Epitafio
Sabía que este blog terminaría justo como empezó, con mis pensamientos sobre ti vertidos en un escrito. Te fuiste hace mucho, y en todo ese tiempo aprendí que hay ausencias que no se aceptan, solo se sobreviven.
Me quedé justo donde me dejaste, como si el tiempo fuera una puerta que solo se abre para los que saben irse. Afuera, las cosas cambiaron: alguien más aprendió a pronunciar tu nombre como un susurro, alguien más ocupó el espacio exacto donde antes respirábamos juntos, y el mundo (tan diligente) me ha obligado a seguir su curso sin preguntarme si estaba listo.
Algunas cosas dentro de mi mente me obligan a recordarte, para variar. La luz cae igual sobre aquel jardín, el aire guarda la forma de tus últimas palabras, y hay un gesto tuyo (mínimo, casi imperceptible) que se repite como una escena que se niega a terminar. Aún no sé si fue abandono o destino, pero hay despedidas que no hacen ruido, que simplemente se instalan y se quedan, como una grieta que aprende a parecer parte del paisaje.
He intentado mover esas partes de mí, te lo juro. He ensayado otras versiones de mí, otras rutas, otros nombres para este vacío. He logrado tanto, he hecho cosas magníficas, pero no importa cuánto avance, siempre termino regresando a este punto exacto donde algo en mí decidió no seguir avanzando, como si marcharme fuera traicionarlo todo: lo que dijimos, lo que callamos, lo que nunca alcanzó a ser.
Sé que tengo que irme. No de ti exactamente, porque hay cosas que no se abandonan del todo, sino de este lugar donde me quedé esperando. Me voy de la idea de que todo tenía que resolverse contigo, de la esperanza inmóvil, de la versión de mí que no sabía avanzar.
Y si algún día nuestros caminos vuelven a cruzarse, si decides buscarme en medio de todo lo que ya dejé atrás, no prometo ser el mismo, ni sentir lo mismo, ni quedarme otra vez.
Seguiré adelante,
aunque sabes dónde encontrarme.







