todos somos Stoner
Las cosas tienen que subir al final, dice Juan que decía Reinaldo Arenas. Hablamos por supuesto de cosas escritas. En la vida en sí nunca es posible una conclusión. En la vida pones el punto final a una cosa, crees durante días y semanas y años que la cosa ha terminado, para que luego vuelva la cosa con alegre brutalidad a derribar todas las conclusiones y deshacer todos los avances. La confusión es constante y creciente y en algún momento te das cuenta de que no va a remitir. Un libro, cualquier cosa que intente traducir esa confusión a términos inteligibles tiene por obligación subir al final. Sin altura no hay perspectiva, ni es posible la ilusión efímera de comprensión por la que uno lee.
Stoner sube ya en la primera página. Lo empecé por allá en junio porque la amiga de un amigo lo había definido como “el mejor libro que he leído nunca”. Entonces vivía en el East Village y cogía cada mañana la F para ir a una oficina en Bryant Park. Las líneas de metro de Nueva York las amas o odias por instinto, es un fenómeno real y totalmente aleatorio, y la F está entre las más viles y odiables. Por eso fue un milagro que una persona de la F se dirigiera a mí, en la hora punta de un martes, para preguntarme con entusiasmo desmedido que qué me parecía el libro. Durante los cinco minutos que hablamos proyecté mi vida entera con él. El resto del trayecto lo pasamos incómodamente apretados en la masa oficinista del vagón, evitando el contacto visual.
La urgencia con la que recomendé Stoner a toda persona que me crucé esas semanas ha remitido un poco. Debería haber escrito algo entonces, pero siempre ganaba la pereza: de investigar el autor, resumir la trama, buscar las causas de su fracaso editorial en alguna tara irredimible del público americano. Otros personajes más excitantes que William Stoner ocuparon el resto del verano y buena parte del otoño. La vida, en su ciclo habitual de euforia y perplejidad, hizo que la mediocre existencia provinciana de Stoner pasara a segundo plano.
Pero con las puestas de sol a las cuatro llega esa ansia de ir dejando temas cerrados. Y al contrario que Stoner, uno espera que las cosas que le pasan hayan servido para algo. Uno quiere al final haber sido cualquier cosa menos Stoner, un cúmulo de renuncias y derrotas que no evoca nada a nadie tras su muerte. Eso lo aprendemos ya en la primera página, y aún así seguimos leyendo. No sabemos por qué seguimos leyendo hasta pasada la mitad de la novela, o incluso hasta meses después de haber fulminado sus últimas páginas en el sofoco de una tarde de sábado en Tompkins square.
En algún momento sin embargo lo entendemos: leemos Stoner por el mismo motivo que Stoner lee, e intenta comprender algo, cualquier cosa, casi siempre sin éxito, en la biblioteca y las aulas de la universidad de Misouri, de donde nunca sale y donde nunca supera el estatus de profesor adjunto. Porque nos mueve la misma intuición de que hay algo más grande que nosotros a lo que solo podemos aproximarnos de forma oblicua, a través de las palabras de otros, y dedicamos horas irrecuperables a esa misión inútil. Y las cosas que nos pasan durante esa búsqueda y que nos hacen sufrir y gozar, la ambición que nos golpea de madrugada y las conexiones perdidas que nos torturan, pierden definición y urgencia. De ahí el extraño efecto reconfortante de Stoner: nos recuerda que la magnitud de las cosas es relativa, y que al fin y a cabo damos igual, y no pasa nada. O en palabras de Bernhard, que la felicidad está en todas las cosas y en ninguna, como la infelicidad.











