Protocolo de Alta Mar
Me habían echado de mi tercer trabajo en lo que iba del año. Salí a caminar a la playa a ver sí así se me pasaba un poco la bronca, porque, si llegaba así a casa, mamá otra vez me iba a retar y me iba a volver a decir esa frase que tanto odio: sos igual a tu papá, si no ganás, la empatas. Odiaba que me dijera eso, con 19 años ya había pasado ya por varios trabajos y, para más, me iba tener que comer el garrón de escuchar, otra vez la historia de mi viejo y como él entró a trabajar en Mercedes cuando tenía mi edad y hasta había logrado jubilarse ahí mismo.
Estaban los barcos volviendo de pescar y pense "¿y si pregunto si hay laburo?", me ganó el impulso y me mandé. Me acerqué a un barco que ya estaba en la orilla, me subí y busqué a ver si encontraba a alguien, cuando de la nada, siento un frío helado sobre mi cuello.
-¿Qué carajos querés acá? -Hoooola, no quiero robar ni nada, estoy buscando trabajo y... -¿Cuántos años tenés? -19 señor, por favor, no soy ningún chorro, ¿puede sacarme el arma de encima? El tipo bajó el arma y me empujó, tirándome al piso. Creo que la última vez que me habían empujado así fue cuando aprendí a andar en bicicleta y mi viejo me empujó para que empiece a pedalear solo.
-¿Qué sabes hacer?
-¿En el barco?
-No, pibe, con verte las manos me doy cuenta que nunca te subiste a uno. ¿qué sabes hacer? ¿de qué trabajaste antes? - Ah... bueno, em, sé cocinar, siempre trabajé en cocinas.
-Escuchame una cosa, pibe, ¿vos no serás hijo de Mercedes? -¿de dónde conoces a mi vieja?
-Sabía que no podía ser casualidad, tenés los mismos ojos que ella... la conozco porque... el pueblo es chico pibe, creí que con 19 años ya te habrías dado cuenta. Bueno, no soy un tipo que le dé oportunidades a todo el mundo, pero nos hace falta alguien que nos cocine. Volve mañana, salimos a las 4 de la mañana así al medio día estamos donde quiero llegar. Hablalo con tu madre, algo me dice que no va a estar tan de acuerdo y yo no quiero quilombos de adolestes acá arriba.
Agaché la cabeza y fui hasta casa, contento, al menos tenía una excusa de porqué ya no trabajaba más en lo de Norma. Mamá tarde o temprano se iba a enterar que me echaron, pero al menos ahora tenía otro trabajo.
-Hola ma, te tengo una noticia.
-Gabriel, siempre que me decís eso, con esa carita de sin verguenza, viene acompañado de una locura. ¿con qué me vas a hacer renegar ahora? -Ya no trabajo más con Norma...
-¡¿ELLA TAMBIÉN TE ECHÓ? ¿QUÉ HICISTE? -Nada má, no es para mi, ya te dije. Pero lo bueno es que conseguí otro trabajo, en el barco, con Carlos. Me dijo que te conocía.
-¿El viejo Loyola? Pensé que ese tipo ya había muerto, es un loquito, ¿cómo se te ocurre meterte a trabajar con él?
-No te estoy pidiendo permiso, te avisaba nomás que mañana entro a trabajar a las 4 con ellos.
-Pero si vos de navegación no sabes nada, ¿qué vas a hacer ahí vos metido?
-Cocinar ma, es lo único que sé hacer y lo único que necesitan.
-Bueno, pero al menos, dejame acompañarte hasta el desembarco, capaz cuando veas el mar de noche te das cuenta de que te estás metiendo en la boca del lobo. ¿qué dice tu papá de esto?
-Nada, todavía no le dije...
-Sabes que no va estar de acuerdo, tienen el mismo carácter.
A las 4 de la mañana, el muelle no era el lugar romántico que uno se imagina. Era un bloque de cemento frío rodeado por un agua negra que parecía aceite. Mamá me dio un beso rápido, me apretó el brazo y se quedó mirando cómo subía. El viejo Loyola —el Capitán, como me obligaron a decirle apenas puse un pie en la madera— no saludó. Solo hizo un gesto con la cabeza hacia la cocina.
El viaje fue una locura, yo no conocía el mar de noche. De los mareos me fui acostumbrando, al tercer día, la rutina de picar cebollas y revolver guisos se interrumpió. No fue el grito de "¡pesca!", fue un silencio absoluto. El motor se detuvo. La poca luz que entraba desde la ventanilla se oscureció y empezó a llover fuertísimo. Las olas, altísimas y amenazadoras, se alzaban con una fuerza indescriptible, y en mi mente solo había un pensamiento: ¿qué voy a hacer si el barco se hunde? La urgencia de encontrar trabajo me había llevado a este lugar, pero ahora, la inminente tragedia me hacía cuestionar si había tomado la decisión correcta. De repente, todo se calmó. Salí a cubierta secándome las manos en el delantal. Los tres marineros estaban amontonados en la borda, mirando algo atrapado en la red que acababan de izar. No era un banco de merluza. Parecía demasiado grande para serlo.
-
¿Es... es una persona? —pregunté, sintiendo que el guiso se me subía a la garganta.
Nadie me contestó. El Capitán se acercó con pasos pesados, los ojos fijos en la red. Con un cuchillo de caza, cortó las cuerdas. El cuerpo cayó sobre la cubierta con un sonido húmedo, como si fuera una bolsa de arena mojada.
Era una nena. No tendría más de ocho años. Llevaba un vestido azul que el salitre no había logrado desteñir del todo. Pero lo más aterrador no era que estuviera muerta, sino que su piel no estaba blanca ni azulada. Estaba... intacta. Ni un rastro de haber sido devorada por los peces, ni un signo de descomposición. Parecía que acababa de quedarse dormida en el fondo del Atlántico.
—Capitán... —susurró uno de los marineros, persignándose—. Hay que informar por radio. Hay que llevarla a tierra.
Loyola no se inmutó. La miraba como si estuviera viendo una mina submarina a punto de estallar. Se puso en posición de firmes, con esa espalda recta de quien alguna vez llevó uniforme.
—Nadie informa nada —dijo Loyola. Su voz no era la de un pescador, era la de un oficial en el frente—. Es una orden directa.
—Pero es una criatura, jefe... —balbuceé yo, dando un paso adelante.
El Capitán sacó el arma, la misma que me había puesto en el cuello el primer día, pero esta vez no había duda en su mirada. Me apuntó directo a la frente.
—Escuchame bien, pibe. Si eso entra en el barco, no volvemos ninguno. No es una nena. Lo que hay en esa red no tiene alma.
Hizo un gesto a los dos tipos más grandes.
Los hombres, temblando, agarraron el cuerpo por los extremos. Justo cuando la levantaron para lanzarla por la borda, te juro por mi vieja, que los dedos de la nena se cerraron con fuerza sobre la muñeca de uno de ellos.
—¡Tirala! —gritó Loyola.
La caida fue sorda. El círculo de agua se cerró rápido, como si el océano se la tragara. El Capitán guardó el arma y me miró con una frialdad que me dio, incluso, más miedo que la mismisima nena.
—Volvé a la cocina, Gabriel. Y si valorás tu vida, empezá a rezar para que no haya visto el camino por donde vinimos.
***continua****












