi largo prepucio.
- ÂĄDios, quĂ© maravilla! âexclamĂł al pringarse las manosâ. Esto es pura miel para mis labios.
Entonces, abrĂ los ojos y pude ver aquella raja que estaba besando. Era tal y como me la habĂa imaginado con el resto de los sentidos. SaquĂ© la lengua y escarbĂ© en aquel carnoso anillo. Se abrĂa con cierta facilidad. RamĂłn estaba muy caliente, su sonora respiraciĂłn lo delataba. Mientras yo devoraba su culo a lamidas cada vez mĂĄs fuertes, Ă©l me pajeaba de una forma especial. Me retirĂł el prepucio con una mano y me masajeaba el capullo con la palma de la otra mano cerrada. El frote era tan intenso que me hacĂa chorrear mĂĄs y mĂĄs lĂquido transparente. RamĂłn se incorporĂł de nuevo y se dio la vuelta. Su polla estaba frente a mĂ. Tiesa, no llegaba a medir mĂĄs de nueve centĂmetros, pero me miraba tentĂĄndome a metĂ©rmela en la boca. Cuando fui a sucumbir, RamĂłn me lo impidiĂł y me cogiĂł las manos para que me levantase. Me besĂł el pecho y se puso a jugar con mis pezones. Uffffff, quĂ© boca mĂĄs caliente. Mamaba mis tetillas sin descanso con sus labios, su lengua y sus dientes con los que me daba suaves mordisquillos. BajĂł relamiendo la lĂnea central de mi torso hasta que se metiĂł mi polla en la boca.
- ÂĄBuaaaaaahhhh! ÂĄQuĂ© boquita tienes, caniche! âdije acariciando su pelaje ensortijado.
De repente, se escuchĂł la puerta del patio. Yo me asustĂ© e intentĂ© retirarme de su boca, pero aquel perrako tenĂa demasiada hambre para deshacerse de mi pedazo de carne llorona. Ni se inmutĂł. SiguiĂł mamando sujetĂĄndome las piernas para que no escapara. Me lo temĂa. En el patio apareciĂł Justo ayudado por su bastĂłn y camuflado tras un sombrero de paja.
- ¿Estås ahà Ramón? ¿Por qué has cerrado el bar? Estån a punto de venir los de la partida.
- SĂ padre, estoy aquĂ âdijo RamĂłn sacĂĄndose mi rabo de la bocaâ. AĂșn falta media hora ây volviĂł a mamĂĄrmela.
No me lo podĂa creer. Justo estaba a no mĂĄs de cuatro metros de nosotros y su hijo estaba amorrado a mi nabo como un puto cervatillo.
- Estoy intentando sacarle agua a este grifo, pero no termina de salir con potencia âdijo el muy cabrĂłn masturbĂĄndome las veces que no me la estaba mamando.
- Lo que tienes que hacer es abrir la llave de paso del patio, RamĂłn âdijo muy sabiamente ignorando el aquelarre que estaba sucediendo ante sus ojosâ. Yo voy a sentarme un ratillo aquĂ, parece que se estĂĄ mĂĄs fresco.
Me relajĂ© al ver que no habĂa peligro, incluso me dio morbo ver como el viejo Justo se secaba el sudor con su pañuelo de tela mientras su hijo trabaga polla como un mamonazo.
- Si sigues dĂĄndole al grifo de esa manera va a explotar âdije para seguir el sucio juego.
- ÂżEstĂĄs ahĂ Matt? âpreguntĂł Justoâ. PensĂ© que te habĂas marchado ya. ÂĄRamĂłn, hazme caso hombre!
Y RamĂłn le hizo caso. DejĂł mi rabo y se fue a abrir la toma general del patio. Luego abriĂł el grifo, y de la manguera saliĂł un chorro suave, sin mucha potencia, ideal para refrescarse. El querubĂn de ojos grises se me acercĂł y me abrazĂł. Nos fundimos en un beso apasionado y luego puso la manguera sobre nuestras cabezas a modo de cascada. Fue una sensaciĂłn bestial. SeguĂamos calientes como perros pero el agua fresca aliviaba con creces aquel puto calor asfixiante.
- PodĂas regar las plantas, RamĂłn âsugiriĂł Justoâ, las pobres tambiĂ©n pasan calor.
- Claro, padre âdijo guiñåndome un ojo.
RamĂłn me llevĂł hasta la valla que separaba el huerto del patio. EstĂĄbamos enfrente de su padre, a unos pocos metros. Me pidiĂł que lo ayudase a guardar el equilibrio para ponerse de puntillas y sacar el culo por la valla. Me temĂ sus intenciones. TomĂł la boca de la manguera y se la aplicĂł al ojete, y a los pocos segundos, empujĂł con fuerza . AsĂ varias veces. Los acebuches estarĂan muy cotentos, desde luego. Me dio el mando de la maguera y fui rellenando aquel maravilloso culazo conforme lo vaciaba. Era como una rica fuente natural.
VacĂo completamente, RamĂłn se dio la vuelta y apoyado en la valla, subiĂł una de sus piernas. No habĂa duda, querĂa rabo.
Yo aprovechĂ© para comerle un poco mĂĄs el culo, pues estaba fresquito y mojado, bien jugoso. Me retraje el prepucio, soltĂ© un buen lapo en mi nabo y lo encajĂ© en el rosado anillo de RamĂłn. ÂĄJoder, quĂ© bien entrĂł! No costĂł nada al principio. EntrĂł el capullo por completo. Luego se frenĂł. El agua habĂa hecho desaparecer cualquier lubricaciĂłn. AsĂ que volvĂ a escupir sobre el mismĂsimo ojete, pero seguĂa sin ser suficiente. La mejor saliva es la del fondo de la boca y la que se produce con las arcadas, asĂ que le metĂ tres dedos en la boca a RamĂłn para que salivara con espesor y la apliquĂ© a la uniĂłn de mi polla con su ojete. Ahora sĂ, uffff, cĂłmo entraba. RamĂłn se tapaba la boca con la mano o se mordĂa el antebrazo para que su padre no se extrañara por los gemidos. Yo bombeaba mi capullo en su precioso culito manejĂĄndolo con una mano mientras regaba nuestros cuerpos con la otra. El morbo de tener a su padre de espectador ignorante, me procuraba aĂșn mĂĄs excitaciĂłn. QuerĂa preñarlo, deseaba rellenar el hermoso culo de RamĂłn con mi manguera. Entonces, puse la del agua mirando al cielo, le coloquĂ© el dedo para hacer presiĂłn, y convertĂ el chorro suave en una fina lluvia bajo la que ambos vibrĂĄbamos al son de orgasmos simultĂĄneos. Su rabo empezĂł a lefar el charco sobre el que estaban nuestros pies y el mio rellenĂł sus entrañas con lefa de tres dĂas.
No cesó la llovizna todo el tiempo que tardó mi rabo en desinflarse y ser escupido por el culo de Ramón. Preñado y contento, se acercó al grifo y lo cerró.
- Padre, quĂ© bien sienta un remojĂłn a media tarde âdijo para mayor cachondeo.
- ¥Déjate de remojones y atiende el bar, que estarån los clientes desesperados.
Pero la puerta del bar estaba igual de solitaria que lo habĂa estado la vida sexual de RamĂłn desde hacĂa cuatro años. RamĂłn moviĂł su culito reventado hasta la barra y sirviĂł dos cafĂ©s.
- Supongo que te marcharĂĄs ya mismo âdijo con su grave y sensual voz ahora mĂĄs sedosaâ. Recuerda que si no encuentras el mar, aquĂ se pasa bien con una simple manguera.
- Imposible olvidarte, RamĂłn, imposible âdije con cierta tristezaâ, pero he de marcharme.
- Espera, toma âdijo dĂĄndome una bolsa llena de comidaâ. La ha preparado mi padre. Ăl no puede ver el mundo que le rodea, pero siempre ha sabido apreciar las necesidades de las personas.
- No sé cómo agradecéselo.
- Llevåndotelo, sin mås. Ahà se ha quedado, regando los acebuches, como si les hiciera falta después de mi riego cular, jajaja.
- ÂĄJajaja! Pues, dale las gracias de mi parte.
- ÂĄAh! Y toma.
RamĂłn se metiĂł la mano en el bolsillo y sacĂł los calzoncillos que llevaba puestos cuando lo desnudĂ©. Me los llevĂ© a la cara y supe que podrĂa rememorar su aroma cada vez que cerrase los ojos.
Me fui hacia la puerta, me di la vuelta y allĂ estaba RamĂłn detrĂĄs de la barra, con una inmensa sorisa, con su culito lefado y con sus graciosos ricillos tirĂĄndome un beso al aire.
Me fui atravesando el pueblo que seguĂa igual de vacĂo que lo encontrĂ© al llegar, pero esta vez me acompañaba el perfume de RamĂłn en la mochila.
FaltarĂa una hora para el atardecer. Me encanta observarlo mientras sucede.
âŠCONTINUARĂâŠ

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EL ALGARROBO parte segunda.
De las cachas me fui a la raja. Antes de tocarla con los labios, quise sentir su aroma, su dulce aroma. Mi nariz surcĂł inspirando aquel canal tapizado de fino vello. ÂĄQuĂ© maravilla de culito! Al olor sumĂ© su sabor. Ummmm, riquĂsimo. Su textura era tersa y suave. Me entretuve en el anillo un buen rato. Lo besĂ©, lo lamĂ, lo succionĂ©, lo babeĂ© y me lo comĂ salivando como si yo fuera la viva reencarnaciĂłn de un hermano del mismĂsino SansĂłn. Me hubiera gustado tener las manos libres para abrirlo, meterle los dedos y jugar un poco con Ă©l, pero no me era posible. Mis brazos estaban tensos, atados al majestuoso algarrobo.
- ÂĄFede! âexclamĂł Goyoâ. ÂĄMeada de mono!
Me quedĂ© extrañado, pero yo seguĂa comiendo. Sin embargo, Fede, sin decir palabra, se bajĂł de mis rodillas y me dejĂł con la miel de su ojete en los labios. TrepĂł por el algarrobo y llegĂł hasta una de las ramas fuertes que habĂa a un par de metros sobre mi cabeza. Entonces, abriĂł las piernas con el culo en pompa y se sacĂł el nabo del suspensorio rosa. Me miraba y se reĂa. Goyo por su parte, me agarrĂł del pelo y me echĂł la cabeza hacia atrĂĄs, de tal manera que no podĂa cerrar la boca. Y en pocos segundos, vi cĂłmo un chorro de dorado lĂquido surtĂa de la polla del argentino, regĂĄndome de arriba abajo. Goyo intentaba controlar mi cabeza para que la meada de Fede entrase en mi boca pero tuvo el mismo Ă©xito que un escanciador de sidra borracho, la mitad dentro y de la otra mitad, un tanto sobre mi cuerpo y el otro al suelo. Me escocĂan las heridas del torso con aquella caliente lluvia dorada y especialmente, notaba arderme las que me hizo SansĂłn con sus garras en la espalda, pero a pesar de todo, ese resquemor me hacĂa sentir realmente poseĂdo.
Una vez comido y meado, Goyo ordenĂł de nuevo a Federico bajar del algarrobo y utilizĂł otra cuerda para atarlo a mis piernas.
- ÂĄGaucho, al pilĂłn!
Fede se colocĂł pegado a mĂ, frente a frente. Mientras Goyo ataba nuestras piernas hasta los gemelos, Ă©l se entretuvo lamiĂ©ndome las salpicaduras de sus propios meos que humedecĂan mi rostro y mi pecho. TenĂa una boca prodigiosa. ÂĄQuĂ© sensaciĂłn mĂĄs placentera la de sentir su lengua paseando por mi piel! Mi polla, totalmente endurecida estaba clavada en su ombligo depositando en el hoyito una buena cantidad de viscoso y transparente lĂquido preseminal. Ya empezaba a notar los cojones colganderos y duros golpeando la cara interior de mis muslos.
Aseguradas las cuerdas, Fede abandonĂł las lamidas de cara para hacerse cargo de mi nabo. Su boca caliente y hĂșmeda abrazĂł mi prepucio sin descapullarlo con la intenciĂłn de saborearlo y jugar un rato con Ă©l. En cuclillas, no tenĂa otra opciĂłn que agarrarse a mis nalgas para no caerse hacia atrĂĄs, asĂ, la apertura de mi raja era inevitable. Todo lo tenĂan calculado. Mi culo quedaba a expensas de lo que Goyo quisiera hacer con Ă©l. La mamada de Fede fue subiendo de intensidad. No es fĂĄcil retirar un prepucio generoso haciendo uso Ășnicamente de los labios y la lengua, pero Fede era una mĂĄquina de mamar. Pronto sentĂ el calor de su boca hambrienta quemĂĄndome el capullo, y yo le regala mĂĄs miel de mi prĂłstata. Notaba perfectamente cĂłmo discurrĂa por mi uretra. El muchacho gozaba tragando rabo como un verdadero perraco. Entonces, sentĂ un calor y una humedad similar en mi ojete. Goyo aprovechĂł la exposiciĂłn de mi raja peluda para comerme el culo y atemperarlo. La dilataciĂłn no iba a ser un problema, pues el plug habĂa hecho bien su trabajo, asĂ que insistiĂł en lubricĂĄrmelo a saco escupiendo y metiĂ©ndo la lengua bien adentro. La sentĂa como una culebra rabiosa. Yo estaba inmĂłvil pero mĂĄs excitado que nunca. TenĂa a un mamĂłn amorrado a mi capullo y a un cazador ablandĂĄndome el culo como dios.
CesĂł la comida de ojete y me volviĂł a coger del pelo para poner su cara junto a la mĂa.
- Como ves, sabemos muy buen cĂłmo tratar a las visitas âdijo Goyo con sarcasmoâ, sobre todo a los putos fisgones que perturban la tranquilidad de nuestros dominios.
- Un trato inmejorable âdije siendo totalmente sincero.
- ÂżNotas algo entre las piernas?
Efectivamente lo notaba. Su pedazo de rabo traspasaba mis piernas llegando a tocar mis cojones por detrĂĄs. Aquello fue un regalo para Fede, que sin dejar de atender mi polla, apartĂł mis pelotas para encontrarse con la de Goyo y juntarla con la mĂa para lametearlas y chuparlas a dos carrillos.
Yo estaba cada vez mĂĄs excitado. El torso peludo de Goyo pegado a mi espalda, su aliento en mi cuello, su rabo junto al mĂo siendo engullidos por el muchacho argentino, uffff. Todo ello hacĂa que los tres fuĂ©ramos uno.
Entonces, Goyo, sin despegar ni su torso de mi espalda ni su cara de la mĂa, echĂł hacia atrĂĄs sus caderas. Lo notĂ© porque su rabaco hizo el camino de vuelta entre mis piernas volviendo a golpear mis pelotas. Y sin separar el glande de mi piel, fue subiendo por el perineo hacia mi raja hasta que se topĂł con mi ojete.
- ÂżLa notas? âpreguntĂł lo evidente.
- SĂ, la noto ârespondĂ algo obvio.
- ÂżLa notas, eh perro? ârepitiĂł presionando un poco mĂĄs.
- SĂ, cabronazo âme atrevĂ a decirle sin importarme las consecuencias.
- ÂżLa notas, vouyer de mierda?
Y para evitar el desgarro, porque su polla era muy, pero que muy gorda, relajĂ© el esfĂnter todo lo que pude y su tremendo capullo se colĂł en mi ojete hasta el gran surco entre el glande y el resto del nabo. AguantĂł la ataca y me susurrĂł:
- ÂżLa notas, eh capullo, la notas?
- ÂĄSĂ! âgritĂ© de placer.
- ÂĄPues mĂĄs la vas a notar!
Y me pegĂł un pollazo que vi las estrellas. Me metiĂł toda la polla de golpe. ÂĄDios, quĂ© dolor! CreĂ que me habĂa partido en dos.
- ÂĄParĂĄ, mi amor! âgritĂł Fede sacĂĄndose mi polla de la bocaâ. ÂĄNo ves que lo vas a matar!
Goyo se detuvo sin sacar el nabo de mi culo y asomĂł su cabeza por mi costado para mirar fijamente a Fede. Aun con mi culo reventado pude tener sensibilidad para darme cuenta de que el argentino la habĂa cagado.
- ÂżTe digo yo cĂłmo tienes que mamarla? âpreguntĂł Goyo con tono muy agresivoâ. SĂ, porque yo si te puedo decir cĂłmo tienes que mamarla.
Los ojos de Fede parecĂan de cristal. Se quedo callado. Ăl tambiĂ©n sabĂa que la habĂa cagado.
- ÂżTe digo yo cĂłmo tienes que poner el culo? ây continuĂł respondiĂ©ndoseâ.SĂ, porque tĂș solo lo eliges si yo te doy la oportunidad de elegir.
Entonces Goyo cogiĂł a Fede por lo pelos, y todavĂa con su nabo dentro de mi culito peludo, le clavĂł mi polla en la boca y empezĂł a empujarlo con mucha rabia. La barbilla del muchacho me daba en los cojones. Se la estaba tragando entera. No parraba. Entonces, el muchacho empezĂł a dar arcadas y un espeso lĂquido se desbordĂł por su boca mojĂĄndome el rabo, los cojones y los muslos. casi le hace potar. Aquello me puso mĂĄs cachondo todavĂa. Fede tosĂa e intentaba recuperar el aliento con verdadero esfuerzo mientras pedĂa perdĂłn al cabrĂłn del cazador.
DespuĂ©s de aquel improvisado pero, al fin y al cabo morboso incidente, Goyo volviĂł a reanudar el ritmo de su follada. El tiempo de parada con el nabo dentro habĂa dilatado mis adentros lo suficiente como para sentir placer, puro placer. Su gran rabaco entraba y salĂa con un roce perfecto, podĂa notar hasta sus venazas sorteando la estrechez de mi anillo anal. ÂĄQuĂ© gustazo! Me daban escalofrĂos, se me erizaron los pezones y la piel de todo el cuerpo. No querĂa que parara. Por su cuenta, Fede se amorrĂł otra vez a mi polla y asĂ estuve durante varios minutos, mezclando sudores, gemidos y fluĂdos. Vamos, fundamentalmente gozando como un puto perro resolviendo su celo.
Mi excitaciĂłn estaba llegando al clĂmax, mis pelotas, ya duras y dolorosas, necesitaban descargar, y entre gemidos y alaridos, disparĂ© unos buenos chorros de lefa en la garganta de Fede. Cuando este se percatĂł de la entrada de mi leche por su garganta, se retirĂł un poco para ver cĂłmo salĂan los chorrazos, pero sin dejar de apuntar al centro de su boca. No querĂa desperdiciar ni una gota. No era tarea fĂĄcil, pues las embestidas de Goyo me meneaban cada vez mĂĄs el cuerpo entero.
De repente, los gruñidos del cazador se hicieron cada vez mås sonoros anunciando la preñada de mi culo. Entonces, me agarró fuerte del pelo con una mano y con la otra me abrazó el abdomen. Me pegaba pollazos impresionantes en busca de una corrida salvaje.
- ÂĄAaaaarrrrgggghhhh! âgritĂł poseĂdo por el gozo de deslecharse.
No parĂł de empujar mientras seguĂa gimiendo y corriĂ©ndose. DebĂa ser un espectĂĄculo verlo como vouyer, pero en este caso, yo participaba en la escena.
Cesaron sus movimientos de pelvis y antes de sacarla me susurrĂł:
- Buen perraco, sĂ, buen perraco. Y ahora aprieta ese culito todo lo que puedas.
El cabrĂłn temĂa que mi ojete hubiese quedado tan dado de sĂ, que al sacarla se me caerĂa su rica lefa. Pero no, Ă©l no conocĂa mi capacidad anal para dilatar y contraer a partes iguales independientemente del grosor del pollĂłn que me folle.
No cayĂł ni una gota.
En silencio, se agachĂł para desatar a Fede de mis piernas y una vez liberado, le dijo:
- Cachorro, a pesar de tu rebeldĂa, te lo has ganado. Anda, bĂ©bete mi leche.
Yo en seguida supe lo que tenĂa que hacer. Una vez que sentĂ el aliento de Fede soplando mi culo, relajĂ© mi ano para dejar salir aquella miel blanca, descarga de pasiĂłn y rabia. Fede la degustĂł con amor y obediencia.
Goyo se fue del porche sin decir adiĂłs. Nos dejĂł extasiados a los tres, a Fede, a mĂ y a ese maravilloso y robusto algarrobo testigo y partĂcipe de aquel violento y pasional ajuste de cuentas por vouyer.
Fede me desatĂł del ĂĄrbol y recogiĂł las cuerdas.
- Ya ves cĂłmo es el jefe, no se lo tengas en cuenta.
- No tranquilo, no puedo decir que esto para mĂ haya sido un castigo, la verdad.
- Bueno, a mĂ me has caĂdo bien, pibe.
- Y tĂș a mĂ, Fede âdije devolviĂ©ndole la sonrisa que me regalĂłâ. Por cierto, muy rico tu culo. Delicioso.
- Lo mismo pienso yo de tu polla. Espectacular âdijo yĂ©ndose hacia dentro del cortijo.
Fede se detuvo en la puerta y me dijo:
- Ah, por cierto. Las órdenes son que ya no entres en la casa para nada. Te sacaré una toalla, una palangana con agua para que te limpies, tu ropa y tu mochila.
Me quedĂ© callado y aceptĂ© sin cuestionar la poca generosidad de Goyo. SabĂa que si hubiera sido por Fede me hubiera quedado el fin de semana entero, pero asĂ estaba bien. La polla de Goyo y sus formas follando eran una maravilla, pero su carĂĄcter en general no terminĂł de agradarme, pensĂ© que un cabrĂłn decesa calaña era solo apto para perracos como Fede, agradecidos y obedientes. AsĂ que esperĂ© a que Fede me trajera el agua, la toalla y mis cosas. Me aseĂ©, me vestĂ, y me fui caminando por el sendero que el dĂa anterior me condujo hasta una de las noches mĂĄs acojonantes a la par que apasionantes de mi puta vida.
El sendero me llevĂł hasta una carretera comarcal y de allĂ salĂ a la nacional. Otra vez sin rumbo, mal herido, pero muy bien follado.
âŠCONTINUARĂâŠ
EL ALGARROBO parte primera.
No sabĂa quĂ© hacer. Mi cerebro decĂa: âquĂ©date quieto"; pero mis piernas decidieron ponerse a salvo sin ningĂșn sentido. ÂżDĂłnde iba a esconderme en un lugar que no conocĂa y prĂĄcticamente a ciegas?
SalĂ de jazminero, que en su momento me hizo un buen papel de trinchera pajillera, y me fui hacia la espesura de lo que parecĂa un huerto de naranjos. Estuve sorteando ĂĄrboles pero me costaba mucho correr. El terreno estaba reciĂ©n regado y escuchaba el chapoteo y como se me hundĂan las zapatillas en el barro, pero no podĂa detenerme. AllĂ, entre ramas que me arañaban la cara, los brazos y el pecho, me sentĂa completamente perdido teniendo en cuenta que el cazador y su perro conocĂan perfectamente la zona.
Estaba exhausto, la corrida me habĂa aflojado las piernas y escuchaba los ladridos de SansĂłn cada vez mĂĄs cerca.
De repente, sentĂ el empujĂłn de unas garras que se clavaron en mi espalda y ya no recuerdo mĂĄs.
Lo siguiente fue verme en una cama desconocida, con un tremendo dolor de cabeza y con el cazador y el muchacho sentados junto a mĂ, uno a cada lado.
Se miraban con cierta complicidad y una media sonrisa que me confundĂa.
Quise ser prudente y lo primero que hice fue pedir perdĂłn.
- ÂżNos vas a decir quiĂ©n coño eres tĂș y quĂ© hacĂas en la ventana? âdijo el cazador.
- Me llamo Matt. Iba por la carretera y vi luz aquĂ. PensĂ© que podrĂan darme cobijo para pasar la noche, y cuando vi a âentoces mirĂ© al muchacho para que dijera su nombre.
- Federico, me llamo Fede ârespondiĂł con un pronunciado acento argentino.
- Bien, cuando vi a Fede desnudo acariciĂĄndose sobre el sofĂĄ, no me pareciĂł elegante llamar a la puerta.
- Claro, te pareciĂł mucho mĂĄs elegante quedarte a ver cĂłmo me comĂa la polla y cĂłmo le petaba el culito, Âżno? âdijo el cazador irĂłnicamente.
- No, claro que no.
- Pero nos viste, boludo. AhĂ yo estaba solo. Viste todo, no me jodas.
- SĂ, estĂĄ bien. Lo vi todo. Por eso pido disculpas.
- ÂżTe hiciste una paja, maricĂłn?
- BuenoâŠ.
- Claro que se hizo la paja, Goyo âdijo Fede a su machoâ, cuando lo bañé tenĂa restos de semen en el calzoncillo, por las bolas y la pija. Le babeaba como un caracol, carajo.
- ¿Me has bañado?
Entonces miré bajo las såbanas y estaba completamente en pelotas.
- Cuando entrĂ© al huerto seguĂ los ladridos de SansĂłn y cuando lleguĂ©, estabas inconsciente en el suelo âcontĂł Goyo, el cazadorâ. Menos mal que SansĂłn estaba bien comido.
- Te diste tremendo golpe en la cabeza âprosiguiĂł Fedeâ, estabas herido en la espalda, magullado y lleno de barro hasta las orejas. AsĂ que Goyo no tuvo otra que cargarte hasta la casa y me indicĂł que te aseara, te curara y te acostara.
- No sé qué mås deciros, chicos. Muchas gracias.
- No nos des las gracias âexclamĂł Goyo yĂ©ndose hacia la puertaâ. Cuando te recuperes, ya nos lo cobraremos ây saliĂł del cuarto.
- La verdad es que no tengo mucho dinero, pero trabajaré en lo que sea.
- No te apures, Matt. Las deudas con Goyo no son lo que te imaginas. AcĂĄ la plata no te harĂĄ falta âdijo Fede levantando su hermoso culo de la camaâ. Descansa pibe, luego vendrĂ© a mirarte las heridas.
Me quedĂ© pensativo, absorto en la lĂĄmpara rĂșstica del techo. La vergĂŒenza inundaba cada rincĂłn de mi mente recordando la escena que presenciĂ© a travĂ©s de la ventana, pero una dura erecciĂłn me trajo a la realidad. No tenĂa fuerzas para pajearme, asĂ que me di la vuelta y me quedĂ© dormido.
Cuando abrĂ los ojos, tenĂa delante el maravilloso culo de Fede casi en pompa vistiendo un suspensorio rosa que combinaba a la perfecciĂłn con el pĂĄlido color de su piel, y en la parte baja de la raja, entre los mofletes de culo a la altura del ojete, asomaba la base de un plug con una especie de diamante gigante y brillante. Estaba preparando los apĂłsitos para curarme. Entonces, me di la vuelta por pudor, pero Fede estaba empeñado en que no me sintiera mal.
- Dale, Matt. No seas vergonzoso âdijo entre risas.
- No, tranquilo, si cada uno en su casa va como quiere.
- A ver esas heriditas âdijo retirando la sĂĄbana y descubriendo mi cuerpo desnudoâ. Goyo es un señor, mi señor, todo un caballero. Si no fueta por Ă©l, no sĂ© dĂłnde andarĂa en estos momentos.
- Entiendo que el cortijo es suyo.
- SĂ, claro. Yo lo conocĂ haciendo cruising en los cañaverales que hay cerca del pueblo. Era su primera vez, y le gustĂ© tanto que no dudĂł en traerme a casa, y tras follarme como quiso, me invitĂł a quedarme para siempre con Ă©l.
- Tiene que ser duro ser maricĂłn en una casa de campo aislada del mundo sin vecinos.
- Nada que ver, boludo âdijo sorprendido por mi comentarioâ. Ăl ha follado todo lo que ha querido. Tiene coche, y la ciudad no estĂĄ muy lejos, pero ya estaba cansado de culear a desconocidos. Necesitaba a alguien que atendiese sus exigencias y deseos sin contrariarlo. Y yo, eso es lo que mejor he sabido hacer siempre.
- Hacéis buena pareja. Y si me lo permites, te diré que en el sexo, parece que os compenetråis perfectamente.
- SĂ con eso no hay duda âdijo mientras me pidiĂł que abriese las piernasâ. No te asustes. Las heridas van de maravilla, y bueno, espero que entiendas esto.
Fede se echĂł lubricante en una mano y la llevĂł hasta mi culo. Me embadurnĂł el ojete y me metiĂł dedo insistiendo pero suavemente. Yo no entendĂa nada. Mi culo estaba perfectamente, no habĂa sufrido daño alguno.
- ÂżSabĂ©s lo que es esto? âpreguntĂł enseñåndome un plug.
- SĂ, claro. TĂș llevas uno igual en el culo.
- Goyo me ha pedido que te lo meta en el orto ây lo hizo sin contemplacionesâ. Me imagino sus intenciones, pero no me preguntes, yo solo cumplo Ăłrdenes. Ni se te ocurra quitĂĄrtelo hasta que Goyo lo diga.
Yo no impedĂ que lo hiciera. Aquel artilugio entrĂł por mi esfĂnter sin mucha resistencia y se quedĂł instalado. Inmediatamente mi polla creciĂł y saliĂł una gotita de lĂquido transparente.
- Bien, veo que eres un buen puto âdijo cogiendo la gotita y llevĂĄndosela a los labiosâ. Ummm, delicioso.
Y volvĂ a quedarme solo. Despejado por tantas horas de sueño y con el culo petado esperando nuevos acontecimientos. En un par de horas ya estaba desesperado, no necesitaba mĂĄs reposo. A pesar de lo extraño de la situaciĂłn me habĂan caĂdo bien, sobre todo Fede, pero debĂa emprender de nuevo mi camino. No pintaba nada allĂ, asĂ que salĂ de la cama y bajĂ© las escaleras desnudo. No habĂa rastro de mi ropa en la habitaciĂłn, asĂ que supuse que mi mochila deberĂa estar abajo. Cuando lleguĂ© al salĂłn, allĂ estaba otra vez el puto ĂĄrbol de Navidad. Fede apareciĂł y me pillĂł olisqueando la estancia.
- ÂżDĂłnde crees que vas, pelotudo? âsu tono no era tan amigable como cuando me estaba curando las heridasâ. A ver, date la vuelta.
QuerĂa comprobar si me habĂa quitado el dilatador anal.
- Bien, puto, bien. ¿Y qué hacés acå abajo? Goyo lo dejó bien claro. Que no te movieras, quiere que te repongas cuanto antes.
- Y agradezco vuestra preocupación, pero yo solo pasé por aquà para pasar la noche, y ahora he de seguir mi camino.
- ÂżEspiar como un macho se folla a un puto significa para ti pasar la noche? âdijo con sornaâ. MirĂĄ que no termino de acostumbrarme a todas las expresiones en castellano, pero esta es la mĂĄs absurda que escuchĂ© nunca.
- Disculpa, solo quiero irme. Dime cómo pagar mi deuda y lo haré con mucho gusto.
- SĂ, te aseguro que te gustarĂĄ, no lo dudes. AndĂĄte al sofĂĄ y no te muevas. Goyo estĂĄ a punto de llegar y no quiero que te vea de pie.
AccedĂ a sus exigencias por no meterme en mĂĄs problemas. Fede era un chico de mediana estatura y, aunque fibrado, no tenĂa ni media hostia. PodrĂa haberle dado un mamporro y salir por patas aprovechando que el macho alpha no estaba en el cortijo, pero el atizador de chimenea que el argentino llevaba en la mano y mi desnudez, hicieron que me relajara hasta la llegada de Goyo.
Al rato, escuché los ladridos de Sansón y pensé que mi estancia en aquel cortijo perdido llegaba a su fin. Pero nada mås lejos de la realidad.
Se abriĂł la puerta del cortijo y entrĂł Goyo con el perro. Fede se apresurĂł a recibirlo pero su señor ya habĂa dejado media docena de perdices muertas sobre la mesa. El argentino las cogiĂł y halagĂł el Ă©xito de la caza.
- Sos increĂble âdijo exhibiendo las piezasâ. Tu escopeta y tu polla son infalibles, Âżcierto?
- ÂżLo dudabas? âdijo asiĂ©ndole una cacha del culito respingĂłn con la mano abiertaâ. ÂżQue hace este aquĂ? ÂżYa estĂĄ recuperado?
- SĂ, yo creo que estoy perfectamente ya âdije con ĂĄnimo de acabar cuanto antes con aquel teatroâ. Dime lo que tengo que hacer y os dejarĂ© tranquilos.
Goyo no respondiĂł. Se acercĂł al sofĂĄ donde yo estaba y con un gesto de rotaciĂłn de mano me hizo entender que me diera la vuelta. Y asĂ lo hice. Me puse a cuatro patas y sentĂ como cogĂa el plug y cĂłmo me lo sacaba lentamente. Una vez que lo tuve fuera, me puso sus fuertes manazas en ambas nalgas y me abriĂł la raja a tope.
- ÂĄEmpuja, maricĂłn!
Yo abrĂ el ojete a todo lo que me daba el esfĂnter. Me pidiĂł que me lo tocara y asĂ lo hice. TenĂa un agujeraco grandĂsimo, podĂa meterne un dedo sin a penas rozar mi anillo estriado y carnoso.
- Ese orto no es virgen, eh⊠âdijo Fede sorprendido por la dilataciĂłn de mi ano.
Goyo soltĂł mis nalgas, y mi ojete atrapĂł mi dedo sin remedio, y dijo a su muchacho:
- PrepĂĄralo todo, lo tiene a punto de caramelo.
- En seguida, Goyo âdijo llevĂĄndose las perdices a la cocina.
Y allĂ me quedĂ© yo. Solo, en un moderno y navideño salĂłn en pleno mes de junio, a cuatro patas y con un dedo como presa del improvisado cepo en el que se convirtiĂł mi culo peludo. A los pocos segundos, me sentĂ tan ridĂculo que recompuse mi postura. Miraba el plug lubricado pensando en lo que podĂa esperarme y me relajĂ© para enfrentarme a ello con las pocas fuerzas que me quedaban. QuerĂa hacerme el fuerte, pero en el fondo estaba reventado.
No pasĂł mĂĄs de media hora en la que, sin dirigirme la palabra, ambos anfitriones entraban y salĂan de la casa llevando algĂșn que otro apero. Solo lleguĂ© a identificar lo que parecĂan cuerdas. Entonces, Fede se acercĂł por fin a mĂ y con su dulce acento, me hablĂł del por quĂ© del ĂĄrbol de Navidad entrando el verano mientras me ataba una soga primero al cuello y luego a una muñeca, dejando un par metros sobrantes.
- TodavĂa no me acostumbro a celebrar la Navidad con frĂo âexplicaba el argentinoâ, al menos asĂ, siento por momentos que estoy en mi tierra. Siempre me ha gustado colocar los adornos del ĂĄrbol en pelotas, y aquĂ en diciembre eso es imposible.
Yo me dejé hacer y seguà sus pasos tirado por la correa como un perro hacia el porche del cortijo. Me llevó hasta un gran algarrobo que daba buena sombra al lugar y pasó la cuerda alrededor del tronco para terminar atåndola a mi otra muñeca.
Entonces, apareciĂł Goyo. EscuchĂ© sus pasos y llegĂł hasta mĂ para comprobar los nudos de las cuerdas. Estaba completamente desnudo, y solamente calzaba sus botas de caza y un sombrero tipo cowboy. AĂșn tenĂa el rabaco flĂĄcido, pero con todo el capullo fuera, gordĂsimo. El cazador volviĂł a situarse a mi espalda e indicĂł a su muchacho que me diera de comer.
Fede, obediente como el que mĂĄs, me pidiĂł que flexionara un poco las rodillas y dĂĄndome la espalda, se apoyĂł en el tronco del algarrobo y subiĂł, primero un pie y luego el otro a mis rodillas, de tal manera que su precioso culo quedĂł a la altura de mi cara.
- ÂżNo tienes hambre? âpreguntĂł Goyoâ. Me ha dicho Fede que a penas has desayunado. AsĂ que, come y no rechistes.
La verdad es que no tenĂa en absoluto hambre de comida, y aunque el argentino me estaba destrozando las rodillas laceradas, no iba a negarme a saborear su culito redondo y turgente. Lo habĂa deseado tanto la noche anterior tras el cristal que no podĂa creerme que lo tuviera en frente, todo para mĂ, ummmmmm.
Me acerqué para observarlo con detenimiento. Las cachas blancas y voluminosas me invitaban a mordelo con moderación pero con contundencia.
- ÂĄAy, ay! âse quejaba tontamente Fedeâ. Este loco va a dejarne marcas de guerra. Se nota que tiene hambre.
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DIO PORCO PRIESTS
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ENRIQUE PIERETTO - CORDOBA ATHLETIC - ARGENTINA
Machito argentino!!! Le re doy!!!đđđ
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Vamos a cerdear entre maxos!
jesus fucking xrist!!!

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LâASPERSORIO DI PADRE PAUL