Veo la luz blanca acercarse a lo lejos
y un destello rojo como el infierno,
y creo distinguir, ya sin aliento,
a una mujer apagando las estrellas del cielo.
Me dijo que pasará la noche conmigo
y que tendremos un festín en las tinieblas,
para luego atrevernos a mirarnos a los ojos
cruzando nuestras últimas palabras en la tierra.
"No te preocupes, que será un placer"
dijo borrando mis huellas en la arena,
pero cuando le pedí que me lleve hasta mi mujer
me arrastró aún más celosa a una ruta desierta.
Me enseñó tantas cosas que yo desconocía
que de a poco mi vida se volvió pequeña y lejana,
y me tomó la mano sin disimular su lascivia
mientras ostentaba en la otra su sombría guadaña.
Me acompañaba por aquella ruta desierta
mientras el cemento se volvía tierra,
y sonreía tan dichosa y despreocupada
vestida de negro como una viuda recién casada,
risueña, melancólica, corriendo animada,
su mano entrelazada con la del hombre que amaba.
Ella entendía todo, entendía más que el resto,
y entre más caminábamos menos apretaba mi mano
hasta que sin pensarlo dejé de sentirme preso,
pero no quise soltarla y me perdí en el momento,
me acostumbré a la arena, la ruta y el viento,
a sus vivaces sonrisas, a su suave movimiento...
Hasta ayer quería compartir tu destino,
escribirte poemas y ser en tus noches tu abrigo,
pero ahora no quiero alejarme de este camino
aunque sienta que me convierto en tu peor enemigo,
ese que va de la mano con una amiga tan reciente
una amiga que todos conocemos cuando rozamos la muerte.
Creía que cuando esto pasara
enfrentaría el silencio y la nada,
que vería un abismo blanco y negro
y no esta poesía de amor secreto,
menos con una mujer tan segura y bien vestida,
que apasionadamente preparaba su embestida;
una extraña quimera frenética y lujuriosa
roja, pálida, una mezcla rara pero hermosa
como la paleta de un maestro de las prosas;
y ahí estábamos, los dos juntos,
bajo un mar de rubíes y tan sólos en el mundo,
rendidos en la cama bajo la misma debilidad,
rasgándonos la ropa con la natural facilidad
de dos amantes que se embriagan de infidelidad.
Y ahí comprendí al mundo, inocente, equivocado,
todo lo creído de la muerte tan simplemente errado,
y escribo esta poesía, enamorado y muerto;
mi última poesía previa a un sueño eterno,
con un reloj sin arena pero todos mis pecados,
con el cuerpo extasiado, tendido y marcado;
y si me expiase un último pecado un favor divino
encendería un cigarro y bebería una copa de vino.
Pues se acaba el camino en una cama blanca
con dos amantes bajo sábanas desarregladas,
Y así me encontré con mi compañera por un día,
mi musa de poemas de letras oscuras y retorcidas,
la mujer que supo enamorar con tan sólo tomar de la mano
a un extraño del que se enamoró en un andén desconcertado,
transitando una ruta sin edificios ni casas, una ruta vacía,
una experta del amor desenfrenado que sólo la pasión la movía,
...una muerte mucho más viva de lo que la gente la imaginaría.