“Un alma en pena implica estar muerto. Desafortunadamente, yo no morí.” Se limitó a decir rápidamente; y sin virar hacia ella, se encogió de hombros, suspirando. La interrogante de porqué a él sí le perdonaron la vida y no recibió un disparo, ciertamente fue algo que había cargado por años. Y aunque juró más de una vez que fue enterrada junto con el cuerpo de la señora Varnham, si una mentira es pronunciada con tanta frecuencia, para quien la dice, también se convierte en una verdad. Se cruzó de brazos y sin poder frenar, expulsó un sonoro bostezo de entre sus labios. Como era usual, las horas de descanso fueron pobres la noche anterior. En otras circunstancias, habría bromeado con ella de su situación, pues en teoría recordaba más a la de un vampiro, una criatura maldita, que a la de un fantasma. Pero no era el momento y además, a esas alturas, no podía estar seguro si la rubia toleraba el humor negro. Frunció la boca, en un puchero forzado, y finalmente sus orbes reencontraron el oliva de los ajenos. No tardó en negar rotundamente en respuesta a sus suposiciones. Dibujó una sonrisa ante lo divertido de verla intentarlo y quebrarse la cabeza. Había que admitir que resultaba admirable la seguridad en su voz, a pesar de lo poco que Dexter expuso de sí mismo y su vida familiar en conversaciones previas. “Me puedes tomar el pulso o escuchar mis latidos, no estoy asustado.” Pestañeó, con gesto cansino. No ver a su familia o morir de hambre… Quedar allí atrapado, realmente no le asustaba. En el fondo, se trató siempre de su falta de normalidad y del autocontrol, alterado por el caos. Entonces le preocupaba quedarse sin fármacos y que se le escaparan por completo las cabras, pero llegado el día, no fue tan terrible. Se mantenía de pie y creía sentirse mejor. Suspiró, irritado, poniendo los ojos en blanco. “Sí, bueno… Ya te desahogaste y ya te escuché. Buen intento.” Se tapó un nuevo bostezo con la diestra y se puso de pie, echándole un breve vistazo a la joven y después a las jardineras cercanas a su posición. “A propósito, no eres tan madura tampoco. No te queda regañar ni dar cátedra, ¿sí?” Hizo un mohín, tallándose la barbilla poblada. “Si no puedes ni descifrar tu vida, ¿de dónde sacas que descifraste quién soy y cómo me siento? ¡No lo entiendes! No sabes ni mierda de mí. No realmente. Esto va más allá de este pueblo y sus problemas.” Pestañeó. “Yo no podría asumir con esa… ¡con esa seguridad, América! De solo pensarlo, ya me cansé.”
“¿Estás seguro de eso? Porque actúas como un muerto en vida.” Al menos con la actitud que deja ver y esa forma de comportarse que, aunque se empeñe en afirmar lo contrario, es muy diversa a la que vino portando las primeras semanas en las que se encontraron atrapados. Suelta un suspiro, intenta observarlo lo menos posible. Esa manera de hablar, las muecas que hace... de verdad que parece un niño. ¿Qué busca? ¿Irritarle? ¿Utilizar toda esa ironía le hace sentir más importante, más inteligente... menos vulnerable? Nuevamente, en su interior lo único que produce es desagrado y en cierta forma eso también le entristece. Cuando todo se volvió negro y las calles solo daban al bosque él estuvo allí, compartieron ideas, hablaron sobre sus vidas. Ahora es todo lo contrario, como si de un momento a otro algo hubiese despertado en él, algo que definitivamente no es bueno. “No necesito tomarte el pulso, se puede sentir miedo sin un corazón acelerado.” Responde aún sin dirigirle la mirada, fijándola ahora en el frente y pronunciando unas palabras carentes de emoción, como si en realidad fuera un robot. Puede entender que su sangre no bombee y la adrenalina no se manifieste, pero también tiene en cuenta de que el miedo paraliza, que cuando intentas ignorarlo por un momento crees que lo estás logrando, pero no, de alguna u otra forma ese sentimiento logra salir a la luz, en su caso escapando en forma de emociones completamente negativas. En definitiva, sí está aterrado y en eso existen dos opciones: a) o ese miedo le provoca un sentimiento de libertad y así es como decidió ser la versión que él cree que es más auténtica b) ese miedo está haciendo que actúe de manera bastante penosa. De verdad espera que sea la b. “Oh, ¿entonces yo no te conozco pero tú si me conoces y así de bien?” Ahora también está siendo irónica, le dice que no lo ha descifrado y a su misma vez da opiniones sobre si es o no madura, sobre si lee o no libros, sobre descifró o no su vida, por favor. Por primera vez lo observa, frunce el ceño. “No te conozco porque en vez de hablar conmigo prefieres cargarme y cargar al mundo con tu frustración e impotencia en vez de soltarla contra quien realmente la merece y la ha creado, contra ti mismo.” Si tan solo hablara del motivo por el cual su ira es así de grande, si pudiese decirlo en voz alta, enfrentarlo y enfrentarse a sí mismo, entonces tal vez se perdonaría, tal vez comenzaría un proceso para sanar aquellos agujeros tan grandes sn su interior. Se mantiene sentada en el sofá y lo observa desde allí con la misma expresión que antes. “Si hacerte cargo resulta un trabajo muy exhaustivo, entonces no lo hagas, pero ten en cuenta de que terminarás por quedarte solo y te guste o no admitirlo, nadie quiere estarlo.”