A un globero de Almería mételo por arena de esa blanda de rambla o de duna, que no le asusta; o dile de dar pedales un día de ventarrón, que no tiene problema ninguno en coger la bici aunque el viento doble las palmeras. Pero un globero almeriense no sale con lluvia. Total para dos veces que llueve al año es tontería mojarse, no habrá días… ¿Y el barro?, ni sabe lo que es. Si acaso hay algún charco en un camino, pues se esquiva y santas pascuas. Y claro, cuando nos sacan de nuestro territorio luego pasa lo que pasa.
Digo esto porque el pasado seis de abril nos plantamos en la MTB Guzmán el Bueno con toda la ilusión del mundo de hacer una ruta con fama de bonita, divertida y, sí también, algo dura. Y nos encontramos metidos de lleno en una encerrona de frío, lluvia y barro que no sabíamos si continuar pedaleando o hacer botijos con el barro que llevábamos en las bicis.
Las app del tiempo, malditas todas
Ya se barruntaba algo desde días atrás cuando en los grupitos de whatsapp la gente iba poniendo predicciones de lluvia para la carrera. Pero entre que en Almería las app del tiempo fallan más que las escopetillas de feria y que, según el día y la app en cuestión, la predicción variaba bastante, no les hice demasiado caso. Es más, el jueves decían que no iba a llover en la carrera y el día de antes apenas daban un posible chispeo casi inapreciable. Por si las moscas eché el chubasquero en el equipaje. Menos mal.
Velando armas
Llegamos a Córdoba la noche antes. Con la gran ventaja de que Felipe –el gran experto en Almería en organizar rutas de MTB llenas de sorpresas y ‘bicheos’– nos había recogido los dorsales. Gracias maestro. Con las bolsas de corredor en mano, nos fuimos a cenar al Panzamorena, un sitio de pasta para cargar el cuerpo a tope. Muy de pros. Incluso restringimos el número de tercios de cerveza (todo un sacrificio tratándose de un viernes por la noche).
Hacia la salida con visita turística
El día de la carrera teníamos previsto madrugar para entrar en el cajón de salida de los primeros y evitar así los tapones que se forman en las carreras tan multitudinarias. Pero claro, del dicho al hecho… Madrugar madrugamos, pero entre las cacas de última hora y que nos perdimos por la ciudad para llegar a la zona de salida (más de media hora tardamos desde el centro de Córdoba hasta la zona de la carrera), nos colocamos más o menos en la mitad del cajón. Bueno, tampoco estaba tan mal… y de propina una ruta turística por el Guadalquivir.
Va a faltar ropa
Ya en la espera en el cajón nos dimos cuenta de que la cosa iba a estar bien pasada por agua. No paraba de llover ¿Pero no decían que iban a ser cuatro gotas de nada? Así que nos calzamos toda la ropa que llevábamos: perneras, manguitos, chaleco, chubasquero y porque no había traído paraguas, que si no me lo ato a la chepa.
Neutralizada pero desmelenada
Cuando se dio la salida tardamos más de cuatro minutos en pasar por el arco con el crono y a partir de ahí… la desbandada. Se suponía que el tramo urbano era neutralizado, pero nadie quería quedarse atrás y pillar embotellamientos, así que o apretabas un poco el ritmo o te pasaban por encima.
Hasta que se pasó de una calle urbana y ancha a un camino de tierra estrecho. Y, claro, llegó el primer tapón. Pero me zafé bien de esos primero tapones porque la gente no quería manchar su bici de barro –ay, ilusos– y pasando por algún que otro charco prácticamente no tuve que pararme.
Gran parte de los primeros kilómetros transcurrían por una pista junto a un canal. Seca habría sido un paseo, pero el chup, chup, chup que hacía la rueda al rodar ya te daba una idea de que estaba costando más de la cuenta avanzar.
En el primer avituallamiento no paré, habían sido unos 20 kilómetros prácticamente llanos y a ritmo tranquilo –y tan tranquilo, me pasó ciento y la madre en la zona del canal–.
Después del avituallamiento el terreno tampoco era demasiado duro, incluso el Sol hizo el amago de salir. Muchos aprovechamos para quitarnos el chubasquero. Pero ojo, cometí un error importante, al quitármelo en marcha se le dieron la vuelta las mangas. Luego me arrepentiría de ese detalle…
Postal en Arrastraculos
Más o menos por el kilómetro treinta y cinco empezaba el primer puerto, y el más largo. Primero por un camino con rampas bastante duras que se fue estrechando hasta convertirse en senda con algunas zonas de escalones de roca en los que había que poner pie a tierra. Bueno, algunos pusieron lomo a tierra al no salírsele la cala.
Después otro tramo de subida por asfalto. Y para finalizar la famosa rampa ‘Arrastraculos’. En los escalones del principio había un cola para pasar. No sé si se podrían hacer montados pero, desde luego, con la gente andando en fila india era imposible. Eso sí, el compañero Pebels (y yo con él) tuvimos los reflejos suficientes para montarnos en la bici en el tramo final y poder lucir como pros en las fotos (dientes, dientes).
Qué ricos los pastelitos
En el segundo avituallamiento sí que paramos. Ya había hambre y cansancio acumulado (y solo llevábamos la cuarta parte de subidas). Mención especial a los pastelillos de cabello de ángel, me los metía de tres en tres en la boca.
Saboreando los paluegos de los pastelillos vuelta a dar pedales. Entrada en la base militar de Cerro Muriano y otra vez lluvia. En un tramo de asfalto (pero con socavones) me fui a poner de nuevo el chubasquero en marcha, pero al estar las mangas vueltas me tiré un buen rato pedaleando sin manos y esquivando socavones. A punto estuve de escenificar el chiste de “mira mamá zin dientez”.
Menos mal que me lo pude poner a tiempo de una bajada por pista bastante pronunciada y divertida, la verdad. Eso sí, al final de la bajada comenzaba el segundo puerto largo con unas primeras rampas de aupa (quien dice aupa dice 18% de pendiente).
En esa zona ya se veía mucha gente con problemas mecánicos. Cincuenta kilómetros de barro habían hecho mella en las transmisiones y los cambios de las bicis sonaban como los de las Harley-Davidson. Roturas de patillas y cadenas por doquier. Incluso contemplé una escena curiosa en la que un hombre intentaba arreglarle el cambio a una mujer, entiendo que sería su pareja, mientras le regañaba: “¡Madre mía, pero cómo has podido meter la patilla dentro de los radios!”. Ya veis, escenas de matrimoniadas en plena ruta de MTB.
La visita de Viernes
El segundo puerto lo pasé más o menos bien, pero a partir de ahí había un tramo de bastantes kilómetros con continuas subidas y bajadas por pistas de tarquín hecho lodo. Lloviendo más fuerte, calado hasta los huesos, con frío y sin ver ni pijo porque llevaba las gafas empañadas y llenas de barro… recibí la visita del amigo Viernes:
– ¡Pero dónde te has metido, loco!
– Pues ya ves, aquí intentando hacer esta carrera.
– Déjate hombre, que no merece la pena.
– Es que me hace ilusión.
– Te vas a poner malo, la pulmonía no te la quita nadie.
– Pero ya que estoy aquí, llevo la mitad…
– Ni ilusión, ni leches, que el lunes, enfermo, no vas a poder trabajar.
– Le he prometido a mi hijo llevarle la medallita finisher…
– ¡Paparruchas!
Veredas al rescate
Y en eso estábamos Viernes y yo, cuando llegamos al tercer avituallamiento. Pude limpiarme las gafas con agua y volver a ver –detalle que se agradece bastante cuando vas en bicicleta por la montaña–. Me llevé otros buenos puñados de pastelitos a la boca –¡madre mía, qué ricos!– y me repuse un poco.
Viernes erre que erre, seguía dando la matraca, pero al poco de volver e retomar la marcha entramos en una zona de veredas:
- Abandona la carrera piltrafilla, que te va a dar un amarillo…
- Uy, qué buena pinta tiene esta senda...
- La bici te la vas a cargar con tanto barro, lo sabes, ¿verdad?
- ¡Anda a la mierda, Viernes, que estas veredas están de puta madre!
¿Qué tendrán las veredas que se nos quita a todos el cansancio y la fatiga cuando nos lanzamos por ellas? A partir del kilómetro setenta la ruta se ponía mucho más bonita y divertida
Había sendas de todo tipo. Algunas más o menos fáciles y rápidas. Otras con sus pequeños repechos en los que había que apretar el culo para subirlos. Algunos pasos técnicos, una senda era particularmente difícil con mucha roca resbaladiza (por la lluvia y el barro que habían dejado las bicis), pero no tuve ocasión de comprobar si se podía hacer montado porque había una fila india de corredores andando. La última vereda era una ensalada de piedras, con algún paso algo más complicado pero que se hacía sin poner pie.
Eso sí, entre senda y senda había un montón de repechos rompepiernas que parecía que no se iban a acabar nunca. Aunque los de la organización se empeñaban en animarte diciendo que acababas de hacer la última subida y ya todo era bajada. Mentiras muy poco piadosas que te hacían mirar con odio a todo el que llevara un peto o una señal en la mano.
Llegada y a por el rancho
Los últimos metros, como no, tocaba acicalarse y lucir el maillot sin chubasquero ni chaleco para salir guapo –ejem, o menos feo– en la foto ¡Uf, prueba superada!
Después del palizón los militares nos dieron un buen rancho. Macarrones, filetes, ensalada y yogurt. Lástima que no hubiera cerveza, solo Cruzcampo. También había servicio de limpieza de bicis, pero la cola era de más de una hora y con la que estaba cayendo dejamos el lavado para otro momento (tres veces he tenido que lavar la bici y todavía le sigo sacando barro).
En resumen, la Guzmán el Bueno (al menos esta edición) es una carrera muy bonita por el entorno de Sierra Morena. El primer tercio de carrera es facilón, aunque sirve para ordenar el pelotón; la segunda parte es la que tiene los puertos más duros; y el último tercio, con mucha subida y bajada rompepiernas, está plagado de veredas divertidísimas. Pero con la lluvia, el frío y el barro, hubo más sufrimiento que disfrute. Pero bueno, si te gusta la bici es que tienes algo de masoca, ¿no?
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No es que hagan falta muchas excusas para zamparse unas buenas morcillas y embutidos de Serón, pero oye, que si antes has hecho algo de ejercicio pues como que uno engulle las chacinas con menos cargo de conciencia (y con más cervezas de la cuenta). Y más o menos eso es lo que fuimos a hacer a Turre este año… bueno y a pasar un buen día de mtb también. La carrera que organizan los Bomberos de Levante ha sido siempre la más popular de Almería. A ella acuden, además de los galgos habituales en el resto de pruebas, un montón de ciclistas de distinta forma y condición de la provincia. Así pues, era cita obligada para unos globeros como nosotros.
El ambiente:
Casi seiscientos participantes es un espectáculo en sí mismo. La cifra no alcanza a los 2.000 ciclistas de La Desértica, pero aquí el ambiente es más desenfadado. El reto no es tan duro y eso se nota en la cara de la gente.
La carrera:
No es una carrera demasiado dura, aunque ojito que los 700 metros de desnivel que anunciaba la organización en el cartel eran una mentirijilla muy poco piadosa (salen casi 1.000 metros reales) y a más de uno se le hicieron muy largos los cuarenta kilómetros.
Para empezar tiene tres kilómetros de subida que son un auténtico sacamuelas. Te quitan de un plumazo la sonrisilla con la que ibas saludando al público por las calles del pueblo. Casi sin tiempo de recolocar el corazón y los pulmones viene una bajada vertiginosa con piedras sueltas y vuelta a subir. Aunque a partir de ahí las pendientes son más llevaderas.
La ruta tiene algunas zonas realmente bonitas (otras no tanto) con buenas vistas de Sierra Cabrera; e incluso una vereda muy chula, aunque algunos tramos hay que hacerlos a pata porque se forman aglomeraciones.
A partir del avituallamiento, más o menos por la mitad de la prueba, el terreno cambia, se deja la montaña y la carrera transcurre por ramblas y caminos con subidas y bajadas continuas, un rompepiernas más duro de lo que parecía cuando estudiabas el perfil de la etapa (no, la arena de las ramblas no la advierten ni el Strava ni el Wikiloc).
Pero al final cuarenta kilómetros, mejor o peor, se hacen, y ninguno de nosotros tuvo que tirar del comodín del quad escoba.
La comida:
Después de toda carrera toca echar las cervezas de rigor comentado repechos y bajadas con el resto de colegas. Y ahí nosotros, como buenos globeros, somos auténticos pro. Sacamos mesa y sillas, cervecitas frescas (que las que dan en la barra de meta saben a poco) y una buena tanda de embutidos y otras viandas para abrir boca antes del arroz. Por cierto, la paella gigante (para seiscientas personas) estaba sorprendentemente buena. Un diez para la organización que además nos regaló un litro de gazpacho y una sudadera muy chula.
El año que viene repetimos, pero con bollos y pasteles, que nos faltó el postre.
La Desertica 2017: estos legionarios están majaretas
A lo loco
Fue abrirse el periodo de inscripción y apuntarnos en avalancha un montón de globeros (nada menos que siete de nuestro grupo) sin pensar demasiado dónde nos estábamos metiendo: ¡rápido, apuntaos a la Desértica que se agotan los dorsales! Una vez inscritos y palmados los sesenta napos (sin derecho de cancelación, que eso salía más caro) nos dio por mirar qué era eso de La Desértica: A priori otra carrera de las que organiza La Legión. Dura, nada menos que cien kilómetros. Bah, pero cien kilómetros se hacen… O no. Las madres mías vinieron cuando nos pusimos a mirar el recorrido. Los tramos conocidos, malos, malos. Y los que no conocíamos Google los marcaba como peores ¡Ay madre, dónde nos hemos metido!
Ya era tarde, así que tocó entrenar como nunca antes se ha visto entrenar a unos globeros. Y lo que es peor, reducir la ingesta de cerveza. Amén de encomendarnos a todos los dioses (los galos y los romanos) para salir bien parados de la aventura. Valga esta crónica de la carrera para que el año que viene, si se mantiene el recorrido, a nadie le pille por sorpresa la lindezas que esconde a lo largo de los más de cien kilómetros y 2.500 metros de subida acumulada. En nuestro caso, Tutatis y Júpiter debían de estar de buenas porque escapamos bastante bien, la verdad.
La salida
En primer lugar, felicitar a la organización, porque a pesar de los 2.000 inscritos en MTB, más los 2.500 en la categoría de marcha, no hubo colas ni para recoger el dorsal el día de antes, ni para entrar en el cajón de salida la mañana de autos. En general, la organización estuvo de sobresaliente durante todo el recorrido, con un despliegue de medios que solo se puede permitir el ejército.
Pues eso, bien temprano (para los metabolismos globeros) nos presentamos en la salida un buen puñado de locos dispuestos a pegarse la paliza del año. Los “pro” y los más nerviosillos tiraron del comodín de la equipación oficial de la carrera que te permitía salir en un cajón previo. Ahí estaba nuestro Juanjo, un lobo con piel de globero, que no pierde la oportunidad de quedar de los primeros en una carrera. Pero a la tropa de Verano Atchús nos gusta lucir nuestros colores en rutas tan señaladas y nos apretamos en el cajón de cola. Total, ya pondría la ruta a cada uno en su sitio.
Después de un cañonazo, se dio la salida a la marabunta de montanbikers. Para cuando nosotros pasamos por el arco de salida el crono ya marcaba más de ocho minutos, y quedaba gente detrás. Primero nos dieron una vuelta por Vega de Acá y Avenida del Mediterráneo, visita turística por El Puche, Huércal y Viator (menuda cuestecita tiene ese pueblo), y hacia el Campamento de La Legión.
De aperitivo, unos Baños
Dentro de la zona militar empezaban las sorpresas: una rambla de arena suelta que generó las primeras retenciones. Menos mal que los retamareños estamos bien curtidos en ramblas y arenales y escapamos sin poner pie a tierra de esa zona.
Poco después se llegaba a Los Baños de Sierra Alhamilla. Primer puerto de montaña de la carrera. Aunque es muy corto, tiene una zona con bastante pendiente y rota que se hizo a pie porque se había formado un tapón. El resto de subida el piso mejora (el final es de cemento). Después, bajada hacia los decorados de Éxodus, rambla y avituallamiento en Pechina (había dos avituallamientos antes, pero no necesitamos parar en ellos).
El terrible Pollo
La segunda subida de la carrera empieza con un par de kilómetros de asfalto. Todo son jijijis y jajajas por la carretera hasta que se pasa una subestación eléctrica y se convierte en un camino de tierra deteriorado que, después de un par de sube y bajas, tiene unas cuestas de las de sudar los mantecados de las navidades pasadas. Con tanta gente, de vez en cuando había que poner pie a tierra por los atascos (y casi que se agradecía).
Una pequeña bajada y… llegamos a la temidísima Rambla del Pollo ¡Su puta madre el pollo, no lo hicieran en pepitoria de una vez! Son unos cinco kilómetros, cada vez con más grava suelta, cada vez costaba más pedalear, hasta que llegó un momento en el que tuvimos que echar pie a tierra. Para postre, de la dichosa rambla se sale por un cuestarrón hecho trizas que hice, sin miramientos, desmontado. Alguno nos adelantó dando pedales, pero no recuerdo ver a nadie (en la zona de pelotón globera, claro) que lo terminara subido.
Una vez fuera de la rambla se llega al cortijo de El Pocico, y de allí por una verea hasta la presa de Cerro Gordo. Lástima que esa vereda, que es muy divertida, tuviera un atasco que ni la M30 en hora punta. Casi toda hubo que hacerla andando. En la presa estaba montado un gran avituallamiento. Parada para repostar y a por la subida a Enix.
El pedregal
El camino de Enix es un compañero inseparable de los mountainbikers de la ciudad de Almería. La Peseta lo llaman. Yo lo odio con todas mis fuerzas. No tiene mucha pendiente, pero es una pista de roca y piedra suelta que hace que todo el rato vibre el manillar y un tembleque te recorra el espinazo. Cuesta adelantar, porque aunque el camino no es estrecho solo hay un paso más o menos limpio de pedrolos. Así unos seis kilómetros hasta que, al coronar, se convierte en una pista de asfalto donde había otro avituallamiento que contaba con camillas de masaje de fisioterapeutas. Un lujazo, aunque prescindimos de él.
Desde el asfalto se desciende (con algún repecho de por medio) hasta Enix, donde sí que paramos a tomarnos el bocata antes de afrontar los dos últimos puertos que bautizamos como Faemino y Cansado. Por la gracia que hacen.
Faemino y Cansado
Faemino, es decir: la subida de Enix a los ventiladores, fue un auténtico infierno: primero unas rampas duras de asfalto por el pueblo. Los niños de Enix no creo que puedan jugar a la pelota (rodarían más ellos que el balón), al parapente sin problema, eso sí. Después, otro tute de rampones pero por camino de tierra. Y cuando parece que no puede haber nada peor, te plantan en una vereda de roca viva con escalones en los que sí o sí hay que echarse la bici al hombro. No, no vale empujarla andando porque hay que escalar con ella a cuestas y con cuidado de no tropezar con las rocas ¿Esto era ciclismo de montaña o escalada? El rocódromo no llega a un kilómetro pero sacó sapos y culebras de la boca de la mayoría de los participantes. Hasta coronar en los ventiladores quedaba un último tramo no muy duro pero en el que había un reguero de corredores con calambres tirados con las patillas para arriba como cucarachas. El esfuerzo y el tener que subir y bajar de la bici hacía estragos a esa altura de la carrera.
Tras un pequeño descenso en asfalto se llega a El Marchal, donde empieza el último puerto de la prueba, al que llamamos Cansando. Para rematar la paliza, quedaba la guinda del pastel. Un dulce de solo cinco kilómetros pero empalagoso de más: nada más empezar, una rampas brutales en cemento que van hacia la ermita del pueblo. Después un “descansillo” de apenas un once por ciento de desnivel (eso ya era jauja), incluso unos metros de llaneo antes de llegar a la segunda parte que tenía otras cuestas que te quitaban la vida. Yo creo que la mayoría lo subimos porque sabíamos que era el último esfuerzo (o casi).
A tumba abierta
A partir de ahí, casi todo era descenso. Primero por una pista ancha y en buen estado hasta Felix. Con parada incluida para tomar una caña de chocolate. Después una vereda hasta la carretera de La Envía, técnica, pero también ahí había tráfico denso y se hizo des-pa-si-to. La última parte de la bajada era la Rambla de las Hortichuelas, un clásico del MTB que tiene sus partes técnicas muy divertidas (y un repechón a la mitad no tan divertido).
Ya en Aguadulce la ruta se juntaba con la de los corredores. Yo tuve un tropezón (una buena leche, la verdad) porque un equipo de corredores decidió abrirse y correr en paralelo en una curva justo cuando los estaba alcanzando. Quizás la organización debería separar las dos rutas, al menos hasta el llano, porque es peligroso juntar a gente que va a 35 km por hora con otros que van a 10 y en grupetas de cinco.
¿Y la cerveza?
Por suerte la caída no tuvo consecuencias y pude continuar. La rambla desemboca en el paseo marítimo y por la playa se llega desde Aguadulce a Roquetas. Últimas pedaladas, arf, arf y por fin la meta donde te condecoran con la medalla (bien merecida) por lograr terminar esta odisea. En mi caso, de ocho horas, pero hubo quien llegó en más de 13. Aunque el límite para MTB era 12 horas, la organización permitió (con buen criterio) que se llegara más tarde.
La carrera, la verdad, es una pasada. En general el recorrido es espectacular, aunque con tantos participantes algunas zonas cuesta disfrutarlas. La organización: impresionante. Te sientes seguro en todo momento porque sabes que detrás hay un despliegue enorme de medios. Tiene mucho mérito organizar un recorrido así para tanta gente. Pero hay un pero. Después de más de 100 kilómetros, subidas, descensos, pedregales, arena… Un globero necesita cerveza. Y en meta solo había un comedor de campaña donde servían unos macarrones con tomate (pss, bueno), una carne (pelín rancia), ensalada en tupper (mi cuerpo no pedía verde) y AGUA ¡Llevaba ocho horas bebiendo agua sin parar, qué menos que una cerveza por Tutatis!
Verano atchús ranking
Lo cierto es que terminamos todos contentos, muy cansados, pero orgullosos de conseguir llegar a meta.
- Juanjo Progloberix llegó en el puesto 57, en 5:18:38, ahí es nada para un tipo que se junta con bartoleros como nosotros.
- Víctor Tropezonix el 853, ya en zona globera y después de hacer la croqueta, en 8:07:53.
- Joaquín Asturianix el 1022 pese a los calambres, en 8:37:34.
- Javier Diligencix el 1106 no está nada mal para un tipo que solo hace enduro, en 8:55:36.
- Joaquín Quijotesquix el 1326 y su primera carrera sin caídas, en 9:50:48
- Juan Antonio Catalinix el 1421 en 10:32:18, pero hay que restarle las dos horas que se pasó en los avituallamientos.
Y hubo un Vagonetix que, pese a estar inscrito, se quedó durmiendo en casa.
Conclusión: A pesar de la paliza, el año que viene repetimos. Somos así de masocas.
El track
Aquí podéis descargar el track de la ruta: https://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=21240212
Manada de globeros antes de lanzarse a la aventura
Capítulo I
Sobre la estupenda lucha de un valiente globero contra los elementos
Texto: Joaca
Tengo que decir que no me arrepiento de nada, sino todo lo contrario. Digo más: a pesar de las y pico caídas, de las policontusiones y cortes por todos los miembros (menos el viril), he disfrutado muchísimo de la carrera, (por su recorrido estimulante, buena organización, por el ambiente y originalidad ), de la casa y el entorno y sobre todo de la convivencia con tan grata compañía.
Todo empezó cuando Pepín comenzó a vendernos la carrera por el grupo del Watsasp, la verdad es que la vi muy bestia para mi nivel, pero me llamó la atención, y aunque a priori no podía ir, finalmente los planetas se alinearon para que fuera posible, y heme allí!
Embestida del hidalgo contra los gigantes
Llegó por fin el gran día y al llegar, nada más entrar en la casa, sentí una calidad sensación de confort, el calorcito de la chimenea, los amigos preparando la cena… pero… algo faltaba, ni mas ni menos que mi cargamento de cervezas, que traje a buen recaudo en la nevera y que hizo las delicias de alguno que llevaba dos horas a palo seco…
Pero algunos hicieron mayores esfuerzos para estar allí, ay! Hasta 600 km hizo en total Victor, El cual, una vez llegó a destino, tuvo que volverse porque se le había olvidado la equipación! ( y lo peor, las cervezas). Afortunadamente, volvió a tiempo de degustar una rica barbacoa, y el afortunado hallazgo de una botella de “Cointreau”, reserva de 1.980 mas o menos, nos hizo disfrutar de una velada de risas y risas, a los globeros, que en esta ocasión hicimos del evento ciclista además una salida rural, e íbamos muy bien acompañados de Elena, Carmen, Eva y churumbelillos, además del “Peñas negra” Jesús, un avezado biker.
La contrareloj: la profecía que se cumple a sí misma
Por la tarde, dio comienzo la contrareloj. Yo había visto en un video la preparación y tenía varios peraltes artificiales hechos de madera, dos de ellos de gran inclinación…
Mi obsesión era haber podido ensayar antes de la carrera, pero finalmente hubo que hacer la digestión de la rica paella que nos metimos entre pecho y espalda, hecha por maese Victor, y no hubo tiempo para tonterías, así que profeticé que indefectiblemente que me iba a caer en el peralte…
No hay peor cosa que no estar seguro de cómo afrontar algo, y durante el recorrido me iba comiendo el coco, sobre la mejor forma de encarar los peraltes, las escaleras y la hilera de rocas de la rambla, cuando de repente, subo una cuesta, y allí estaba, el primer peralte chungo… El cual visualizaba yo en mi interior con un fondo rojizo, llamas de fuego alrededor y demonios colocados por todas partes (¿el público?). Me freno un poco para pensar (craso error) y entro en el peralte con muy poca velocidad, lo que unido a la humedad de la reciente lluvia, provoca una aparatosa caída, y lo peor de todo, ¡rodeado de público! Hay que decir que me levanté como un resorte (para minimizar las carcajadas) y también que nadie se rió, lo cual me dio coraje para subirme rápido como un diablo en la bici, y encarar el siguiente peralte con decisión y ésta vez a “to jopo”, una vez comprobado que despacio NO había que pasarlo…
El resto del recorrido, muy chulo, discurría por el pueblo, pasamos por el interior de una especie de pequeño castillo, por la rambla, debajo de un largo túnel totalmente a oscuras, rampón artificial y para terminar con la hilera de rocas, esta vez superada sin incidencias.
Ya en la casa, Juanjo nos deleitó con un sabroso plato de pasta con verduritas, que hábilmente saló con la intención de mantenernos hidratados para la carrera (a mí me sabían milagrosamente a Jamón pero pude saber al poco tiempo que no llevaban). Liquidamos nuestra exigua reserva de Cointreau, y al sobre, que la jornada siguiente se pronosticaba dura.
La Carrera
Era el día Ideal, fresquito, pero no frio. Después de hacer unos estiramientos (sin ganas, pero porque no se dijera) engrasado la transmisión , fine tunning (y encomendarme a lo mas sagrao y a la virgen del lugar), salimos a calentar con suficiente antelación, y nada mas llegar de nuevo saboreamos el ambientazo, y después de unas vueltas, procedimos a tomar posiciones, extrañamente esta vez no éramos de los últimos!
El pelotón salió como si fuera la contrareloj, a toda leche. Yo pensaba que se iban a desfondar en breve, pero oiga, nadie parecía estar por la labor de aflojar, y es que había que tomar posiciones para situarse lo más adelante posible en las veredas. Por el camino iba yo con una chica que parecía estar muy en forma, por lo que llegue a pensar que no lo estaba haciendo tan mal si era capaz de aguantar su ritmo. Desperté del ensueño cuando me dijo que ella era el coche escoba de la organización, y yo que por un momento me creí un Perico versión MTB!
Un ascenso más o menos fácil pero bonito y por terrenos muy variados, culmina en un bosque de pinos, donde se inicia (ay, pobre de mí) el primer descenso serio. Monte entre pinos con una pendiente hacia abajo muy acusada, pequeño sendero de terreno suelto y muy escalonado por raíces y piedras. A esto que leo un cartel que reza “peligro, roderas” y yo ensimismado en mis pensamientos, intentando deducir que narices eran las roderas, de repente la rueda delantera se hunde bruscamente tras superar una raíz y salgo de orejas. No se cómo, a la mitad del vuelo previsto, me engancho al tronco de un pino, y me llevo un golpe en el pecho como única secuela. Resuelto como soy, me levanto y sigo, intentando tener más cuidado, y aunque se veía el terreno muy inclinado y suelto, pensaba que la bici tendría que hacer su trabajo, y que se podía pasar por ahí, que lo normal era no caerse, si no no habría puesto ese recorrido, pero hay, ¡se ve que mi bici trabaja menos que el sastre de Tarzán!, porque otra vez la rueda hace otro extraño, al rebasar una gran piedra y de nuevo de orejas! Esta vez sin pino al que agarrarme, me hago polvo la mano al caer, por lo que sigo bajando, pero sin poder apoyar la palma de la mano derecha en el manillar.
Aun así de maltrecho, doy caza a otro corredor, y tras estudiarnos mutuamente como hacen los machos Alpha antes de la pelea, los dos decidimos que es mejor no pelear y darnos mutua compañía, y dado el estado de mi mano, necesitaba relajar un rato.
De nuevo otra subida, y después las veredas más chulas de la carrera, estrechitas, con peraltes en curvas de 180 grados y zonas al borde del abismo…adrenalina pura!
Me dí cuenta de que mi compañero ya no me seguía, bien porque se cansó, o no pudo aguantar mi ritmo, o bien porque se cayó por el barranco, que sabe nadie? Tampoco habíamos intimado tanto como para ponerme nostálgico así que seguí pedaleando con la moral alta por el simple hecho de haber sobrevivido al barranco.
Al poco, comienza la última subidita, primero por pista, donde Intercepto y sobrepaso a una mujer con la que había mantenido una dura pugna durante la carrera, ya que baja los senderos muy rápido, y la verdad es que me mosqueaba un poco cuando desde veinte metros por atrás, venía vociferando: pasoooo!!.
No acababa yo de terminar de regocijarme, cuando me topo con un enorme rebaño de cabras, algunas con unos cuernos pavorosos, viendolas de cerca, ¡y yo sin mi disfraz de Pedro el cabrero!
Sorteando cabras y cuernos, vislumbro a unos 50 metros un pedazo de perro, de aspecto dos puntos por encima de “bestia parda” y sólo uno por debajo de “demonio del averno”, que para colmo de males llevaba algo en el cuello que yo supuse era un cartel que pondría “BRUTUS”.
Como no tenía ninguna chuletas impregnada en somnífero a mano, decido esprintar un poco, que como ya venía la otra por detrás, ella a lo mejor si llevaba chuletas y todo solucionado.
Me libro del primer perro, cuando aparecen dos perrazos más, de unos tres metros de alzada en cruz, mas o menos, estos me miran con mucho interés, y se dirigen a mí con un trotecillo preocupante. Lo que hice fue aplicar la técnica de bajarme de la bici, y ponerla entre ellos y yo.
Afortunadamente, ya venía mi perseguidora, que se las estaba viendo con el primer perro, y estaba vociferando, -ignoro si por miedo al perro o para llamar la atención del pastor por el motivo que fuere - , así que los otros dos canes, alertados, salieron corriendo hacia ella, por lo que tuve el paso expedito para continuar mi marcha, con el optimismo que brinda no haber sido devorado por los perros.
Ya terminando de coronar, una ascensión super empinada y pedregosa que había que hacer a pie si o si, y heme allí como Robert de Niro en “La misión” arrastrando mis armas por los cerros, a esto que me adelanta otra vez esta mujer, y la verdad es que me alegré mucho de que no llevara jirones en el Mallot, señal de que había sido capaz de controlar el pequeño incidente de los perros con solvencia, y el famoso refrán “a cada biker le llega su San Mastín” no se había cumplido. Por otra parte, me alegré un poquito, porque si hubiera sido devorada por los canes, no podría ganarla por quedar fuera de carrera.
Despues, un poco de Downhill, dubbies muy chulos, -de los de hincar el pico- ,vereas, ramblas de roca, etc.
Ya llegando al pueblo, me meto en un túnel largo, que me suena mucho y de repente comienzo a entablar un diálogo interior conmigo mismo:
Yo: -Pero.. Que es esto? Es el mismo túnel que en la contrareloj? -
Mi otro Yo: - ¡No, no puede ser! Porque ya sabes lo que viene luego!-
Yo: -Sabemos lo que viene, La hilera de piedras, y la vamos a superar!
Mi otro yo: -Nooo, no podemos, estamos cansados!
Yo: -Calla y pedalea!-
A resultas de la discusión (interior) me despisto, y se me viene encima la dichosa hilera sin darme cuenta, y al llegar a la mitad, en el repechillo me tengo que parar, pero al ir a bajarme ladeando un poco la bici sobre mi costado derecho, al poco me doy cuenta de que no hay suelo debajo de mi zapatilla, y al darme cuenta, -Esto sólo nos pasa al coyote y a mí- me caí a la rambla.
Me aseguro de que no me ha visto nadie caerme, y continúo prácticamente entero: animo que ya no quedan obstáculos!
Al llegar, lo peor de todo, no había barra libre! Y como yo no llevaba los tickets ni pasta, pedí “fiao” a lo que no pusieron pegas, todo hay que decir.
Las chicas y los peques habían ido a hacer una ruta turística de senderismo a la laguna del Mamut, que acabó siendo una prueba de trail-sillita en barrizal, y al parecer se perdieron por esos montes…
Al final aparecieron todos y coronamos la tarde con unas riquísimas cuñas de Chinito tamaño mamut y mas birras, como tiene que ser!
Posición baja: puede ser concentración puede ser retorcijón
Capítulo II
Acerca de la eterna lucha entre el buen pensar contra la bravura
Texto Pepín:
CONTRARRELOJ POR PAREJAS:
Los jueces se equivocan porque la pareja que nos precede no se presenta y cuando subimos nos dicen que ya vamos tarde y salimos de aquella manera…bajo la rampa de salida y cuando alzo la mirada veo a Víctor que ya está lejos pedaleando a morir y dejándome atrás a una distancia superior a los 20 metros. Cuando lo pillo “es que había que dar espectáculo, había mucha gente mirando”
En varias ocasiones (más de las que a mí me hubiese gustado) nos pidieron paso desde atrás para adelantarnos, unos decían “pasooo” otros “voyyyy” y algunos más de otra manera “dejad pasad joder”. Yo me apartaba pero a Víctor le costaba más. Se ve que como iba delante de mí no los escuchaba y tal y tal y tal…. Luego le pregunté “que se busquen la vida, no había hueco y no iba a para a un lado”. En ese momento me di cuenta de que soy demasiado amable y que mi espíritu competitivo es algo deficiente, cosa que no me preocupa por cierto, pero el de Víctor que suele ser amable y tranquilo en condiciones normales, se convierte en un feroz globero ramblero de duras facciones que incluso espeta a los contrincantes con palabras y frases despechadas e incluso provocadoras. Que buena pareja J
Tras ramblas, piedras, charcos, peraltes de madera, pasos por patios de monumentos, algún que otro saltillo y bajadas de escaleras, llegamos a meta en el puesto 11 de nuestra categoría…todo un mérito, de no ser porque había solo 12 parejas y una no se había presentado.
LA RUTA DEL DOMINGO:
Recuerdo a Víctor el día antes dando consejos a Joaquín “cuando te encuentres bien en la carrera y estés adelantando gente, en ocasiones quédate atrás un rato del que ya veas que va a tu ritmo y así recuperas un poco el aliento” a la media hora de carrera, estamos ya en el grupo de los de nuestro nivel y vamos detrás de unos que nos llevaban apuraillos. Peeeeero, al entrar la carrera en una verea ramblera, empezamos a ganar posiciones hasta un tapón en el que hubo que parar. Todos pasaban un escalón de piedra por el lado izquierdo y poniendo un pie en tierra. Víctor desde atrás endemoniado “tiradle por la derecha, pero no os paréis, vamos ya hombre” cuando nos toca, pasamos el escalón por el lado derecho (más alto) adelantando a un par de ellos en la maniobra. Nos animamos y pasamos a otros y a otros más. Víctor quería seguir adelantando, pero ya era algo de más. Le tuve que recordar sus palabras y consejos para con Joaquín, que el mismo no se aplicaba.
Hasta este punto salvo alguna cuestecilla que otra íbamos con una frecuencia cardiaca que rondaba el 85% de nuestra máxima, con buenas sensaciones y bastante cómodos, cantándonos el uno al otro dicho número a menudo y controlando para no subirnos ni venirnos abajo
Llegamos al primer avituallamiento y nos dicen que tengamos cuidado con la bajada que había a continuación. A mí se me enciende el pilotillo y se me dibuja una sonrisa en la cara. Nada más llegar a la bajada me sorprendo por lo técnica que es y automáticamente me acuerdo de Joaquín “Víctor, Joaquín aquí ya verás”, En esos tramos disfruté como un enano y me alegré mucho de llevar una 27’5 doble con 120 de recorrido adelante y atrás y sobre todo con tija telescópica. Bajaba como una bala.
Después de un rato de pista aburrida, entramos en un bosque de pinos con una verea que iba por la ladera de una montaña y en la que disfrutamos un buen montón de kilómetros. Recuerdo que íbamos de paseico flipando con el paisaje cuando escuchamos atrás la frasecita “dejad pasad hombre” entonces Víctor me pidió que acelerase un poquillo y de esta forma se acabó la vida contemplativa. Se quedaron atrás, ya no los escuchamos más (al menos por un rato). Pero que chula la verea esta y hay que ver que de paseico lo que era una ladera, con la velocidad se convierte en precipicio terrible.
Posteriormente, aproximadamente en el kilómetro 40 vi tras un arbolillo escondido a un enemigo de todos los ciclistas conocido como “El Tío del Mazo”. Menos mal que lo vi venir y pude “medio evitarlo”. Se lo comenté a Víctor que me ayudó de lo lindo. Aflojamos el ritmo, comí y bebí las sustancias necesarias a la frecuencia necesaria, que yo habría pasado, pero Víctor me decía “toca beber….ahora comer…” de esta forma y a un ritmo más que prudente, llegamos hasta la cima. 10 kilómetros que se me hicieron eternos. Tenía pensado parar justo antes de la bajada y hasta que no recuperase al menos a un 65% no empezar a bajar porque en las bajadas si vas cansado es muy fácil caerse por falta de reflejos o fuerza. Víctor cambió de táctica y sugirió bajar el delante marcando el ritmo y la trazada. Me gustó, así no parábamos. Lo que pasa es que yo no sé qué tiene las vereas que a los 3 minutos ya iba yo “en to lo mío”
Matrimoniadas entrando en meta
A partir de aquí bajaba jugando y pasándomelo bien en cada curva, resalto, piedra o atajo. Me dejaba llevar y en ocasiones paraba para esperar a mi compi, unas veces tras las zonas más tecniquillas y otras al final de los tramos chulos.
Mucha gente me dijo que la bajada final de 15 kilómetros hasta el pueblo se hacía pesadilla, pero para mí fue lo más divertido y podían haber metido otros 15 kilómetros más. Lo que no me gustó fue volver a pasar por la rambla de la contrarreloj al final de la carrera.
La entrada a meta tal y como estaba pactado entre caballeros….”cogiditos de la mano”
Para mí una de las mejores carreras a las que he ido y un ejemplo de compenetración y entendimiento de la pareja en carrera. Es una ruta que hay que repetir pero sin prisas, con mochila y bocata. Es espectacular.
Cuidado, detrás de ese disfraz de Uñas Negras hay un globero hambriento
Capitulo III
Del buen yantar y el mejor beber del globero
Texto: Víctor
Otros cronistas antes que yo han narrado todo lo que ocurrió durante la crono y maratón de La Mamut, así que voy a dedicar unas líneas a algo que es casi tan importante como la bici en la vida de un globero: el buen yantar (con su correspondiente buen beber, claro está).
Unas verduritas para disimular
Como ya se ha dicho, un grupo de globeros con sus parejas y churumbeles salimos de fin de semana a poner una pica en Flandes. Bueno, quien dice Flandes, dice El Padul, que está más cerquita. Que tampoco hay que alejarse tanto de casa no vaya a ser que se te olvide alguna tontería (digamos que toda la equipación de bici) y tengas que acercarte en un salto a por ella.
Atracón de triglicéridos
La comitiva globera la componíamos Juanjo y Carmen con sus dos churumbelillas, Joaquín y Eva, Pepín, que a falta de pareja, se encamó con el Uñas Negras Jesús (un erudito de esto del MTB), y mi señora Elena con nuestra criaturica y servidor. Una buena tropa para pasarlo bien en la casa rural que nos pillamos a las afueras de El Padul.
De la planificación de intendencia se encargó Juanjo, un superviviente que siempre vuelve a casa después de una ruta con los bolsillos del maillot llenos de comida, además de experto en nutrición para deportistas de alto rendimiento… también para los de bajo rendimiento pero altísimo apetito.
El viernes por la noche tocaba sesión de proteínas. O lo que es lo mismo: la bar-ba-co-a. Carnes de todo tipo, chorizos y morcillas de Serón, ojo, que con estas cosas hay que ir sobre seguro (a saber lo que le ponen a las morcillas foráneas). Ah, bueno, sí… también había verduras para hacer a la parrilla. Creo.
La pitanza salió con algo de retraso porque un despistado tuvo que acercarse a casa a hacer un recadillo. Pero bueno, entre gente sanota no importa cenar un pelín tarde (qué son las doce y media para un globero). Como corresponde en estos casos, la carne fue acompañada de un buen tintorro –importante su aporte de azúcares–, pero antes regamos plaza con cervezas de calidad: unas belgas de abadía que trajo Joaca –hidratación, hidratación, hidratación–.
Centrados como estábamos en los preparativos de la carrera, se nos pasó llevar algún digestivo para alargar la sobremesa. Menos mal que rebuscando en las repisas apareció una botella de Cointreau, una reliquia de los años de la movida (es probable que la casa rural tuviera alguna puerta al Ministerio del Tiempo) pero que conservaba todo su saborazo a jarabe de colonia. A nosotros nos valió.
Por la mañana desayunos variados, desde las clásicas tostadas de aceite con café, a la poción mágica a base de multicereales exóticos y leche de arroz –tengo mis dudas de que eso no esté catalogado como doping–. Paseo por el pueblo (lástima que se anulara la carrera infantil) y vuelta a la casa para preparar el arroz de marisco, santo y seña de nuestras convivencias.
El arroz, un clásico
Por si las moscas, no fuera a faltar comida, Juanjo y Pepín se camelaron al vecino hortelano y, a cambio de un puñado de jureles del Mercadona (fresquísimos que tenían que estar el día que se pescaron) les dejó que arrasaran con la mitad de su huerta. Especial mención al saco de habas recién cogidas que seguro que nos dieron fuerza para las carreras y, si no, da igual porque estaban buenísimas.
El arroz, entre picoteos y cervezas, salió algo más tarde de lo previsto. Y, como la siesta no se perdona, no pudimos llegar a tiempo para entrenar el circuito de la crono. Sobre todo Pepín y yo, que teníamos la salida a las cuatro en punto y si por poco nos meten en el circuito a patadas los de la organización.
Pero oiga, con lo cortita que parecía la crono y lo bien que vino para volver a hacer hambre. Y en esas que estábamos pensando en la merendola cuando, oh milagro, nos dimos de bruces con una pastelería que alberga el mayor patrimonio cultural de El Padul. ¿El famoso Mamut del pueblo?… ¡una mierda, comparado con la CUÑA CHINITO padulense! Qué cosa más buena, oiga. El mejor producto de recuperación que he probado en mucho tiempo. Y bien hermosa, que tenía un rato de comer.
Postal típica de Padul: Cuña Chinito con fondo de arboleda
Unas cuñas y unas cañas más tarde, tocaba la cena. Ahí Juanjo tomó los mandos de los fogones y nos preparó su plato especial para las carreras: pasta a la sal con algo que creo que era tomate y verduras, pero que a Joaca le supo a jamón. Aunque también podía recordar a cualquier otro producto en salmuera porque los espaguetis estaban a dos pizcas de tener más sal que la montaña que hay en la Almadraba de Cabo de Gata. Pero si lo dice Juanjo (el pro del grupo) se comen y punto, que seguro que vienen bien para la maratón del día siguiente.
Y yo creo que no vinieron mal para hidratarnos, porque me pasé bebiendo agua durante toda la noche… y durante el desayuno… y antes de la carrera… y durante la carrera… Dos veces que paré a mear en plena maratón. Pues eso, hidratados como botijos con maillot.
En cualquier caso, la dieta a la que nos sometió Juanjo durante el fin de semana funcionó porque todos acabamos la carrera enteros (más o menos) y con fuerzas suficientes como para zamparnos el bocadillo tamaño mamut que daban en meta, las dos cervezas reglamentarias y alguna más que les sacamos por la patilla.
Es más, nos sobraron fuerzas (a algunos) para reconvertir la prueba en duatlón haciendo el largo de la muerte en la piscina he-la-da de la casa. Agüilla que vino fenomenal para quitarnos el polvo de la prueba y no perder tiempo en duchas innecesarias (tampoco habíamos sudado tanto) antes de tomarnos otra pedazo de CUÑA-CHINITO como colofón al fin de semana.
Espero que con estas líneas se hayan hecho una idea de cómo son las costumbres de una manada de globeros durante su peregrinaje a las carreras. Mi consejo: si ven a un grupo de esta calaña acercarse a sus casas, no lo duden, cierren las alacenas y atranquen las neveras.
Ya ha empezado la temporada de carreras de 2017 y los globeros estuvimos en Gádor para hacer acto de presencia en el pelotón (a la cola, como siempre).
Para aquel que se quiera subir al carro de correr en las pruebas de MTB os pasamos unos consejillos de cómo (no) prepararse para una carrera:
- El alcohol, pues mejor después de la carrera. Hombre, los globeros nos podemos permitir unas copichuelas de víspera. Pero si te pasas corres el riesgo de quedarte sopa cuando suene el despertador. Que se lo digan a nuestro Joaquín que se quedó en brazos de Morfeo (o a saber…) con las inscripción pagada.
- Entrenar poco: malo. Si vas a ir a una carrera hay que prepararse antes. Aunque te lo vayas a tomar de tranqui, los recorridos suelen ser duros y siempre tratas de rendir un poco más en una prueba (aunque sea porque te achucha el de la moto de cierre). Si no te has preparado los calambres están garantizados. En Gádor hicieron estragos en nuestras filas.
- Entrenar demasiado: malo también. Tampoco te puedes pegar la paliza del siglo la semana antes y menos el día de antes. Por mucho que estés a un pelo de conseguir un reto del Strava ¿Verdad Pepín?
Por lo demás, las carreras se disfrutan de lo lindo porque se conocen a otros ciclistas y descubres nuevos senderos. En el caso de la carrera de Gádor tenía bastante veredas muy divertidas y el barranco final que es una pasada, con la bajada de la roca de Piedra Lisa (que de los nuestros solo hizo montado Pepín).
El año que viene repetiremos (y lo mismo, hasta vamos bien entrenados).
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Pepín: ¿Joaquín, son las 7 vienes o me voy?
Joaca: Vete que me acabo de despertar, ya iré yo por mis medios…
Primera baja globera.
PARTE I: Globeros desbocados y aterrizaje forzoso
Texto: Víctor
Joaquín causo baja, pero otro puñado de globeros, cada uno por los medios que pudo, sí acudió a la cita de Lucainena por tercer año consecutivo. A saber, del grupo nos presentamos Pebels, José, Juanjo, Manolo, Pepín y servidor. Bueno, y Emilio que nos dio todo su apoyo moral desde la piscina del pueblo.
Todavía aturdido por el madrugón o por las cervezas y gintonics del día anterior (por el madrugón, seguro) se me ocurrió un plan genial para abordar la carrera. Una estrategia infalible propia del mismísimo Pierre Nodoyuna: apretar fuerte en los primeros kilómetros para no pillar atasco en los tramos estrechos de rambla ¡Brillante! ¡Genial! Plas, plas, plas… ¡¡BRAVO!!
Víctor preparando su estrategia genial para la carrera
Una idea magnífica… para gente en forma que puede permitirse salir fuerte y luego recuperar. En mi lamentable estado de forma, el plan tuvo algunos efectos secundarios inesperados…
Pues eso, preparados, listos… ¡Al ataque! Allí que salimos como balas con nuestras relucientes nuevas equipaciones, Manolo, Pepín, Pebels y yo. José salió al final del pelotón porque llegó al pueblo con el tiempo justo y Juanjo iba delante con los pro (otra carrera).
El terreno estaba tan seco que las bicis levantaron una cortina de polvo a lo largo del camino y antes del primer kilómetro ya tenía las gafas llenas de tierra. Pero nosotros a lo nuestro, a todo trapo adelantando en la zona media del pelotón.
Pasado una primera rambla con paso estrecho aflojé para reagruparnos y bajar pulsaciones. Y claro, ahora éramos nosotros los sobrepasados. No paaaaasa naaaada… ¡O sí, maldita sea!
— Pepín, pon tú el ritmo que yo no soy capaz de ir tranquilo y el corazón se me va a salir por la boca.
Con Pepín en (y con) cabeza, llegamos a la rambla más larga de la carrera. Varios kilómetros cuesta abajo, primero por un tramo con carril de coche y algunas curvas derraponas. Divertido. Después por otra zona más estrecha con más arena… Y claro, ahí salió otra vez el ramblero retamariense que llevo dentro: ¡A volar!
Cuando salimos de la rambla tocaba relajarse un poco. Pero a esas alturas, mi patata estaba desaforada y no había manera de que se calmase. Sin atreverme a mirar el pulsómetro llegamos al avituallamiento de Polopos. Donde empiezan las subidas duras. Pero yo estaba como si ya hubiera hecho dos veces la carrera. Pues nada, a subir el puerto de Los Guardines que toca…
Subida a Los Guardines, dientes, dientes…
Lo de subir es un decir, porque yo casi que lo hice reptando. Manolo y Pepín tuvieron la santa paciencia de ir a mi no-ritmo. Al coronar viene una bajada complicada y rápida. Mejor hacerla tranquilo para recuperar (me digo).
Y bueno, sí. Empecé tranquilo. Unos dátiles a la boca, un trago de agua. Pero cuando la pista ya mejora Pepín me dejó pasar. Y, poco a poco, te vas viniendo arriba. Anda, si ese que va por delante está cada vez más cerquita… Ojito, que va moviendo piedras en los derrapes… Cuidado, que con el polvo que levanta se ve poco… Coño, qué hace esta retama delante de mi cara… Anda, si voy fuera de la pista con la rueda delantera en el aire… Cuchi, que piedra más gorda viene hacia mi cabeza… Snif, me acabo de esnifar la mitad del polvo del camino… Arf, la otra mitad me lo he tragado por la boca.
Y así acabé sentado en el camino, con la nariz como el cipote del negro del güasá y terminando el recorrido subido en el quad (Pebels, te has quedado sin la exclusiva del VRG, vehículo de remolque globero).
PARTE II: Un Jaimito para pasar el susto
Texto. Pepín
Bajo ese trozo del camino que forma un tobogán de cinco o seis metros con posterior curva a derechas detrás de Víctor que va bastante alegre. El suelo está remolido por los cienes y cienes de bicicletas que ya han pasado y es puro tarquín que hace que con la frenada de mi predecesor y amigo, se levante una polvareda de esas de “noveounpijo”. En mi preocupación por ver lo que piso con la rueda delantera para no caerme, veo de soslayo como Víctor pierde en control y entre “volantazos” repentinos e inoportunos, se acerca a la izquierda del camino bastante descontrolado cuando de repente una retama grande que invade el espacio aéreo de la pista por la que vamos, me azota la mano y hace que pierda el control de la bici por un instante. Gracias a que ya iba frenando al ver las peripecias de Víctor, puedo controlar la bici a tiempo y me convierto en excepcional testigo para ver como él cae hacia la izquierda sobre las piedras, matas de esparto y tierra, casi de cara y rebota hacia la pista como un muñeco reliado con su bicicleta entre polvo y piedras, para acabar sentado de nuevo en el camino tirado en el suelo a pocos metros de su bici.
Quieta, en el centro de la nube de polvo que baja poco a poco, aparece rebozada una bola marrón que poco a poco se mueve y toma forma de hombre sentado en posición de Buda y con la cabeza gacha. ¡¡¡SUSTO!!! ¡¡¡Hay sangre!!! Cae gota a gota en el culote y proviene de la nariz. Levanta la cabeza, mira hacia todos sitios y hacia ninguno en particular con los ojos ‘payá’ pero con clarísima expresión de enfado “¡¡¡MIERDA!!!” chilla una sola y contundente vez. Su nariz sigue sangrando, no demasiado, pero la sangre es muy escandalosa. Las gafas rotas a las que le falta un cristal el casco con la visera partida y un considerable bollo justo en el centro de la frente, junto con el manillar de la bici torcido son los únicos daños materiales visibles.
Alguien retrocede unos cientos de metros para llamar al quad. Manolo y yo nos quedamos con Víctor que está más mosqueado que dolorido. Agua para lavarle la cara, le sacudimos el polvo y poco más. En pocos minutos se levanta y nos apartamos del camino. Llega el quad que se lleva a nuestro magullado compañero. Manolo y yo seguimos la carrera.
Con mal humor, el rollo cortado y la cara que nos llega al suelo seguimos camino y a los pocos metros nos cruzamos con la ambulancia que sube, suponemos que a por el Globero Accidentado.
Al poco la subidilla nueva que han puesto en esta carrera para quitar tramos de asfalto. Una subida de un par o cuatro kilómetros con bajadilla por verea estrechilla, suelta y en la que no te puedes despistar por la tierra suelta. En poco llegamos al corto tramo de asfalto que aún no han podido evitar y que precede a la famosa subida de Jaimito.
Manolo me espeta a menudo para que corra un poco más porque vamos muy despacio y yo le comento que la caída de Víctor me ha dejado “chafao” y que tire el si quiere. Me dice que no, que vamos juntos y que me deje de rollos. Desde ese momento noto como me “da palique” para animarme hasta el final de la carrera. Gracias Manolo.
Al llegar a la subida de Jaimito, reponemos fuerzas en el puestecillo de frutas y bebidas isotónicas que pone la organización a nuestra disposición. Subimos despacito, pero sin poner pie a tierra en toda la subida. BIEN, ese era uno de los objetivos.
Bajada triunfal al pueblo
Desde ahí hasta Lucainena, es una pura transición, primero la bajada hasta la rambla y desde allí abajo por la Vía Verde hasta el pueblo. Vía Verde que quema mucho más de lo que pueda parecer, ya que después de 40 kilómetros no se acaba nunca y es muy monótona (ancha, cuesta arriba y tranquila, todo lo contrario a una verea). Al llegar al final de la Vía, de premio (5 Km) una vueltecica más hasta los Hornos de Yeso con las Torres que dan nombre a Lucainena. Unas subidillas y un poco de rompepiernas por la pista que discurre por encima del pueblo y que deja verlo en su totalidad. Un silbido desde la piscina me hace mirar y veo una jarra de cerveza tamaño persona que saluda con un brazo. Es Víctor con el mallot de Verano Atchus que nos ha visto desde abajo. Ya sabemos dónde hay que ir nada más cruzar la meta.
Al llegar, vemos que el maltrecho y accidentado compañero ya tiene una lata de cerveza en la mano y aunque la nariz es una porra gorda. Roja y con arañazos, hay una sonrisilla en su cara que nos deja tranquilos nada más verlo.
Ruta de Endurecimiento Globero o Sobredosis de Vereas
A las 8 de la mañana, la UMG (Unida Móvil Globrera) también llamada Pepineta, recogía al multitudinario equipo globero que iba a la ruta de hoy. Víctor y Pepín.
En algo así como una hora llegamos a Laujar, y sin más dilación, nos pertrechamos para la ruta, calculando los avituallamientos de agua que íbamos a tener por el camino para llevar más o menos botes.
Comenzamos a pedalear con un sorprendente frio matutino que pelaba y que nos puso los pezoncillos de punta, pero eso duró poco, las primeras rampas duras estaban cerca y nos calentamos rápido. Siguiendo la pista que pasa por el restaurante La Fabriquilla, llegamos en poco más de una hora al refugio de Monterrey; las rampas hasta aquí son de las más duras del camino, y como 45 minutos más tarde ya estábamos en El Cerecillo.
Aquí nos llevamos la sorpresa de que la fuente no tenía agua. Tras recalcular científicamente el nuevo plan de ahorro de agua para la ruta “Hay que beber menos hasta que bajemos al rio” , seguimos camino.
Continuamos por la pista forestal que no lleva a las minas de La Gabiarra, donde nos esperaba nuestra primera verea del día. Al completar los 20 kilometros de ruta aproximadamente llegamos. Nos gusta mucho el sitio, meamos, comemos y antes de enfriarnos más continuamos hacia abajo
Las labores de aprovechamiento forestal en esta zona, dejaron el inicio de la vereda totalmente enterrado en las ramas del desbroce. Era apenas visible y tuvimos que echar mano del GPS que hasta entonces iba en la mochila escondido y apagado y de la agudeza e ingenio de Víctor, que olfateó la verea y la encontró sin problemas en su parte alta.
Más adelante esta salía de entre los pinos y discurría por un “prao” de matas de pinchos y zarzales, que te hacían tomar las curvas con unas tumbadas increíbles (incluso las rectas jijji) Al poco se volvía a meter entre los pinos y alternando tramos veloces y otros rotillos con lajas de piedra suelta y recurvas, en menos de lo que nos esperábamos llegamos al refugio de El Cerecillo.
Ni tan siquiera paramos, recorrimos unos 500 metros de pista hacia abajo en un instante y de nuevo salto a la cuneta que nos condujo por una vereilla rápida entre pinos y esta vez siempre por tierra y broza de pinos. Nada de piedras y curvas con apoyos facilones, alguna Z cerraílla pero bien. Esta vereilla se acababa rápido.
De nuevo en la pista, en un par de kilómetros de transición medio llana medio falsollana, a saber… De nuevo otro salto a la cuneta y esta vez si, una verea que nos bajaba al río, con unos escalonacos hechos con troncos de madera a esa distancia justa que hace incomoda la bajada de estos con la bici; es decir, justo a la distancia de las ruedas, de forma que cuando baja la delantera, también lo hace la trasera, y no eran precisamente bajitos. Unas zetas más, un recto de Víctor y llegada al riachuelo. Repostamos agua, comemos unos dátiles, barritas y plátano y seguimos
Ahora toca empujar la bici durante unos metros, ya que lo mismo que hemos bajado para llegar al rio ahora toca subirlo y es poco posible que alguien lo pueda subir montado (creo). Al poco la verea se deja ciclar y aunque al principio hay subibajas que la mayoría se hacen bien, pronto comienza la bajada. En uno de esos trancos, Pepín hace un extraño derrape previo a la bajada del predrolón, que asusta a Víctor ya que pensaba que iba al suelo. Al final, la cosa sale bien y no pasa nada. Al rato, esta verea “cambia de palo” y pasa de ir entre pinos a ir entre encinas. Esta es una parte verdaderamente bonita de la ruta y verdaderamente diferente a lo que estamos acostumbrados en los pedrolomundos almerienses ya que discurre sobre tierra y las curvas tienen la mayoría buenos apoyos para que cada uno corra lo que quiera. No tiene mayor complicación que un par de bajadas de unos cinco metros, una de ellas de escalones con maderos y la otra es la final antes de llegar al camino, pero que se hacen bien con un poco de prudencia.
En la pista ya, miramos el reloj y medimos las fuerzas, Víctor comenta que es tarde, yo quiero seguir subiendo desde este punto unos cinco kilómetros más hasta llegar al inicio de la última vereda. Convenzo a Víctor que ya daba muestras de prudencia mirando el reloj y seguimos camino a partir de aquí con una frase mía: “esta cuestecilla es la última”.
La pista vuelve a ser dura cuesta arriba que nos baja al mundo de los humanos sudorosos y cansados. Llegamos al rinconcillo famoso en el que está la cascada de agua en la que se hacen la foto todos los que pasan y… ¿cómo no? Nosotros también nos la hacemos. Seguimos un poco más tras pegar unos resbalones en la roca mojada y llenar los botes de agua rica y fresquita y le digo a Víctor “Este repecho es ya el último”.
Ya estábamos llegando al desvío para entrar en la bajada al río que precede a nuestra última senda: “El Aguadero”, una de las más famosas y valoradas por todos los bicicleteros almerienses, sobre todo endureros. A la salida de la pista, paramos hablamos y bajamos los sillines por preparar la bici para lo que viene. Le digo a Victor intentando poner cara neutral para que no se preocupe por lo que viene “bájalo más, bastante más, no te cortes con eso – es que luego me jode pedalear asi de bajo – nada, bájalo que hará falta”. Víctor después de tantos kilómetros y el cansancio acumulado, también intenta poner una cara neutral para que no se note el tocamiento de huevos que estaba sufriendo y respetando el estado de euforia y emoción que yo tenía previo a una de las bajadas por cera mas chulas que hay, me dedica una sonrisilla y baja el sillín…
A los pocos metros de empezar la verea, un giro a la derecha y una cuesta de tierra suelta con una muy fuerte pendiente y una curva cerrada al final. Un matojo previo a dicha curva, sirvió a Víctor de freno auxiliar improvisado. Ya ibamos cansados y en esta parte técnica no es una de las mejores maneras de entrar. Al llegar al riachuelo, y ver la cara del personal, Pepín dice de subir el repecho que toca andando tranquilamente para no estar sube y baja de la bici que era lo que tocaba. Subimos un primer repecho (“este es el último Victor”) que nos lleva a una visera o balcón natural desde el que se ve todo el valle y que es el sitio donde los endureros ya se preparan y se ponen las protecciones para empezar a bajar “a saco”.
Decidimos no descansar para no enfriarnos, ya que si lo hacemos no va a haber manera de volver a arrancar. En ese momento ya llevamos unos 37 kilometros con 1800m de desnivel acumulado. Todas las subidas por pista forestal y todas las bajadas por verea, de modo que eses descanso sentadito que uno se puede permitir bajando por pista forestal, en esta ocasión no ha existido y hace mella en nuestras piernas de forma irremediable más aún cuando llevamos ya unas cinco horas de bici. Pues una pequeña bajadilla y otro repecho “esta ya si que es la última Victor” (La verdad es que cada vez que hay un pequeño repecho ya no me atrevo a mirar hacia atrás por miedo a recibir una pedrada). Lo subimos andando para no quemar lo que no tenemos y de nuevo otra bajadilla con otro último repecho “Este ya si que de verdad es el último repecho Víctor” y ciertamente lo era.
El aguadero es una verea que va de menos a más, tanto en pendiente como en dificultad técnica. Tiene tres partes claramente diferenciadas, la primera, es una verea rápida con algunos repechillos iniciales que se pueden hacer bien en bici. La segunda; tras pasar el cortafuegos, es bastante más empinada y revirada, con zetas, lajas de piedra suelta, zanjas, zarzas, tierra suelta, etc… que se puede hacer muy rápido o disfrutarla despacito sin problemas. Aquí ya la 29 de Víctor no es lo más recomendable, pero se hace. La tercera parte, al llegar a una acequia, es un tramo que no llegará al kilómetro (700 metros) que es puro enduro para tipos con mucho control técnico de su bici y si es posible suspensiones largas que ayuden.
La bajada total de este tramo la hacemos en algo más de media hora, con pequeñas paradas para descansar las manos y los brazos y aunque cansados, arañados y doloridos, disfrutamos de la bajada por esos pedrolos, zetas, cuestas derrapantes, escalones, grietas del agua, etc…vamos, un paraíso para la bici.
La llegada al bar es un punto del que solo vamos a poner la foto final como colofón, pero que como ya es costumbre en este grupo… “una ruta sin cerveza, no es ruta ni es ná”
Globero solitario buscando arrieros por los campos Albojenses
Texto Pepín Charidemi
Nada mas llegar en la furgo, veo a otro de los Globeros (Juanjo) camuflado de “Hualix” que esta aparcando. Saludos, abrazos con palmetazos en la espalda, furgo mal aparcada…me voy.
Busco un lugar tranquilo, cercano a la zona del arroz y aparco. Voy a por los dorsales con mi compi de viaje. Esta vez un chaval de 15 años al que todos llaman “El Chotillo”, buen chaval. No digo más por la ley de protección de datos de menores.
Recogemos dorsales, volvemos a la furgo y nos pertrechamos. Nos enteramos de que en el recorrido que nos han preparado hay 4 avituallamientos. Chotillo decide dejar su mochila en la furgo porque piensa que no le va a hacer falta llevar ese peso extra. La llevaba solo por el agua. Yo sigo con mi idea de llevar un solo bote que iría recargando en los controles y mi riñonera con herramientas, cámara, bomba de aire, chaleco, barritas de cereales y caramelo, dátiles, móvil, pastillas de glucosa de las del ejercito y unos polvos anticalambres (estas dos últimas cosas proporcionadas por Chotillo).
Dos vueltas por la avenida principal para calentar y listo. A la línea de salida y… ¿cómo no? el último, con algunos conocidos y caras que suenan ya de otras carreras a las que he ido. Chotillo ve a unos colegas y se va con ellos. Quedamos al terminar en la furgo. Si hay algún mensaje nos lo dejaríamos escrito en los cristales de esta que está bien preparada para dicho menester gracias a la ingente cantidad de polvo que cuidadosamente he ido acumulando para cuando hiciese falta.
Salimos neutralizados por las calles del pueblo y de repente por delante (claro, atrás iban muy pocos) se oyen voces y gritos “¡¡Cuidao!! ¡¡Ostias!!” un perro de talla mediana se cruza asustado por medio del pelotón y choca contra el lateral de la rueda trasera de Chotillo. Voltereta perruna sin consecuencias y todos seguimos casi sin parar la marcha. El perro bien, gracias.
A la salida del pueblo, todo el mundo pie a tierra. Más de 20 personas meando en los laterales del camino. Foto graciosa que nadie tiene. De repente y sin avisar; al menos atrás donde iba no se escucha nada, se inicia la carrera. Primera rampa polvorienta y camino seco como el tasajo. Sol de justicia que ya empieza a estar presente en estas fechas y en pocos kilómetros la primera verea. No llega a un kilometro de una verea que transcurre por una ladera en ocasiones asustona con barranquillo a la derecha y algunos pasos estrechos, en ocasiones “parriba”, en ocasiones “pabajo”. Aquí adelanto a unos pocos y al mirar atrás me alegro porque ya no voy el último. Tengo detrás a más de 20 personas. Me pongo contento.
Subidas, bajadas, kilómetros, polvo y sol pasan por mis pedaladas hasta que de repente me acuerdo de mi Amigo Globero Victor ¿Por qué? Pues porque vamos por una ramblilla arenosa, cerrada, con cañas y pedrolos de las que le gustan a él y en las que es casi imposible pillarlo sobre todo “pabajo” aunque en esta ocasión vamos “parriba”. Un tramo verdaderamente bonito y raro de encontrar en estas tierras (creía yo).
Al llegar al primer avituallamiento, solo tienen agua. No hay nada más, pero ya nos dicen que en el siguiente hay dátiles, naranjas, platanos, agua y bebidas isotónicas. En el kilometro veintipocos estaba ese control con comida y ahí si que repuse bien y me eché al bolsillo un buen puñado de dátiles para llevarlos a mano. Ya iba viendo yo que no estaba todo lo fino que me hubiese gustado. No iba teniendo buenas sensaciones.
A partir de ahí, una larga cuesta hacia abajo por una pista rápida y facilona en la que todos corrían mucho. Un par de señalizaciones de tramo peligroso y poco más. Se pasó muy pronto y rápidamente entramos a otra rambla tipo “Victor”, pero esta si cabe aún más chula y larga. Lo peor la salida de esta, una rampa de un “muchisimoporciento” que ni siquiera intenté subir pedaleando y al llegar arriba más subida por pista, y mas pista, y pista…cuando de repente unas marcas con cal en el suelo nos sacan de esta y comienza una bajada que nos lleva a toda velocidad por el monte hasta otra pista rápida y mas rotilla que la anterior, pero veloz y en la que no te podías despistar, porque había cambios de rasante en los que no sabías lo que podías encontrar detrás. Muchos sube y bajas continuados; en todo el recorrido, pero aquí más aún.
Bajamos a una rambla por unas rampas muy empinadas señalizadas como peligrosas y en las que hay que echar el culo atrás. Entramos en otra del mismo estilo que las anteriores pero en esta ocasión “pabajo”. PISTAAAAAAA….. en este tramo adelanté a unos cuanto más, las curvas de arena suelta con surcos marcados eran trampas mortales para mucha gente, pero los kilómetros de entrenamiento por las ramblas de Retamar dan su fruto en estas ocasiones.
Al terminar esa ramblilla ya llegamos al kilómetro 45 donde estaba el avituallamiento previo a la subida más larga de la carrera. Lo curioso es que se hizo fácil, porque al ser continuada, te permitía coger tu propio ritmo. Toda la carrera hasta aquí había sido un continuo rompepiernas sube y baja.
En uno de esos repechos, “CLACK” se me parte la cadena. La arreglo en un plis y continúo. Poco más adelante alcanzo a Chotillo que había pinchado y aunque reparado ya, me dice “¿llevas bomba de aire? Creo que esto no va del todo bien”. Paramos, inflamos y seguimos. Al rato, un grupillo de 4 parados en mitad del camino. “El cambio que no me cambia de plato”. Paramos, lo miro, toqueteo el tensor del cable del desviador y parece que cambia, mal pero puede usar los dos platos. Ya hay algunos que van diciendo “que bien, aquí llevamos al mecánico”.
Al terminar la subida larga anteriormente comentada, coronamos en un cerro muy bonito en el que comienza una verea que discurre por la arista que une una mini sierra de cerrillos y que para no ser menos también es sube y baja, con toboganes de doscientos metros hacia abajo y unos cincuenta hacia arriba. Ya se veía el pueblo abajo en el valle y nuestro objetivo: El arroz y la cerveza.
Esta verea tiene las dos rampas más serias de bajar de todo el recorrido. Aquí si que bajo el sillín y disfruto de ellas, pero son cortas y con subidas posteriores, alguna bajada entre pinos muy chula y ratonera en la que se puede disfrutar, pero que se acaba pronto.
Llegamos al valle y de ahí al pueblo es pura transición, un par de kilómetros y listo, cuando de repente un tobogán en subida de apenas 10 metros de largo en el que hay que echar pie a tierra, y un equipo de voluntarios que te dicen “esto es un regalito final por lo ben que lo habéis hecho”. Un descampado más, una callejuela y la avenida principal de Albox con su línea de meta, las cervezas y el arroz.
En resumen, una de las carreras más duras a las que he asistido, no por los kilómetros ni por el desnivel acumulado, sino por los continuos sube y baja que no te dejan coger un ritmo y mantenerlo.
Así viví la “V Senda de los Arrieros” 2016
Pepín
Distancia: 65.7 Kilómetros Desnivel positivo: 1305 metros
BTT Sierra de los Filabres: Tras la tempestad llega la verea
El pasado 10 de abril estuvimos en la maratón Sierra de los Filabres, en Macaél. Una carrera muy fácil de describir: una primera mitad ‘to parriba’, ‘to parriba’, ‘to parriba’, muy dura; y una segunda parte que es un ‘to pabajo’, ‘to pabajo’, to pabajo’, muy guapa.
Los primero 20 kilómetros son de subida casi continua, con pocos descansos y bastante porcentaje. La guinda llega por el kilómetro 11, con un repecho de más de un kilometro casi al 14% de media y con rampas del 25% que, por supuesto, hicimos... pie a tierra.
La carga de la brigada globera
Lo divertido empieza a partir del kilómetro 25, justo después del segundo avituallamiento. Primero una bajada vertiginosa por pista, de esas que te rizan las pestañas. Y después una serie de veredas encadenadas, muy guapas. Cada una con su punto: que si saltos por bancales, que si bajadas con curvas cerradas, que si curveo con derrapes… Pero en general no demasiado difíciles y aptas para todos los públicos. Y bien bonitas por ir casi todo el rato entre pinos.
Ah, no me puedo olvidar de una bajada con zanja torrentera de medio metro, por la que nos sentimos atraídos parte de la comitiva de Verano Atchús (amor a primer exceso de vista). Y, como no, también tenía su rambla arenosa reglamentaria, como toda carrera almeriense que se precie.
Para finalizar, cuando crees que ya lo tienes todo hecho y va ser un paseo triunfal hasta meta, una última vereda que habría sido también muy bonita y divertida de hacer, de no ser por el pequeño detalle –bah, una minucia sin importancia– de que estaba puesta al revés... vamos, que esta vez era en subida. La puntilla para las piernas, o lo que quedaba de ellas.
En la meta esperaba el rancho de arroz, un grifo de cerveza que no paraba y el detalle de unos postres caseros cocinados por voluntarias de la organización. Tan ricos, tan ricos que casi no nos dejaron hueco para las morcillas, queso en aceite y cervezas alemanas que llevábamos en la furgoneta. Pero bueno, una carrera hace hambre y no sufrimos demasiado para zamparnos también la dosis de triglicéridos de nuestra despensa globera.
En definitiva: la carrera, sin duda, para repetir el año que viene (por el postre y las vereas).
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Nos acercamos al sitio y allí estaba Víctor, afanado con su rueda delantera. Le ayudamos nos vamos a la línea de salida. Como es normal nos ponemos los últimos.
Mientras vamos, venimos y estamos parados, miramos como bobos los “galgos” que nos rodeaban. Aquello era un hervidero frenético de bicicletas de 29 monopláticas y carbónicas montadas por auténticos alambres humanos compuestos de tendones, huesos y dos jamonacos que ni en Jabugo.
- Manolo- Victor, ¿Cómo crees que vamos a terminar?
- Víctor- Entre los 20 últimos… (Así, claro, contundente y sencillo)
- Pepín – Yo creo que voy a hacer la corta…
SALIDA NEUTRALIZADA
17 Km/h de media y ligera pendiente ascendente. Ale, eso para empezar por las calles de El Ejido. A los 2 Kmts entre la nada de los invernaderos nos paran, ponemos todos pie a tierra. Por supuesto que ya vamos los últimos Manolo, Víctor y Pepín. Juanjo ya se había colocado en buena posición para salir a “to mecha”.
Cerrando carrera pero sin complejos, oiga
SALIDA DE VERDAD
¡¡¡PAM!!! Suena un disparo. ¡¡¡Clack, clock, treck, crock!!! sonaban las calas de todos afanándose por no perder ni un segundo en meterlas en sus pedales. Bueno, pues ahí vamos los ultimicos de todos con la ambulancia justo detrás de nosotros. Los comentarios típicos que se escuchan en esas posiciones…”a mi es que no me gusta tener hombres detrás”, “yo es que anoche me acosté tarde”, “¿Cuánto falta para el bar?”, “estoy resfriado y no puedo respirar bien”, “yo es que tuve ayer un cumpleaños, etc…
Un rato entre invernaderos, otro rato por una rambla pedrolera, arenosa e incluso con agua de un color verde oscuro perfumada por los fertilizantes de los invernaderos, que hacían las delicias de los bicicletistas. Llegamos a Dalías y unas señoras de rojos coloretes, mandíl y zapatillas nos dicen al pasar con una sonrisa maliciosa “¡¡¡preparaos que ahora viene un cerro!!!”, “¿pero es muy duro?” pregunta Manolo, “Poh un cerrillo que tenís que subíh” y se vuelven a reir las muy…
Justo dicho esto, y aparece ante nosotros una rampaca de cemento marrón con socavones, tierra y piedras sueltas. Todo esto aleatoriamente puesto por el azar en una cuesta de un 20% de pendiente y unos 300 metros con 3 “zetas” casi imposibles a mitad de camino.
Cuando la subimos, tenemos unos pocos metros de asfalto, y nos encontramos con “la guinda” del pastel justo antes del primer avituallamiento. Otros 200 metros de rampa aún más empinada, estrecha como para unos solo, con escalones de piedra, tierra, piedras sueltas del tamaño de pelotas de tenis y un equipo entero de ciclismo bajando justo por la trazada buena. Los tres echamos pie a tierra en algún punto de la rampa. Llegamos al esperado oasis de plátanos, bebidas isotónicas y mujeres guapas ofreciendo aquellas cosas que tanto deseábamos en esos momentos.
Bajadas cronch cronch
A partir del arroyo de Celín había varios tramos de bajadas troncha bicis. El primero, entre invernaderos, empezaba asfaltado y, de repente, te dabas de bruces con una pista trituradora de piedras picudas. Ahí la rueda delantera de Víctor reventó. Stop. Cambio de cámara. Una lástima, porque habíamos conseguido dejar de ser los últimos. Más que nada porque en el mismo sitio habían averiado un buen puñado de corredores. A uno, incluso, los pedrolos le habían aplicado a su llanta la sucesión de Fibonnaci y se le había quedado con una forma muy chula, aunque no circular, claro.
Otro repecho y al coronar Pepín toma las de Villadiego (vamos, que se pasa a la ruta corta). Mirad lo que hizo el tío:
Pss, pss, silencio, que Pepín está concentrado en la bajada
TRAMO EN SOLITARIO Y VEREA ENTREPINOS
Pepín para, pone el intermitente a la izquierda y llegan Manolo y Víctor. “Chachos, yo tiro por aquí, no tengo ganas de sufrir mas, voy listo y se lo que queda. Si queréis tirad vosotros”, al ver la cara de Pepín al decir esto y no insisten mucho y se disponen a la bajada más peligrosa de la ruta, pero eso es una historia que viene luego. Ahora esturreo de globeros sueltos por la carrera.
Pepín y Viernes (primo cercano del hombre del mazo) cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, cuesta arriba, piedras, tierra suelta, una curva…. Así un tramo de unos cuantos kilómetros totalmente en solitario, hasta que a lo lejos se ve una rampa aún más dura y puntitos de colores que suben por ella balanceándose hacia los lados. Son “Los Galgos” en toda su salsa.
Al llegar al cruce donde se retoma de nuevo el trazado de “La Larga”, era como entrar a la autovía, había que buscar un hueco y salir disparado para que no te atropellen, además igual que en las autopistas, hay una velocidad mínima y si vas a menos te pitan y te chillan. Pues nada, a darlo todo en las dos últimas rampas. Pepín se pone en pie y tres segundos más tarde ya va a la velocidad de crucero de los demás, lo que en términos de circulación sería “adaptarse a las condiciones del tráfico y de la vía”….I-GUA-LI-TO… en apenas quinientos metros lo rebasan unos 15 o 20 ciclistas resoplones.
Sorprende al llegar al avituallamiento de la cima, las costumbres de “los fuertes”. Desde lejos ya le chillan al del puesto lo que quieren “¡¡¡Aguaaaa!!!” y el tipo coge un vaso de agua que le tienden con la mano, lo cogen sin ni siquiera bajarse de la bici mientras se lo bebe con una mano, controla las piedras con un ojo, cambia de piñones con otra mano, se rasca la oreja con la otra y se ajusta las gafas con la otra mano…todo eso en apenas dos metros de recorrido. ¡¡¡QUE NIVEEEEL!!!
Pepín llega al avituallamiento y los muchachos lo miran “¡no necesito nada! ¡Estoy servido!” y pega dos chupetones del tubo de su mochilaca. Los del puesto le dicen “ahora a disfrutar la bajada” y se ríen amigablemente.
En la bajada de la verea el suelo está hecho harina con piedras sueltas ocultas bajo esta y un surco en el centro de todos los que han pasado por ahí con sus ruedas bloqueadas arando el camino. El principio es en solitario, pero tres curvas más tarde, un tipo andando, “¡¡¡Voy por la izquierda!!!” se aparta y Pepín pasa. Las curvas se pueden tomar apoyando en los peraltes y algunos escalones de un par de palmos de altura se pasan rápido sin mayor problema. Ahora tres tipos juntos y despacito. Se apartan al ver a un tipo con camiseta de enduro, mochila de enduro y casco de enduro que viene pitando por la cuestabajo. Otros tres menos para la cuenta, cuando de repente una voz desde atrás que dice “¡¡¡Voy por la izquierda!!!” y lo pasa un tipo con una 29 con ruedas finas y sin tacos que vuela literalmente por la verea entre los pinos. Siempre hay locos entre los locos. Los últimos metros de la verea tiene un poco más de pendiente que el resto y conforman un tobogán de unos diez metros bastante empinado entre pinos que hace un par de “eses” ligeras y donde el surco del centro ya alcanza una profundidad considerable debido a que ahí aunque frenes no paras y todos bajan con la trasera bloqueada. Hay un tipo echando fotos en plena pendiente. Pepín dedica su mejor sonrisa y pone cara de “esta cuestecilla es facilona”. (¿Dónde están esas fotos?)
Desencadenado
Volvamos a Manolo y Víctor que se habían tirado a por la ruta larga. Casi no les dio tiempo a llorar la ausencia de Pepín porque nada más despedirse de él empezaba una bajada empinada, empinadísima, de las de culillo prieto. Parecía muy divertida hasta que… ¡crank! A Manolo se le hace un ocho la cadena y se queda atrancado. Con la ayuda de la organización logró arreglarla a costa de una pequeña amputación de eslabones y un cuarto de hora de retraso.
Víctor que iba por delante bajó el ritmo para esperarlo. Lo cual le vino muy bien para pasar el tramo de Berja sin agobios. La ruta daba una vuelta a otro “cerrillo” con su correspondiente subida con mala leche, por empinada y rota. En el avituallamiento paró a esperar y le dio tiempo a zamparse media caja de pan de higo y ahogarse en Aquarius como para no cagar en una semana. Hasta que llegó Manolo que venía con la lengua fuera para recuperar el tiempo perdido.
Subida final: el palo y la zanahoria
Otra vez juntos y, cómo no, últimos, Víctor y Manolo empiezan la subida final con más moral que el Alcoyano: “Venga que todavía pillamos a alguien”. Y, mira tú por dónde, al rato empiezan a ver unos maillots naranjas. Ya se sabe, el efecto zanahoria espolea a las bestias y les vino de perlas para pasar los tramos más duros de la subida: más repechos de pendientes fuertes que, como no, era por senderos rotos. Y para rematar el ascenso, un cortafuegos, ya con los otros ciclistas a mano, antes del último avituallamiento.
La llegada: dos por tres calles
Parada final en el avituallamiento, más que nada para reponer aliento (que de comida iban empachados del atracón de pan de jigo). Y cuando van a empezar la bajada… ¡zasca! A Manolo se le casca el cambio. Abandono al canto cuando ya había pasado todo lo duro de la carrera. Así que lo que iba a ser una ruta a tres, se convirtió en tres llaneros (más bien falso-llaneros) solitarios, cada uno llegando de una manera distinta a meta.
La bajada de la ruta larga es la misma que la de la corta. Con la vereda que ya se ha contado. Muy chula, pero demasiado rastrillada por tanta bici. Sobre todo para el que la hizo el ultimito de toda la carrera: Victicor. Eso sí, tuvo el privilegio de ver como otro corredor terminaba la última rampa de la vereda abrazado a un pino prometiéndole amor eterno (gratitud eterna por haberlo parado antes del terraplén).
El descenso continuaba por unos tramos de pista y volvía a salir a la rambla inicial o Arroyo del Aguamierda. Una delicia hacer ese tramo en bajada salpicándote Eau de Merde en la espalda.
Unos cuantos carriles ya con la lengua fuera, arf, arf, y llegada a meta. Y no, Víctor no llegó el último. Adelantar, adelantó a unos pocos, pero seguramente también habían sufrido percances. Reunificación globera en la zona de llegada y… ¡A jalar!
Bodegón de geles y barritas
Banquete globero
En el pabellón te daban una caja de verduras de la comarca y un plato de macarrones con filete empanado. No está mal, no. Pero el cuerpo de un globero no se llena solo a base de pasta con tomate. Como ya es costumbre, en la pepineta montamos el chiringuito con las tradicionales morcillas, unos embutidos variados y las especialidades del chef Juanjo, que allí mismo nos aliñó un pulpo de dos maneras: a la gallega y en vinagreta, para chuparse los dedos. Por supuesto, regados con cerveza Franziskaner. Que sí, que podemos ser los últimos en bici, pero el hocico lo tenemos premium.
Emisión globera desde las antenas de Sierra Alhamilla
El pasado domingo subimos al Puntal, que ya tocaba. Organizamos una expedición de seis globeros, seis, que fuimos llegando a las antenas como buenamente pudimos. Uf, madre mía lo largo que se hace ese puerto, pero todicos, todos, hicimos cumbre sin que nos pillara el Tío del Mazo. Y el mérito es grande, porque la mayoría era la primera vez que hacía esa subida.
Junto a las antenas nos tomamos la ración de chocolatinas y el brebaje de limón y anisete que había preparado Pepín para la ocasión: PowerPalomilla isotónica, energética y chisponzona.
Desde la cumbre nos lanzamos cortafuegos abajo (alguno haciendo la croqueta) hasta Los Baños de Sierra Alhamilla donde nos zampamos la reglamentaria ronda de birras con sangre encebollada para poner en todo lo alto los niveles de hematocrito.
Cervezas de balneario, tonificantes como pocas
Y allí mismo nos dimos los besicos y abrazos de despedida, porque unos volvieron hacia Rioja donde habían dejado los coches y otros tiramos en bici hasta nuestra respectivas casas.
Por la nieve de Laujar: consejos globeros para combatir el frío
Pues se ha quedado buen día para un paseo en bici
Eso de que las bicicletas son para el verano son paparruchas. La bici se disfruta todo el año y si con el frío no apetecen las cervezas de después, pues se pasa uno al vino que también hidrata y hace buen cuerpo.
Una de las mejores experiencias de MTB es rodar por veredas con nieve. Vale sí, se pasa frío, pero el gustirrinín de ir rodando por nieve virgen (porque ningún otro chalado ha pasado por ahí) merece la pena. Nosotros estuvimos el sábado pasado en Laujar y subimos al Cerecillo para bajar por senderos. A modo de tutorial –que están ahora tan de moda– pasamos el protocolo de actuación globera para este tipo de rutas:
Cuando llegues al punto de partida asoma la patita por la puerta de la furgoneta. Si se te cristalizan las uñas –maldita sea, a veces el hombre del tiempo acierta y, mira tú por donde, tiene que ser el día en el que anunciaba ventisca– pasa al paso 2. Si el frío es soportable ponte a rodar ya antes de que el helor te pegue los huevos al culo (paso 3).
Toca meterse en el bar más cercano para calentarse bien por dentro: café con leche y tostada de jamón calibre brazo. Opcional para los más frioleros: palomilla energética de anís con limón.
Ya has perdido una hora desayunando. Deja de marear la perdiz, ponte doble capa de ropa, echa muda seca en la mochila y empieza a rodar.
Saluda a los parroquianos del pueblo que se te quedan mirando como si estuvieran viendo a un marciano (marcianos sin conocimiento ninguno, piensan ellos).
En el primer repecho duro desaparece el frío y a mitad de puerto ya te empieza a sobrar ropa. A cambio el agua del bote está más fría que el limón granizado.
Cuidadín con las placas de hielo, que el patinaje es otro deporte. Pero tranqui, cuanto más asciendes hay más nieve y menos hielo. Cuesta más avanzar pero la rueda trasera no se empeña en ponerse por delante.
Cuando por fin coronas, además de sacar el piscolabis, procede a ponerte la muda seca. Y aprovecha el momento torso-desnudo para hacerte los selfies de rigor en postura vikinga. Si la pose es adecuada el castañeo de dientes puede disimular como sonrisa histérica.
Ahora toca bajar por veredas. Dejad al fraguel explorador –todo grupo tiene su guía– que vaya delante, pero obligadle a llevar la alarma del GPS bien alta, porque con nieve los senderos son muy de desaparecer.
Bajar por senderos abriendo nieve virgen es una pasada que compensa el frío en la cara y las manos. Al final casi no sientes los dedos pero no hay quien te quiete la cara de felicidad. Cosas del Homo Sapiens Descerebratis.
Una vez terminada la ruta toca sesión de recuperación. Como los globeros somos pobres pero honrados y no nos llega para el jacuzzi, tomamos un reconstituyente a base de vino del país y bocata XXL de lomos, huevos y extra de alioli ¡Brrrrup! (perdón).
¡¿Quién dijo frío?!
Desayuno globero termorregulador
Momento vikingo (disculpen los mostachos, comprendan que había que salvaguardar la identidad)
La foto muy chula, pero ¿dónde c___ está el camino?
Pues sí, este año fuimos a Turre a la carrera de BTT que organizan los Bomberos de Levante. Cita obligada para todas las peñas de ciclismo de Almería en la que nos juntamos unos setecientos ciclistas. Ahí es nada.
Para el que no la conozca, la ruta, sin ser de las más exigentes, tiene un inicio muy duro con un par de repechacos de los que te aflojan los calcetines y, en general, es una buena rompepiernas con subidas y bajadas constantes.
En meta te recompensan con un buen arroz bombero (que no estaba nada mal para estar hecho en un paellón de regimiento). Pero nosotros, como buenos globeros, ya llegamos al arroz casi sin hambre porque en la fragoneta del Pepín llevábamos un arsenal de embutidos variados (con sus reglamentarias morcillas con hematocrito de Serón) y un arcón de cervezas.
Bodegón: Globero cortando el pan con Pepín de fondo
Tripas recuperadoras de hematocrito de Serón
Y es que había que llevar un buen cargamento de viandas porque a esta ruta acudimos nada menos que seis veranoatchuseros:
En la imagen se aprecia cla-ra-men-te como Pepín me agarra la mano para entrar primero
Pepín y su furgona haciendo de alsina globero (con parada en Retamar para recogerme). Hizo la carrera junto a un servidor y me iba apartando al personal en las bajadas (ya se sabe que somos más de bajar que de subir).
El arte de sonreir a cámara después de un repechón
Pebels que regresa al mundillo de las carreras con el firme propósito de no volver a subirse al quad. Y no solo no lo hizo, sino que estuvo ejerciendo de buen samaritano mecánico.
José que dudaba si venir, pero acudió espoleado por su señora. En este caso, se puede decir que en vez de correr con la zanahoria delante corrió con el rodillo de cocina detrás.
Juanjo y Pirri, los dos pájaros alfa
Juanjo en modo Pájaro Bike, el muchacho tiene más trajes que Mortadelo y esta vez lo llevábamos de infiltrado con sus paisanos de Lubrín.
El globero solitario
Manolo un correcaminos que se estrenaba en esto de las carreras de bici pero nada más arrancar le picó el gusanillo de su época de corredor y salió disparado. No lo volvimos a ver hasta meta. Mic, mic.
Y un servidor, que como ya he comentado hice la ruta con Pepín que me llevaba con la lengua fuera.
Al fondo se ve el polvazo (asexualmente hablando) del camino
Toca retomar las crónicas globeras, que hace ya demasiado tiempo que no se publica nada en este blog y no es por falta de rutas divertidas que contar. Vamos allá:
Para este fin de semana Pepín, explorador y cicerone del grupo, nos tenía preparada la popular Ruta del Desierto, una excursión que yo todavía no había hecho. Por otro lado, Juanjo nos invitó a la corderada que organizaban los Hualix con subida previa al Puntal. Por una vez, y sin que sirva de precedente, renunciamos a la salida con comilona (y todavía estoy soñando con corderitos a la brasa).
La idea era partir desde casa, unos desde Almería, otros de Retamar y encontrarnos en Rioja para hacer juntos la parte más pintoresca de la ruta. Desde Retamar, me habrían salido cerca de 90km, que no está mal para estar empezando el año, todavía con la Navidad cerca.
Pero cuando sonó el despertador estaba soplando un tifón por Almería. Así que Pepín tuvo que poner en marcha la táctica de blitzkrieg con su panzerfragoneta o VTG (que como bien ignoráis es el Vehículo de Transporte Globero) y pasó a recogernos. Primero a Manolo, un nuevo fichaje para la brigada de pesca que se encarga de la recolección de cebo para desenrocar globeros (arroz con pulpo mayormente). Después pasaron a por mí y pusimos rumbo a Rioja. Sí, sí, éramos tres, todo un pelotón multitudinario tratándose de este grupo y del día que hacía.
En Rioja parecía que no hacía mucho aire y las webs de meteorología (que las carga el diablo) decían que iba a ir amainando, así que nos pusimos en marcha sin saber la que nos esperaba...
Ya al coger la primera rambla pasado Paulenca empezamos a notar el viento de cara. Bah, bah, si dicen que va a ir a menos... Pero cuando tomamos la rambla de Gérgal, que es ancha y abierta, descubrimos que de ir a menos nada de nada. Y no, no es que soplara viento en contra, no... Es que se nos vino encima un vendaval con tormenta de arena incorporado para cagarse en los muertos de todos los “hombres del tiempo”, los virtuales y los de tele de toda la vida.
La única forma de poder avanzar sin respirar y comer arena era agachando la cabeza y mirando, de vez en cuando, de reojillo el camino. A veces había tanta tierra en suspensión que no veía a Pepín ni a Manolo. Bueno, a Manolo sí que lo pude ver cuando una ráfaga de viento lo sacó del camino y lo hizo ir campo a través hasta que terminó sotaventado justo en dirección contraria a la que íbamos. En esas estábamos cuando unos lugareños que pasaron en furgoneta se pararon a nuestra altura para, además de coñearse un rato, darnos el consejo del día: “Tirad para una bar”. La idea era tentadora, pero no. Seguimos remontando la rambla y, por suerte, cuando el camino se fue estrechando entre cerros el viento nos dio algo de respiro.
Los hombres del rostro gris
En la estación de Fuensanta, parada reglamentaria para compartir viandas, echar las foticos de rigor y hacer los estiramientos con meada incluida. A partir de ahí, tocaba la parte de veredas de la ruta. Muy chulas, la verdad. Nos encantó el desierto. Tanto, tanto, que uno que yo me sé acabó abrazado a una mata en la curva de un barranco. Eso es auténtica pasión por la naturaleza y no lo del Fran de la Jungla.
Y por si nos habíamos quedado con ganas de más rambleo, Pepín nos metió unos extra-track para enseñarnos el árbol del ahorcado, las escamas de dragón y un par de ramblas a ninguna parte. Y habría seguido el tío descubriéndonos rincones pintorescos del desierto, pero al resto de tropa cada vez nos retumbaba más fuerte en la cabeza el consejo de los parroquianos de la furgoneta: “Tirad para un bar. Tirad para un baaaaar..."
El árbol del ahorcado, allí nos habría gustado ver al hombre del tiempo
El tramo de asfalto hasta Rioja lo hicimos con el viento a favor, a 50 por hora y sin dar pedales ¡Así sí! Por supuesto, seguimos el consejo al pie de la letra y el fin de ruta lo hicimos en Los Pirineos: Tercios de Mahou y tapas de calamares ¿alguien conoce algún recuperador mejor para un ciclista?
Calamares energéticos pirenaicos
PD: En la bañera de casa tengo algo de arena, si alguien necesita tierra para un invernadero o regenerar una playa le puedo dejar una poca.
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El pasado 31 de mayo acudimos en tropel, en otro multitudinario desplazamiento de Verano Atchús (cinco), a la Cicloturista de Canjáyar. Una ruta no competitiva de 60 kilómetros y con una ganancia de altitud de 1550 metros (aunque a mí me parecieron muchos más).
La sección retamariense formada por Pepín, Juanjo y uno mismo, tras un madrugón inhumano, nos desplazamos en el VTG (Vehículo de Transporte Globero) también conocido como la furgona de Pepín. Ya en la plaza del ayuntamiento de Canjáyar nos reunimos con el resto del equipazo: Pebels y Joaquín. La exhaustiva sesión de hidratación a la que nos sometimos la noche anterior, a base de cerveza, vino y pelotazos, tuvo algunos efectos secundarios antes de que empezara la prueba y algunos tuvimos que acudir de urgencia al WC del bar ¡Bah, menos gramos para la subida!
Hasta Alcora la carrera transcurrió neutralizada y allí se dio la salida libre justo para darnos de bruces con un repechaco de pista que nos hizo sudar el ron de ese sábado y el de la semana anterior. Después tocaban unos kilómetros de pista más o menos llanos hasta Fondón donde empezaba una subida de nosecuantos kilómetros que se hacía eterna. Poquito a poco, Pepín, Pebels y yo la hicimos juntos, Joaca se buscó a un compañero de ruta y por delante lazamos a Juanjo, nuestro paladín globero, que llegó quinto. ¡Ahí es na el tío, en una de estas lo vemos subir al podium!
Tras coronar el puerto interminable, nos lanzamos cuesta abajo por una pista ancha de vértigo. Por su puesto, la consigna era bajar prudentes... Prudenticos, prudenticos pero con algún que otro “uy, uy, uy” durante el descenso e incluso un lijonazo llegamos otra vez a Alcora. Última subida a Canjáyar ya oliendo a arroz y llegada a meta.
Como suele pasar en la mayoría de las rutas de MTB, en el pueblo nos trataron fenomenal. Dos platazos de arroz que me zampé para compensar lo que había gastado en el cuestarrón de más de 20 kilómetros. Lástima, eso sí, de que en vez de cerveza pusieran cruzcampo.
Muchas gracias a la organización y hasta el año que viene.
Alpujarra y Pedal 2015: una cervecita en la cuesta imposible
Como más vale tarde que nunca, escribo ahora unas líneas para mencionar lo guapa que estuvo la Alpujarra y Pedal, y lo dura que era. Tenía de todo todito: rampas “duras pero largas”, senderos guapísimos como la acequia de Benecid, la bajada hacia Laujar o la vereda de Ohanes a Canjáyar. Y un par de tramos de poner pie a tierra: el cortafuegos después de Fuente Victoria y la famosa “Cuesta Imposible”. Pero la sorpresa al llegar a ésta última es que habían puesto un chiringuito donde sonaba Metallica a todo trapo y daban San Miguel bien fresquita. No sé si la cerveza en plena ruta es buena para la bici, pero a mí me duró dos tragos ¡Qué rica, madre!
En total 77 kilómetros y 2.800 metros de ganancia de altitud que yo tardé en hacer más de seis horazas con calambres incluidos. Pero que quedaron bien recompensados con la panzá de cerveza que me metí al llegar al pueblo y los macarrones con tomate. Lástima que ya no quedara queso rallado para cuando llegamos los globeros, voy a tener que entrenar más a ver si el año que viene pillo comida de pro. Porque el año que viene repito seguro, que la jarra de barro que dan viene muy bien para tomar la cerveza helada.