Nota para mi yo del futuro:
Léelo cuando necesites recordar que los finales de semestre perfectos sí existen y que el destino tiene una forma muy curiosa (y cinematográfica) de acomodar las cosas.
Hay días en los que sientes que la vida va en cámara lenta, pero el corazón va a mil kilómetros por hora. Mi historia con él siempre fue un enigma de miradas cruzadas, señales confusas y un miedo constante a estar imaginándome cosas. "Es demasiado bueno para ser verdad", me repetía, aterrada de ilusionarme. Pero gracias a una buena dosis de valentía (y al empujón de mi mejor amigo), decidí que no me iría a casa sin respuestas. Escribí lo que sentía en las notas de mi teléfono, se lo entregué con las manos temblando y le dije lo que había en mi pecho. Confirmado: no estaba loca. El sentimiento había sido mutuo.
Aunque el tiempo nos dejó una conversación a medias, el universo se encargó de llenar los silencios con gestos que hablaban más fuerte que cualquier declaración. Un día, con el pretexto perfecto de mis manos heladas y la excusa de que él "siempre estaba calientito", sus dedos entrelazaron los míos entre los asientos. Esos pequeños momentos de complicidad secreta se convirtieron en mi lugar seguro.
El último día antes de las vacaciones quise arreglarme, sentirme linda y, tal vez, juntar el valor suficiente para darle un beso en la mejilla. Cuando pasó por mí, su mirada delataba el cansancio de una noche sin dormir. Sin pensarlo mucho, posé mi mano fría en su mejilla tibia. Vi cómo sus ojos se relajaban al instante, agradecidos por ese pequeño refugio en medio de su desvelo. Nos reímos, coqueteamos con besos al aire a espaldas de todo el mundo y jugamos a ser cómplices tapando la matrícula de su coche para que los coordinadores no nos descubrieran.
Pero el verdadero capítulo final se escribió de regreso.
En la parte trasera del auto, mi mano buscó la suya de nuevo. Sentí cómo acomodaba su brazo, echándolo un poco hacia atrás solo para buscar mis dedos y entrelazarlos otra vez, asegurándose de que no nos soltáramos mientras todos cantábamos en el camino.
Al llegar a la base de taxis, mis amigos, actuando como los mejores compinches de la historia, inventaron la excusa perfecta para ir al baño y nos dejaron a solas. El aire en el auto se volvió espeso, cargado de una tensión hermosa. Estaba reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban para hablar, pero no hizo falta: él se giró y me besó.
Fue un beso acelerado, intenso, de esos que hacen que te aferres al asiento porque sientes que el piso se te mueve. Cuando nos separamos un segundo para respirar, lo único que atiné a decirle, entre mi torpeza y mis nervios, fue:
—Sabes a durazno... me sabes dulce.
Él se rió con ternura y volvió a besarme, esta vez de una forma más pausada, pausada y dulce. Al separarnos, me dio un beso suave en la frente que terminó de provocar un cortocircuito en todo mi sistema. Luego tomó mi mano entre las suyas y le dio dos besos en el dorso. Tenía la mirada más brillante y suave que le había visto jamás; pegó mi mano a su rostro y se acurrucó contra ella como un gatito. En ese instante, entre murmullos, sonrisas y una despedida improvisada en su mejilla, entendí que no hacía falta presionar nada más.
El semestre cerró con el mejor sabor de boca posible. Y aunque ahora vengan meses de espera hasta septiembre, me quedo con la certeza de esa mirada, el calor de sus manos y el recuerdo intacto de una tarde que pareció sacada de un libro.