El único que la cuida
Iba camino a la cocina para servirme una chocolatada cuando me di cuenta de que no tenía idea de dónde se guardaban las tazas. Sabía que el cajón de los cubiertos hacía un ruido insoportable al abrirlo, y lo hizo, pero el resto de la casa se sentía muy diferente a lo que yo recordaba. Las paredes tenían otro color y la casa olía distinto. Estaba muy confundido; era, pero no era mi casa al mismo tiempo.
Salí a caminar para despejarme, a ver si encontraba a Mati para jugar a la pelota un rato. Quise ir en bicicleta, pero no la encontré: el galpón estaba cerrado y tapado con maderas y clavos. Todo estaba cada vez más raro. Ni me fijé si estaban mis viejos porque a esa hora siempre están trabajando; además, siempre estaba Abi cuidándome. Mis papás ya habían empezado a darle más responsabilidades, algo que ella siempre me echaba en cara para dejarme en claro que era la más grande.
El barrio también estaba irreconocible: las casas, los autos, hasta había otros chicos de mi edad que yo no conocía. De golpe me crucé con una señora idéntica a mi seño, pero como si le hubieran pasado mil años encima. La saludé re emocionado, pero ella ni me registró. Seguí caminando y lo que solía ser la casa de Mati ahora era un edificio enorme y muy moderno. Me llamó la atención porque hasta ayer estaba ahí; yo mismo vine con mis papás a dejarlo después del colegio y, de repente, ¿había otro edificio? ¿En qué momento se construyó?
Era imposible. Empecé a pensar que quizás estaba soñando; me acordé de que en los dibujitos siempre dicen que en los sueños podés hacer lo que quieras, así que deseé con todas mis fuerzas tener de vuelta a Thor, mi gato que murió atropellado. Cerré los ojos fuerte, fuerte, y cuando los abrí, Thor no estaba. Me enojé y me puse muy triste; creí, por un segundo, que lo iba a poder volver a abrazar. Pero bueno, entonces un sueño no era. Pensé que quizás estaba en otra línea temporal, otra dimensión como esas historias raras que escuchábamos con Abi en YouTube, de gente que se perdía en lugares que no existen.
De tanto caminar me di cuenta de que estaba perdido. Mis papás me iban a matar; a mí no me dejan salir ni a la esquina sin Abi. Empecé a caminar y no reconocía nada y todo al mismo tiempo. Trataba de hablarle a las personas y todos me ignoraban, excepto los nenes más chiquitos y los animales. Ellos sí me hacían caso, pero cuando trataban de avisarles de alguna manera a sus papás que yo estaba ahí, los retaban y seguían caminando.
De la nada empezó un viento fuerte, de esos que sentís cuando va a empezar a llover. Lo amo, siempre me gustaron. Cerré los ojos para disfrutarlo y me dio de lleno un papel en la cara, un pedazo de diario viejo y amarillento. Lo agarré de bronca, pero me quedé mudo cuando leí el titular: hablaban de un monumento en el parque, ese por el que acababa de pasar. No sé por qué, pero sentí un frío en la espalda y fui para allá. Tenía la esperanza de ver la feria de los sábados, de cruzarme a algún vecino, pero no había nadie. Solo el monumento.
Y el monumento era yo.
Volví a mirar el diario y se me revolvió el estómago. Decía que un nene se había caído de la terraza por un error de diseño. ¿Cómo que muerto? Yo no estoy muerto, si recién me quería tomar una chocolatada. No tiene sentido, si siento el viento en la cara. El diario estaba mal, tenía que estar mal. Tenía que volver a casa. Tenía que hablar con Abi. Quizás esta sea una dimensión en donde morí, pero bueno, ahora estoy vivo y pertenezco a esta, creo.
Desde el parque encontré el camino a casa. Todo había cambiado, pero lo que seguía igual eran los árboles. Llegué, subí hasta la pieza de Abi y traté de prender la luz, pero no andaba; estaba todo oscuro. De golpe, la puerta se cerró con un portazo y una mujer me abrazó; me apretó tan fuerte que casi no podía respirar. No paraba de llorar, con un llanto roto que salía desde bien adentro, y me pedía perdón una y otra vez.
Trataba de empujarla con todas mis fuerzas para que me soltara, pero mis manos se hundían en su pulóver como si yo fuera de aire. Ahí la miré bien. Estaba mucho más grande, tendría unos veinte años, pero era ella: la reconocí por el lunar al lado del ojo y porque el olor de su perfume era lo único que no había cambiado en todo el barrio. Me volvió a abrazar, enterrando la cara en mi hombro, y me susurró con la voz quebrada:
-Perdón, perdón… solamente estábamos jugando. Tendría que haberte cuidado más. Por favor, no te vayas otra vez.
Me quedé quieto. Afuera soplaba el viento y el cuarto seguía a oscuras, pero por primera vez en todo el día sentí que estaba en casa. Le apoyé la cabeza en el hombro y no dije nada. Abi a veces tenía esos momentos en los que me abrazaba y lloraba hasta quedarse dormida; era el único momento en que yo sentía que era yo el que la cuidaba a ella.El único que la cuida
















