A veces la vida es asÃ. Debes decir que no, debes dejar ir.
Y debes, no como obligación sino como una sana decisión, una conveniente aunque probablemente indeseable.
Es inevitable sentir el dolor punzando en tu pecho, en el estómago, explotar en llanto, sentir severamente cada pinchazo, creer por un segundo que no acabará jamás.
Pero acaba. Siempre acaba.
Tarde o temprano se te hincha la cara, te duelen los ojos, las arrugas nacientes por tu rostro deformado arden como rasguños penetrantes. Tarde o temprano las lágrimas escasean, los pujidos disminuyen su volumen, tarde o temprano te preguntas, ¿qué es lo que me ha traÃdo a este momento? ¿Quién me otorgado razón para doblarme asÃ? ¿Para caerme asÃ?
A veces, como hoy, tiene nombre. Apellido. Historia.
A veces, como hoy, no lo entiendes. O lo entiendes pero ya no quieres aceptarlo.
Le preguntas a lo supremo qué debes hacer para estar, ahÃ, con él. Le suplicas que le acerque a ti, que le traiga de vuelta.
Y quizá, ahora, la respuesta es no. Sólo no.
No "sigue luchando", "intenta", "considera".
No. No. No. Sólo no, y nada más.
A veces piensas, que para extinguir el dolor debes actuar. Debes pelear. Deber ser, todo lo mejor que puedas.
A veces no se puede extinguir el dolor. Va a sobrepasarte, va a tirarte sobre piedras y aventarte cuantas más. Va a quebrarte. Va a molerte a palos, a atropellarte, a roerte, a rallarte. Va a llover, granizar, aterrizar sobre ti.
Hará de todo, te tocará sentirlo. Dejarlo ser. Vivir con él.
Decidir que no. Porque ya no. Porque no hay sÃ, no está en la opción.
Decidir, lo único coherente. Lo único asequible. Lo único, que sà puede ser tuyo.