Escuchá...
Todos tenemos una opinión sobre cualquier tema, ya sea un tema trivial o uno controversial. Cosas simples como la combinación de colores en la ropa hasta cosas mucho más complejas como la homosexualidad y el aborto. Sin embargo, somos demasiado rápidos en convencer a nuestra contraparte de que nosotros estamos en lo correcto y por ello deben aceptar nuestra posición y tomarla como verdad absoluta. Rara vez frenamos nuestra lengua para escuchar la postura de la otra persona sobre estos temas difíciles.
Un amigo de la iglesia local a la que pertenezco me ha enseñado muchísimo respecto a este tema. Considero que la iglesia local a la que asistimos es “reformada” (tal vez hable sobre qué significa esto en otro blog), pero el considerarla así no la hace superior a otras iglesias locales. Cuando empecé a asistir, hace aproximadamente dos años, un mundo nuevo se abrió a mí. Conocí doctrinas de las que jamás había escuchado y logré conectar la razón con la fe, cosas que antes pensaba no podían convivir.
Pero esto trajo consigo un problema: empecé a sentirme superior a otros cristianos porque “estoy en la doctrina correcta”. Esta superioridad hizo que criticara muchísimo a pastores, líderes y asistentes de otras iglesias locales. Jamás me senté a platicar uno a uno con estas personas para conocer sus posturas, sino que siempre creí que la mía era la correcta y no había otra verdad más que la mía.
He estado tratando de cambiar esto. Escucho la opinión de otras personas respecto a algún pasaje bíblico, práctica eclesiástica, o incluso costumbres religiosas que tienen. Trato de entender el porqué de lo que hacen o creen, y en base a eso puedo emitir una opinión más puntual y razonada. Incluso he cambiado mi postura sobre ciertos temas por el simple hecho de sentarme a escuchar antes de vomitar las palabras que salen de mi boca. Escuchar antes de hablar es básico para tener un debate sano. Escuchá... luego hablá.















