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Nick Robinson em Voicemails for Isabelle.
@cxncordia Private Starter. El sol de la tarde caía suave sobre el parque, tiñendo todo de un dorado cálido. El sonido rítmico de las zapatillas contra el camino de tierra era lo único que Sebastian escuchaba mientras corría. Llevaba una tank top blanca ajustada, empapada de sudor, que se pegaba a su torso delgado y definido. Los shorts deportivos negros eran cortísimos, apenas cubriendo la mitad de sus muslos tonificados, dejando a la vista sus piernas largas y su piel ligeramente bronceada por el ejercicio.
Estaba concentrado en su respiración cuando lo vio.
Al final del sendero, bajo la sombra de un gran roble, había un hombre. Alto, de hombros anchos y brazos fuertemente marcados. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado por el viento y una mandíbula afilada que parecía esculpida. Estaba de pie, bebiendo agua de una botella, con la garganta moviéndose al tragar, y el sudor brillando en su piel.
Sebastian sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Redujo la velocidad poco a poco hasta detenerse por completo a unos metros de él. Su pecho subía y bajaba agitado, no solo por la carrera. Sin pensarlo, sin ninguna vergüenza, sus ojos recorrieron descaradamente el cuerpo del desconocido: desde los hombros anchos, bajando por los pectorales marcados, la cintura estrecha, y esos brazos… Dios, esos brazos.
Se quedó ahí parado, el sudor corriendo por su cuello y clavícula, y la mirada fija en el hombre. No disimuló. No fingió que solo estaba descansando. Simplemente lo miró, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes de interés puro.
El hombre pareció notar la intensa mirada. Lentamente giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
Sebastian no apartó la vista. Al contrario, levantó ligeramente la barbilla, todavía respirando con dificultad por la carrera, y una pequeña sonrisa traviesa se asomó en sus labios. -- ¡Hola!
La súplica de Adrian fue el sonido que Addison había estado esperando sin saberlo. No fue la petición de un amante, sino el sonido de un muro que finalmente cede, el crujir de una armadura hecha de miedo y orgullo que se rompe para revelar la carne temblorosa por debajo.
La sonrisa de desaprobación en su rostro se suavizó, transformándose en algo mucho más complejo: una mezcla de triunfo, de una piedad casi cruel y, muy escondida, la primera chispa de un afecto genuino y peligroso. Había conquistado, pero ahora debía gobernar. Y la buena gobernanza exigía entender el terreno.
"Buen chico", susurró, y las palabras, aunque dichas con suavidad, cayeron con el peso de una recompensa. Se acercó, no como un hombre que va a poseer, sino como un artesano que va a examinar su materia prima más preciada.
"No es sobre hacerlo 'como quiero'", corrigió, su voz un bajo zumbido que vibraba en el aire entre sus cuerpos. "Es sobre dejar de intentar hacer algo y simplemente... ser. Ya no tienes que actuar, Adrian. Ya no tienes que pensar. Solo tienes que sentir lo que yo te dé".
Sus manos se posaron sobre las piernas de Adrian, que estaban dobladas en la mesa. Su tacto no fue agresivo, sino firme, una presión cálida y segura que ancló a Adrian al presente. Lentamente, deslizó sus palmas hacia arriba por la parte interior de sus muslos. La piel allí era más suave, más sensible. Addison sintió la reacción, la absorbió, la anotó mentalmente como un cartógrafo que marca un punto estratégico en un mapa.
"Mira esto", dijo, su voz casi un murmullo. "Tu cuerpo me responde. Tu mente lucha, pero tu cuerpo sabe la verdad. Sabe que esto es adonde pertenece".
Su mano derecha llegó a la entrepierna de Adrian, donde el tejido del pantalón estaba tenso. No apretó, simplemente dejó su mano descansar allí, un peso cálido y prometedor. Su mano izquierda continuó su viaje, subiendo por el abdomen, trazando la línea de vello, hasta detenerse sobre su corazón. Sintió el ritmo frenético, un tambor de guerra en un pecho a punto de ser conquistado.
"Voy a deshacerme de esto", dijo, sus dedos jugueteando con el botón del pantalón de Adrian. "Y entonces, vas a saber lo que es ser realmente mío. No durante una hora. No durante una noche. Sino hasta que yo decida que tu lección ha terminado".
Desabrochó el pantalón con una lentitud deliberada, el sonido del metal rozando la tela increíblemente alto en el silencio de la oficina. La cremallera bajó con un susurro sibilante. Luego, con una firmeza que no admitía debate, tiró de la tela. Addison se detuvo, su mirada recorriendo el cuerpo ahora completamente desnudo de Adrian, extendido sobre su escritorio como una ofrenda sacrificial.
"Que hermoso te ves así", susurró, más para sí mismo que para Adrian. "Sin defensas. Esperando".
Se inclinó sobre Adrian, sus manos apoyadas en la mesa a cada lado de su cabeza, atrapándolo sin tocarlo todavía. Su torso desnudo se acercó al de Adrian, y el primer contacto de su piel contra la de Adrian fue una descarga eléctrica que hizo que ambos se estremecieran.
"Siente", ordenó, su voz un murmullo bajo y caliente. "Siente mi peso. Siente mi calor. Olvdate de todo lo demás".
Entonces, bajó su cabeza y sus labios encontraron el cuello de Adrian. No fue un beso, sino una marca. Sus dientes se cerraron suavemente sobre la piel, no para romperla, sino para reclamarla. Su lengua siguió al instante, un gesto húmedo y posesivo que desató un gemido ahogado de Adrian.
Addison se movió lentamente, besando y mordisqueando su clavícula, el hueco de su garganta, la base de su cuello. Cada contacto era un sello, una declaración de propiedad. Quería que Adrian se despertara mañana y viera los moretones pálidos en su piel y supiera, sin lugar a dudas, de quién eran.
Sus manos se deslizaron por el torso de Adrian, explorando cada músculo, cada contorno. Sus dedos encontraron los pezones duros y los pellizcó, no con brusquedad, sino con una autoridad que exigía respuesta. El cuerpo de Adrian se arqueó bajo su tacto, una reacción involuntaria que Addison bebió con avidez.
"Sabes lo que voy a hacerte", susurró Addison contra su piel. "Voy a llevarte al borde una y otra vez. Voy a hacerte rogar por cosas que nunca imaginaste que querrías. Y cuando creas que no puedes más, voy a empujarte un poco más allá. Voy a romperte, Adrian. Y luego, voy a volver a unirte. A mi manera".
Adrian sintió que el mundo entero se reducía al escritorio bajo su espalda y al peso caliente de Addison sobre él. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que el otro podía sentirlo contra su pecho. Las palabras de Addison —"voy a romperte... y luego voy a volver a unirte"— resonaron dentro de su cabeza como un eco peligroso y adictivo.
Sus manos temblaron cuando se aferraron instintivamente a los bordes de la mesa, como si necesitara algo sólido para no salir flotando. Tenía miedo. Mucho miedo. Miedo de entregarse tanto, de que después Addison lo mirara y decidiera que ya no valía la pena. Pero al mismo tiempo, ese miedo se mezclaba con un deseo tan crudo que le dolía.
—Addison… —su voz salió ronca, casi rota. Tragó saliva, los ojos brillantes y un poco desesperados—. No sé… no sé cómo hacer esto. No sé cómo dejar de pensar. Tengo la cabeza hecha un lío, pero… no quiero que pares.
Cuando los dientes de Addison se hundieron en su cuello, Adrian soltó un gemido ahogado, más de sorpresa que de dolor. Su cuerpo se arqueó sin permiso, buscando más contacto. La lengua caliente que siguió lamiendo la marca lo hizo estremecer entero. Sentía cómo se le endurecía más bajo la mano de Addison, traicionándolo sin piedad.
Sus propias manos, inseguras, subieron tímidamente hasta los hombros de Addison. No empujó. Se agarró. Los dedos se clavaron con fuerza en la piel, casi suplicando que no se fuera, que no lo dejara expuesto así y luego lo abandonara.
—Soy tuyo… —susurró contra el oído de Addison, la voz temblorosa y avergonzada por lo rápido que había cedido—. No sé qué mierda me pasa contigo, pero… soy tuyo. Solo… no me sueltes después, ¿sí? Por favor.
El pellizco en sus pezones lo hizo jadear fuerte. Un sonido vergonzoso, necesitado. Sus caderas se movieron solas, buscando fricción contra la mano que descansaba sobre su entrepierna. Estaba completamente duro, expuesto, goteando ya un poco contra su propio abdomen.
—Joder… —gimió bajito, escondiendo la cara en el cuello de Addison, respirando su olor como si fuera oxígeno—. Me estás volviendo loco. Siento que me voy a quebrar… pero quiero que lo hagas. Quiero que me hagas sentir que no tengo escapatoria. Que ya no puedo huir de esto.
Sus piernas se abrieron un poco más, inconscientemente, ofreciéndose. Una de sus manos bajó por la espalda de Addison, clavando las uñas con timidez al principio, luego con más fuerza cuando otro mordisco en su clavícula lo atravesó.
—Addison… tócame más —suplicó en voz baja, casi inaudible, las mejillas ardiendo de vergüenza—. Quiero sentir tus manos por todas partes. Quiero que me uses… que me marques. Que me hagas olvidar que existía alguien antes de ti.
Levantó un poco la cabeza, buscando los ojos de Addison con los suyos, vidriosos de deseo y ansiedad.
—No pares hasta que yo ya no pueda ni pensar en mi nombre… y después… abrázame fuerte, por favor. No me dejes solo con esto después.

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ANDRÉ LAMOGLIA
for Dolce & Gabbana (May 2026)
When I tell you I YELLED
Ricky Bowen, bi chaos personified
@htinez de: 2MM
Era claro que tenía la debilidad por hombres mayores que él y sobre todo con grandes pectorales, había conocido a Evan apenas 20 minutos antes en un café donde básicamente se le ofreció, al llegar al hotel lo primero que hizo fue abrir su camisa de un solo jalón, sin importar si podía dañarla, un acto de frenesí y deseo.
Comenzó a besarlo de forma salvaje, y bajando a ese gran y musculoso torso, un hombre que era básicamente el doble de grande que él. Su aroma era embriagante y su cuerpo aún más. Era el mejor postre de todos. —Si entras en mi, verás como todo rebota. —Sonrió con descaro, Derek no se avergonzaba de ser tan zorra, tal vez porque siempre había visto como su padre se expresaba muy abiertamente acerca de su sexualidad.
La palabra, cruda y directa, cayó en el silencio de la oficina con el peso de un veredicto. Cógeme. No era una petición, era una detonación. La máscara de calculador dominio que Addison llevaba puesta durante toda la tarde se resquebrajó por completo, reemplazada por una expresión de pura, voraz satisfacción. Una sonrisa lentamente se extendió por su rostro, una sonrisa que no tenía nada de amable ni de tranquilizadora. Era la sonrisa de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa y descubre que ella, en su desesperación, anhela el colmillo.
"Por fin", susurró, el sonido ronco, casi gutural. "Por fin pides lo que realmente deseas".
La mano que había sostenido la nuca de Adrian se cerró ligeramente, no con violencia, sino con una afirmación inconfundible de posesión. Sus dedos se hundieron en el pelo de Adrian, agarrándolo con suficiente firmeza para que sintiera cada folículo despertar, una señal inequívoca de que el juego había terminado y la conquista comenzaba.
Su otra mano, que había permanecido inerte, se deslizó ahora por la espalda de Adrian, una exploración lenta y deliberada. Sintió la textura de la piel, la calidez de la carne, la tensión de los músculos que se relajaban bajo su toque. Era el mapa de un territorio que estaba a punto de reclamar.
"Pero lo pides mal", dijo su voz, ahora un murmullo bajo y caliente directamente en el oído de Adrian. "Pedir es demasiado fácil. Te daré lo que quieres, pero primero, tienes que ganarlo. Primero, tienes que aprender que tu cuerpo no te pertenece. No esta noche. Esta noche, es mío".
Con un movimiento fluido y dominante, giró a Adrian. Las palmas de sus manos se posaron sobre el pecho de Adrian, empujándolo suavemente hacia atrás, guiándolo hacia la mesa. Los muslos de Adrian chocaron contra el borde de la caoba oscura, deteniéndolo. Ahora estaban frente a frente, con la mesa como barrera y como altar.
Addison mantuvo sus ojos fijos en los de Adrian. No había más lugar para la huida, ni siquiera en la mirada.
"Arriba", ordenó suavemente, pero con una autoridad que no admitía discusión. Levantó una mano y señalaba la superficie del escritorio. "La mesa. Quiero verte sobre ella".
La orden era una humillación deliberada. El escritorio, el símbolo de su poder y su profesionalismo, ahora se convertía en un estrado para la sumisión de Adrian.
Sin esperar una respuesta verbal, sabiendo que vendría en forma de acción, comenzó a desabrocharse los botones de su propia camisa. Sus movimientos eran lentos, ceremoniales. Cada botón que se desprendía era otro velo que caía, revelando el torso de Addison, más musculoso pero igualmente definido, cubierto por un vello más oscuro y espeso que el de Adrian. Había una autoridad en su desnudez, una seguridad que solo la edad y el poder pueden otorgar.
Cuando su propia camisa quedó abierta, se inclinó sobre Adrian, acercando su rostro hasta que sus labios estuvieran a escasos milímetros. El espacio entre ellos zumbaba de electricidad.
"Primero, vas a aprender a recibir", susurró, su aliento una caricia y una amenaza. "No a tomar. A recibir".
Entonces, selló sus labios sobre los de Adrian.
No fue un beso de ternura. Fue un beso de conquista. Sus labios, firmes y exigentes, aplastaron los de Adrian. Fue un beso que robaba el aire, que mapeaba la forma de su boca, que reclamaba cada milímetro de su interior. Su lengua no pidió permiso; exigió entrada, explorando, dominando, saboreando la mezcla de miedo y rendición que definía a Adrian en ese preciso instante.
Mientras lo besaba, su mano recorrió el pecho de Adrian, palparon la piel tensa, encontró un pezón y lo apretó entre el pulgar y el índice, no con suavidad, sino con una firmeza calculada para provocar una descarga de placer y dolor, una mezcla que borraría cualquier pensamiento coherente de la mente de Adrian.
Quería que Adrian se sintiera completamente abrumado. Que el único mundo que existiera fuera el de sus labios, el de sus manos, el de su voz en su oído.
Cuando finalmente se separó, dejando a Adrian jadeante, con los labios hinchados y los ojos vidriosos, la mano de Addison se deslizó por su abdomen hasta la correa de su pantalón. Su mirada era un desafío.
"La mesa", repitió, su voz baja y peligrosa. "O me marcho y dejo que te ahogues en tu propia frustración".
El aire que Addison le devolvía no era suficiente. Para Adrian, cada inhalación se sentía como si estuviera tragando fragmentos de vidrio y fuego; el peso de la mirada del otro hombre lo reducía a algo minúsculo, una partícula de polvo atrapada en el centro de un huracán. La inseguridad, esa vieja amiga que siempre le recordaba que no era suficiente, que no sabía cómo comportarse, gritaba en su cuerpo que no era el espectáculo que Addison esperaba.
—Yo... —su voz se quebró, un hilo apenas audible que se perdió en el espacio que separaba sus bocas.
Sus dedos, temblorosos, se cerraron con fuerza sobre el borde de la caoba, buscando un anclaje que no existía. La amenaza de Addison "dejar que se ahogara en su propia frustración" fue lo que finalmente rompió la parálisis de su timidez. El miedo a la soledad y al vacío de ese deseo insatisfecho era, por un margen aterrador, más fuerte que la vergüenza de ser observado, una acción de rendición donde necesitaba complacerlo, necesitaba saber que era suyo, valía la pena estar tan expuesto, de alguna forma comenzó a sentirlo natural, el deseo lo estaba llamando.
Con movimientos torpes, dictados por una mezcla de pánico y anhelo, Adrian hizo lo que se le ordenaba. Sus rodillas chocaron contra la madera con un sonido sordo, un eco en la silenciosa oficina. Se subió a la mesa, sintiendo el frío, un contraste violento con el calor abrasador que Addison emanaba.
Una vez arriba, se sintió completamente expuesto y lo estaba bajo la luz cenital, se percibía a sí mismo como una ofrenda. No sabía dónde poner las manos, cómo sostenerse, cómo ocultar el temblor que recorría sus muslos. Bajó la mirada, incapaz de sostenerle el juicio a esos ojos que parecían leer cada una de sus dudas. Sus hombros se encogieron instintivamente, intentando ocupar menos espacio, intentando proteger el núcleo de su pecho que latía desbocado.
—No... no sé si puedo hacerlo como quieres —susurró hacia el suelo, con las mejillas encendidas en un rojo doloroso—. Pero no te vayas. Por favor... no me dejes así.
Era una súplica desnuda, tal vez con eso se refería a "aprenderás a recibir, no a pedir" Adrian se acomodó sobre la superficie, desplazando algunos papeles que cayeron al suelo como hojas muertas, y finalmente levantó la vista. Sus ojos, vidriosos y cargados de una vulnerabilidad que rozaba lo insoportable, buscaron los de Addison. Todo en él decía: Tómame ahora, hazlo ya.

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Hey, my eyes are up here.
AARON TVEIT as Freddie Trumper CHESS THE MUSICAL
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MEANWHILE, JACKSON & SCOTT...
Addison no levantó la vista de inmediato. Escuchó los pasos de Adrian, el cambio sutil en el sonido sobre la alfombra cuando descalzo o con apenas la suela de un zapato, pero sabía que estaba descalzo. Sabía que cada paso era una victoria para él, un clavo más en el ataúd de la resistencia de Adrian. Permitió que el silencio se alargara, un látigo invisible que azotaba la piel desnuda del joven. Quería que Adrian sintiera la exposición no solo en su piel, sino en su alma.
Finalmente, cuando el aire se volvió casi pesado de anticipación, cerró el cuaderno con un chasquido seco y decisivo. Levantó la vista.
Y por primera vez en toda la tarde, la máscara de control perfecta de Addison se fisuró. No fue una sonrisa, ni un gesto de triunfo. Fue una mirada. Una mirada de pura, despojada apreciación. Sus ojos avellana recorrieron el torso de Adrian con la lentitud de un geógrafo cartografiando un nuevo continente. Vieron el pectoral firme, la línea de vello que descendía hacia el ombligo, la forma en que los músculos abdominales se tensaban con cada respiración ansiosa. Vieron el miedo, sí, pero también la fuerza latente, la promesa de un poder salvaje esperando ser desatado.
"Qué bella obediencia", susurró, la voz un ronco murmullo que parecía vibrar en el aire cargado entre ellos. "El miedo es un adorno, Adrian. Pero la voluntad... la voluntad es lo que te hace hermoso".
Se levantó lentamente, la silla de cuero gemiendo en protesta. Caminó alrededor del escritorio, cada movimiento meditado, predatorio. No se detuvo frente a Adrian, sino que pasó a su lado, tan cerca que Adrian pudo sentir el calor de su cuerpo, el sutil aroma a papel viejo y a algo exclusivamente masculino que lo había desorientado antes.
Se detuvo detrás de él. Adrian no podía verlo, pero podía sentir su presencia como una presión física en su espalda. Era como estar de pie en la orilla de un precipicio, sintiendo el vértigo sin necesidad de mirar hacia abajo.
"La pertenencia empieza aquí", dijo Addison, su voz ahora directamente a la altura de la oreja de Adrian. "En la piel. En la confianza de que incluso cuando no puedes verte, alguien más está mirando por ti. Alguien más te ve como realmente eres".
Lentamente, con una delicadeza que era a la vez tranquilizante y aterradora, levantó una mano. Adrian se tensó, cada músculo de su espalda endureciéndose en anticipación. Pero la mano de Addison no lo agarró. Simplemente descansó la palma abierta y caliente entre sus omóplatos. Era un contacto simple, no sexual, pero más íntimo que cualquier caricia que había recibido. Era una marca de propiedad. Un ancla.
"Siente esto", susurró Addison, su aliento caliente en el cuello de Adrian. "Siente cómo tu cuerpo responde. No está luchando. Está escuchando".
Deslizó su mano lentamente hacia arriba, por la curva de su cuello, sus dedos rodeando la nuca sin apretar. Su pulgar rozó la base del cráneo, un punto de presión sabia tendría efecto en Adrian. Era una manipulación experta, no de la carne, sino del sistema nervioso.
"Tu mente grita que esto es una humillación, que es peligroso", continuó Addison, su voz una hipnosis seductora. "Pero tu cuerpo... tu cuerpo está despertando. ¿No lo sientes? El calor que se extiende desde mi mano. El ritmo de tu corazón, que ya no es solo pánico. Es... expectación". Addison acercó su cuerpo al chico y desde atrás le susurró. "Dime que quieres aprender".
El aire en la habitación parecía haberse agotado, dejando a Adrian respirando un vacío cargado de la presencia de Addison. El contacto de esa mano —firme, cálida, absoluta— Se sentía como si lo estuviera marcando, como enseñándole algo que no conocía, una forma de tocar que parecía pertenencia, como reclamándolo.
Adrian cerró los ojos con fuerza, pero eso solo agudizó sus otros sentidos. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Addison contra su espalda, una frontera física que lo hacía sentirse pequeño y, al mismo tiempo, extrañamente protegido. El pulgar de Addison en su nuca era un recordatorio constante de quién tenía el control, un punto de presión que parecía dictar el ritmo de sus propios pensamientos.
Su pecho subía y bajaba con espasmos cortos, una lucha silenciosa entre el orgullo que se desmoronaba y una curiosidad oscura que empezaba a echar raíces en su estómago. El roce del aliento de Addison en su cuello le provocó un escalofrío que no nació del frío, sino de esa "expectación" que el hombre acababa de nombrar. Era una traición de sus propios nervios.
— Yo... —su voz salió rota, apenas un hilo de sonido que se perdió en la penumbra del estudio.
Tragó saliva, sintiendo el movimiento de su garganta bajo los dedos de Addison. La humillación estaba ahí, sí, pero estaba siendo sepultada por una sensación de alivio aterradora. El peso de tener que decidir, de tener que ser fuerte, se estaba esfumando. Si era propiedad, si era un objeto de estudio o de belleza, ya no tenía que cargar con el peso de sí mismo, no si terminaba aceptando tales condiciones.
Inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás, un gesto involuntario de rendición que expuso aún más su garganta, dejando que su nuca descansara con más peso contra la mano de su captor. El aroma tan intenso de la loción y del propio cuerpo de Addison, su masculinidad lo envolvió, nublando su juicio, arrastrándolo hacia el precipicio.
— Lo siento... —susurró, con los ojos empañados por una mezcla de pánico y una extraña sed—. Siento el calor. Mi mente... mi mente no puede callarse, pero...
Se obligó a soltar el aire, dejando que sus hombros cayeran, renunciando a la última pizca de resistencia física. Su cuerpo se volvió pesado, entregado al tacto que lo sostenía.
— Enséñame —dijo finalmente, las palabras apenas un murmullo ronco, cargado de una capitulación absoluta—. Quiero... quiero aprender. —No había más dudas, sabía que lo que seguiría sería intenso, pero ahora todo lo demás no importaba, había perdido ya todo el control y se lo había cedido. Sintió un gran instinto de querer desnudarlo, de bajar por su cuerpo y entregarse completamente. —Cógeme.