“Te lo diré en la mañana.” Aseguró, aunque en su interior sabía, que aquella traducción jamás tendría lugar. En caso de recordar las palabras que ahora estaban saliendo de ambos, le avergonzaría demasiado mencionarla estando sobria. Simplemente, era mejor que quedara en el olvido. El silencio se instaló entre ellos momentáneamente, deseó no tener que atravesar eso, deseó volver a la piscina, dónde habían encontrado un punto medio en el cual podían convivir sin necesidad de los malos tratos y las discusiones. Sin embargo, llevarlo de la mano a su habitación, era un indicio de que todo eso eventualmente acabaría. Y quizá era debido a todo lo que había confesado poco tiempo atrás o por el alcohol que todavía parecía instalado en su sangre, pero la idea de tener que soltarlo, le resultaba algo difícil de aceptar. Disfrutaba su compañía mucho más de lo que admitiría en voz alta, pero el orgullo que la caracterizaba y que ese no fuera un sentimiento compartido con él, acababa por dejarlo como un pensamiento personal. Un suspiro fue todo lo que dejó escapar, dejando que las palabras masculinas fueran las que la llevaran de regreso a la situación que vivían. “Sé que me odias y que discutimos la mayoría del tiempo.” Comenzó a exponer como verdades, o algo que semejaba serlo para ella. “Pero lo que haya sucedido entre nosotros, es algo que debería quedar solo entre tu y yo.” Continuó, difícilmente alguien podría comprender la línea de pensamiento que solía tener. “Tengo más cosas buenas para decir que malas, siendo honesta, y no seré yo quien te cree obstáculos.” Confesó, sin importar qué tan mal se llevasen, le tenía el suficiente cariño a su compañero para desear que consiguiera las cosas que quería. La idea expuesta por el contrario la dejó pensativa, no había tomado eso como una opción y al abrir la puerta, deseó con todas sus fuerzas que estuviese vacía. Ni se inmutó por el gesto ajeno, continuó en su mismo rol y se adentró en la habitación. “Estamos solos.” Confirmó tras encender la luz, sin soltar la mano ajena, lo guió dentro y cerró detrás de ambos. “No soy como todos.” Replicó antes de, finalmente, ceder a unas risas suaves. “Así que fingiré que no lo has dicho como si fuera una más del montón.” Agregó deteniéndose delante suyo. “Deberíamos quitarnos la ropa mojada.” Mencionar aquello la puso levemente nerviosa, mordió el interior de su mejilla. Tomó aire. “¿Crees que puedas con tus pantalones o tendré que hacerlo yo?” Cuestionó a modo de broma, intentando dejar a un lado aquel sentimiento.
“Te tomo la palabra, mi querida rubia” asintió, su cerebro estaba convencido de que recordaría aquello así que pareció tomar nota. Pero la verdad era que su cerebro no estaba en condiciones de si quiera entender lo que decía. Él lo sabía, pero lo ignoraba, y ella seguramente también. Tal vez esa era la razón por la que, por un momento, se sumieron en una charla que dejó a la luz cosas que desconocían. Cosas que no se molestarían en hablar sobrios pues no había caso, ¿verdad? No importaba lo que tu ex pensara. “No te odio” escupió de repente, sin si quiera pensarlo y como un mecanismo de defensa ante sus palabras. Odiarla...por mas que quisiera, y por más enojado que muchas veces estuviera, odiarla sonaba absurdo. En el fondo, muy en el fondo, debajo de muchas capas de egoísmo, guardaba un cariño especial por ella. “Entiendo” frunció apenitas el ceño, reflexionando sobre sus palabras. Siempre parecía ser la mas madura de los dos, poniendo sobre la mesa las cosas como eran y como debían ser mientras que Yuta se dejaba cegar por idioteces. “Pero no te odio” volvió a repetir, como si tuviera que asegurar aquello. Una pequeña sonrisa, que bien pudo pasar desapercibida para cualquiera, se surcó en sus labios al saber que apreciaba las cosas buenas de él. “Gracias...otra..seguro se encargaría de hacerme la vida imposible” se atrevió a bromear, aunque quizá no era la ocasión. “¡Gracias a Dios!” exclamó con cierta alegría en cuanto ella confirmo la soledad del cuarto. Ese fue su indicio para retirar completamente la mano de su rostro. “Darcy, Darcy, ya se que no eres como todos” negó, su mirada buscando la suya con una dulce sonrisa. Es que a pesar de todo sabía reconocer, y recordar, las cosas que la hacían única a sus ojos. “Era un decir” encogió un hombro. La pregunta finalmente arranco una nueva risa en el coreano y no dudo mucho en poner a prueba como funcionaban sus aptitudes de seducción mezcladas con el alcohol. Aprovechando que aún sostenía su mano, se acercó a ella de a poquito y finalmente tomó su otra mano. “Si quieres sacármelos solo tienes que decirlo, amour” nuevamente habló en un torpe francés, intentando copiarla. Pero enseguida negó, la sonrisa aún presente en su boca. “Te ahorraré el trabajo e intentaré confiar en que no voy a tropezarme con mis propios pies” Dicho eso soltó ambas manos ajenas y empezó a batallar contra su pantalón. “¿Quien diría que quitar prendas mojadas es todo un trabajo?” bufó, pero no se debía solo a esto también a la poca coordinación que tenía en el momento. Sentir que todo le daba vueltas no ayudaba demasiado, así que cuando finalmente pudo desabrochar su prenda y bajarla un poco se sentó sin permiso alguno en el borde de la cama. “¡Todo da vueltas! ¡El mundo se cae, Darcy!” exclamó, con gracia pero también con gran dramatismo.