Alejandra Pizarnik | Diarios [frag.]
3 de Enero 1960 (b)

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Sade Olutola
YOU ARE THE REASON

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Xuebing Du

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祝日 / Permanent Vacation
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Alejandra Pizarnik | Diarios [frag.]
3 de Enero 1960 (b)

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Creo q en esta cuenta solo puedo citar a Pizarnik
Creo que mi aspecto físico es una de las razones por las que escribo: tal vez me creo fea y por ello mismo eximida del exiguo rol que toda muchacha soltera debe jugar antes de alcanzar un lugar en el mundo, un marido, una casa, hijos.
<<Alejandra Pizarnik, diarios>>
“¡Me rebelo! Contemplo mi habitación y me rebelo y tengo miedo. ¡Miedo de mí! ¡Miedo de mí! Me hablo suavemente. Siento que la vida (¡mi vida, óyelo, mi vida!) se va.”
— Alejandra Pizarnik
4
Quiénes somos qué pasa qué extraña historia es esta por qué la soportamos si es a nuestra costa por qué nos soportamos por qué hacemos el juego.
(1971)

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Buenas noches. Soy una Cenicienta sin príncipe. ¿Sabes en qué parte de Tokio vivo? Ya nunca más volveremos a vernos.
Dazai Osamu, Colegiala
Colegiala
En una casa solitaria en la cima de una montaña de un campo lejano, justo ahora, en mitad de la noche, quizás haya una chica que sufre en silencio por algo mientras hace la colada en el patio trasero de su casa. En el pasillo de un sucio apartamento de los suburbios de París, también hay una chica de mi edad que, intentando no hacer ningún ruido, está sola haciendo la colada y ha sonreído a esta misma luna. Lo puedo ver claramente, incluso a todo color, como si lo estuviese viendo absolutamente todo con un telescopio inmenso. En serio, nadie puede imaginarse nuestro sufrimiento. En un futuro próximo, cuando seamos adultas, el dolor y la pena que sentimos ahora puede que nos resulte algo gracioso, un simple recuerdo que carezca de la menor importancia, pero ahora mismo, no sé cómo sobrellevar este largo y desagradable periodo que nos toca vivir. Es algo que nadie te enseña a superar. ¿Será la juventud algún tipo de enfermedad como el sarampión, que nada más se cura pasándolo? Pero hay gente que muere a causa del sarampión, o que se queda ciega. No está bien dejar las cosas sin resolver. Nosotras nos pasamos los días deprimidas y enfadadas. A causa de esto, hay gente que pierde el rumbo y llega a un punto de no retorno, no se puede recuperar y su vida queda destrozada. Incluso hay gente que llega a suicidarse. Aunque los demás puedan sentir pena y digan cosas como: «Ay, ¡qué lástima!, si hubiese vivido un poco más se habría dado cuenta de que todo se soluciona con el paso de los años», el sufrimiento de esa persona habría sido inmenso. Pero, al final, todo el que quiere ayudarnos lo único que hace es repetir la misma lección evasiva de siempre. Reconozcamos que estamos abocadas a pasar vergüenza y a no obtener respuestas a nuestras plegarias. Eso no significa que simplemente nos interese vivir cada momento, pero es que no hacen más que señalarnos constantemente montañas que están demasiado lejos con la promesa de que si llegamos hasta allí podremos apreciar un paisaje maravilloso. Puede que los que dicen eso tengan razón, puede que eso sea totalmente cierto, pero no es menos cierto que ahora mismo estamos atenazadas por el dolor. Los demás lo ignoran, y nos dicen que aguantemos un poco, un poquito más, prometiéndonos que seremos capaces de llegar hasta la cima de aquella montaña y que una vez allí todo será mejor. Y la historia se repite una y otra vez. Seguro que debe de haber alguien que esté equivocado. Tú eres el malo.
Mañana volverá a ser un día exactamente igual que hoy. Sé que nunca en esta vida alcanzaré la felicidad. Lo sé certeramente. Pero será mejor irme a dormir creyendo que mañana la felicidad llegará, mañana seguro que llega. Me he dejado caer sobre el futón haciendo ruido aposta. ¡Ay, qué bien me siento! Como el futón está frío, siento un placentero frescor en la espalda. La felicidad llega una noche, cuando ya es tarde. Recuerdo vagamente una frase que decía así. Tras esperar mucho, mucho tiempo a que llegue la felicidad, al final no aguantas más y abandonas precipitadamente tu casa; pero al día siguiente, llega una noticia maravillosa a esa casa que acabas de dejar, pero ya es demasiado tarde. La felicidad llega una noche, cuando ya es tarde. La felicidad…
Colegiala, Dazai Osamu.
Cumplí 19 años. Siento, me preocupa este irse rápidamente de la vida. Siento que se me escapa la veloz entre las manos, mientras casi no vivo más que en sueños. Sobre todo porque los días apenas me dejan tiempo para vivir, para tomar, para decidir, y no atino a nada de lo que quisiera. Mamita hizo pastel de pollo y bizcochuelos varios. Vinieron los de siempre, y Lute, y recibí lindísimos regalos.
Idea Vilariño, Diarios de Juventud
Me aterra pensar que la vida se me escapa como agua entre los dedos… tan deprisa que tengo poco tiempo para parar de correr
Sylvia Plath, diarios
Vida frágil, absurda, cómica, triste. Hagas lo que hagas, aunque escribas la Divina Comedia, seguirás siendo alguien muy ridícula, muy melancólica, pintoresca y graciosa durante unos minutos, fatigante y atrozmente aburrida en la convivencia diaria.
alejandra pizarnik, Diarios
Citas a los Diarios de Pizarnik [1]
Me gustaría una novela autobiográfica, pero escrita en tercera persona. Por supuesto que comenzaría en mis diecisiete años. Lo anterior no tiene interés.
Creo que mi feminidad consiste en no poder «vivir» sin la seguridad de un hombre a mi lado. En los períodos (¡actualmente tan escasos!) de ausencia de flirts, me siento terriblemente árida. Inútil. Como si estaría [sic] malgastando mi juventud. Y cuando estoy segura, es decir, cuando camino junto a un hombre que guía mi cuerpo, me siento traidora. Traiciono a ese llamado cercano que me planta junto a la mesita y me ordena: ¡estudia y escribe, Alejandra! Entonces ya no grito «¡me muero de inmanencia!». ¡No! Entonces, me siento ser. Me siento vibrar ante algo elevado que me asciende junto a sí.
Pero también hay algo que se rebela ¡y con causa! Es mi sexo. Acepto encantada las horas del día llenas de libros y de belleza, pero ¡las noches! ¡Las frías noches de invierno! Noches en que oprimo desesperada la almohada suspirando por transformarla en un rostro humano. ¡Y mi cuerpo que ningún brazo oprime! ¡Y mis labios besando el vacío
¡Al diablo! ¡Me creo eterna! Todo el mundo dice: ¡tenés la vida entera por delante! (¿y por detrás?). ¡Y así «se» dejan pasar los años!… ¡Y no «se» hace nada!, ¡hay tiempo!
No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto sólo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme.
Y no hay excepciones válidas: aunque escriba como Tolstoi, Joyce y Homero juntos.
Si me pudiera coser la boca, si me pudiera extirpar la necesidad de comer. Y nadie goza en esto tanto como yo. Siento un placer absoluto.
ahora sufro, sin duda sufro mucho, pero es el silencio violento de este instante, la sensación de muerte inminente, de futuros dolores indescriptibles (en la garganta, en el sexo).
¿Qué quiero? Ya es bastante que viva, que no robe ni mate ni ejerza la prostitución.
sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro..
Reconocido mi naturaleza viciosa: necesito vivir ebria. Si no es de alcohol que sea de té, de café, de ácido fosfórico, de tabaco muy fuerte.
Pero tú no has aprendido aún algo que debiera ser evidente: los demás también sufren, tal vez tanto como tú, tal vez más, tal vez menos.
(Recordar lo maravillada que quedó la adolescente que fui cuando Rilke, Dostoievski, Rimbaud y tantos otros que hablaron con fervor del sufrimiento.)
Oigo las voces de mis padres. Cambio de audición. ¡Aparece un cantaor! Gritos toscos y agudos. Campanillas y azucenas de los ca-minos de España. «Una mujer se ol-vida de la tristeza vendiendo flores. Sus pregones la alegran a ella y a los que oyen. Sus ojos son claveles perfumados. Sus manos, azahares sonrientes. Su pelo son las rosas abandonadas y enlutadas de llan-to.>> Cambio de audición. «Adiós», de G. Miller. Reminiscencias de bocas unidas. Pienso en todos los hom-bres que me han besado (tengo que utilizar cuatro veces mis diez de-dos).
Cambio de audición. «¡Hojas muertas!>> Hojas impávidas. ¡París! Llanto y miseria pegados a mis ¡Te amo! ¡Te amo! Los sones me recitan:
¡Ah! ¿Cuándo vendrá la soledad? Esto no es vida. Ayer leí 5 hojas. Hoy haré otro tanto. Dicen que T. E. Lawrence leía 6 libros por día. ¡Eso es vivir!
Justamente, ayer Claudia me de-cía que para escribir un buen libro <es <<necesario» viajar y tener mu-chas experiencias (preferentemen-te, sexuales). No estoy de acuerdo. Sé que un viaje no alteraría mi im-potencia de pensar coherentemen-te. Además que si yo escribo una novela, no necesito de la experien-cia sexual para describir las esce-nas necesarias. ¡No! Mi imagina-ción es capaz de componer más posturas que Van de Velde (el ma-trimonio perfecto). ¡Imaginación! Veo el frasco de yodo y me imagino que alguien subió al cielo, arrancó
tá mal, la condena como si fuera un desecho. Es como el aire. Inspira-mos y espiramos. Pero no es eso lo que produce terror. Lo que me aterra es que en algún lugar de este mun-do existe un dios. Existe, ¿verdad?
mis complejos edípicos se agolpa-ron en mi sangre mientras la mira-ba. Volví a mi cuarto, a mi soledoso cuarto, con unas ganas terribles de morir. A. G. dijo que tengo el pulso de-masiado bajo. Tal vez mi angustia se deba a una cuestión glandular.
No me resigno a no ser bella. No hay nada que hacerle.
El Dr. D. descubrió, a causa de un acto fallido que cometí, que no soy casada. «Puede hacer uso matrimo-nial», dijo con los ojos duros.
Encontré a R. C. Me sentí cómoda con él. ¿Estará aún enamorado de mí? No lo creo.
Apenas veo a un hombre, lo ima-gino en el lecho, fornicando conmi-go. No obstante, no quiero fornicar con nadie.
Viviera en otro mundo, viviera en algo más pequeño, sin nombre, sin lenguaje, no llamado y cuya única característica consiste en su silencio lujurioso [27]
24 de marzo Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo há-bito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador. Y cuando lleve un gran tiempo muer-ta, sé que mis huesos aún estarán erguidos, esperando: mis huesos serán a la manera de perros fieles, sumamente tristes en la cima del abandono. Y cuando recién muera, cuando inaugure mi muerte, mi ser en súbita erección restará petrifica-do en forma de abandonada espera-dora, en forma de enamorada sin
Por las ventanillas pasaban montañas, ríos, animales, casas, regiones que desconozco pero que no quería mirar porque prefería leer y además, el no mirar está asociado, en mi caso, con un oscuro sentimiento del honor, como si no mirar fuera una venganza, un insulto, una manera de devolver los golpes. Y en cierto modo es así.
Entonces respiré dichosa —un minuto—: me vi limpia, tranquila, sin preocupaciones poéticas ni económicas, sin este sentir trágico y humorístico que me hace ser, ante los otros, un personaje genial o un horror erguido en dos piernas nada fácil de aguantar.
Creo que mi aspecto físico es una de las razones por las que escribo: tal vez me creo fea y por ello mismo eximida del exiguo rol que toda muchacha soltera debe jugar antes de alcanzar un lugar en el mundo, un marido, una casa, hijos.
Por eso mi perpetuo régimen alimenticio y mi forzada resistencia al alcohol —sé perfectamente que si no me suicido pronto, me daré a la bebida.
Vida frágil, absurda, cómica, triste. Hagas lo que hagas, aunque escribas la Divina Comedia, seguirás siendo alguien muy ridícula, muy melancólica, pintoresca y graciosa durante unos minutos, fatigante y atrozmente aburrida en la convivencia diaria.
Primera y única cuestión. ¿A qué o a quién aferrarse para no caer en la locura? Una sola respuesta: el amor.
Si no hay objetos claramente percibidos, ¿qué objetos quieres describir con claridad? Di mejor que sólo puedes escribir sobre lo que no tienes, y ello jamás se presenta de una manera neta y precisa. Una ausencia no es un piano. Un amor imposible no es un idilio campestre. Unas ganas humillantes de reducir todo a cenizas no es un «mensaje social» que se pueda enunciar con cierta facilidad. Mi fantasía está detenida en una sola imagen, siempre la misma. Todo lo demás no me concierne. No sólo no estamos en el mundo sino que tampoco estamos en el no-mundo.
Llega un día en que no se llora. Los ojos velan el cadáver de la que fui. Se la recuerda como a otra, una lejana y muy querida compañera de otros años. A veces hay deseos de vengarla, de putear contra los verdugos. Es la voz de la violada que se alza en un cementerio a medianoche.
Lo anoto porque no tengo a quién decírselo. Lo anoto pero nunca lo releeré. Si te echan como a una perra se te puede decir: Nadie te obligó a comportarte caninamente. Si te dijeron NO es porque tú pediste. Y la puerta se abre o se cierra según quiera la voluntad o el destino de la otra persona. Enamorarse a solas es enamorarse del silencio,
El amor, si es algo, es dos que se miran. Tú has intentado crear su mirada en tu mágico laboratorio poético.
Si no sucede algo definitivo no sé qué haré. Probablemente algo definitivo.
Hubiera querido nacer muerta. ¿Qué me importa si la noche ha caído? Ojalá me muera pronto, dije. Y ello era mi único deseo.
Por eso aun mirando desde una alcantarilla, le sobrevenía una leve alegría, porque la más desposeída tenía algo que hacer: contar un cuento sin historia y sin explicar por qué su herida mana desde que se recuerda. Es todo lo que sabe. No es mucho. Pero es todo lo que sabe.
Y por qué estoy en el final de mi vida. Pregunto porque para ello fui hecha.
Pero cómo hacen los demás para vivir sin esta exigencia de un amor absoluto. Por eso me intereso en las vidas ajenas. Aprender
De todos modos el horizonte es siempre mi suicidio. Cada año prolongo la fecha. Hoy la prolongué muchísimo: me mataré cuando tenga treinta años. ¿Qué hacer mientras tanto?
¿La poesía me ayuda? No. Ni escribirla ni leerla. Es esto lo que no quieres decirte desde hace años. Claro. La poesía produce una soledad tan bella… La verdad es otra: no hay que escribir. Siento náuseas. No. Siento miedo. Sé que debo suicidarme. ¿Lo haré? No. La muerte me asusta más que todo.
El lenguaje es cosa mental. Yo no puedo hablar ni escribir más. Yo no puedo hacer nada.
No soy tan agradable como para dedicarme a cazar a este extraño pájaro de mal agüero que lleva mi nombre. ¿Quién o qué soy? El error, uno de los tantos, proviene de esta estéril búsqueda juzgada imposible. De todos modos, de todos los modos posibles o no, tú sabes esto: no puedes vivir y la muerte te da pavor. ¿Cómo morir si no se empezó a vivir? Te deben la vida y te darán la muerte. Hay algo anormal en todo esto. El 2 viene antes del 1. Esto me pone furiosa.
Mis fantasías compensatorias —destinadas a apaciguar mi furiosa necesidad de amor— me entretienen y me dan remordimientos, los cuales también me entretienen. Aunque debiera decir: me mantienen, como esos alambres que disimulan los floristas en las ramas para asegurar su presencia erecta y vívida.
siempre. Que nada es importante, que lo que importa —si se desea vivir— es prescindir o aprender a prescindir. Esto se relaciona con el descontento que siempre me manifestó mi madre. Todo lo que yo hacía (todo lo que yo era) resultaba precario y desilusionador comparado con lo que ella deseaba de mí. Se forjó una figura ideal (hecha de elementos dispersos: lecturas de revistas femeninas, prejuicios personales, etc.) y quería que yo me le pareciera. Lo malo del asunto es que profundamente mantengo en mí ese arquetipo. Que todo lo que hago sin desear es para acercarme a él, para complacer a mi pobre madre, a quien tanto hice sufrir por no ser como ella me soñaba
Mis desdichas actuales me excitan en un sentido muy positivo (creo): querer, por una vez, desembarazarme de ciertos miedos mezquinos (heredados) relacionados con la búsqueda de la seguridad (afectiva y material).
Lo que sucede es que debí suicidarme a los 18 años. Ahora es tarde para ser como soy. Nunca alcanzaré la serenidad. En cuanto al desorden actual es suicida pero no lo suficiente. O sea que hay algo que me retiene y no me deja ir al fondo del desorden, pero eso que no me deja ir es algo intelectual, una caricatura moral. Quiero decir, en cuanto me sucede algo doloroso o en cuanto me sucede cualquier cosa no existe más la intención de un orden sino, por el contrario, una sed de destrucción de mí que nada ni nadie apacigua. Sólo que es tarde; no se puede, a mi edad, jugar de esta manera. ¿No se puede? Yo no puedo. Por otra parte algo en mí reclama garantías y seguridades. Un ritmo uniforme de trabajo. No sé. No se puede vivir metafísicamente las 24 h del día. No se puede andar todo el día interrogándose acerca del suicidio. Y no obstante sé que debo suicidarme. Sería mi único acto no destructivo. Suicidarme para preservarme.
Retorno del insomnio, de las fantasías regresivas. Cansancio de vivir así, en la pobreza y en la incomodidad. Sordidez externa.
Fiesta de la autodestrucción —imposible, imposible cualquier cosa, todo imposible, imposible el amor, todo imposible, yo lo sabía, yo lo presentía. Demasiado perfecta la manera de saberlo, de presentirlo.
negándome como quien se niega al sol, ocupado en preparar su suicidio. El mío vendrá pronto. Yo no puedo vivir. Esto lo sé. Lo he sabido siempre. Siempre lo supe. Ahora lo sé.
Esto de definir el mal, esto de definir. Esto de desesperar del lenguaje por culpa del maldito vicio de la definición. ¿Qué sé yo qué es el mal? ¿Es que me importa saberlo? No. Entonces… ¡Cómo me lleno de posesiones inútiles! Amistades inútiles, libros inútiles, nociones inútiles… Por más que lea a los santos, por más que trate de estilizar mi pensamiento hasta hacer de él una espiral o una flecha debo reconocer la verdad: mi sola preocupación es lo erótico.
Comprender la familia, el sentido de tener una madre y un padre. No puedo mirar los ojos de mis padres. Culpa y vergüenza pero sobre todo asombro. Ahora que los reencuentro después de años de ausencia los descubro más infantiles e indefensos que nunca. ¿Por qué estoy aquí? Me alimentan, me sonríen, me compran objetos, ropas, en nombre de un leve y viejo incidente biológico. Pero no es así.
Si me preguntan para quién escribo están preguntándome la identidad del destinatario de mis poemas. Me preguntan para quién escribe. La pregunta para quién escribe garantiza, tácitamente, la existencia de un destinatario de mis poemas.
De modo que somos tres: yo; el poema; el lector = descifrador memoria amparadora La cuestión para quién escribe
Si me preguntan por el destinatario de mis poemas
Deseo compulsivo de tener algo que hacer, algo en serio, estudiar, por ejemplo, estudiar por cobardía, por renuncia, por no poder conmigo, por no creer en mí, por respeto a la odiada realidad utilitaria, por serme útil de la manera más inútil, por abrillantar mi soledad, por darle una forma que no me avergüence —como hasta ahora con la poesía la cual me hastía inenarrablemente.
Todo lo que puede hacer adulto mi cuerpo me horroriza.
Busco una forma definitiva, un estilo simple y correcto de decir las cosas. Esto me enerva. Es como mi imposibilidad de encontrar una lapicera exactamente apta al movimiento de mi mano. A veces creo encontrarla pero me sirve por muy poco tiempo. El mismo problema con los cuadernos, con las hojas. Mi deseo es inhumano: busco una continuidad absoluta. Lo único continuo en mí es mi deseo de esta imposible continuidad.
Ahora recuerdo que ni siquiera mi estilo oral es siempre el mismo: cambio de voz, cambio de léxico, cambio de acento (recuerdo mi período mexicano en París, lo que me gustaba acentuar diferentemente las palabras). Estoy anómalamente fragmentada. Por eso mis pequeños poemas. El aborto es mi emblema, mi emblema de bordes mordidos. Todo esto puede derivar muy bien de la impaciencia. Imposible amar la tarea presente, hay un perpetuo anhelo de finales rotundos, muerte y resurrección. No el aborto sino el suicidio. Sólo salva el interés sostenido, presente. Al menos es lo que se dice. Yo no tengo tiempo, algo me precipita todo el día. Cuando nada me precipita entonces nada pasa. Soy una muerta.
me dijo riendo que por qué no acepto sólo aquello que me dan. Hablaba de conformarse; de no saquear; de no irrumpir en una casa abrigada y confortable, afuera el viento, el frío, la oscuridad. Hablaba de aceptar el hambre y la sed como una manera de ser o estar en este mundo. Quise decirle: actualmente eres tú mi sed y mi hambre. Pero lo sabe. Por eso me dijo lo de aceptar. Por eso dijo que yo debo aceptar su no darme nada.
la «necesidad» de «sentir» el español, de aprender a escribir en español…
Temor de ausentarme en un lugar público, por ejemplo dentro de un taxi y luego, al despertar, encontrarme en un lugar totalmente sórdido o en una prisión o en un prostíbulo. Por esto, creo, salgo tan poco.
Mi situación es totalmente falsa, vivo como si me fuera a suicidar dentro de muy poco. Me despido. Sensación de estar saldando mi tiempo.
Actualmente vivo para T. Siempre necesito vivir para alguien. Por eso nunca estuve sola, quiero decir, nunca «viví para mí». Necesito tener a quien adorar en el sentido más elemental y religioso. Aun cuando leo para aprender me doy cuenta de que el depositario del saber será quien yo adore. Ahora, el silencio de M. L. me condena.
¿Por qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras.
La poesía es una introducción. «Doy» poemas para que tengan paciencia. Para que me esperen. Para distraerlos hasta que escriba mi obra maestra en prosa.
Mi locura no es solamente haber puesto mi destino en la literatura sino esperar, también, que me dé bienes temporales: amantes, dinero, gloria, pero sobre todo gente que me quiera. Si tuviera quince años, esto que escribo no sería alarmante. Pero a mi edad…
Cuando leo arrebatada estoy convencida, después, de no haber comprendido nada y me culpo por no haber analizado cada signo.
Por favor, un mes de silencio. Un mes, un año, un siglo.
Estoy terminando mi diario. Luego, me gustaría despedirme por largo tiempo de la literatura.

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Hubiera querido nacer muerta. ¿Qué me importa si la noche ha caído? Ojalá me muera pronto, dije. Y ello era mi único deseo.
<<Alejandra Pizarnik, Diarios>>
Lo anoto porque no tengo a quién decírselo. Lo anoto pero nunca lo releeré.
<<Alejandra Pizarnik, Diarios>>
Si no sucede algo definitivo no sé qué haré. Probablemente algo definitivo.
<<Alejandra Pizarnik, Diarios>>
Oh muerte, Yo te amo, pero te adoro, vida…cuando vaya en mi caja para siempre dormida, haz que por vez postrera penetre mis pupilas el sol de primavera.
Déjame algún momento bajo el calor del cielo, deja que el sol fecundo se estremezca en mi hielo…Era tan bueno el astro que en la aurora salía a decirme: buen día.
No me asusta el descanso, hace bien el reposo, pero antes que me bese el viajero piadoso Que todas las mañanas, alegre como un niño, llegaba a mis ventanas.
Alfonsina Storni - Melancolía
Pero tú no has aprendido aún algo que debiera ser evidente: los demás también sufren, tal vez tanto como tú, tal vez más, tal vez menos.
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El amor, si es algo, es dos que se miran. Tú has intentado crear su mirada en tu mágico laboratorio poético.
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Llega un día en que no se llora. Los ojos velan el cadáver de la que fui. Se la recuerda como a otra, una lejana y muy querida compañera de otros años. A veces hay deseos de vengarla, de putear contra los verdugos. Es la voz de la violada que se alza en un cementerio a medianoche.
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