De un pay de manzana a su limón agrio.
Escucha con atención, cariño. Esta historia te impactará, y no lo digo porque se trataba de mi último sueño, sino porque tú estabas en él. Imagina el gran aprecio que te tengo, como para que mi cerebro te manifieste con demasiada exactitud.
Escucha, pues. Soñé que estaba en una pradera. Al principio me sentí perdido, pero luego comencé a caminar en busca de algún lugar para dormir, porque la luz del sol era de demasiado fuerte y porque, por cada minuto que pasaba, la luz se acercaba cada vez más...
Luego de caminar por mucho tiempo, llegué a un lago. Yo tenía mucho calor, así que fui a lavarme la cara y beber un poco de agua. Cuando remojaba mis manos, noté que había un hilo en mi mano, un hilo rojo, en mi anular izquierdo ―Qué raro, ¿verdad? A mí se me hizo extraño―. Mientras me siento confundido, giro mi rostro y te veo a ti, sentado y mirándome. Te dije: «¿Cariño? ¿Qué haces aquí?», pero tú solo sonreíste y no me dijiste nada. Por supuesto, yo jamás me conformaría con tenerte callado a mi lado, porque si eso pasaba, solo podía significar una de dos cosas: o estás enojado, o estás muy pensativo; por lo tanto, intenté acercarme a ti. Sin embargo, tú no me dejaste y, demonios, mientras más te negabas, más ganas tenía de hacerlo. Ya sabes, me gusta que te hagas el difícil.
Como sea, dejé de hacerte caso y me acerqué. En eso, tú dices: «¡No!», y levantaste tu mano para protegerte. En ese momento veo que en tu mano también había un hilo rojo enredado en tu dedo, entonces recordé algo. Tal vez no te lo dije antes, pero cuando te conocí, vi un hilo transparente brillante que nos conectaba, y, en mi sueño, ese hilo era idéntico, tenía el mismo grosor, el mismo brillo y sobre todo, sus extremos sujetaban los mismos dedos. Pensé en eso y luego me dije: «Así que el hilo es rojo...»; mi corazón estaba feliz mientras tú me mirabas extrañado.
Volví a intentar acercarme a ti, pero al ver que aún seguías negándote y comenzabas a enojarte, intenté distraerte; te dije «¡Mira eso! Tienes un hilo rojo en tu dedo al igual que yo» mientras me sentaba a tu lado y te daba un beso. Tú miraste el hilo sin comprender por qué de repente tenías un hilo atado en tu dedo, luego intentaste desatarlo, pero fue imposible para ti; yo intenté hacer lo mismo, pero igual fue en vano. Entonces, mientras lo pensábamos, nos dimos cuenta de algo curioso: el hilo de ambos estaba conectado al lago.
Tú dijiste: «Hay que retroceder hasta que podamos ver el final» y yo, como buen novio, te hice caso. Entonces, comenzamos a correr lejos del lago con la intención de conocer el final del hilo. Sin embargo, por más que lo hacíamos, por más lejos que estuviéramos, el final nunca fue visible y tú ya no estabas dispuesto a correr más, porque estabas cansado.
Yo propuse meterme al lago y nadar hasta ver el final. El lago era pequeño, así que pensé que no tardaría tanto. Tú aceptaste y yo me lancé al agua. Por la superficie, el agua era cristalina; podía ver el interior, pero el fondo era muy oscuro. Nadé y nadé persiguiendo el hilo; bajé más y más, pero no logré encontrar el final, sino que llegué a sentirme perdido. Al final me estaba quedando sin oxígeno, así que tuve que subir a la superficie. Tú me ayudaste salir y me eché en el pasto, y mientras recobraba el aire, me dijiste: «Tonto, si viste que era profundo, debiste regresar sin intentarlo».
Cuando me estabilicé, me propusiste que simplemente tiremos de él sin movernos de nuestro sitio. Me pareció una buena idea; entonces, ambos comenzamos a jalar del hilo de nuestra mano. El tiempo pasó y el final jamás llegó. El calor era demasiado, así que nos detuvimos y bebimos un poco del agua del lago; luego, lo seguimos intentando por un largo rato; sin embargo, no hubieron resultados. Este proceso se repitió tantas veces que nos bebimos toda el agua del lago; solo quedaron la tierra fértil y mis ganas de decirte que nos demos por vencidos.
Lamentablemente, este hecho no te desanimó. Tú pensaste que finalmente podríamos ver el final del hilo; no obstante, al asomarte, viste que nuestros hilos continuaban en la profundidad de la tierra. Soltaste mil maldiciones mientras yo miraba el cielo y notaba que la luz del sol ya estaba ocupando la mitad del cielo. Yo te dije que, si íbamos a continuar con esto, solo nos quedaban dos soluciones: o seguir jalando o escarvar.
Adivina cuál escogiste. Te doy tres segundos...
Uno, dos... ¡Sí! Quisiste escarvar. Es triste saber que, incluso en mi sueño, eres muy terco y determinado.
Aprovechamos la cantidad de hilo que habíamos jalado y lo atamos a una roca para bajar. Luego comenzamos a escarvar y escarvar.
La luz se fue; no era porque había llegado la noche, sino porque nosotros estábamos tan profundo que ya no entraba ni un pequeño rayo de sol. Por suerte, hubo un momento en el que llegamos a una base y no se podía bajar más, y, afortunadamente también, el hilo cambió su dirección: ya no se dirigía al fondo, sino al frente, introduciéndose en un pequeño agujero; del tamaño de un ojo de pescado.
Yo me ofrecí a revisar, pero tú te opusiste y lo hiciste en mi lugar. Entonces, asomaste tu mirada y... viste algo que te hizo maldecir. Adivina qué fue.
... Ja, ja, ja, ojalá fuera eso, pero no. Maldeciste porque viste un gusano de seda. El gusano había creado ese hilo, por eso era infinito, porque el gusano no dejaba de trabajar... Hey, hey, hey, te dije que era un sueño, no le busques mucha lógica.
En fin, luego de eso, tú me pediste que regresáramos a la superficie y yo acepté. Sin embargo, había un problema: estábamos tan profundo que ya no podíamos subir por nuestra cuenta. Tú le dijiste al gusano: «Hey, ¿podrías dejar de hacer eso? Necesitamos ayuda para salir de aquí». El gusano parece escucharte, se detiene a verte por un momento, pero luego continúa en lo suyo, lo que provoca que el hilo se haga cada vez más y más largo. Tú estás enojado, y le exiges que deje de hacerlo, porque todo el hilo ya estaba cubriendo la mitad de nuestros cuerpos y podríamos terminar ahogados. El gusano respondió: «No puedo hacerlo, ustedes tienen un largo camino por recorrer. Si me detengo, no serán capaces de disfrutar su unión el tiempo que les corresponde». Tú pusiste los ojos en blanco y no le respondiste; yo solo te miré.
Pensé que lo mejor era aprovechar el hilo como una forma de poder ir subiendo, es decir, usar el hilo como suelo para ascender hasta la superficie; te lo comenté y aceptaste un poco pensativo ―que, por cierto, ya intuía tus pensamientos y espero que en este momento no estés pensando lo mismo. Ignora lo que dijo el gusano, solo es un sueño―. Me despedí del gusano y comenzamos a subir. Al final, llegamos a la superficie.
La noche ya había llegado. Descansamos un rato en la tierra húmeda y más tarde trepamos para salir del gran agujero que dejó el lago seco; nos echamos en el prado, miramos la estrellas, un poco cansados, y sonreímos por el loco día que tuvimos. Mientras tomaba tu mano, dije: «¿Lo ves? Aún nos quedan muchas cosas por vivir, tú y yo». Tú quisiste decir algo, pero justo en ese momento, el hilo se contrajo y nuestras manos quedaron atadas. Ninguno hizo el esfuerzo de desatarse, pero sí llegaste a lucir incómodo; tanto que me susurraste: «...Me suda la mano». Yo me reí y te respondí, diciendo «Sí, me gusta sentir tu sudor».
Finalmente, tú no soportaste más la vergüenza y lloraste, y yo te abracé hasta que tu mano se secó.