Y huí, anhelando que me busques. Y me escondí, rogando que me encuentres. Y te rechacé, necesitando que me abraces. Y me alejé, aun queriendo que te acerques. Y te negué, cuando creía que te amaba. Y resbalé, cuando pensé que sí confiaba. Y me levanté, pensando que mis fuerzas alcanzaban. Y llegué al borde, pensando que saltar era el destino y que, igual, no te importaba. Y me solté, con ojos cerrados y sin pensar en lo que me esperaba.
Y entonces, te sentí.
Te sentí en el viento que aun siendo tan fuerte me calmaba. Te sentí en el silencio, donde nadie hablaba. Te sentí rodeándome, y entendí que de tu amor nunca nada me apartaba.
Sentí tu corazón, que latía a la par mío, porque él llora cuando lloro y también ríe cuando río. Y sentí tu presencia, esa sensación de estar delante de un rey, y al mismo tiempo delante del más humano y humilde ser. Y entendí la otra parte de la historia, esa que no suelen decir; me hablaron de la fuente y a dónde debía ir, pero en medio del desierto, mi alma es testigo, la fuente vino a mí. Y me enseñó, que mis dudas no opacan sus promesas, siguen estando ahí; que mis rebeldías no cambian su misericordia, sigue eligiendo abrazarme así; que mis temores sólo nublan mi vista, pero Él nunca se va a ir de aquí; que no importa las voces que dicen que no soy suficiente... esto es suficiente: que en la cruz, Él pensó en mí.
Gracias Papá.