—Observó a la chica detenidamente mientras hablaba, dejando de prestar atención durante unos segundos a las palabras que salían de su boca. Instintivamente, se mordió el labio inferior, tirando a su vez del piercing que lo adornaba. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se obligó a sí misma a volver a la tierra, disimulando su pequeño desliz con una sonrisa diminuta.— Mira, si lo que quieres es que te deje tranquila, deberías haber empezado por ahí. La cocina está dos puertas más alejada de la sala en la que estamos ahora. —dio varios golpes con la cabeza en dirección al lugar que le acababa de indicar. Se acercó a ella, lo suficiente como para ser capaz de hablarle al oído.— Ni se te ocurra mirarme el culo mientras me esté alejando. —susurró, haciendo que su voz fuera lo más silenciosa posible. Acto seguido, giró sobre sus propios talones y se dirigió hacia la salida.
Maldita seas, —musitó antes de echarse a correr tras ella. Agradeció entonces que sus clases de natación le dieran cierta facilidad con sus piernas, pues no creyó tardar mucho en alcanzarle el paso. Entonces, le tomó por el brazo. Tiró un poco más fuerte de lo que le habría gustado, pero ya se disculparía más tarde por ello. La empujó contra la pared, rozó sus labios con los de ella y lanzó una plegaria corta porque no la empujara ahí mismo. Susurró— ¿No te dijeron que debías despedirte siempre con un beso? Hmm, mal educada. —Acto seguido, juntó sus labios en un beso muy suave, no los movió más de una vez antes de dar media vuelta hacia la cocina.









