Los Trastornos Hechos Personajes
No me di cuenta en su momento, pero poco a poco me alejaba de escribir… ¿por qué? Tal vez porque con el tiempo entiendes que, por más que digas que lo que estás escribiendo está basado en pura fantasía e ideas locas que “te llegan de la nada”, realmente lo único que haces es proyectar tus propios demonios, deseos, pasado, traumas, en fin.
Recuerdo cuando tuve mi entrevista para tomar trayectoria cuando estudiaba psicología, quería ser psicoanalista y en la UANL te hacen tomar una entrevista con algún director de la trayectoria que deseas para ver si eres apto para ingresar, algo así como una entrevista laboral pero más sencilla, toda una experiencia: entré al pequeño salón donde sería la entrevista y lo encontré lleno de sillas pegadas a las cuatro paredes, formando un cuadro en medio, y a la maestra que iba a entrevistarme sentada en una esquina, lo primero que pensé fue: “mierda, si me siento en la silla incorrecta mando todo a la chingada”, asumiendo que el salón lleno de sillas no era una coincidencia y que desde ese punto había comenzado mi análisis, o sea: mi propia tumba.
Respiré y me propuse relajarme, en este momento no recuerdo en qué silla me senté, supongo que en una no tan cerca ni tan lejos de la profesora, pero bueno, esto es solo para dar contexto, continuemos: la entrevista fue muy tranquila, “¿por qué quieres estudiar psicoanálisis?, ¿por qué no estudiar la corriente laboral, si son los que terminan con mejor trabajo?, ¿cómo te va con tus calificaciones?, ¿en serio te quieres dedicar a la psicología clínica?, ¿tienes algún pasatiempo?”
Si estuviéramos haciendo un cortometraje en vez de un escrito se los juro que justo en la pregunta “¿tienes algún pasatiempo?” se podría escuchar el sonido de un cristal rompiéndose.
- Toco la guitarra, canto y escribo historias.
<<¿Por qué dijiste historias?>>
Bueno, les cuento: ¿recuerdan su primer día en la universidad? No les puedo describir con precisión cómo fue puesto a que han pasado siete años, pero lo que sí recuerdo claramente es que mi primer clase fue un lunes a la una con cuarenta minutos de la tarde, Historia I. La maestra que impartía la clase era también la tutora de todo el salón, una señora muy agradable llamada Blanca Lilia a quien todavía guardo respeto y cariño, con ella me fumé varios de mis primeros cigarros a los dieciocho años, y bueno, como buena cultura mexicana hogareña, la maestra quiso comenzar la clase con la clásica actividad de poner de pie a cada alumno, uno por uno, pidiendo que cada quién dijera su nombre, edad, si había estudiado una carrera antes, y por qué había decidido entrar a estudiar psicología.
Todo iba bien, hasta que noté el común denominador entre mis compañeros, los cuales eran en promedio de mi edad, si no es que uno que otro con algunos años de más: “decidí estudiar psicología porque quiero ayudar a la gente”, “me han dicho que soy muy bueno escuchando, así que quiero utilizar eso para hacer algo bueno”, “quiero entender el comportamiento humano para ayudar a los demás”.
¿Qué creen? Su servidora jamás había pensado en nada de eso antes de ese mismo día, elegí psicología como carrera a mis diecisiete años porque me parecía una ciencia muy interesante y porque quería, en un futuro, escribir un libro, una novela con todo y asesinatos y cambio de identidad de por medio, así que se pueden imaginar qué fue lo que dije cuando llegó mi turno: “Soy Victoria, tengo diecisiete años y elegí psicología porque quiero ayudar a los demás” ¡JA! Así es como se dice la primer mentira dentro de clases.
Pero bueno, habiendo explicado esto, durante cuatro semestres me la pasé analizando bien la razón por la cual había entrado, claro que uno va creciendo y los intereses van cambiando (y no tienen idea de cuánto he cambiado con el tiempo, o tal vez sí, si es que me conocen), hasta que llegó mi cuarto semestre y frente a otro profesor, en el primer día de la materia sobre la definición de los trastornos mentales, me atreví a contestar esa pregunta: “Soy Victoria, tengo diecinueve años y elegí psicología porque quiero escribir un buen libro”. Realmente no hubo muchos comentarios sobre mi respuesta, que yo recuerde, además ya me había enamorado más de la carrera en ese punto.
- ¿Tienes algún pasatiempo?
- Toco la guitarra, canto y escribo historias – supongo que inconscientemente estaba harta de esconder mis oscuros deseos de elección de carrera, así que debí decirlo con mucho orgullo, también tal vez pensando que no se le tomaría tanta importancia comentándolo como lo que era: un pasatiempo.
- ¿Qué tipo de historias? – Victoria, tan ingenua, ya ni por que llevaba dos años rodeada de psicólogos de lunes a sábados.
- Novelas e historias cortas de drama y suspenso, más que nada románticas, es un pasatiempo que tengo desde que estaba en secundaria, aunque ya casi no lo hago por falta de tiempo.
- Vaya, qué interesante, ¿de qué hablan tus novelas, Victoria?
- Pues la mayoría del tiempo hay una protagonista, ésta tiene un problema y necesita ayuda para poderlo resolver, varía – supongo que preferí irme por lo básico para que no me negaran la entrada al psicoanálisis si me ponía hablar de mi idea de dos gemelas, una muerta, un depresivo, y un potencial asesino en la misma historia – como si la salvaran de cierta situación – de seguro sonreí con mucho nervio.
La profesora me sonrió mientras asentía.
- Dime, ¿a quién estás intentando salvar?
- ¿Disculpe?
- Sí, con tus novelas, dices que hay una protagonista que tiene un problema y necesita ser salvada de esa situación, ¿no será que estás intentando salvarte a ti misma de algún problema o situación?
Aquí mismo se vuelve a escuchar otro cristal rompiéndose en mi imaginación, de ahí la última vez que logré continuar con mis historias, bueno, al menos lo intenté, pero nada se volvió a sentir igual que antes.
Salí de la entrevista satisfecha, había logrado ingresar a la trayectoria psicoanalítica, sin saber que la vida tenía otros planes completamente diferentes a los que yo creía, pero bueno, repito: uno no se imagina cómo pueden llegar a cambiar las cosas con el tiempo.
Entonces decido regresarme al primer párrafo de mi pequeño desahogo de cuarentena (sí, es el día 19 de abril del 2020 y nos encontramos en cuarentena debido a la pandemia causada por el COVID-19) en el cual explicaba que poco a poco me fui alejando de la escritura, según yo sin saber por qué, o por la excusa de siempre: “falta de tiempo”, cuando hoy en día, sentada frente a mi computadora, leyendo documentos viejos de hace más de seis años, me doy cuenta que realmente me alejé por ese sentimiento extraño de dejar toda tu mente, proyecciones y traumas plasmados en palabras hechas prosa, disfrazadas de personajes polémicos, cómicos, hasta cierto punto todos con diferentes y variados trastornos psicológicos, lo cual era mi meta en un principio, pero ¿y si esos trastornos no los tomé de un libro si no de mi propia psique? Creo que es una de las cuestiones que más admiro de los escritores, el que se dejan al completo desnudo frente sus lectores, regalándoles personajes, aventuras, historias nuevas con las cuales viajar a través de páginas.
Tal vez no fui lo suficiente fuerte y valiente para seguir el camino de la prosa pero irónicamente la vida me llevó a dedicarme al camino del verso, de las notas musicales, el piano, la guitarra, las historias que te dejan expuesta de igual forma pero invitan a la audiencia a cantarlas a tu lado y a hacerlas suyas.
No he vuelto a escribir alguna historia en prosa, y no es que no me han dado ganas con el tiempo, créanme que sí, mucho más hoy: tomé el valor de sentarme frente a la computadora y comenzar a hablarles, dejándome abrazar por ese miedo de estar al desnudo en letras, pero decidí hacerlo ahora sin metáforas o personajes ficticios: hoy me dieron ganas de que ustedes leyeran y se enteraran de mis trastornos a través de mi realidad, nada más.
No soy la misma niña de diecisiete años que quería escribir un libro de asesinatos, tampoco la chica de diecinueve convencida de terminar su licenciatura en psicología con trayectoria psicoanalítica y que soñaba con tener una maestría en educación y un doctorado de alguna otra área, soy Victoria Campos: una mujer de veinticinco años que se dedica por completo a la composición y enseñanza musical, sin ningún título, aún, pero con la dicha de decir que la vida te va llevando por donde ella gusta, y si pones de tu parte las cosas fluyen genuinamente, pero bueno, esa es otra historia.














