Varias veces intenté llevarla a mi ciudad favorita. No solo se trata de la ciudad que almacena los pañales desechables de mi infancia en algún vertedero. Es la ciudad que me dio héroes de no ficción, que me enseño la belleza de la mexicanidad y la nobleza incansable de una mujer que tortea el maiz azul. La que me mostró lo que es la estética colonial barroca hecha con la cantera mas bella.
Varias veces intenté llevara y mis medios y sus ganas no fueron suficientes. Ahora, que como es costumbre siempre que me pierdo en algunos ojos. Está con alguien más. Nunca me pudo explicar porqué se fue de mi lado; y la verdad que bueno que no lo hizo. Seguramente la sinceridad no me habría caído muy bien y al día de hoy seguiría sufriendo las verdades crudas. Las suposiciones inciertas siempre serán más fáciles.
Un día como cualquier otro recibí un mensaje y pude ver de nuevo como en esos días, la imagen de contacto que elegí para intentar que cada vez que llamaras, la gente viera tu foto en la pantalla y en ella todo lo que veían mis ojos cuando me mirabas. Esos peculiares pliegues en su rostro que sólo nacían cuando me veías a mi. En esta ocasión no me iluminaste el rostro, si acaso le robaste algo a la penumbra del bar donde bebía mezcal de ese al que sabían tus labios con regularidad.
Querías que te enviara mis recomendaciones para disfrutar mi ciudad.
Mira tu que cabrona! Por borracho y sobre todo por pendejo, te respondí solo con un par de recomendaciones que se que te servirían: los tacos de pastor que cierran hasta altas horas de la noche y el teléfono de los taxistas que no violan a sus pasajeras.
Como es de costumbre con el mezcal, la resaca no llegó a la cabeza. Pero llego montada en el maldito caballo apocalíptico de una red social. Como ya lo sabía y me negué a pensarlo la noche anterior, estabas con aquel mozalbete que te arrancó de mi. Pude ver las postales de mi ciudad amada, sus jardines y sus plazas, todas ellas profanadas por ese imberbe. En particular dolió la fotografía de tu sonrisa, -gracias al cielo sin aquel pliegue- y el tacto de tu mano al rededor de un vaso de cerveza más obscura y helada que el lugar que dejaste de habitar en mí. En tu dedo anular un extraño ente metálico de mal augurio.
Menos mal que esa ciudad sigue siendo mía. Que las buenas corundas, las buenas fondas, las carnitas, los bares, las mezcalerías, los centros bohemios, las librerías, los museos, las plazas, las cafeterías, los templos, las capillas, las catedrales, las casas coloniales, las tiendas, las calles, las leyendas, la fritanga, los pueblitos, las carreteras y los aledaños paisajes lacustres; siguen siendo míos.