Y llegué nuevamente a ese lugar, donde no veía a nadie pero escuchaba murmullos y llantos, sentía una fuerza que no me dejaba avanzar y un frío que pedía calor como un grito de auxilio y de repente me vi a mi mismo, empujandome hacía fuera para no enfrentar lo que había dentro y ahí entendí que soy yo mismo quien no permite que nadie entre a mi corazón.
Nisiquiera yo.


















