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De repente no existe el sonido. En las entrañas de la noche los perros cierran el hocico y las cigarras guardan silencio cuando pasa una procesión frente a los olivos de las calles. Los mortales no pueden verlo, no todos, solo los gatos erizados y los caballos inquietos. Se levanta el frío y la niebla hasta llegar a las paredes de una casa noble, donde la procesión trepa por la vides y se cuela por una ventana abierta, adornada con asfódelos dorados.
Esa niebla invisible hace crepitar la vela que Saga puso sobre su mesita de noche. Acaricia sus rizos, tira de las cobijas y deja que el frío de la madrugada bese los muslos tiernos del joven.
No fue la primera noche, ni habría sido la última. El espectro se montó sobre la cama, echándose encima de Saga y respirando en su nuca, pero él no despertó. Le acarició el pecho, la cintura que empezaba a marcarse con músculos, los muslos suaves bronceados por el sol. Eso apenas hizo que Saga se quejara.
Para Saga solo era un frío extraño, adormilado podía oler el perfume a mirra y sándalo que violó sus sueños. La niebla se escondió entre los muslos, tomó al joven por los tobillos y se frotó entre la carne blanda. Invisible, acarició el pene flácido de Saga y como el sol lo hace al amanecer, fue despertándolo de a poco en poco.
Tenía un tacto escarchado que se metía por debajo de la piel, traspasando la grasa hasta el tibio latido del corazón. Y ahí se extendió a través de las venas y arterias, como vaho que se hacía pasar por sangre. Saga despertó titiritando, confundido e ingenuo. De inmediato sintió el agarre en sus piernas, aquél otro frote entre los muslos y una respiración en su oído.
Quiso moverse, pero no pudo. Quiso gritar, tampoco pudo. Paralizado se quedó mirando a la nada, intentando adivinar si eso era una pesadilla o una alucinación. No veía nada, pero sí lo sentía. Tragó en seco, cerró los ojos y deseó que solo fuera una ruptura del velo de la noche.
Algo volvió a tocar su pecho, descendiendo lentamente hacia el ombligo. Quiso llorar.
— ¿Me tienes miedo, Saga?
Reconoció la voz al primer aliento y soltó un suspiro lleno de alivio. Apenas pudo moverse alcanzó a apagar la vela y se acurrucó en la cabecera de la cama, buscando algo con la mirada. Se materializó con la luz de luna a los pies de la cama, vestido en nada más que sus caireles negros y los brillantes brazaletes y collares que eran tan parte de él como su piel ceniza. Parecía más un fantasma que una persona.
— Descúbrete — ordenó en un susurro.
Volvió a quitarse la cobija, echándola al suelo con un gesto lento. Los ojos dorados le ordenaron que siguiera, y se acostó sobre las almohadas, abriendo las piernas frente a Hades. Miró hacia otro lado. Los dedos como garras del dios se aferraron a sus muslos, pinchando para trazar hilos de sangre que se terminaron enredando en el vello. Gimió por lo bajo con el corazón acelerado, apenas dispuesto a ver cómo Hades se abría camino hasta la hendidura de sus nalgas; la punta filosa de las uñas fue enterrándose lentamente en su ano, con el jugo rojo de su cuerpo escurriéndose entre los dedos para hacer lugar.
Casi rompe el silencio de la noche con su voz, pero logró morderse los labios y callarse. Jadeó por aire, nervioso y tratando de tocar a Hades, sentir su piel, pero el dios era niebla. Hades podía tocarlo, él a Hades no.
— Estás temblando.
— Duele.
— Ya pasará
— Mmm.
Hubo una caricia al filo de su mejilla, luego un beso en la frente. Fue suficiente distracción para él; Hades prensó sus piernas contra su pecho y sin poder ver nada, Saga fue sintiendo cómo el dios se resbalaba entre la sangre, penetrándolo de a poco. De haberse querido zafar, no habría podido, no con las piernas contra el pecho, aplastado por el peso ilusorio de un dios-fantasma. Gimió, se aferró a la sábana.
La niebla lo atravesó, arrullándose en él a la luz de luna. Se le atoró el nombre del dios en la garganta, desesperado por poder gritarle. Cuando dejó de sentir el peso sobre él, abrió las piernas de nuevo y miró hacia abajo; tocó su erección y luego, después del ombligo, el bulto que se movía lento en sus entrañas. Ardía, pero el dolor quedó adormecido por un conjuro extraño.
Cayó sobre las almohadas, con el crujir de la cama bajo el vaivén lento y profundo de Hades. Se sostuvo de los barrotes de bronce, moviendo la cadera a contratiempo, torpe y ansioso. A veces cuando el viento entraba por la ventana se lograba difuminar la imagen de Hades, luego regresaba con sus ojos de lobo que consumían el placer de Saga. Y abría las fauces para morder su piel dorada.
Pasado un rato intentó erguirse y montarlo, pero la mano fría del dios lo regresó a la cama, si a caso yendo a un ritmo más agresivo y brusco.
— Déjame hacerlo — gimió.
— No eres un hombre aún, Saga.
Antes de que Saga pudiera protestar, el dios le dio la media vuelta, follándolo echado sobre su vientre. Y cuando intentaba mirar sobre el hombro, las garras de Hades lo presionaban contra la almohada. Solo podía sentirlo entrar y salir de él, abriéndolo con el ancho de su verga hasta estar hecho un desastre de sudor y sangre. Gimió mordiendo la seda, con el coraje atorado en la garganta. Y luego el dios lo acomodó sobre su costado, paralizándolo.
Tsk. Salió de Saga; de haber podido hablar, el joven habría protestado en contra—él seguía erecto—, pero Hades se metió entonces entre sus muslos, satisfaciéndose casi igual que antes. Miró a Saga con una sonrisa, bien aferrado a él. Eso hizo que Saga corriera hilos de semen sobre la seda. Cerró los ojos, avergonzado. El dios lo dejó moverse para sostener su mentón y hacer que se sentara.
— Despacio, Saga.
Cuando Hades decía su nombre sonaba como un lamento, un suspiro de la oscuridad. Sus gemidos eran lo único remotamente vivo. Saga se inclinó para besarle el pecho, la niebla que era su carne; apenas podía sentirlo. Cuando lo metió a su boca tragó aire frío, sólido, enraizado en la garganta como si fuera aliento. Sabía a ceniza, semen, tierra. Lo engulló dejando que una vez más esa niebla fantasmal se restregara en su carne hasta recibir el orgasmo del dios convertido en líquido helado que bajó hasta el cálido encuentro de su estómago. Dolió, sus órganos tardaron unos segundos en recuperar el calor.
Y al volver en sí, Hades le pasó un dedo por los labios, limpiando los restos para poder besarlo.
— Cuando amanezca cualquier rastro de mí se habrá ido.
— Nunca te quedas.
— Vine como un viento, Saga, esta no es mi piel.
— ¿Tan débil eres que no puedes venir con carne y huesos?
— No juegues con mi paciencia, niño — frunció el ceño, aunque Saga sabía que no había riesgo en su furia —. Me verás después. Ahora duerme.
— No, esper-
Una corriente de aire se lo llevó. Saga se levantó de la cama para asomarse por la ventana pero no había nada más que viento, perros y nubes en el cielo.
No logró entenderlo nunca, los dioses y sus caprichos eran confusos para cualquier mortal que intentara desenredar sus significados. A veces podía enterrar los dientes en la piel de Hades, a veces el dios lo bañaba en mieles, a veces… a veces iba y venía como un suspiro. Pero no se atrevería nunca a rogar que se quede, él también era orgulloso, jamás iría a buscarlo.
Bufó y se metió a la cama envuelto en su cobija de lana. Ojalá no volviera nunca, así podría dormir en paz por el resto de su vida.
Hades visita el campamento militar de Saga, que le da una inesperada sorpresa al regresar de su entrenamiento.
Los campamentos militares tienen siempre un distintivo aroma a arena, sudor y sangre. No era un lugar agradable para la mayoría de los dioses, pero había quienes, por su cercanía a la guerra y mortandad, existían en el fino velo entre lo etéreo y lo corpóreo. Hades, que caminaba en la arena romana como Plutón, era uno de ellos. A pesar de estar en tierra griega, Roma contagiaba el suelo que pisaba.
No estaba ahí por mera casualidad, tenía intereses que usualmente dormían en la tienda principal. Esa tarde de sol ardiente prefirió esperar dentro, al fin y al cabo nadie entraba nunca sin autorización. Tendría que esperar un rato. Jugó con los mapas y echó una ojeada a la infinita cantidad de fichas que se extendían sobre los mapas.
Estaba tan concentrado en el fino trabajo de carpintería, que Saga lo tomó por sopresa.
Saga era su asunto. Era un hombre interesante, que había llamado su atención desde que pudo observarlo por primera vez en un campo de guerra. Él, Hades, siempre fue indiferente a los problemas políticos de los humanos, sus guerras eran insignificantes para su dominio: todos habrían de morir de una forma u otra, la muerte era inescapable. Fue Ares quien alguna vez habló de Saga, un muchacho que destacaba por su proeza marcial.
Y tuvo curiosidad. Llegó a espiarlo una tarde; el carácter estratégico de su pelea era, por no darle largas, impresionante para un muchacho de su edad. Fue acercándose lento, hasta que llegaron a ese punto, ya Saga hecho un Centurión y él, su patrocinador en el reino de lo etéreo. Sin embargo, de vez en cuando lo divino y lo mortal se mezclaba, con Hades encarnado y Saga envuelto en él.
Siendo alguien tan mental, Saga rara vez se guiaba por impulsos, pero esa tarde lo sorprendió más. Allá fuera se oía el ruido vago de una canción, mientras que en la tienda la respiración agitada del Centurión era abrumante. Hades dejó la ficha de madera en su lugar cuando notó cómo Saga se quitaba la capa y el peto. El sudor le chorreaba por la cara y brazos, lleno de tierra y sangre ajena.
— ¿Estás bien, Saga? — como no era algo común, Hades intentó acercarse.
Pero Saga le dio la vuelta en seguida. Tomó al dios de los brazos y lo sentó en la cama cubierta de pieles. Hades leyó la situación en un santiamén y no hizo nada por detenerlo, hallaba intrigante todo eso. El Centurión le alzó la ropa, escupió en su propia mano y masturbó al dios con una urgencia animalística. Apestaba a guerra… y eso era excitante. Saga se acomodó sobre su regazo, alzando su túnica y dirigiendo la erección del dios hacia su interior. El dolor atravesó ese rostro empapado en sudor, pero eso no pareció desacelerar su urgencia.
Hades quiso sostenerlo de la cintura, sin embargo, Saga le apartó la mano. Cuando se enfundó completamente, Saga se meció sobre sus piernas con un ritmo apurado. Se miraba en su expresión la necesidad de gemir, pero allá afuera todavía había soldados atentos, entonces solo pudieron jadear, envueltos en el ímpetu vigoroso del mortal. Encantado por su candencia, Hades terminó de quitar un poco de la armadura y bajó los tirantes de la túnica para descubrir el pecho tostado del hombre, húmedo, lleno de cicatrices y el beso bronceado del sol.
Con el vaivén, el movimiento de sus músculos era casi hipnotizante, por no mencionar el placer de estar en su interior, de sentir su erección inútil rozar su propia túnica. Lo dejó marcar el ritmo, fascinado por la belleza bélica que lo atravesaba. Saga se inclinó hacia el frente, apoyándose en sus hombros para saltar sobre su verga, mecerse y dejarse hundir en el fuego maniaco del sexo. Un sexo impulsivo, marcado por sus movimientos brutos y erráticos.
Se le escapó un gemido una que otra vez, enfrascando a Hades en una burbuja lasciva. El dios se recargó en sus codos, dejando que Saga se entretuviera. Y lo miró mientras lo gozaba. El rubor, el cabello despeinado, el rebote de su cuerpo, el temblor que lo sacudía justo antes del orgasmo. Hilos de semen mancharon la túnica negra del dios. Lejos de dejar que el hombre digiriera su cenit, Hades le dio la vuelta y lo echó de pecho a la cama, montándose en él, ahora dispuesto a buscar su placer.
Levantó la túnica de Saga, separó sus muslos y regresó al calor de su cuerpo. El Centurión no dio batalla, no ahí. Recibió a su Patrón alzando la cadera bajo su vaivén, enterrando el rostro en las pieles para ahogar sus gemidos. Y Hades se regocijó en eso. Usó los rizos dorados como rienda, obligando a Saga a morderse los labios para no hacer ruido. Y cuando tuvo suficiente de la sumisión, Hades se vertió en él, tiñendo el orgullo bélico de Saga con su semen.
Soltó su pelo y se acostó a un lado del Centurión. Durante largos minutos el hombre no se movió, hasta que reunió fuerzas y llevó una de sus manos a la hendidura entre sus nalgas, donde recogió la semilla blanca que se iba escurriendo. Se oyó un suspiro y cayó dormido.
Hades pensó en irse y dar por terminada su visita. Aunque originalmente iba a discutir asuntos de ofrendas, estaba satisfecho. Lo único que lo detuvo fue la fragilidad que vio en un Centurión dormido. Pudo dejarlo ahí e irse, o arroparlo por si alguien entraba, pero decidió quedarse hasta que despertara. Y lo hizo ya entrada la noche, cuando los hachones del campamento ya estaban todos encendidos.
Tan pronto como Saga abrió los ojos, él soltó una risa seca.
— Bienvenido de vuelta.
— …
Parecía que el griego fue consciente de todo, pero a juzgar por cómo se frotó las sienes, no fue algo natural.
— Pensé que sus afrodisíacos eran cuento de viudas — ese ya sonaba como el Centurión.
— Mmh, puedes seguir experimentando, mientras vengas conmigo.
En el ocaso de una guerra Saga despierta inmortal y sediendo de sangre. Ya no es él mismo. Su único recuerdo de haber estado muerto es una breve conversación con una voz sin rostro. Y al cabo de los siglos, aislado y lejos de su nicho, la muerte vuelve por él.
*Intocable = Dalit, del término del sistema de castas Varna, a estas personas también se les llama Intocables despectivamente.
*Aidoneus: epíteto de Hades, se puede traducir a "el oculto" o "invisible".
Quiero ser frágil, no hay otra cosa que ansíe más que mi propia humanidad. Quiero arrebatarme la vida, que mi carne se desgarre otra vez, que mi corazón se detenga en mis manos. Quiero que mi muerte dure un instante más.
Pero me he maldecido. Llegó muy tarde el deseo de sentir el sol.
— Estás incompleto — escuchó en la penumbra, cuando el frío ya no podía hacerlo sentir dolor porque sabía que estaba muerto —, todavía eres tendones, ligamentos, huesos. Pero ya no eres humano.
— Debo estar soñando.
— La muerte y su eternidad no tienen sueños, es una bendición de los vivos.
Aquella presencia lo abandonó esa misma noche, pero esa voz tenía la razón: los sueños eran cosa de los vivos, lo de él eran más bien pesadillas. Durante el día cerraba los ojos y dejaba que su mente evocara la sensación del sol, la lucha por respirar, por morir. Las noches eran su penitencia, una eterna que se había conjugado a raíz de su sufrimiento. No recordaba el rostro que lo había maldecido, pero su voz se había quedado grabada a él como un hierro caliente, quemándolo en su soledad eterna.
Se ocultó entre la gente usando sus ilusiones, usó el tiempo como sutura que se abre cuando los rayos del sol la tocan. Y lo intentó, eso de huir de su maldición. Caminó hacia la luz del alba una vez, pero el dolor de sentirse vivo lo hizo retroceder a la fuerza. Con el tiempo llegó un vacío que solo la eternidad otorga, no era humano, ni una bestia, estaba enmedio, siempre en un limbo. Decidió hacer de su existencia un castigo, invadido por una culpa asfixiante.
Consiguió un rincón de oscuridad donde pudo desmoronarse por años, décadas. Aprendió a vivir a cuestas de su maldición, bebiendo sangre tibia. Vio el mundo cambiar, alzarse de las ruinas y derrumbarse de nuevo. Observó las vidas de otros, siempre al margen, aterrado de sentir más o tal vez de no hacerlo en absoluto. Vio caer sus templos y a nuevos santos eregirlos otra vez. Bebió sangre de ojos inocentes, pero su maldición le pedía icor. Cuando miraba a su diosa a la distancia sus labios picaban, relamía su boca seca, que pedía una sangre prohibida, la misma que lo había convertido en lo que era, que recordaba como un eco en las pesadillas de sus días.
Para no sucumbir se fue lejos. Tomó camino hacia las tierras que cruzó Dionysos, a las selvas de Asia, a los havelis de la India. Tomó uno y lo llenó de cosas ajenas, de poemas en idiomas extraños, de música que lo desconectara de su pasado, donde lo que fue no lo volviera a alcanzar. Nadie hizo preguntas sobre su rostro impasible al pasar del tiempo. Procuró beber sangre que pasara desapercibida, sangre intocable*.
Esa noche había salido de caza pero regresó al cenit de la luna, trepando por la ventana con las botas llenas de lodo. Al cruzar la puerta del balcón supo que había una oscuridad antinatural ahí, densa y fría. Resonó con ella, como si él y la penumbra fueran de la misma calaña.
— Absurdo, eres absurdo — oyó a esa voz, oculta en la tiniebla aún —. No te cansas de desperdiciar la vida, ni siquiera cuando es prestada.
— Yo no pedí esto — dijo a la oscuridad, cansado y recargado en una mesa llena de botellas rojas. Frunció el ceño, pero seguía saboreando el éxtasis momentáneo de la sangre recién tomada, borracho de ella —. Yo quería morir. He vivido tanto que dejó de tener sentido la vida. Estoy maldito.
— ¿No te satisface la eternidad? ¿No fue suficiente para digerir tu culpa?
— Tengo sed. No hay sangre que la satisfaga.
— Y mírate. El mejor de los santos, reducido a esto.
Saga resopló, negando con la cabeza.
— Ah, ¿no lo crees? — esa voz se arremolinó alrededor de él, vuelta un viento gélido, invisible — Eres un humano incompleto, ¿recuerdas? Tu divinidad se la pelearon los dioses. Aposté en su contra y te vi cambiar, observé tu metamorfosis de hombre a cadáver. Y justo cuando habías recuperado la vida… ah, hiciste girar las monedas otra vez. Y perdí, niño.
— No me interesan sus apuestas. Si me maldicen a vivir, yo los maldigo de vuelta.
— ¿Si pudiera saciar tu sed?
— No eres real. Te escucho pero no te veo. Siento frío, pero no hay viento. Siento todo alrededor pero nada por dentro. Yo ya estoy muerto en vida, ¿importa?
— ¿Soy una ilusión, dices? ¿Y qué sentido tendría esa ilusión? ¿Calmar tus penas mientras tanto? ¿Recordártelas? ¿Expiarte? — esa voz reverberó en su nuca. Saga apretó las manos al borde de la mesa y luego, como gotas de agua helada, sintió un par de dedos bajar por su cintura — No, Saga. No soy una ilusión, ni un redentor. No estoy aquí por eso. Quiero ver cómo cambias, cómo se te quiebran las alas.
Jadeó, con el rostro deformado en sorpresa. No sintió terror, más bien le dio asco el acto de indulgencia que aquello significaba. Se volteó con una botella en la mano, estrellándola contra aquél espectro que le hablaba en ilusiones. Pero chocó con seda negra. Era real.
Nunca lo había visto en persona, su memoria no le daba para semejantes detalles de su pasado. Conocía a Pandora, a los espectros, se había aprendido sus caras en búsqueda de una futura retribución. Con eso claro, de alguna forma sabía quién estaba frente a él, sacudiéndose del pelo los pedazos de cristal y vino.
— Y qué bajo ha caído un dios — susurró, con una risa ebria en los labios —. Dime, muerte, ¿me evitas por miedo o compasión?
— ¿Miedo?
— A perder de nuevo.
— ¿Cómo sabes que no aposté a tu vida?
— Estás aquí, recordándome cuánto deseo mi fragilidad humana.
— Te obsesionas tanto con la muerte. La experimentas cuando cazas, ves el horror en los ojos de tus víctimas, pruebas la adrenalina de sus cuellos, te sofocan sus latidos desesperados, conoces el terror de la mortalidad y aún así desperdicias la vida, tiras el icor a los cerdos.
— Prefiero las pezuñas a tus manos.
— ¿Prefieres la ponzoña al icor?
Con uñas filosas el dios se abrió la carne. De los colores monótonos de su piel salió líquido dorado, olía a un éxtasis que Saga creía olvidado. Se le erizó la piel, miró al dios con ojos de bestia, sedientos, como quien mira agua en el desierto al borde de la inanición. Las cosquillas de sus labios creciendo en él como olas atormentadas. Y como ola se agasajó en la herida abierta. Él no era ella, podía beberlo y saciarse.
Mascó las venas del dios, brotando la sangre divina en su lengua. Podía sentir los latidos de Hades a través del icor, infusionándose en su cuerpo. Como veneno se impregnó en el juicio humano de Saga, opacándolo para resaltar a la bestia, en eso que deseaba la sangre dorada, que se aferraba a la muñeca del dios, que se arrodillaba junto a él para beberlo.
Todo está lleno de dioses. Recordé esa frase al sentir la divinidad entrando por mi boca. Al momento de tocarla, caliente, líquida, sentí paz. En dos siglos, sentí paz. No podía despegarme de él, su sangre era agua lustral en mis labios. Tuve ganas de llorar, de odiarlo; me convirtió en esto y me dejó sediento, al punto en que solo su sangre podía darme el éxtasis que otros presumían, uno que siempre observé de lejos hasta que pude sentirlo esa noche.
Lo empujé al satín de la cama, no opuso resistencia, como si todo aquello fuera parte de su paciente cavilación. Siseó y apartó la mano, limpiando los restos dorados sobre mis labios con su pulgar.
— ¿Qué prefieres, santo? ¿la ponzoña o el icor?
— Tu silencio.
El Aidoneus* rió con su voz seca. Mordió los labios del santo, que quedó bajo él tras un breve e inútil forcejeo. Un dios no bebe sangre, no la toca, no se acerca a ella, pero él la bebió. Y saboreó en ella una imposible soledad, un dolor profundo y las suaves notas de una añoranza desconocida. Hincó más los colmillos, partiendo la lengua del santo vuelto vampiro. Cuando la carne crujió Saga lo empujó hacia un lado, no por dolor, sino por orgullo.
Y en el orgullo el dios usó su icor como moneda, lanzándola al aire cuando abrió los botones de su camisa y partió la piel blanca de su pecho. Se vio en Saga la lucha por resistir el éxtasis, cómo frunció los labios y apartó la mirada.
La ironía me hizo sonreír. Encontré en el antítesis de mi fe la buscada paz. No podía mancillar la pureza de una diosa con mi sed, pero a un dios, a ese dios… quería verter la corrupción de mi alma en su boca. Podía hacerlo. Y me miraba de una forma que yo no podía descifrar por completo, pero me daba permiso de probar de nuevo el pedazo de tranquilidad que daba su sangre.
Saga cedió, no por completo, pero aflojó el nudo de su corbata y la hebilla terca de su cinturón. Trepó sobre el dios, dudando un segundo antes de enterrar los colmillos en la suave carne de su pecho, tan cerca del corazón. Bebió, con los brazos enredándose en la cintura del rey, su pelo tirado por esas manos blancas. Odiaba admitirlo, pero se sentía vivo.
El tacto frío del dios cayó en el arco de su espalda, escabulléndose debajo del pantalón. Se agarró firme a las nalgas de Saga que, en protesta, se alejó un poco antes de que Hades le diera la media vuelta y entre las piernas del santo, le quitara el pantalón. Había una cosa que no se decía seguido acerca de los dioses: hacen las cosas lento, se cuelan por las grietas de la psique humana y esperan.
Esperan.
Esperan.
Esperan.
Para un dios el tiempo es irrelevante. Saga veía su propia inmortalidad como una maldición, algo que debía purgarse. Tenía la muerte tan, tan cerca… pero no era suya. Era fría, sus manos se extendían como niebla por su cuerpo desnudo, rasgando la piel que volvía a cerrarse con la brisa de su aliento.
El santo no vio asco u odio en el rostro soberbio y duro del dios, la expresión brillante de sus ojos dorados era hambre. Como si se hubiera dirigido ahí después de un largo sueño, donde solo se alimentaba de ambiciones y rabia. Enterrado en las entrañas de su reino oía la descompuesta melodía de un lamento que lo mantenía cuerdo. Con ese lamento entre sus manos podía regocijarse en la satisfacción de provocarlo.
Podía ver el alma desnuda del santo sacudida por el rencor y sed. Su cuerpo excitado bajo el tacto frío de la muerte. Y detrás de sus ojos miraba el duelo de un devoto que caía en el lado opuesto de su fe a cambio de éxtasis.
Mordió la yema de su dedo y con el icor abrió mi cuerpo, enterrando sus dedos en mí. Tragué en seco; no recordaba haber sido tan vulnerable antes, a pesar de mis siglos era una sensación nueva. Jalé aire como si fuera humano.
Lo escuché reír. El filo de sus uñas lograba encajarse en mi interior, era un dolor que se ahogaba en mi voz. Su desnudez abrumadora brillaba con el resplandor de la luna haciendo piruetas plateadas por su cuerpo y medias lunas de su cabello oscuro. Toda luz menguaba en el negro devorador de sus pupilas.
Sin saber muy bien cómo había llegado a ese punto, Saga se empujó contra los dedos del dios. El suspiro de su pecho salió como vapor caliente. Desvió la mirada. Tras el gesto avergonzado, Hades subió una mano por los relieves del abdomen del santo y encajó las uñas en la suave carne de su cuello.
— Pensé que querías la muerte — siseó, sacando los dedos del santo — ¿No puedes mirarla a los ojos?
Después entendería que para mí él no era la muerte. La muerte era gentil, una gracia a cambio de una vida. Él era aquello que venía después, lo que te consume, la plenitud de la eternidad, el sentimiento abrumador de saberse infinito. Quise decirle eso, pero a cambio lo miré directo a los ojos.
Él debió entenderlo.
Hades se inclinó sobre él, abriendo sus piernas y escurriéndose dentro de Saga de una vez. Tomó con fuerza al santo, inmovilizándolo contra el satín. Se oía el corazón inhumano de Saga latir con fuerza, casi saliéndose de su pecho, haciendo eco en los gemidos de su voz. El dios lo miró de cerca, arrebatado por la inminente belleza del éxtasis.
Atrapado en el trance del vaivén abrasivo, las uñas de Saga excavaron la piel del dios, hundiéndose por debajo del tejido blanco hasta hincarse en el músculo para exprimir el icor. Nunca había follado así, de esa forma, con la sangre como una flecha perforando el placer. Su cuerpo vibraba distinto, lleno de icor, rebasado por Hades. Debajo de sus dedos sentía el cosmos del dios arremolinarse, oía el latido de su corazón, el ritmo carnático de su aliento.
Lo tomó del mentón para verlo a los ojos, escarbando con la mirada los bajos instintos del dios. Y el dios en retribución sacó los colmillos para pescar su muñeca y beber de Saga. El santo gimió, arqueó la cadera y el dios se pegó más a él, golpeando su piel con la violencia del vaivén.
“Quiero ver cómo cambias, cómo se te quiebran las alas”, eso había dicho Hades. Sin embargo lo que vio en Saga no fue una ruptura, sino cohesión. Lo vio transformarse, sí, miró de cerca la metamorfosis de los restos humanos de Saga. Consiguió alas cuando el dios le ofreció de nuevo el icor, mezclado con la elevación del sexo. La fragilidad de su humanidad lo fascinó; ahora su sangre sabía distinta, había restos de sí mismo en ella porque el icor se había enredado en las venas de Saga. Y Saga cambió, sí, se sentía vivo.
Al tejer sus venas juntas compartieron latidos también, dos violines briosos que solo hallaban armonía al tocar juntos. Las cuerdas se rompían, pero ellos seguían tocando la melodía melancólica de sus vidas, compartiéndose la decepción. Uno, hacia el mundo. Otro, hacia sí mismo.
Sin soltarlo le di la media vuelta, quedé sobre su regazo, con su icor goteando desde mi boca a su ombligo. De alguna forma me obligó a verlo a los ojos. Puse una mano sobre su abdomen y me balancée sobre él. Sé que susurré su nombre; tomó mi cintura y alzó la cadera. Era, de cierta forma, el baile de su triste sinfonía.
Hades no podía recordar la última vez que había probado la fragilidad humana, esa que todavía se asomaba en los ojos cristalizados del santo, que bajaba en forma de sudor por los caireles añiles. Habiendo bebido sangre, el cuerpo vampírico del santo palpitaba, se sentía tibio por dentro, también en el roce de sus muslos encerrando sus caderas. Y por impulso —uno que no supo de dónde vino, si de su codicia divina o un hambre arcaica— se erigió, enredó al santo entre sus brazos fríos y pinchó la carne del pezón, bebiendo de ahí la sangre.
Saga echó la cabeza hacia atrás. El dios enterró más los colmillos, consumiendo la esencia del santo, masticó sus recuerdos, todo aquello que había en su alma, los dolores, las alegrías efímeras y la inmensidad de su placer. Saga movió la cadera contra él, frenético, vuelto caos; abrazó a Hades, prendiéndose de su espalda una vez más.
Sentí cómo se rompía mi cuerpo, se infiltró en él como la oscuridad en la noche. Entonces, ese fue un orgasmo como no lo había tenido antes, había en él la lujuria de la sangre y la sed del sexo. Manché su pecho, soltó su agarre de mi pezón y recogió los restos de mi esperma con los dedos, los llevó a mi boca y me saboreé.
La lengua de Saga se enredó entre los dedos blancos, bebiendo las gotas que manchaban al dios, una a una. Llegó a morder las yemas, robando el icor. Y en ese momento Hades lo tomó, poniéndolo de espaldas contra las telas perfumadas. Puso su mano sobre el corazón del santo y embistió con fuerza, hasta volverse torpe y sentirse sobajado por el placer que le causaba.
El orgasmo de un dios era abrasador, no muy distinto a la sensación del icor caliente en la boca. A Saga lo tomó por sorpresa, intentó irse pero el dios encerró su cintura con las manos y lo mantuvo ahí, recibiéndolo. El aliento de Hades cayó sobre sus labios, pero el rey no lo besó.
Después no supe qué hacer. Me sentí repleto de él, estaba en mis venas y entrañas, sobre mí, atravesándome. Lo vi levantarse y ponerse mi bata. Me dio la espalda, pero se quedó parado mirando por la ventana bengalí del haveli. Yo tenía el alma y cuerpo hechos pólvora caliente, apenas digería su paso a través de mí cuando lo escuché hablar.
— Te veré en la guerra — susurró, volteando hacia el santo con la luz de luna como máscara.
— ¿Cómo estás tan seguro de que volveré? — se arrodilló en la cama.
— ¿No probaste suficiente?
Era cierto que disfruté los cachos de vida que me dio. Yo ya no pensaba regresar a Grecia, mi armadura ya no era mía y yo ya no tenía derecho de mirar a los ojos a Athena. Pero sentí el escrutinio en su rostro, que no entendía mi necedad. De alguna forma sentí vergüenza.
Saga se envolvió en la tela bordada y tomó una navaja de oro que descansaba sobre la mesita de noche, ahí al lado de un candelabro encendido. Se acercó despacio a la figura frente el alféizar y tomó asiento ahí junto, en el diván azul que iba contra la pared. Se le quedó mirando al dios hasta que éste no tuvo de otra más que voltear a verlo.
— ¿Por qué? — preguntó Saga — Todavía no respondes eso ¿Con qué propósito me prohibes morir?
— No te debo explicaciones.
— Claro que sí, si he de aceptar esto necesito saber los motivos.
— …
Los dioses no se detienen a pensar sobre sus motivos para ejercer su voluntad cuando sienten que las razones vienen desde un deseo más primitivo que lógico. Sucede. Sucede tal como el apetito de Cronos, la furia de Apolo contra los Cíclopes y el capricho de un rey al no dejar morir su mejor apuesta, a rehusarse a perder. Así pues, no tenía idea de cómo responder a esa pregunta ¿por qué, exactamente, había roto sus propias leyes? ¿por qué, a detalle, había creado algo tan abominable como un hombre inmortal que se resiste a vivir? Se quedó pensando, desviando la mirada hacia las ramas tambaleantes de la selva. Dejó que el calor húmedo acariciara su mente, ebullendo las excusas.
— He visto el tiempo desentrañarse a lo largo de mi existencia — dijo finalmente, recargándose junto el alféizar —; sé cómo mueren las estrellas, al instante brillan de una forma incomparable, el destello viaja a través del espacio y tiempo hasta estos cielos, a los rincones más profundos. Y me embeleso con su luz, la oscuridad que le sigue es melancólica, tengo en mi mente la memoria fresca de su existencia, que con el tiempo se vuelve humo. Y solo recuerdo el olvido. Sé que hubieron alguna vez estrellas que me gustaba ver desde lo bajo, pero no puedo recordarlas.
» Si me exiges una respuesta clara, no puedo dártela. Quería capturar en un lienzo de eternidad la esencia de tu vida, el alma mantenerla fresca. Eso fue lo último que hice antes de perderme en los sueños. Pero cuando un dios crea algo, o lo transforma, se vuelve parte de él. Y en mi letargo, oía tu llanto. Eres mi conexión con esta tierra. Cuando te quemas bajo el sol, lo siento. Cuando estás sediento, lo sufro.
» Mi ambición me trajo a este lugar. Sé que solo yo puedo quitarte la sed.
Quise odiarlo. Me arrebató la muerte por capricho, por voluntad divina. Me dejó a la deriva, hirviendo en mis culpas y penas, compartiendo a través de un hilo invisible el peso de la soledad y desasosiego. No supe si mis sentimientos eran míos. A pesar de eso, me sentí desolado por el dilema en que me dejaba. Tuvo que haberlo sentido, me miró de tal forma que me sentí invadido desde adentro una vez más.
— Sobre la guerra… — Hades se relamió los labios, suspiró y por fin le dirigió la mirada — Me apetece hacer esta noche más larga, creo yo que ese día puede esperar.
Tamborileé la navaja entre mis dedos, incrédulo. No daba crédito a su sinceridad, pero a lo largo de mis años había aprendido una cosa o dos acerca de aquello que queda tácito en ritos de sudor y hambre. A través de ese vínculo bizarro que nos daba la sangre sentí las palabras atoradas en su garganta, pero yo tampoco me atreví a pronunciar nada. Era extraño soltar la soga.
— Hagamos una apuesta — terminó por decir el rey —, un pacto entre tú y yo.
Por más enemigo que fuera un rey, seguía siendo un rey y, más que eso, un dios.
— Habla — Saga se paró frente a él, recargado en el alféizar.
— Faltan… cuarenta años para que se den las condiciones exactas para una Guerra Santa — arrebató la navaja al santo —. Caminarás conmigo durante ese tiempo, si logras convencerme de tu determinación por cuidar la Tierra que añoras, regresaré a mi reino. Si logro que valores la dicha de tu vida inmortal antes de que eso suceda, habré ganado yo.
— ¿Qué ganas, exactamente?
— A ti, Saga. Te habré ganado a ti.
Las palabras de un dios, habría de descubrir después, no tenían que ser ciertas, solo dulces. Y Hades no necesitaba ser honesto, solo requería una excusa lo suficientemente buena para prolongar la noche.
Shaka recuerda cachos del pasado en una tacita de té. Y como si fuera cosa del destino, una misión lo lleva a la raíz de sus recuerdos.
Primero se muele el cardamomo, luego dos bolitas de pimienta y dos clavos de olor, junto a varios trozos de canela y nuez moscada. Al echarse al agua hirviendo se arroja también un trozo de jengibre. Después, el té. Y un poco de miel. La leche se agrega a igual cantidad que el agua. Y se sirve con devoción.
— ¿Entendiste?
— Eh… sí.
— Mu…
— ¡Que sí! Dame, dame.
Se le escapó una sonrisa melancólica cuando se sirvió una taza de chai. Recordó esas tardes en su templo con el discípulo de Aries pidiéndole que le enseñara a preparar cada receta que miraba servida en la mesa de Shaka.
La primera vez que Mu hizo su propio chai tenía un sabor muy picante porque le echó demasiado jengibre. Pero Shaka se lo tomó de todas formas, convencido de que la práctica haría al maestro. Seguramente así fue, pero él nunca más fue testigo de eso. Ahora sus tés se los tomaba solo, con un platito de frutas y mirando el atardecer afuera de su templo, echado sobre una alfombra.
El suave olor del incienso lo llevó al pasado. En el humo podía mirar los fantasmas de Mu entrenando bajo la sombra de las higueras que había afuera de su templo, o dejando ofrendas de arroz a los pies de los bodhisattvas de Virgo. Hubo uno que salía corriendo de Virgo con un frasquito de canela porque se le había acabado en su casa.
— Conque aquí estabas — Milo le tocó el hombro, sacándolo de su ensimismamiento —. Ten, misión nueva.
Shaka alzó una ceja y tomó el pergamino, llevaba el sello del patriarca. Decía que tenía que ir a… ¿Los Cinco Picos? ¿Por qué mandarlo a él si sólo se trataba de corroborar el estado del sello de Athena? Le molestó un poco la sencillez del trabajo, pero en cuanto más temprano acabara, tendría más tiempo para admirar fantasmas.
Terminó su té y dejó el resto a cargo de sus alumnos. Esa misma tarde estuvo en Rozan, aunque ahí era ya muy de noche. Los bosques de bambú susurraban los caprichos de las cigarras y monos. Miró cómo se prendió una luz en la torre y caminó hacia la entrada, con el pergamino en mano en caso de que el Viejo Maestro decidiera no escuchar. Pero no fue necesario, porque quien abrió la puerta no fue el Maestros Dohko, sino Mu.
Era imposible de confundir. Tenía un rostro particular, con sus ojos en forma de hojitas de olmo, y piel blanca con marcas rojizas por el sol de la meseta. Cuando eran niños llevaba el pelo corto, pero ahora lo adornaban incontables trenzas y cuentas de jade y maderas preciosas. Lo que no reconoció fue su expresión indiferente.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
— El Maestros Dohko no está, me dejó a cargo.
— ¿Puedo pasar?
Mu se vio apenado, pero se hizo a un lado para dejar a Shaka entrar. La casa olía a sándalo, y aunque tenía decoraciones sofisticadas se miraba vieja.
— Estás aquí por una misión — afirmó Mu, conduciéndolo hacia el recibidor —. No pensamos regresar, no quiero hacerte perder el tiempo ni a mí el mío.
— No, no es sobre eso — frunció en ceño, dejando el pergamino abandonado sobre una cómoda —. Verás, es gracioso. Hoy me preparé una taza de té. Recordé la tarde en que te enseñé a prepararlo, una pizca de…
— Cardamomo, dos clavos, dos pimientas, una grande y otra chica, casi tres cuartos de una cucharadita de nuez moscada, una canela del tamaño de mi meñique y tres cucharadas de té negro.
— Ah, lo recuerdas.
— Claro. Practiqué hasta que supo bien. Además descubrí que tu secreto era usar la miel cristalizada y usar la leche para templar el agua hirviendo, así tenía un mejor sabor.
— Mmm. Y te gustaba tomarlo con un plato de galletas de mantequilla.
— Y nunca tuve tiempo para enseñarte a hacer leche de jengibre.
Se callaron por un momento. Fue un silencio nostálgico, un poco avergonzado, pero no fue incómodo. Shaka no esperaba encontrarse al fantasma de carne y hueso en Rozan; no pensó volverlo a ver, sin embargo, ahora que lo tenía enfrente, le sorprendió la familiaridad con la que podía hablar con él. Como si solo hubieran pasado unos cuantos días.
— Vine a ver cómo está el sello de Athena — mencionó, usando las cuentas de su japa mala para aterrizar —. No necesito que esté el Maestro Dohko, ¿puedes decírmelo tú?
— Sí, pero con una condición.
— Mu…
— Déjame enseñarte a hacer la leche de jengibre. Tal vez pase por alto que nunca has ido a verme.
— Sabes que no es tan sencillo.
— Sí, pero ya que estás acá puedo aprovecharme de la oportunidad.
Aunque Mu parecía una persona más taimada, lo cierto era que no había perdido su espíritu bromista. Eso le calentó el pecho con felicidad. Shaka sería el primero en admitir que él sí había cambiado, no era el mismo niño ingenuo de antes. Pero algo en Mu lo transportaba a su estado más inocente. Entonces aceptó la propuesta.
Con una lámpara de cera fueron a revisar el sello en la montaña, ya casi dada la medianoche. Las letras todavía eran legibles, pero el papel y deteriorado estaba agotando su tiempo de vida. Era natural, los dos eran conscientes de que esa guerra se iba a pelear en su generación. Shaka supuso que lo mandaron ahí porque ni Dohko ni Mu daban respuesta al Santuario y eso era algo que el Patriarca necesitaba saber.
No había nada más qué hacer. Regresaron a la torre de los Cinco Picos, directo a la cocina. Mu comenzó a sacar frascos y ramos de hierbas que amontonó en la mesa, alrededor de un mortero.
— Ya cumplí mi parte, te toca a ti.
— Ajá.
— Bien.
— Sí.
— Ehem — Mu se aclaró la garganta —. Lo más importante es el jengibre, toma un cacho del tamaño de… a ver, préstame tu mano.
El tacto de Mu era rudo, tenía la piel curtida por el martillo y el fuego.
— Sería del tamaño de la yema de tu pulgar. Y luego… hinojo, solo una pizca. Igual el cilantro. Luego… pimienta, negra y molida, pero recién molida. Media estrella de anís, o completa, pero a ti te gusta balancear los sabores, entonces sólo pon la mitad.
La mano de Mu se movió entre los frascos, como si eso le trajera la receta a la mente.
— Canela. Igual que antes, una vaina del tamaño de tu meñique. Por último, regaliz, pero muy poco, o saldrá amargo.
— … Jengibre, hinojo, cilantro, pimienta, canela y regaliz.
— Exacto.
— ¿Sin miel?
— Al gusto.
Mu recordaba los caprichos de su paladar. Le pareció gracioso, pero también asentó más la calidez en su pecho. El pequeño detalle le hizo recordar más fácil la receta. Mu era un buen maestro, lo dejó hacer todo él mismo, solo haciendo comentarios de vez en cuando, como “muele un poco más la pimienta” o “hierve primero el jengibre”.
Cuando la infusión en agua estuvo lista, vino el momento de la última lección.
— Pon atención — dijo Mu, con el recipiente de leche en las manos —, vas a verter la leche desde lo alto.
— …
— Sí. Para que haga espuma.
Shaka hizo tal cual. Echó la leche y aunque salpicó un poquito, quedó listo enseguida. Sirvió dos tazas mientras Mu ponía en la mesita dos pastelitos de luna. Como cuando eran niños comieron en silencio, pero Shaka logró ver un gesto extraño cuando Mu probó la leche. En un inicio se preocupó, pero luego Mu sonrió y se limpió los labios con el dorso de la mano.
— Esto es cruel — negó con la cabeza —, tardé tanto en hacer un buen té a tu manera para que a ti te saliera mejor que a mí a la primera.
— Pensé que no te había gustado.
— Si no hubieras sido monje, ni santo, deberías haber intentado ser chef.
— ¿Oh? ¿Te gusta tanto mi té?
Pudo ver cómo las palabras se quedaban encerradas en los labios de Mu, junto al rubor de sus mejillas requemadas. Él también se sintió apenado y mejor tomó un sorbito de su taza.
El sabor era… cálido. Las especias calientes circulaban por el cuerpo con un calor hogareño muy distinto al sabor fresco y revitalizante del chai. La leche de jengibre relajaba el cuerpo, reconfortaba el corazón. Y Shaka agradeció a quien tuviera que agradecer por hallar una felicidad tan mundana esa noche, pero sobre todo, reencontrarse con el vivo recuerdo de sus mejores días de infancia.
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Saga entrena con Mu en el Coliseo cuando de pronto se le viene una idea a la mente.
Mu se movía como una hoja en el viento, era ágil y rápido, como Apolo con la lira. Cuerpo a cuerpo, sólo Saga atrapaba sus patadas en el aire, sosteniendo su tobillo con una mano. Perdió el equilibrio, pero retomó impulsándose sobre el aire y encerrando el cuello del Géminis entre sus muslos. Cayeron de espaldas al suelo, Mu aprisionándolo en una llave que solo quedó suelta cuando Saga golpeó la arena tres veces.
— ¿Tan rápido te rindes?
— Mmh — Saga se sentó sobre la tierra, volteando a verlo —. Se me ocurrió una idea.
Esa mirada casi vulgar señaló el túnel que entraba hacia las mazmorras, usadas en algún momento por los gladiadores. En la actualidad eran ruinas, solo servían para moverse del Coliseo al Anfiteatro fuera de los rayos del sol. Sin embargo, para ellos dos habían usos añadidos. Mu volteó a ver a su alrededor y luego de cerciorarse de que nadie actuaba de testigo, se levantó y corrió enseguida hacia el túnel aquél.
El eco de sus risas quedó en las paredes de las mazmorras. Bajo la escasa luz de las antorchas hallaron el camino a una celda vacía, de aquellas reservadas para los victoriosos. El baño aún humeaba con termas, pero poco repararon en eso. Saga cargó a Mu sobre su cintura y lo llevó hasta una cama de piedra. La piel llena de sudor y tierra era indiferente al polvo de la mazmorra, al calor y la humedad.
Por precaución se dejaron puestos los chitones, ya sucios por el entrenamiento. Sobre la cama angosta Saga se puso de rodillas frente a Mu, separando sus rodillas con la paciencia de un desquiciado. El ariano enredó sus dedos en los rizos cerúleos, alzó un poco la falda del chitón y apartó la tela de algodón que lo cubría. Todo eso era intrascendente para Saga, de cualquier forma se agasajó sobre Mu, besando los suaves pliegues húmedos entre sus muslos.
— Saga… espera, no…
Sangre o no, Saga no lo dejó apartarse. La dulzura de la sangre y la humedad hizo poco por saciar el hambre del griego; sus manos se afianzaron fuerte a los muslos de Mu, jalándolo más hacia sí mismo, hundiendo su rostro en él. Enredó su lengua dentro, saboreando su calor y el suave eco del hierro. Repartió besos sobre los remolinos de vello lila, atrapando después el clítoris entre sus labios. Mu se sacudió, aferrándose a su pelo y empujándolo más cerca.
Apretó con más fuerza las piernas de Mu, que se ceñían sobre él cada vez más, encerrándolo en su fuerza y calor. El cuerpo del ariano sabía a guerra y pasión, como elixir que se extrae de la batalla. La emoción los tenía jadeando, respirando a gatas. Saga se separó por fin y su rostro manchado quedó entre las manos de Mu, que se inclinó por un beso, sediento y violento. No había ternura en cómo mordía sus labios, ni en cómo arrancaba la sangre de su boca.
— ¿Seguro que no hay nadie? — susurró Mu, pegando su frente a la de Saga.
— ¿Importa?
Tras un segundo de duda, Mu sacudió la cabeza y soltó al griego. No importaba, para nada lo hacía.
Jaló a Saga del cinturón, acostándolo sobre la cama de piedra para montarse sobre él. Bañados en sudor la piel resbalaba como espuma sobre la arena, expuestos uno al otro. La erección de Saga quedaba bajo el chitón, sin manta ni algodón que le cubriera; Mu sonrió, “predecible” pensó. Enredó sus dedos alrededor de él y lo acarició un par de veces antes de sentarse sobre su regazo.
Los gemidos de ambos hicieron eco en la soledad. Casi por instinto las manos de Saga se agarraron de la cintura de Mu, deslizándose por debajo del chitón hacia sus glúteos. Se quedaron quietos por un momento, acostumbrándose al otro. En esa posición Saga llegaba profundo, la sencilla sensación de tenerlo dentro abrumaba el cuerpo; el ariano se movió lento primero, saboreando a Saga en su interior, apretándolo con suaves espasmos.
Sobre la cama angosta era difícil moverse, pero el griego halló la manera de alzar la cadera y recuperar el control del ritmo. La voz de Mu floreció como granadas frescas, escurriéndose sobre su pecho, dulce y adictiva. El sonido húmedo de la piel al caer sobre él hacía de compás y sus propios gemidos se alzaban junto a los del ariano, ensordeciendo el chasquido húmedo. En el rebote se le ocurrió desabrochar el chitón de Mu, dejando caer las tirantes hasta la cintura, donde cinturón de oro sostenía el pedazo de tela; no traía vendas ensangrentadas, así la suave carne de su pecho rebotó junto a sus caderas.
Se envolvieron en frenesí. El aroma salado se enredó con el escozor de la sangre, manchando las telas blancas. Mu en algún momento se soltó y se levantó, dejando a Saga jadeando sobre la cama. Las piernas salpicadas de escarlata terminaron por arrodillarse en el suelo y sin pensarlo mucho Saga hizo lo mismo, poniéndose detrás de Mu para follarlo de espaldas; lo tomó por la nuca y lo inclinó hacia adelante, dejándolo sobre sus rodillas y manos mientras se regocijaba dentro de él.
Sí que era cierto que las ropas estaban más allá de la salvación, pero la vista de él colándose entre la seda y el algodón, entrando en Mu, no se la podía arrebatar nadie. Sentía el corazón en la garganta. Se agarró de las caderas de Mu arremetió con fuerza, desesperado por llenarlo de él. La piel raspó con la tierra en el vaivén y quedó bajo ellos un charco, culpa del éxtasis de Mu.
Pocas cosas eran tan satisfactorias para él como hacer perder a Mu el control sobre su propio cuerpo, conducirlo hacia la sinrazón dionisiaca del sexo. Soltó una mano de las caderas blancas y la llevó al suave vientre del ariano, presionando para alzarlo y quedar pecho contra espalda, embarrados en lodo, sangre y sudor.
Besó los hombros desnudos de Mu y el ariano, hundido en fervor, quedó sentado sobre los muslos de Saga, continuando a su propio ritmo, usándolo a su conveniencia. Las manos del griego lo sostenían fuerte, condicionando sus movimientos al rudo compás de Saga. Terminó echándose hacia atrás, recargando su peso contra el pecho de Saga, que lo sostuvo por la cintura e hizo de él una masa de sudor y gemidos.
Mu se estremeció entre sus brazos y al rato, brusco y tropezado, Saga se sació en él, derramándose en sus entrañas y echando raíz. El géminis no lo soltó, sus brazos quedaron enredados en su cuerpo, fuertes e inamovibles. Bajando por el suave beso del orgasmo, pudieron sentir sus latidos, el calor de sus jadeos y el aroma penetrante del acto.
— Aquí quédate — murmuró Saga, su voz cansada relamió su piel.
No hubo objeción. Mu se acurrucó en sus brazos, relajándose contra la respiración del griego. Podía sentirlo a su alrededor y dentro de él, palpitando todavía. Saga besó sus hombros, cuello y la suavidad de sus mejillas. Aún con el rostro manchado su perfil divino dejaba entrever la adoración que sentía por Mu.
Cuando estuvieron satisfechos, se separaron, cayendo rendidos sobre la tierra y el barro. Esa celda había servido a sus mercedes durante años y lo seguiría siendo mientras se adoraran, mientras el sol siguiera triunfando al amanecer.
Saga narra el proceso de su muerte junto a la sombra que lo acompaña.
Muerte. Incitante, seductora, inevitable. Hay un consuelo en su inminencia, la tortura es su acecho, persiguiendo la vida como una sombra ansiosa, hambrienta. Y cuando llega, cuando la sombra alcanza a su emisor, encaja el colmillo rápido, con gracia. Eso para algunos, para otros es desgarradora, violenta, despiadada.
Para mí fue una amiga. O más bien, tenía con ella una relación tal como las orquídeas y los árboles. La hermosa flor va echando raíz en el tronco, infectando la madera fresca con su belleza colorida. Y el árbol no puede sacudírsela, se queda resignado a convivir con ella.
El diagnóstico vino a finales de mayo, cuatro tardes antes de mi cumpleaños. Terminal, sin posibilidad de hacer algo al respecto. Siempre seduje a la muerte, y cuando ella me sonrió de vuelta, yo no soportaba verla, quería huir de ella, correr persiguiendo el sol para que jamás me alcance.
Iba rasgándome de cualquier forma. Su caza lenta era dolorosa, me hacía ver cosas. Primero lo vi en un espejo, ya a altas horas de la noche. Desperté sintiéndome vigilado y al levantar la mirada hacia el espejo, vi a alguien parado al pie de mi cama a través del reflejo. No tenía forma, solo sé que era alguien.
Esas noches el dolor se iba. O tal vez era tanto que mi mente alucinaba. Poco a poco comenzó a tomar forma, ya no era solo una sombra antropomorfa, tenía facciones débiles y una piel pálida, como almendra. Sobre sus pómulos altos brillaban dos ojos dorados, asomándose a través de un espeso pelo negro.
Me miraba. Y me miraba con lo de yo quiero pensar que es ternura o compasión. Cuando adquirió voz, me comenzó a llamar. Y con el tiempo ya no era solo un reflejo en el espejo, estaba junto a mí cuando fumaba, cuando me preparaba la cena, cuando leía los últimos libros de mi vida.
No me dio miedo, era para mí una compañía reconfortante. Un diseño de mi mente para amalgamar mi muerte, hacerla más tolerable. Eso hasta que mi hermano, estando de visita un día, me dijo señalando al balcón:
— ¿Y quién es ese?
Cuando volteé, ya no había nadie, pero él me juró que lo vio. Yo tuve que creerle, porque me describió sus ojos claros y caireles de niebla. No sé si sentí miedo o alivio. Alivio de no estar demente.
La noche siguiente se apareció otra vez, pero sentado junto a mi cama. Lo supe porque me acomodó el pelo detrás de la oreja.
— ¡!
— Estarás bien.
— ¿Quién-
Puso un dedo sobre mis labios, delgado y frío.
— Todavía no.
Dormí. Y seguí durmiendo con el espectro de su voz en mi cabeza durante varias noches. A veces lo miraba de reojo, otras tantas en los reflejos de la calle. Pero me tocó, yo sabía que era real en alguna medida ¿Cómo? Lo ignoraba. Caminé por la vida casi vacío, no era distinto a mis años pasados pero la cercanía de la muerte creaba un vacío que me consumió entero. Si podía contar en aquél espectro como un alguien, era él el único que conocía mi secreto.
Leía lo mismo que yo, andaba por mis senderos, respiraba el tabaco que se escapaba entre mis dedos. Y lo sentí íntimo, como a un amigo, como a un amante que guardaba mis noches vigilándome, tocándome. Casi nunca hablaba, cuando lo hacía, su voz pausaba el mundo. Era un trino de ruiseñor, profundo encanto que envuelve la oscuridad. Y así, me llamó una noche.
— Saga — escuché —. Saga.
Me removí en la cama, buscando el calor de mis cobijas.
— ¡Saga!
Sentí como si me hundieran la cabeza en la almohada, pero al sentarme en el colchón no había nadie. Instintivamente me fijé en el espejo, entrecerrando mis ojos adormilados. Jamás lo vi tan nítido como esa vez. Con su mano delgada y uñas filosas me llamaba hacia dentro, firme en su mirada sobre mi cuerpo.
No sé por qué me levanté. Tenía frío, mucho, mucho frío. Parado frente al espejo me di cuenta de que el reflejo ya no era el de mi cuarto, sino una pradera nocturna llena de lirios. Parado entre las flores, estaba él, desencajado en el paisaje. Por alguna razón, supe lo que debía hacer: puse una mano sobre el vidrio y se sintió como agua, agua que se podía atravesar. Saqué mi mano.
— Ven — me dijo —, ya es hora.
Miré atrás. Mis macetas vacías, la pecera seca y mis libros sin terminar. Fui vaciando mi vida gota por gota, hasta que las circunstancias me permitieran decidir seguirlo. Pensé en mi hermano, en cómo me encontraría, en su tristeza ante mi muerte inesperada, pero tenía yo un grado de resignación que no pensaba tomar en cuenta esas nimiedades de los que tienen vida por delante. Kanon estaría bien y, si mi intuición era correcta, yo también.
Entré al espejo. Sentí mucho frío y luego pisé el campo de lirios. Un golpe a mis espaldas quiso distraerme, pero la mano de ese espectro me tomó del rostro y, como sello de una eternidad, me dio un beso. Suave, apenas tibio, con labios que hacían en mí un poema.
Al separarme, supe yo que ya estaba muerto. Lo supe porque ya no sentía dolor ni angustia. Los colores del mundo se volvieron más brillantes y en mi pasado, como mi sombra del otro lado, quedaba el cascarón vacío de mi existencia.