La casa estaba en la colonia Morelos, un lugar tranquilo, ya sabes, de esos barrios viejos con alma de vecindad, pero que todavía conservaban algo de dignidad. Nuestra privada era como un microuniverso: cerrada, callada, con casas que parecían pegadas con prisa, como si alguien hubiera querido acabar rápido una maqueta. Nada fuera de lo común… al menos eso creíamos.
Nosotros llegamos cuando yo tenía como seis meses de nacido, pero esto que te voy a contar pasó varios años después, cuando tenía seis o siete. Lo raro es que mis papás siempre nos ocultaron cosas. Como que no querían que pensáramos mal de la casa. Pero con el tiempo soltaban pistas. Mi mamá, por ejemplo, un día dejó escapar que desde que se mudaron, la casa tenía “detallitos”. Y con detallitos no se refería a goteras, ¿eh? Más bien a cosas que no sabías bien cómo explicar. Cosas que te hacían sentir observado sin que hubiera nadie. Fríos raros. Puertas que se cerraban solas. La clásica.
Mi papá viajaba un chingo por trabajo, así que a veces pasaban días sin que lo viéramos. Cuando se iba, yo aprovechaba para colarme en la cama con mi mamá. Me daba paz dormir ahí, como si la cama de los grandes fuera un fuerte inexpugnable.
El cuarto de mis papás tenía forma rectangular, un rectángulo largo y medio mal iluminado. La cama en medio, cabecera pegada a la pared. A los lados, dos burós idénticos, con lámparas que ya ni prendían bien. Había espacio suficiente para rodear la cama, lo cual se me hacía sospechoso, como si en algún momento alguien —o algo— necesitara caminar por ahí en la madrugada.
Una de esas noches pasó. La noche. Ya estaba dormido, acurrucado del lado derecho de la cama, el lugar de mi papá. La habitación estaba oscura, tan oscura que ni los contornos se distinguían. Sólo había una lucecita terca, la de la videocasetera que teníamos frente a la cama, debajo de la tele. Un verde aqua que parpadeaba las 12:00, como si no le importara el tiempo, como si esa casa estuviera atrapada en una medianoche eterna.
Yo me desperté. No sé por qué. Como si alguien hubiera entrado a mis sueños y me hubiera jalado de regreso a la realidad con una cuerda invisible. Abrí los ojos y lo primero que vi fue ese destello verde, constante, cansado, casi hipnótico.
Y de pronto, algo. Con el rabillo del ojo. Un movimiento, una presencia. Giré la vista despacito hacia la puerta, esa puerta que nunca se cerraba del todo. Y ahí estaba ella.
No sé cómo explicarlo sin que suene a cuento de terror barato, pero no era una persona, ni tampoco una aparición como en las películas. Era más bien como una sombra con forma de mujer. Una figura recargada contra el marco de la puerta, delgada, como de unos 1.70, con el cabello cortito, apenas rozándole los hombros. Pero todo era sombra. Y aun así, sabía que me miraba.
No tenía ojos. No tenía rostro. Pero la muy cabrona me estaba viendo.
Me paralicé. Literal. Ni pestañear podía. Sólo la vi moverse lentamente, como si no tuviera prisa, como si supiera que no tenía a dónde ir. Se incorporó del marco, apoyó la mano derecha, y luego comenzó a caminar hacia mí.
El corazón me explotaba en el pecho, pero ni eso podía sacarme del trance. Sus pasos eran silenciosos, como si flotara. Y lo más jodido es que no le podía quitar la vista de encima. Fue hasta que se paró justo a mi lado, a un respiro de distancia, que reaccioné. Me di la vuelta de golpe y empecé a mover a mi mamá, como si con ella pudiera espantar todo.
Ella, medio dormida, prendió la lámpara del buró. Y, por supuesto, ya no había nada.
No le conté nada. Sólo le dije que había tenido una pesadilla. Me metí entre sus brazos como si tuviera cuatro años otra vez. Ella me abrazó sin preguntar mucho, acariciándome la cabeza. Al cabo de un rato, apagó la luz, y todo volvió a quedar en sombras.
Pero yo ya no dormí. No podía. Me quedé toda la noche con los ojos abiertos, clavado en la puerta, esperando —o temiendo— que ella volviera.
Y aunque no la volví a ver, esa noche me enseñó algo: hay cosas que no necesitas entender para saber que son reales.