La palabra “peste” acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narraciĂłn que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacciĂłn fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa comĂşn pero es difĂcil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender tambiĂ©n que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estĂşpido.” Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estĂşpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se darĂa cuenta de ello si uno no pensara siempre en sĂ mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creĂan en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran mas culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavĂa todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ÂżCĂłmo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creĂan libres y nadie será libre mientras haya plagas.
“La peste” (1947) Albert Camus (p. 35-36)














