“No seas ridícula” espetó con el brío del rencor y la decepción galopando dentro de su pecho. Le había dolido. Conociéndola, estaba seguro de que era justamente lo único que quería causar en él: dolor. Siempre lo hacía. No existía momento en que la mera presencia de Love no provocase un resquebrajamiento en su interior. Era inevitable sentirse abatido, desahuciado y sin ningún tipo de poder o entidad cuando se trataba de su vieja amiga. Su especialidad parecía ser doblegarlo hasta que dejara de ser una persona, hasta que se volviera un estropajo del que podía hacer y disponer a su antojo. Xavier había tenido suficiente ya. “¿Qué tienen que ver los demás cuando la única que tiene que rendir cuentas aquí eres tú, Love? A veces toda tu inteligencia se esfuma y te comportas como una verdadera estúpida” era su forma de retrucar el maltrato que recibía. La toxicidad de un vicio peor que los narcóticos. Aún cuando le causaba aflicción, los dardos que la contraria enviaba en su dirección él los recibía con los brazos abiertos, dispuesto a convertirse en el jodido mártir de una causa sin rumbo. Victimizarse era su especialidad; errabundo, se mueve por la vida dando lástima, haciendo de su enfermedad una moneda de cambio para que el resto se comporte de manera más gentil con él y así ignore sus faltas y pecados contra los demás. Love era la única que lo trataba sin clemencia, sin reparar en los disturbios que lo aquejaban a diario. Y lo agradecía, pues por algo había aguantado tantos años de idas y vueltas, de un ciclo aparentemente sin un fin vislumbrable. Pero los acontecimientos de las semanas anteriores lo habían terminado de quebrar. Un hombre tiene entereza, puede soportar las desdichas más grandes, mas la desidia de aquella que ama se hace insostenible. Si no hubiera habido un silencio, tal vez otro fuese el cantar. Tal vez seguirían dentro de esa espiral de comportamientos insalubres que eran todo lo que dominaba su relación desde hacía unos cuantos años ya. Tal vez aquello era a lo que estaban destinados; nada más ni nada menos. O tal vez, sólo tal vez, era una prueba que tenían que pasar para salir del otro lado y obtener una nueva perspectiva de vida.
Inhaló agudamente mientras sus falanges imprimían un agarre más duro, más férreo. El miedo a que se escapara de entre sus dedos tan presente como el miedo de perderla — pero, muy en el fondo, aunque le costara admitirlo y el mero pensamiento le provocase ganas de volarse la tapa de los sesos, a lo último parecía estar dispuesto. No porque lo deseara — jamás querría que Love desapareciera de su vida de cuajo. Nunca buscaría apartarla de él. Sin embargo, y con pesar, lo poco de cordura que le quedaba pendía de un hilo: tenía que decirlo. Tenía que sacárselo del pecho, puesto a que había estado ardiendo con ahínco por muchos años y estaba a punto de consumirlo por completo. Las ganas de llorar no le faltaban. Era un patético intento de hombre que estaba dando todo de sí para aguantarse las lágrimas. El aferrarse a ellas laceraba su garganta, ejercía una opresión que le daba la sensación de que su laringe estaba siendo desgarrada con una lentitud criminal. Love era la única capaz de reducirlo a una pobre criatura y dejarlo ahogándose en su propio pesar. Crispó su puño libre; toda la rabia, todo el desasosiego, toda la desesperación contenida en su mano apretándose contra sí misma. Un temblor le recorrió todo el cuerpo, evidenciando lo mucho que estaba esforzándose para no acabar echado en el suelo, a los pies de Love, rogándole que dejara de tratarlo de ese modo y que lo escuchara sin dar una pelea. Mas pensar en ese escenario era faltarle el respeto a la mujer frente a él; porque ella era tozuda, y eso era lo que más amaba de ella: que no se rendiría con facilidad. “No, pero tú empezaste con el jodido jueguito” le recordó luego de chasquear la lengua con amargura. Esta vez no dejaría pasar la responsabilidad que él creía recaía sobre los hombros de Love. A él no se le hubiese ocurrido cruzar esa línea por su cuenta; no podía cruzarla por sí mismo, porque sabía que terminaría con él y un balazo en la cabeza, o él y una sobredosis sin retorno. Ahora se sentía cerca de ello. Se encontraba desenfrenado, abogando poco por su vida y por su integridad. Mientras más cerca estuviese el peligro —o el beneficio— de desaparecer, mejor para él. Era incapaz de vivir con las consecuencias de lo acontecido. Iba como un loco de un lado a otro, preocupando a aquellos que habían visto de cerca la secuencia entera. Ninguno entendía, sin embargo, y eso Xavier lo sabía como sabía que amaba a Love. Nadie era capaz de entender por qué había perdido la cabeza, porque ninguno dimensionaba el tipo de vínculo que comparten, o compartían, pues ya no sabía en qué punto estaban. “Y sí, ¿qué más iba a hacer? Si yo te invité. Además no te gusta estar sola. Se llama ser decente, por si no lo sabías” continuó con su rebatir. Una guerra locuaz podía servir para subsanar momentáneamente todas las heridas, para acortar todas las distancias enfermizas. Pero seguía siendo eso: una guerra. Love no daría el brazo a torcer, y él, a diferencia de otras ocasiones, tampoco. La llama de la humillación ardía con creces y había sobrepasado todos los límites establecidos. No podía doblegarse, no podía ceder. No esta vez. “Habla más de ti, que de mí —— no quedas muy bien parada si dejas que cualquiera te lleve a la cama” tergiversó la declaración contraria para acomodarla a lo que le servía, mas fue el golpe siguiente el que terminó de revolverle el estómago. Chasqueó la lengua y negó repetidas veces con la cabeza colgando. Había apartado la mirada de ella por el instante en que la sensación de enfermedad física lo invadió. Luego relamió sus labios y, con una lacónica sonrisa irónica, posó los ojos en Love. “Que no se te olvide que a ti también te corre por las venas lo de jugar a la familia feliz, eh” murmuró con soltura, como si la realidad no estuviese constriñendo sus pulmones. No le daría la satisfacción de que sus facciones se deshicieran de la angustia. Debía mantenerse impulsado por su arrancón de valentía hasta que las palabras cayeran de sus labios carbonizados por la pasión.
Estaba viendo cómo todo se derrumbaba en vivo y en directo y no podía hacer nada al respecto. Después de esto, Xavier estaba más que convencido de que no habría vuelta atrás. Y sería él quien terminara de derribar los últimos ladrillos de la fortaleza que construyeron juntos antaño, cuando ambos eran tan solo unos niños que nada más se tenían el uno al otro. La desesperación serpenteaba por su cuerpo y aceleraba sus latidos tanto que su visión se enceguecía. Tenía ganas de echarse a correr con ella de su mano. Correr, correr y correr con tanto brío que el tiempo transcurriría hacia atrás y no hacia adelante. Correr con las ansias de encontrarse en una de esas tantas noches en las que él se escabullía de su casa para inmiscuirse en la habitación de Love por una ventana y así pasar tiempo juntos. O correr tanto más atrás, que llegara al día en el que la vio por primera vez y la vida cobró colores cálidos que él jamás había sido capaz de vislumbrar hasta su llegada. Era obsceno lo mucho que las cosas habían cambiado. Lo volvía loco saber que tanto él como ella se habían vuelto irreconocibles. Ahora, y con el punto de inflexión, Xavier estaba seguro de que no siempre querría aquello que no puede tener, que no viviría por siempre de sus arrepentimientos. No como lo había hecho por tanto tiempo. Ya no más. Y por eso es que le dolía hasta el punto de sentir que estaba falleciendo en ese mismo instante. Moría en vida y no era reversible. “Lo estoy. Y apuesto que tú también lo estás. Pero eso no significa que no podamos hablar. Mis facultades cognitivas están intactas” o no tanto, mas ese detalle no importaba ya. Cuán deteriorada estaba su cabeza era una información insignificante. El desenfreno era parte por la sustancia aspirada, parte por la adrenalina de haber llegado a su punto límite. Contraatacó el tirón ajeno con uno más fuerte que provocó que acabara de acercarla más a él. “Me importa una mierda. Vas a hablar con este drogadicto de mierda te guste o no, Love Huxley” por primera vez en su vida, la manera en la que pronunció el nombre femenino destiló cierto veneno. Era el veneno que venía tragándose hace años, que nunca le había gustado sacar a relucir con ella. La exasperación lo sacudió de cuerpo entero y tuvo que morder su labio inferior con tantas ganas que el sabor a hierro inundó su paladar. “Dios —— ¡dios! Sólo te pido que no te hagas la estúpida por una vez en tu puta vida. Deja de actuar como una chiquilla testaruda y compórtate como la adulta que eres. No te creo una mierda. Te conozco mejor que nadie. Si pudieras… Si pudieras, sólo esta vez, apartar tu egoísmo y de verdad enfrentar las cosas…” sintió, de todas formas, que era como pedirle peras al olmo. No porque pensara bajo de Love, sino porque ella ya estaba más que acostumbrada a actuar así, tanto como él estaba acostumbrado a ser un cobarde de mierda y un engalanado victimista. “No se trata de lealtad. ¿Todo el tiempo todo vuelve a ti, huh?” una carcajada airadamente amarga lo abandonó sin quererlo. “Te seguí porque te dije que necesito hablar contigo. Nada más que eso. No estoy esperando una muestra de tu gracia esta noche” sacudió la cabeza, sobrepasado por la situación. Odiaba estar de ese modo con Love, odiaba tener que rebatir y rebatir. Era agotador y él ya no poseía ningún tipo de fuente de la cual sacar más fuerzas. Hacía lo que podía con lo exiguo. “Si sigues así te quedarás sola, Love. Ya nadie querrá tener nada que ver contigo.”
Cuando Love se zafó de su agarre, y la vio tambalear, atinó a sostenerla de nuevo para no dejarla caer. Sólo duró unos instantes, puesto que entendía que ya había amainado una parte de la tormenta y no necesitaba tenerla de rehén. Era la tristeza en las orbes ajenas la que lo tenía dudando. Quería agarrarla y cobijarla entre sus brazos; abrazarla por siempre. Quería hacer que todo fuese más sencillo, pero lamentablemente eso era imposible. Nada era sencillo cuando se trataba de ellos dos. Esta vez no contestó, nada más asintió repetidas veces y sorbió por la nariz. Se restregó la boca con ahínco mientras pensaba cómo proseguiría. ¿Había llegado el momento? Se hizo de una gran bocanada de aire y miró hacia el cielo, apreciando un par de estrellas distinguibles en la bóveda neoyorkina. Luego, la miró. “Te he respetado. Te he seguido toda la vida, Love. Y tú lo sabes. Sabes por qué, ¿no?” instó alzando las cejas. Jugaba con sus dedos en un gesto ansioso, como si de esa forma pudiese recabar las palabras necesarias para decir lo que tenía que decir. “No quiero hacer un rodeo de esto, creo que… Creo que es mejor arrancarlo de cuajo y… Y simplemente decirlo” pronunció enajenado. Ya no estaba en sí mismo, ya no poseía control sobre sus palabras. “Te amo. Te amo Love Huxley. Y no sólo como una amiga. Es… Es más que eso. Lo que siento por ti ni siquiera cabe en un te amo, siento que… que me quedo corto” quizás tenía las pupilas en ella, pero no estaba ahí. Sentía que se había sustraído de todo tiempo y espacio y se encontraba frente a todas las versiones de Love que conoció en su vida. La niña, la adolescente, la adulta. “Estoy enamorado de ti. Desde siempre, me temo. Desde que me dejaste ser tu amigo, creo yo. Nunca había conocido a nadie como tú, nunca nadie se me había acercado, y ahí llegaste tú… Toda radiante, llena de vida. Tú eres la razón por la que sigo aquí, por la que llegué tan lejos… Eres la razón tras todo lo que hago. Tras cada respiración, tras cada latido, tras cada letra de cada canción. Ahí estas tú. Porque eres yo de una forma que jamás podré entender, Love. Y… esos días que vivimos en California realmente me afectaron porque por un momento creí que tú podías sentir lo mismo que yo, pero luego… Luego te fuiste, me dejaste, como siempre, y el silencio se volvió lo peor que pudiste hacerme. Nunca habías sido tan cruel conmigo, Love. Y vaya que lo has sido, pero… Te lo he perdonado todo” y allí se desinfló. Sus hombros cayeron, un suspiro de abatimiento lo dejó. Fue como su último aliento. “Pero esto… Esto no sé si pueda perdonártelo porque no sé cómo seguir. Ya no soy capaz de fingir. Y sí, al fín tengo los cojones para ser honesto, pero nunca quise poner en jaque nuestra amistad. Esa es la razón tras mi cobardía todos estos años. Porque prefiero morirme antes que perderte, ¿lo entiendes? Te amo.”