Santa Germana Cousin 15 JUN.
En Pibrac, en la región de Toulouse, en Francia, santa Germana, virgen, que al ser hija de padres desconocidos fue sometida desde niña a una vida servil a pesar de sus enfermedades, pero todo lo aguantó con ánimo decidido y rostro risueño, falleciendo a los veintidós años.
Santa Germana Cousin nació en 1579 en Pibrac, un pequeño pueblo de la región de Toulouse, Francia. Desde su nacimiento enfrentó grandes sufrimientos: su madre murió poco después de darla a luz, y Germana nació con una deformación en el brazo derecho y una enfermedad llamada escrofulosis (una forma de tuberculosis de los ganglios linfáticos). Estas dolencias la marcaron físicamente toda su corta vida.
Su padre, Laurent Cousin, era campesino. Al quedar viudo, se volvió a casar con una mujer llamada Hortensia, quien desde el principio mostró rechazo hacia la pequeña Germana. La madrastra la consideraba un estorbo y una vergüenza. Por ello, Germana fue tratada como una sirvienta, despreciada y relegada a dormir en un cobertizo, o incluso bajo las escaleras de la casa, sin cama ni abrigo. Se le prohibía acercarse a la mesa familiar y sólo se le daba como alimento pan duro y agua.
Y sin embargo, en medio de esa pobreza extrema, comenzó a florecer una vida espiritual extraordinaria. Germana jamás se quejaba. Su rostro irradiaba dulzura y serenidad. Aceptaba cada sufrimiento como venía, ofreciendo todo a Dios. Desde muy pequeña fue asignada al cuidado de un pequeño rebaño de ovejas en los campos cercanos, y allí convirtió su vida en una oración continua. Solía plantar su cayado en la tierra y rezar el Rosario de rodillas mientras las ovejas, como si fueran conscientes, no se movían de su lado. Muchas veces los vecinos se asombraban de cómo sus ovejas jamás eran atacadas ni se perdían, aun cuando Germana se distraía con la oración o con la enseñanza del catecismo.
San Germana desarrolló un profundo amor por la Eucaristía. Todos los días caminaba desde el campo hasta la iglesia parroquial, y no dudaba en cruzar un arroyo helado descalza para asistir a la Misa. En una ocasión milagrosa, cuando el río se encontraba crecido, los testigos afirmaron que las aguas se abrieron para que Germana pudiera pasar sin mojarse.
Amaba profundamente a la Virgen María y rezaba el Rosario con gran fervor. En medio de su pobreza, compartía lo poco que tenía. Cuando se encontraba con pobres más necesitados que ella, abría su delantal y les ofrecía pan. Un día su madrastra la acusó de robar comida de la casa. Le exigió abrir el delantal frente a testigos… y del interior cayeron flores frescas en pleno invierno.
A pesar de todo el maltrato que recibió durante años, Germana jamás mostró resentimiento. Era obediente, paciente y siempre mostraba una sonrisa. Se dedicó con ternura a enseñar el catecismo a los niños del pueblo, a los pastores más pobres, a los ignorantes y sencillos. Lo hacía sin grandes palabras, pero con un fuego en el corazón que conmovía a quienes la escuchaban.
A los 22 años, en 1601, Germana fue encontrada muerta en su rincón bajo las escaleras. No dejó cartas, ni libros, ni testimonios escritos: su vida fue su mensaje. Fue sepultada sin mayor ceremonia en el cementerio parroquial.
Sin embargo, 43 años después, su cuerpo fue exhumado debido a obras en la iglesia. Para asombro de todos, fue hallado incorrupto, perfectamente conservado. Este hecho, junto a los numerosos milagros atribuidos a su intercesión —curaciones inexplicables, conversiones, protección contra epidemias—, impulsaron su beatificación por el papa Pío IX en 1864 y su canonización el 29 de junio de 1867.
Hoy su cuerpo reposa en un santuario en Pibrac, lugar de peregrinación constante. Su vida humilde y silenciosa sigue tocando corazones de todo el mundo, especialmente de quienes han sufrido abusos, pobreza, enfermedad o abandono.