La agilidad de la menor no le sorprende, sabe que Gio es una joven muy inteligente. A pesar de eso, sonríe al escucharla. “Tienes razón. Reglas son reglas.” Sus manos se elevan en gesto de inocencia ante la próxima pregunta. “Bueno, no te llevan presa. Probablemente te hagan dar servicio comunitario y en el servicio te darán de comer, así que terminarías ganando.” Puntualiza, aunque es para intentar llevarle la contraria. Ella tenía la razón. Aunque si eso era cierto, el abandono de Ricardo con los tres volvía la acción igual de mala y aún no veía sus consecuencias. El pensamiento aparece de manera repentina, quizá por la mención de su madre, pero intenta que no ensombrezca la conversación que hasta el momento ambos mantienen. “Creo que preferiría llegar caminando a casa que arrebatarle el deseo a alguien, no quiero que las consecuencias me alcancen.” La carcajada escapa sin permiso. “Es verdad, el romanticismo debe ser importante en todo ¿no?” La inocencia que a veces podía tener le causaba ternura.
Lo que inicialmente ha brotado como una anécdota llena de melancolía se vuelve una idea que sin querer, le anima el rostro por completo. “¿Harías eso por mí?” Pregunta con la sonrisa imborrable. “Sería maravilloso, Gio. Podríamos armar un pequeño invernadero y dejarle a Mau un pequeño jardín para que Fati y Toñito puedan cuidar cuando no estemos.” Aún le causaba desazón saber que él se quedaría, quizá porque apenas empezaban a acercarse. Escucha la respuesta de su hermana y de inmediato lo memoriza, al igual que la anécdota que menciona a su progenitora. Su mirada se suaviza, siendo clara la manera en la que el amor seguía presente a en sus palabras. Era curiosa la manera en la que tenían algo tan fuerte y real uniéndolos, como si lo que verdaderamente les daba el lazo genético fuese lo más distante. “¿Cómo comprabas las flores? ¿Vendías limonadas como los niños suelen hacer?” Pregunta, intentando imaginar a una pequeña Gio consiguiendo las azucenas para su madre. “Podríamos conseguir también orquídeas y azucenas para el jardín. Puedo ayudarte a plantarlas.” No se le daba mal, sabía mucho sobre sustratos, minerales y jardinería. La pregunta le devuelve al tema sobre cierta inglesa, asintiendo. Intenta no fruncir el ceño al escucharla, así que prefiere escuchar. ¿Quién sería tan idiota para no ver la persona que era Giorgia? Debería estar arrepentido, se dice. “Bueno, coincidimos en eso. Tampoco me correspondieron a mí, aunque era más chico cuando pasó.” Expresa para que supiera que entendía el sentimiento. “Claro, debes pedir permiso.” Su postura se compone, intentando sonar mayor, aunque la pregunta le deja expuesto. “Hey, soy tu hermano mayor. No debería pedirte permiso ¿o sí? En cambio, tú eres la menor. No dejaremos que te vayas con alguien que sea un imbécil.” En su mente eso hacía todo el sentido. “Además, me estás ayudando con esto. ¿No se supone que es como aceptar que estoy yendo a una cita?” Pregunta, elevando las cejas. Toma las flores y empieza a colocarlas en un patrón agradable a la vista, o al menos en su percepción. Sonríe al escucharla, sin dudar un segundo de sus palabras. “Gracias, Gio.” Susurra. “También me gusta esta faceta. Si no contamos que tengo tanto miedo que casi no dormí la noche que aceptó y que parece que dejo de saber como articular palabra, el sentimiento es agradable.” Exclama. Siente entonces que le debe otra verdad. “La última vez que esto pasó, me quedé con un anillo en la bolsa.” Se ríe de sí mismo, recordando lo estúpido que había sido ilusionarse. “Espero que esta vez no termine sintiéndome igual.”