Sometimes I wonder if you still desire me or if there’s nothing left at all. And even though I try not to overthink it, there are silences and distances that make me question whether you still look at me the way you used to.
Keni

oozey mess

pixel skylines
trying on a metaphor
Jules of Nature
tumblr dot com

祝日 / Permanent Vacation
KIROKAZE

Kaledo Art
Sweet Seals For You, Always
$LAYYYTER
todays bird
Sade Olutola

roma★

tannertan36

Stranger Things
noise dept.
Misplaced Lens Cap

seen from Russia

seen from United States
seen from Canada
seen from Malaysia
seen from Germany
seen from United Kingdom

seen from United Kingdom
seen from United States

seen from Germany

seen from United States

seen from United States
seen from China

seen from United States
seen from United States
seen from United Kingdom
seen from Malaysia
seen from United States
seen from Canada

seen from Malaysia
seen from United States
@arcsalvaje
Sometimes I wonder if you still desire me or if there’s nothing left at all. And even though I try not to overthink it, there are silences and distances that make me question whether you still look at me the way you used to.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
A veces pienso si todavía me deseas o si ya nadota. Y aunque intento no clavármelo, hay silencios y distancias que me hacen preguntarme si aún me miras con las mismas ganas de antes.
Muchas veces compré la versión amable de tus palabras.
Me dije que el enojo deforma las cosas, que una persona herida habla desde el cansancio, desde la rabia, desde ese lugar donde una no siempre significa lo que dice.
Entonces guardé silencio.
Le puse curitas a frases que todavía me arden.
Pero hoy entendí algo tristísimo: quizá cuando estabas molesta no exagerabas, quizá ahí era donde más sincera eras conmigo.
Porque cuando te conté que choqué no esperaba que resolvieras nada. No esperaba milagros. Solo quería sentir que había un lugar donde caer tantito sin romperme más.
Y en cambio recibí preguntas que sonaron a duda.
Como si el dolor necesitara evidencia.
Como si hubiera que mostrar pruebas para que una sea creíble.
“No es mi culpa que hayas chocado”, dijiste.
Y claro que no lo es.
La culpa fue mía por volver a tocar una puerta que ya sabía fría.
Por buscar red de apoyo en un lugar donde siempre termino aprendiendo a caer sola.
Luego dijiste que arruiné una bella velada por nada.
Por nada.
Y me quedé pensando cuánto pesan las cosas que para otra persona son “nada”.
Qué tan acostumbrada estoy a minimizarme para no incomodar.
Qué tan experta me volví en tragármelo todo para no parecer una queja caminando.
Tal vez tienes razón y todo lo que te cuento son quejas.
Tal vez debí aprender hace tiempo a llevarme mis accidentes, mis tristezas y mis crisis a otro lado.
Porque hay personas que escuchan para acompañarte
y otras que escuchan como quien espera a que termines de arruinarles la noche.
Hay días en que algo mínimo —una luz, un gesto, una risa que no es tuya— me empuja de regreso a ti. Es extraño, porque ahora mismo no logro nombrar ninguno de esos momentos, pero sé que existen: pequeñas grietas por donde todavía se cuela lo que fuimos.
Antes de aquel último mensaje, yo ya estaba a punto de buscarte. Quería decirte todo lo que había escuchado, acomodar las versiones, protegerte de palabras que no merecías cargar. Me quedé con esa urgencia entre las manos. Porque lo que llegó de ti no fue una puerta, fue un cierre suave, casi cuidadoso. Dijiste que no querías problemas. Y yo entendí, aunque no quise.
Me dolió una especie de impotencia que no supe nombrar en ese momento. Porque yo había visto lo que no se cuenta fácil: las huellas en la piel, el cansancio en los ojos, las semanas que pesan más que cualquier calendario. Y aun así, decidí callar. No por falta de verdad, sino por respeto a lo que estabas eligiendo.
Nunca quise ser un conflicto en tu vida. Al contrario. Habías sido un hallazgo raro, de esos que llegan sin aviso y encajan. Contigo, por primera vez, muchas piezas tuvieron sentido: la confianza, la risa compartida, la forma en que se puede hablar de todo sin miedo a ser medida. Había algo profundamente honesto en lo que éramos. Un espacio donde no hacía falta defenderse.
Por eso, cuando te ofrecí distancia, lo hice con una calma que no era real. No te detuve, no te pedí que te quedaras, no insistí. Y a veces me pregunto si eso fue fortaleza o una manera elegante de romperme sin hacer ruido.
Después vino el silencio. Luego la ausencia. Y más tarde, esa confirmación muda de que ya no estaba: desaparecer de tus redes fue como ver cómo alguien apaga la luz sin despedirse. Yo también me fui, por coherencia, por dignidad, o tal vez por no saber quedarme de otra forma.
Un día te vi bien. Y me alegré. De verdad. No desde el rencor, sino desde ese cariño que no se va aunque cambie de lugar. Me enseñaste que querer a alguien también es saber retirarse cuando tu presencia puede convertirse en peso.
Aun así, hay días en que quisiera contarte algo. Cualquier cosa. Lo cotidiano, lo absurdo, lo que antes encontraba siempre un camino hacia ti. Pero me detengo. No por falta de ganas, sino por respeto a la vida que elegiste sin mí.
A veces escribo mensajes que no envío. Se quedan guardados, como pequeñas cápsulas de lo que todavía te diría si pudiera.
Hoy, por ejemplo, el miedo me alcanzó y quise buscarte. Y luego vi que habías visto algo mío. Y durante un segundo —uno muy breve, pero muy honesto— sentí esa vieja ilusión de que tal vez ibas a volver a escribirme. Pero no. Y está bien. Aprendí a dejar que las cosas sean lo que son, aunque duelan distinto cada vez.
Ojalá nunca olvides lo valiosa que eres. Ojalá alguien te lo repita incluso en los días en que tú no puedas verlo. Porque lo eres. De una forma que no necesita explicación.
Yo sigo aquí, queriéndote de lejos. Sin invadir, sin romper lo que decidiste cuidar. Con ese amor que ya no busca lugar, pero tampoco desaparece.
Guardé lo que alguna vez fue para ti. Lo tuve cerca un tiempo, como si el destino pudiera equivocarse y cruzarnos otra vez. Pero hay encuentros que solo viven en la imaginación. Y aprender eso también es una forma de crecer.
Te quiero. De esa manera que ya no exige, que ya no espera, pero que tampoco niega lo que siente.
Y aunque la vida nos haya puesto en caminos distintos, todavía hay una parte de mí que, en silencio, sigue deseando que todo te salga bien. Que encuentres lo que buscas. Que construyas lo que sueñas.
Te extraño.
Todavía.
🧡