(Este texto no pretende desconocer la violencia que sufren las mujeres a causa de su género, ni mucho menos justificarla.)
Con frecuencia se oyen, se leen y se ven, diversas manifestaciones en el campo artístico, periodístico, legislativo, en organizaciones y en otros; sobre la violencia de género limitándose habitualmente a señalar que este tipo de violencia únicamente la sufren las mujeres, dejando en el tintero a miles de representaciones masculinas u hombres que día a día viven en carne propia la violencia a causa de su género.
“La percepción social generalizada acerca de la violencia doméstica es que ésta tiene siempre como víctimas a las mujeres y como agresores a los hombres, lo que ha favorecido el surgimiento de medidas y declaraciones que, aunque tienen la intención de acabar con la violencia doméstica (también aluden a ella como violencia de género), mantienen un sesgo importante que otorga al varón invariablemente el papel de verdugo” (Pérez, 2005)
Si bien, Según Corsi y Peyrú, la construcción de la masculinidad logra ser un factor de riesgo, pues desde su infancia los hombres confirman su virilidad siendo violentos y espantando toda clase de dudas sobre su orientación sexual, esa no es la única enseñanza que atañe la formación de la identidad del hombre, sin embargo la opinión pública, las mujeres y los mismos hombres exageran esta imagen interiorizada, como muchas otras, y se fortalece por medio de un sector de la industria cultural que lamentablemente es la que más se consume.
En las producciones audiovisuales las muertes violentas, sangrientas y penosas de personajes masculinos son más frecuentes, mientras que féminas tienen muertes fuera de plano repetidamente, reforzando así estereotipos que sugieren que los hombres son objetos para el sufrimiento y objetos mortales por excelencia, es decir, seres óptimos para morir, para ser asesinados, lo curioso es que antes y durante la producción de estas piezas audiovisuales la historia nos ha demostrado que quienes van a la guerra son los hombres y quienes más mueren en la guerra son ellos. Según Forensis, en Colombia en el 2013, cuatrocientos veinticuatro (424) Hombres fueron asesinados en combates de orden público, mientras veintinueve (29) mujeres perdieron la vida en similares circunstancias.
Esta violencia aceptada por casi la gran mayoría de la sociedad no termina ahí. Un recurso cómico que se repite constantemente en filmes, programas de tv e incluso en la vida cotidiana, son los golpes en los genitales masculinos, un recurso efectivo para sacar una sonrisa en grandes y chicos. Pero la pregunta sería ¿Qué sucedería si a una mujer se le golpearán en los genitales o en los senos? ¿Causaría risa?
La equidad de género se ve lejana cuando legislaciones recientes en países que se hacen llamar “desarrollados” y en países que llaman “en vía de desarrollo” hablan sobre la protección de la mujer en cuanto a violencia doméstica o de género se trata, dejando indefenso jurídicamente al hombre. Según El Tiempo.com en el 2013 un hombre de apellido García fue condenado a 4 años de cárcel por tocarle las nalgas a una mujer, lo cual causó polémica por lo que para muchos fue una condena exagerada, a fin de cuentas el acusado fue absuelto, pero queda la inquietud ¿Qué hubiera sucedido si un hombre hubiese denunciado a la mujer por el mismo acto? La producción legislativa en cuanto al tema es discriminatoria frente a los hombres.
El hombre es pues, como lo diría Chomsky, una víctima indigna. En la comunidad en general se escucha cuando un hombre ha sido agredido por una mujer frases como “Por algo será” o “Se lo merece”, e incluso se perciben risas y chistes al respecto convirtiendo a los demás observadores en cómplices y aplicando la invisibilización, la Naturalización, la Insensibilización, y el Encubrimiento. Los cuatro procesos básicos de desconocimiento de la violencia planteados por Graciela Peyrú y Jorge Corsi.
Los hombres y las mujeres se encuentran sometidos dentro de un sistema de creencias, que los inmoviliza, y que evita que las víctimas de esta violencia denuncien pues ese es el deber ser, es decir, un amor fati. Por otro lado los hombres se abstienen de denunciar a sus victimarias por vergüenza social, por el que dirán y en muchas ocaciones poca importancia e interés le prestan a sus denuncias.
Según Bourdieu 2001, “los hombres son prisioneros e, irónicamente, víctimas de la representación dominante, (…) el sistema mítico-ritual funciona como una representación autorealizadora y no puede encontrar en él mismo, ni fuera de él, el menor desmentido” (Pág. 19).